Columnas
2007-08-31
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Manuel Riesco
especial para G-80

Leer El Capital (I)

Damos a conocer esta interesante opinión de Manuel Riesco, por razones editoriales, la publicamos en dos partes. (Nota de www.g80.cl)


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La iniciativa del profesor Alejandro Yáñez de celebrar el 140 aniversario de El Capital, junto a la actividad de la Cátedra Marx de la Universidad de Chile, que dirige la académica Kemy Oyarzún - www.generacion80.cl ha jugado asimismo un rol destacado -, han puesto nuevamente de relieve en Chile esta obra fundamental.

Como de costumbre, de inmediato ha generado polémica. Ella es siempre bienvenida. Especialmente, cuando aborda problemas relevantes con ideas novedosas, apoyadas en una armazón conceptual rigurosa; mejor si es enjuta. Lamentablemente, a veces suele confundirse con la reiteración en caricatura de grandes discusiones viejas, en un estilo plagado de descalificaciones y monsergas, además de una serie de tonterías. De este modo resulta muy aburrida. Sin embargo, aún en estos casos puede motivar el interés general por el tema si sirve de pretexto para engarzar las riquísimas categorías de El Capital con los temas centrales de hoy.

Posiblemente, el nudo teórico más relevante en la actualidad consiste en comprender el proceso en curso, de incorporación plena a la economía capitalista de aquellas partes del mundo que durante el siglo XX conformaron el mundo sub-desarrollado y el campo socialista. Adicionalmente, puede visualizarse que un fenómeno similar podría cursar más adelante en aquella otra parte que, debido a su atraso, ni siquiera formó parte de los grupos anteriores. Nunca antes en la historia había ocurrido un fenómeno de estas dimensiones. El mismo está trastocando, del modo más radical y rápido, la manera como miles de millones de seres humanos viven y trabajan todos los días. A partir de allí, todo lo demás.

Algunas décadas atrás se podía todavía sostener de modo razonable que este proceso no era inevitable. Incluso, existían elementos que permitían argumentar que ocurría exactamente lo contrario. Es decir, que el capitalismo estaba viviendo su crisis general mientras se abría ya paso el régimen que inevitablemente le habrá de suceder en la historia. La trascendencia teórica inmensa de los acontecimientos de fin de siglo - precisamente el derrumbe del campo socialista - consiste en haber zanjado esta discusión de modo inapelable.

Aquella idea debe ser tratada siempre con el mayor de los respetos. Alentó las esperanzas de millones de seres humanos que lucharon por un mundo mejor en el curso del siglo pasado. Los mejores en muchos países entregaron su vida a esta gesta y muchos la sacrificaron en ella. Lograron triunfos históricos que catapultaron el progreso de regiones enteras. En buena medida salvaron al planeta de catástrofes inconmensurables. Todavía hoy, esta idea es la consigna central tras la cual algunos pueblos defienden su patria con valor.

Si sufrieron grandes derrotas es porque lucharon con habilidad, coraje y dignidad en grandes guerras y muchas batallas. Igual, consiguieron cambiar el mundo. Al final, corrieron la suerte de tantos luchadores por causas justas. William Morris la describió con sensibilidad en el siglo XIX: "Examiné todas estas cosas, y cómo los hombres luchan y pierden la batalla, y aquello por lo que lucharon tiene lugar pese a su derrota, y cuando llega resulta ser distinto a lo que se proponían bajo otro nombre."

Especial respeto deben guardar por ella quienes antes la sustentaron. Fueron legión, tanto así, que durante largo tiempo predominó incluso entre sus adversarios. Es bien miserable la actitud de aquellos que hoy empuercan su propio nido. Oportunista, puesto que usualmente buscan de este modo arribar en el bando opuesto.

Digna en cambio es la actitud de los viejos luchadores que la siguen sustentando en el fondo de su corazón. Pueden quizás estar equivocados en este punto. Sin embargo van a continuar batallando contra tanta injusticia y para que la gente viva mejor. Como lo han hecho toda su vida, Como todas las personas sabias, ellos nunca se dejaron encandilar con idea alguna, por atractiva que ella fuese. Ni siquiera las suyas propias. Jamás permitieron que nublasen su entendimiento básico de las cosas, como a muchos otros les ocurre a menudo. Siempre aquilataron las situaciones y las personas en su propio mérito. Van a morir con las botas puestas. ¡Honor a ellos!

Desde luego, muchos pueden sostener con razones y argumentos su apego a la idea señalada. El asunto es ciertamente discutible. Otra cosa bien diferente, sin embargo, es la actitud de algunos que andan por ahí pontificando la exigencia del apego estricto a la misma, como condición para que ellos se dignen considerar la dispensa del cartabón de "revolucionario."

Esta actitud se desliza por una pendiente resbalosa. Suele terminar al marasmo donde pululan ciertos grupúsculos - a veces pandillas lumpenescas que mal visten sus desvaríos con una estridente verborrea pseudo revolucionaria, otras veces grupos escolásticos que se dedican a arrojarse citas por la cabeza unos a otros. Cubren su triste desamparo con permanentes y agresivos autos de fe revolucionaria, cuyas exigencias elevan constantemente de modo de asegurarse que nadie más que ellos pueda aprobar. Como tal ritual no conoce límites, los grupos que lo practican a poco andar se convierten en minúsculas sectas en estado de división permanente.

Terminan realizando su labor de zapa en los rincones más sórdidos de los espacios modestos donde se construyen con dificultad las organizaciones y las ideas que son indispensables para lograr cambios de verdad. Aparte de esos lugares, es bien poco lo que le importan a nadie. Si se las observa desde prudente distancia, hasta pueden resultar divertidos por un rato. Desde luego, los capitalistas ni siquiera llegan a enterarse de su existencia. O quizás, les conceden una que otra primera plana si alguna vez sus desmanes resultan de utilidad para su propaganda negra.

En el plano de las ideológico - si se puede llamarlo así -, en tales ambientes se maneja una mezcolanza de consignas, citas y recetas mal comprendidas. Una actitud análoga es frecuente entre los vulgarizadores de todas las escuelas de pensamiento. Incapaces de argumentar, resultan dogmáticos e insolentemente arrogantes en su ignorancia. En el caso de los economistas, Chile está lleno de ellos (y al menos una mediática "ella"). Se merecen unos a otros. El neo-liberalismo vulgar anda de la mano con el lumpen marxismo. Para otros, desde luego, siempre cabe ejercer el sagrado derecho de vivir en babia Es decir, refugiarse en un estado mental independiente de lo que ocurre. La moderna sociedad es pródiga en instituciones de diverso tipo en las cuales es posible internarse para estos efectos.

El que esta idea resultase al final equivocada no equivale al fin de la historia, ni mucho menos. De hecho, es exactamente al revés. Nadie en su sano juicio puede sostener realmente que este régimen perdurará para siempre, así como ningún otro ¡aunque esgrima al gran Hegel! Sin embargo, el único argumento serio en esta dirección se basó precisamente en la aceptación que el socialismo era lo que decía ser. Si se trataba efectivamente del post capitalismo - acertó Fukuyama en 1990 - y se hundió, entonces Hegel tendría razón al afirmar que nos encontramos ante el fin de la historia.

La lucha contra el capitalismo se presenta nuevamente más o menos en los mismos términos que en tiempos de Marx. Es decir, resulta indispensable conocer a fondo como funciona, de modo de apreciar cuales son las fuerzas en las cuales es posible apoyarse para contener sus rasgos más perversos y destructivos - la única forma en que pudiese significar el fin de la historia es que terminase destruyendo el planeta, o al menos la especie humana. Al mismo tiempo, como siempre, con firmeza, inteligencia, perseverancia y amplitud, continuar construyendo en la práctica cotidiana del trabajo social, teórico y especialmente político, los actores multitudinarios capaces de ponerle límites. Que no son otros que aquellos llamados a ponerle término, cuando le llegue su momento.

Muchos caen rendidos ante su discreto encanto. Ello suele ponerse de moda, especialmente cuando todo va para arriba y parece funcionar como un reloj - algunos han llegado a afirmar que Marx habría demostrado que una vez instalado operaría como tal ¡una verdadera perla!. Lamentablemente, las inmensas contradicciones que genera continuamente - cuyo develamiento constituye el real objeto de El Capital - desembocan a cada tanto en catástrofes y calamidades. Éstas, sin embargo, cumplen el rol necesario de restablecer los equilibrios perdidos, incluido el volver a la mayoría a sus cabales.

El fenómeno global en curso pareciera principal. Al menos, está determinando la perspectiva del equilibrio general de fuerzas en el mundo, entre otras cosas. Incluso, lúcidos análisis recientes del capitalismo central han invertido la forma tradicional de apreciar su relación con la periferia. Es decir, aquella visiones que explicaban todo a partir de la evolución de los países más desarrollados, están dejando paso a otras más equilibradas en las cuales el impacto del fenómeno antes aludido se aprecia de modo pleno.

Algo por el estilo sostenía Rosa Luxemburgo. Claro que ella suponía que la incorporación de mercados atrasados era indispensable para suplir la limitación del consumo de los obreros en Alemania, idea contra la cual Lenin polemizaba con muy buenas razones. Ahora, no se trata de una periferia que proporciona mercados y campos de inversión - que lo sigue haciendo y mucho más que antes. Ya no es tampoco principalmente un proveedor de materias primas. Al revés, ahora compite por ellas; excepto algunos países, como Chile, que parecieran andar como los cangrejos en este aspecto. Lo que se yergue sobre el horizonte es un competidor capitalista hecho y derecho. Lo que es más, sus dimensiones en todos los aspectos ya han sobrepasado largamente a los pioneros - quienes se han visto forzados a integrarse - y alcanzan rápidamente las del país hoy hegemónico. Éstos siguen siendo importantes, sin embargo, en perspectiva resultan empequeñecidos ante el tamaño gigantesco de los que se vienen.

¿Como comprenderlo? Se pueden intentar muchas maneras, siguiendo las pistas mas diversas, desde la tecnología a las circunvoluciones del capital financiero, y hasta asuntos administrativos como la política arancelaria. Otros privilegiarán el punto de vista de la fuerza militar, es decir, la capacidad de imponerse mediante la violencia. Se trata de un derrotero importante, quién puede dudarlo. Al menos los chilenos lo tenemos muy claro. Aprendimos que cuando las cosas llegan a determinado punto se resuelven como en el ring, a favor de quién pelea mejor - otra cosa mucho mas compleja es como se adquiere esa capacidad. Sin embargo, como es bien sabido, absolutizar la importancia de la fuerza resulta asimismo equivocado.

Una concepción de ese tipo era sustentada de modo extremo, por ejemplo, por un tal Eugene Dühring, pomposo charlatán decimonónico que posaba de izquierdista furibundo y terminó como uno de los inspiradores del anti-semitismo alemán. Engels le dedicó el "Anti-Dühring" cuando apareció recomendando hacer una "lectura política" de El Capital. Apostrofó esta obra de "economicista," ciertamente sin haberse dado la molestia de estudiarla ¡tales menesteres resultan innecesarios para genios de la talla del señor Dühring!

Incluso, como dice Eric Hobsbawm, a alguien se le podría ocurrir seguir el hilo conductor de la música jazz. De seguro, llegaría a varias conclusiones novedosas y desde luego mucho más entretenidas que las de tipos como Dühring. Sin duda, para este propósito las categorías de El Capital parecen mucho más enjundiosas que todas las anteriores. Por ejemplo, el concepto básico de modo de producción capitalista permite comprender las diferencias tajantes entre el capitalismo moderno y su homónimo mercantil de los siglos anteriores. Asimismo, dilucida la diferencia esencial de lo que está ocurriendo hoy en China e India, por ejemplo, con lo que aconteció allí hace un siglo y medio.

Entonces, las mercancías del naciente capitalismo inglés los invadieron de improviso, como una marea imparable que inundó hasta el rincón más recóndito. Apoyadas en su mejor calidad y precios mucho más bajos. Respaldadas además por las nuevas y atractivas ideas y formas de vida que insinuaban. Sin despreciar tampoco el papel de las cañoneras que las promovían. Todo ello había sido generado porque en una isla lejana y pequeña había surgido un nuevo modo de producción. Éste terminaría también por llegar, pero tardaría todavía un siglo y medio. Hoy, el milagro de China e India asombra al mundo. Sin embargo, recién apenas la mitad de la población de esos inmensos países ha adoptado el nuevo modo de producción ¡Como será!

Otro concepto clave de El Capital es su acumulación originaria. El objeto de la obra son las leyes generales de dicho modo de producción en plena operación, por así decirlo. Sin embargo, Marx estimó conveniente incluir el concepto que permite comprender como llega al mundo. Lo presenta en el famoso capítulo 24 del tomo I, que ilustra con el ejemplo del país primigenio, Inglaterra, adonde cursó a lo largo de los siglos XVII y XVIII, principalmente.

¿En que consiste? Sencillamente en la acumulación de obreros. Es el proceso que permite generar el actor social moderno por excelencia: masas de trabajadores libres en un doble sentido, como dice Marx. Por una parte, libres de vender su fuerza de trabajo a quien quiera comprarla. Al mismo tiempo, forzados a venderla para no de morir de hambre, puesto que han sido además "liberados" de medios de vida y producción propios. La segunda "liberación," sin embargo, requiere ni más ni menos que su expropiación masiva. Ésta no ha sido nunca, en ninguna parte, un proceso idílico. De ahí la afirmación de Marx en el referido capítulo, de que ésta ocurre cuando "llegado el momento, se agitan en su seno fuerzas poderosas," que con violencia, "la partera de la historia,"el capitalismo "viene al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros." El caso chileno lo confirma, como se verá.

Las otras condiciones necesarias para su surgimiento son desde luego también importantes - la existencia de mercados, dinero, y capitalistas, ni más ni menos. Sin embargo, todas ellas antecedieron en siglos al surgimiento del modo de producción capitalista. El capital moderno es una relación social. Consiste precisamente en la contratación privada y masiva de trabajo asalariado, con el objeto de obtener plusvalía, a partir de la producción de mercancías - es decir, bienes y servicios destinados a venderse a cambio de dinero. La condición básica para ello es la presencia de los sujetos que puedan ser objeto de tal contratación: una multitud de modernos asalariados.

En otras palabras, el modo de producción capitalista no puede operar - excepto como remedo atrofiado - allí donde la mayoría de la población sigue viviendo "a la antigua." Es decir, trabajando para sus señores, para sí mismos, o sus familias - o de cualquier modo que impida su incorporación al mercado del trabajo. Así ocurre en la vida campesina tradicional. Por ello, la acumulación originaria ha coincidido en general con el proceso de urbanización - que es muy reciente y se encuentra todavía en pleno curso. Sin embargo, teórica y prácticamente puede perdurar asimismo fuera del campo, al menos durante un tiempo.

A medida que van agotando su cantera de campesinos los países deben echar mano de otras. Principalmente las mujeres dueñas de casa. En Chile, como se verá, ambos procesos se suceden a lo largo del siglo pasado y continúan a buen paso, especialmente el segundo. Cuando ambas canteras se han explotado hasta el último - lo que usualmente coincide asimismo con una reducción en la tasa de crecimiento general de la población, e incluso su contracción - siempre es posible atraer inmigrantes desde regiones donde siguen siendo abundantes.

La contratación más o menos general de la población trabajadora por parte del Estado en el mundo subdesarrollado del siglo XX ha sido quizás la manera más civilizada de acompañar su inevitable transición del campo a la ciudad. Al mismo tiempo que la estimulaba y a veces forzaba. Sin embargo, impidió asimismo su plena incorporación al mercado del trabajo. Esto vino a ser facilitado por los masivos procesos privatizadores de fin de siglo. En otros países atrasados, al parecer, la renta del petróleo ha permitido que por décadas se haya proporcionado medios de vida mínimos a masas urbanas pobres. Quizás por ello, su llegada a esas ciudades no ha terminado todavía con el antiguo régimen o generado aún la irrupción del capitalismo. De este modo, la acumulación originaria cursa por vías bien insospechadas y actuales, renovándose constantemente.

Hay por ahí quienes sostienen que el proceso de acumulación originaria se agotó en aquel descrito por Marx en El Capital. Ello equivale a creerse el cuento que Dios creó el mundo en siete días. Significa otorgar este toque divino a las circunspectas leyes de "encirclement," que dieron a los terratenientes ingleses la propiedad de las tierras campesinas ubicadas al interior de sus predios. Resulta sugerente que esta suerte de reforma agraria al revés fuese imitada en la Rusia de Stalin, a favor del Estado en el último caso. Similar omnipotencia habría que reconocer en las ovejas que corretearon a los campesinos escoceses para proveer de lana a las hilanderías holandesas.

El proceso particular de la acumulación originaria en Inglaterra - que discurrió muy lento y a escala extremadamente reducida - solo adquirió importancia histórica por tratarse del primero. Al igual que el capitalismo inglés decimonónico. Éste fue el tubo de ensayo donde observándolo "in vitro," el genio de Marx descubrió las leyes generales de este modo de producción. Asimismo, sirvió para ilustrarlas en El Capital, cuyo análisis mantiene hoy completa y creciente vigencia. Sus dimensiones, sin embargo, no eran más importantes que la modesta economía chilena de hoy - ambas descansan sobre una masa de aproximadamente seis millones de obreras y obreros.

La grandiosa y terrible epopeya de la acumulación originaria a nivel global se ha venido desarrollando desde entonces. Se relata en las historias de cada familia del pueblo. Ha seguido derroteros extraños que no guardan mucho respeto por la geografía. Se ha paseado por todos los continentes. Salta a veces de modo aparentemente caprichoso de un lado al otro del globo. Aparece súbitamente en los lugares menos pensados. Siguiendo las corrientes migratorias, brinca de Irlanda a Manhattan, de Galicia o Ucrania a Buenos Aires. Un siglo después, salta de Morazán a Los Angeles, de Marruecos a Barcelona o de Polonia a Londres. Remueve de modo inesperado las entrañas de Corea, Taiwan y Singapur. Sin embargo, puede tomarse tranquilamente un siglo o más en atravesar barreras venerables pero nada formidables, como los Pirineos o el Adriático.

Finalmente está empezando a alcanzar los lugares más poblados del planeta. Sin embargo, hoy se encuentra más o menos a medio camino si se considera al mundo en su conjunto. De hecho, exactamente allí desde el punto de vista de las personas afectadas. La ONU acaba de publicar el Estado de la Población Mundial 2007, donde constata que recién este año, por vez primera, el número de habitantes urbanos ha superado levemente a los campesinos en el mundo entero. Tiene razón cuando afirma que se trata de un hito mayor en la historia de la humanidad.

La continuada acumulación originaria a nivel planetario a lo largo de tres siglos ha sido la fuente principal del crecimiento capitalista. Al menos en el mundo subdesarrollado, como lo demuestra de modo palmario el caso de Chile, que se verá. Especialmente en la actualidad, cuando se incorporan al mercado de trabajo mundial más mujeres y hombres cada año, que a lo largo de todo el siglo XIX.

Hasta ahora, la acumulación originaria a nivel global explica asimismo buena parte del crecimiento de los países de capitalismo maduro. La prensa especializada ha destacado recientemente, por ejemplo, que la inmigración ha sido la fuente principal del crecimiento del PIB en varios países del Norte durante la última década. Ello se ha verificado no sólo allí donde siempre lo ha sido, como es el caso de los EE.UU.. Ha venido ocurriendo asimismo en países muy antiguos, donde el capitalismo ha llegado mucho más recientemente, como España. Lo más asombroso desde el punto de vista teórico, sin embargo, es que ello ha sucedido también en el país que fue la cuna de la producción capitalista. Es decir, la acumulación originaria continúa teniendo lugar ¡en Inglaterra!

Las cifras al respecto son bien impresionantes. El banco Goldman Sachs acaba de publicar un estudio acerca de la inmigración en Europa y los EE.UU. (Financial Times 070822) en el cual consigna un importante incremento del fenómeno. Las personas nacidas fuera del continente europeo han aumentado desde alrededor de un 2% - 4% en 1960 a aproximadamente un 8% -13% en la actualidad. Los países que más han aumentado sus inmigrantes han sido Italia (de 2% ha subido a 13%), Alemania (de 3% a 12%) y España (desde menos de 1% a 10%), especialmente después del 2000. El aumento ha sido menor en el Reino Unido (3% a 8%) y Francia (7% a 9%). Llama poderosamente la atención que los EE.UU., que durante el siglo XIX y principios del XX se conformó como un país de inmigrantes, hoy día tiene una proporción similar de personas nacidas en el extranjero. Ésta de hecho baja hasta 1970, cuando alcanza un mínimo de 4% y luego se recupera hasta alcanzar un 11% en la actualidad.

Sin embargo, la cifra del estudio referido que resulta más impactante es que entre 2001 y 2005, el ritmo de inmigración en la llamada Europa de los 15, alcanzó un promedio de 0,5% de la población total por año - similar a los EE.UU. -, agregando un total de 8,7 millones de personas, dos tercios de ellos a España. Esta cifra parece moderada, sin embargo, ella resulta comparable a la velocidad de inmigración campesina en Chile a mediados del siglo XX, cuando esta alcanza su máxima velocidad. En ese momento, como se muestra más abajo, un número de personas equivalente al 0,8% de la población total migraba cada año del campo a las ciudades, principalmente a Santiago. Por cierto, el estudio referido así como varios otros publicados recientemente muestran como el crecimiento de la fuerza de trabajo debido a la inmigración explica buena parte del crecimiento económico reciente en los países señalados, especialmente España y el Reino Unido. Lo mismo ocurre en Chile a lo largo de un siglo, como se verá. Sin embargo, lo que resulta asombroso es que la magnitud del fenómeno en los países más desarrollados alcanza en la actualidad un orden de magnitud similar al que presentaba en un país subdesarrollado como el Chile de los años 1950.

Como se puede apreciar, transcurridos cuatro siglos desde que empezara a manifestarse por primera vez en Inglaterra, la llamada acumulación originaria del capital sigue vivita y coleando, gozando de muy buena salud ¡en el mundo entero!. El proceso tiene todavía para un buen rato, puesto que resta todavía medio mundo del cual echar mano. Varias décadas a lo menos, aún al vertiginoso ritmo actual. Algún día, sin embargo, estas inmensas canteras terminarán por agotarse . ¿Significa que entonces el capitalismo dejará de funcionar? ¿O al menos de crecer? ¿Quizás Rosa Luxemburgo tenía razón y el capitalismo no puede funcionar sin periferia - solo que ésta resulta indispensable no como mercado sino como fuente de obreros?

Marx dedica precisamente a esta pregunta la sección 7 del primer libro de El Capital, que titula El proceso de acumulación capitalista. Nuevamente, al igual que con la acumulación originaria, no se trata de dinero ni de capitalistas, sino de obreros. Bien pensado, resulta evidente que lo único que el capital no puede permitirse, a riesgo de andar para atrás, es la disminución del número de obreros bajo su explotación. Por el contrario, el constante aumento de los mismos constituye la base de su acumulación ampliada. Esa es la gallina de los huevos de oro. Sin ellas y ellos no hay valor ni plusvalía que valgan, valga la redundancia.

El secreto de la acumulación capitalista - dice Marx - es como éste evita quedarse sin obreros y aumenta su número constantemente. Para que este modo de producción sea sustentable en el tiempo, ello debe suceder aún sin recurrir a la acumulación originaria, en ninguna de sus formas. Es decir, el capitalismo caminando sobre sus propios pies - como dice Marx - debe ser capaz de reproducir constantemente las condiciones sociales que lo hacen posible en primer lugar. En otras palabras, asegurarse que la mayoría de la población reproduzca de modo permanente su condición de obreros.

Para ello - dice Marx -, es indispensable que salgan del proceso de producción igual como entraron. Es decir, tan desposeídos como antes de medios de vida y producción. De este modo, estarán forzados a reproducir constantemente su obligación de vendedores de fuerza de trabajo. En otras palabras, deben ganar lo justo para continuar de este modo sin remedio, generación tras generación. Atados al capital por cadenas de oro que resultan más resistentes que el acero.

Al mismo tiempo que la acumulación capitalista exige ampliar constantemente el número total de obreros, cada empresa los expulsa a cada rato introduciendo adelantos tecnológicos. De este modo intenta mantener la delantera respecto de sus competidores en la producción de plusvalía extraordinaria. En ese proceso además, - descubre Marx - se encuentra la clave no solo del carácter revolucionario del capitalismo, sino asimismo de su funcionamiento cíclico. De este modo, no es solo que cada firma los expulse de modo constante, sino que además, periódicamente, la forma de movimiento del capitalismo los expulsa por millones.

Sin embargo, lo que se asienta necesariamente en medio de estas idas y venidas, necesariamente es el aumento en el número de obreros. Paralelamente, sin embargo - demuestra Marx - crece asimismo el ejército industrial de reserva, es decir, la masa de obreros sin trabajo. Ello resulta indispensable para que los salarios se mantengan en niveles tales que fuercen a los obreros a vender nuevamente su fuerza de trabajo. Es decir, lo suficientemente bajos.

Agotado todo, y si el aumento de población resulta insuficiente, es posible lograr que la producción de valor y plusvalía aumente por parte de la misma masa de obreros. Para ello, sin embargo, no queda más remedio que educarla mejor, para lograr de ella un trabajo mas complejo, aparte de lo poco más que se logre al aumentar la intensidad del mismo. La tecnología no es muy útil, puesto que no crea valor nuevo, mas bien al revés. Solo lo transfiere a los trabajadores que utilizan menos tecnología a aquellos que disponen de ella en mayor medida. El caso chileno que se verá, parece ilustrar estos conceptos de El Capital de un modo espectacular.



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