Columnas
2012-09-24
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Angel Saldomando
especial para G80

El fondo de la cacerola. Malestar y cambio en la sociedad

Con motivo de la reciente manifestación contra el gobierno en Argentina, convocada por la oposición vía redes sociales y acompañada de un cacerolazo se ha comenzado a especular sobre el la magnitud del descontento, sus razones y su base social. Después de todo la presidente Cristina Fernández ganó su elección por amplio margen, de allí que los sectores que la apoyan oponga la razón de las urnas por encima de la protesta. Sin embargo hay un debate de fondo que hay que abordar y que tiene trascendencia regional.

Descontento sonoro

Desde que las cacerolas resonaran en signo de protesta por primera vez en 1963 contra el gobierno de Joao Gulart en Brasil, quien terminó derrocado y exiliado en Argentina, fueron asimiladas a una movilización de las clases medias conservadoras en el marco de estrategias desestabilizadoras. Así también se analizaron los cacerolazos durante el gobierno de Salvador Allende. Sin embargo los cacerolazos continuaron y se hicieron más populares durante la dictadura de Pinochet. Continuaron en democracia en Venezuela, Chile y en Argentina y llegó hasta Canadá incluso, dónde ha sido utilizado en Quebec en apoyo a las demandas estudiantiles.

Más allá de la difusión exitosa de la forma de protesta, el cacerolazo en nuestros contextos es una manifestación de bajo costo, no requiere gran organización ni exposición personal, pero su sincronización si es masiva es importante y expresa al menos de quienes convergen un malestar difuso.

Este malestar difuso en su expresión tiende a explicarse como una crisis de representación política y como un distanciamiento de las instituciones de las preocupaciones ciudadanas, pero en cada caso la intensidad, las razones y los sectores pueden ser muy diversos.

En Chile ha sido un creciente rechazo a la continuidad del modelo socioeconómico y a la captura del estado por elites muy distanciadas de las necesidades de la ciudadanía. En Argentina ha sido mucho más una expresión de clase media y sectores acomodados, en la coyuntura de la crisis financiera y más recientemente por las restricciones de acceso al dólar libre y contra una eventual modificación constitucional para una reelección de la presidenta. Aun así estos temas no están muy estructurados políticamente y no alcanzan siquiera para ser bandera de una maltrecha oposición conservadora pero si ha sido una buena sonda de ensayo. Tampoco en Venezuela este tipo de descontento logró cuajar y la próximas elecciones dirán si abonaron o no a la causa opositora al presidente Chávez.

Sin embargo es necesario llamar la atención sobre este malestar difuso que tiene dos aspectos que se deben destacar. La activación de clases medias en la protesta a veces bajo influencia conservadora y a veces bajo influencia contestaría de sectores más amplios que hasta ese momento no se expresaban.

Por otra parte, en los países con continuidad de gobiernos asimilados al progresismo o a la izquierda tiende a revelar una crispación creciente por la hegemonía de dichos proyectos políticos, algo que ha podido evitar hasta ahora sólo Brasil y por una razón no menor; la rotación política y una cierta capacidad de ajustar sus círculos de representación en el partido de los trabajadores.

Sin embargo el desgaste político acecha a todos y la continuidad pone serios problemas para conservar base social, legitimidad política y condiciones de gobernabilidad.

Democracia y alternancia política

Y esto introduce la cuestión de fondo ¿Con que medios se aseguran la continuidad de los proyectos políticos? Detrás de esta pregunta hay un debate de fondo sobre el papel de la democracia, de la reelección y la alternancia política. Sobre esto último se han pronunciado a favor y en contra respectivamente especialistas del tema. Y esto no es académico, en varios países se han refundado las constituciones o se han modificado para asegurar la reelección y mantener liderazgos y partidos en el gobierno.

Hay que considerar sin embargo que los proyectos políticos que encarnaron diversos gobiernos en los noventa y parte de esta década redujeron considerablemente el valor de la democracia y la alternancia política. Bajo la hegemonía de las políticas liberales y la condicionalidad externa de las instituciones financieras, poco importaba el gobierno de turno, seguían la misma política con rarísimas excepciones.

El malestar que produjo fue objetivo, había aumentado la pobreza y la concentración de la riqueza, la apertura económica y la desregulación habían desmantelado las economías e incrementado la corrupción. Se produjeron crisis políticas y surgieron liderazgos personalizados entre las ruinas de los partidos políticos tradicionales.

Alternancia había pero el modelo seguía su curso y mantuvo continuidad durante veinte años, hasta que alrededor de 2004 el propio Banco Interamericano reconoció que el modelo neoliberal no tenía apoyo en la sociedad. Pero hubo que esperar hasta hace muy poco para que la Cepal pusiera la igualdad al centro de las preocupaciones de política pública.

Sin duda que la ola de gobiernos asimilados al progresismo y a la izquierda con el retorno de políticas desarrollistas y con una revalorización del estado jugaron su papel. La cuestión es que estos gobiernos tratan o pretenden cambiar, reformar, desmantelar según el caso, el modelo neoliberal, con las inevitables tensiones que se generan con los intereses constituidos dentro y fuera de los países durante la hegemonía neoliberal.

Para ello los nuevos proyectos políticos necesitan tiempo y continuidad. Nadie puede pretender que con la profundidad que alcanzó el modelo neoliberal y el tiempo que duró esto se cambie de inmediato y se funde un modelo más igualitario y sostenible. En esta razón se funda el argumento más fuerte para la continuidad y en ella se han apoyado los gobiernos de izquierda. A su vez los de derecha han invocado también sus razones, estabilidad, seguridad por ejemplo.

El valor de la democracia y de la alternancia política adquiere todo su peso en este debate sólo si las condiciones de expresión de la ciudadanía están realmente aseguradas y si la continuidad posee condiciones de aceptación democrática.

Los liderazgos exclusivamente personalizados, la configuración  de grupos de poder sin control y la disminución de la calidad democrática conspiran evidentemente contra una continuidad legítima, más aun si las leyes electorales se hacen sólo a favor de los grupos en el poder o se trucan directamente las elecciones. En cada caso sin duda esto debe ser verificado.

Frente a los dilemas de la continuidad y la alternancia, que pueden ser complementarias o contradictorias, no hay regla única. Las sociedades funcionan con dosis de ambas la cuestión es con que resultados en términos de  modelo de sociedad y democracia.

Es muy probable que los suecos se inclinen por una alta continuidad de su modelo de sociedad y democracia sin eliminar la alternancia política, que los chilenos deseen disminuir la continuidad del modelo de sociedad y democracia e incrementar la calidad democrática de la alternancia política y que los argentinos deseen avanzar en la continuidad de las nuevas políticas y deseen mejorar la alternancia.

Las dosis de uno y otro componente requieren de una construcción política que la verifique como opción de gobierno, el desajuste comienza a volverse sonoro cuando no se logra interpretar ni canalizar políticamente las expectativas de cambio y alternancia frente al exclusivo inmovilismo y la descomposición de la política.

Angel Saldomando

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