Columnas
2013-11-12
1594 lecturas

Ángel Saldomando
especial para G80

Dilemas electorales y después

La coyuntura electoral se asemeja a una crónica de victoria anunciada para Bachelet y para los demás la cuestión central viene a ser como posicionarse a ese acontecimiento.

Pero aún hay incógnitas que resolver fuera del eventual triunfo de la Nueva Mayoría: la composición del parlamento, de los Cores, quien será segunda fuerza, que porcentaje obtendrán las posiciones críticas, cuál será la tasa de abstención y de participación, que éxito tendrá la campaña  marca tu voto por la asamblea constituyente.

Y nada de esto es sin importancia para la configuración del escenario pos electoral y el desarrollo de las fuerzas ya sean pro cambios o pro continuistas. Pero antes hay que pasar las elecciones y las posiciones se dividen entre echar mano a la reserva del voto cautivo en la derecha para resistir lo mejor que se pueda, el voto útil pro Bachelet mayoritario que señalan las encuestas y luego entre el voto crítico y la abstención se dividen las posiciones más descontentas.

Pero aquí interesa considerar estas posiciones en torno a tres cuestiones que parecen mayoritariamente aceptadas.

Hay consenso o disposición favorable en la opinión en reconocer que se necesitan cambios (sobre esto hay multitud de artículos y encuestas).

Se espera que la agenda de cambios se materialice en algún grado en el próximo gobierno.

No está claro hasta donde y como esta agenda se realizará.

El dilema es que opciones y dinámicas pueden empujar la agenda de cambios y cuáles de ellos  puede realizarse con resultados concretos visibles para la población; de manera que la confianza en los cambios y la convergencia política en torno a ellos se amplíe y se fortalezca.

Como nadie tiene una bola de cristal y se trabaja siempre con hipótesis sobre los desarrollos posibles, hay que considerar al menos tres aspectos como condiciones favorables.

La primera es si configurará una mayoría social y política que asuma el debate sobre qué y cómo cambiar lo que no va más, como el consenso dominante y marginalice a la derecha. Hasta ahora esto es virtual porque se apoya en encuestas y en movimientos sectoriales que no tienen un común denominador que pueda visualizarse como la expresión de esa mayoría. Queda por certificar políticamente. Esto implica votar por una fuerza critica pro cambios que le de peso porcentual, marcar la boleta con la preferencia por la asamblea constituyente. No es probable pero sin duda un debate entre una postura crítica y la de Bachelet se haría desde adentro de lo que no va más. Pero en cualquier caso, un eventual triunfo en primera vuelta de Bachelet acentuará su responsabilidad política, igualmente si eso ocurre en caso de segunda vuelta. Y si se es consecuente con el razonamiento es deseable que gane con el margen que no permita excusas.

La suma de ambas posturas, la crítica y la mayoría, marcaría políticamente las fronteras del debate. Ello legitimaría la exigencia para que se cumplan las expectativas pero también validaría la opinión más crítica.  Es fundamental contarse, nadie puede reivindicar representación si no la logra. Y si también no votar es una opción, tiene la desventaja de disolverse en cualquier tipo de interpretación sobre la significación de ese eventual mensaje político. Los argumentos “anti binominal” y “anti legitimación del sistema” no tienen peso porque las dos realidades a las que se refieren no impiden contarse y sumar si se vota.

La segunda es que los movimientos sectoriales llegan en buen pie al momento eleccionario pero aun sin cheque en blanco al futuro gobierno, queda por incrementar la capacidad de dialogo y las solidaridades entre sectores que empujen los cambios en un contexto más abierto pero también políticamente más complejo.

La tercera es más de mediano plazo pero interroga luego de la experiencia de los últimos años si se madurará en las fuerzas pro cambios en dirección de generar referentes políticos, amplios y convocantes, que recompongan la relación entre la sociedad y la acción política. Toda la vehemencia de las reivindicaciones surgidas en estos últimos años, que rompieron el pacto de silencio entre la derecha y la concertación y abrieron políticamente el país, no puede ocultar el hecho  que la mayoría parecer confiar en Bachelet, quien ha sido parte del problema, y que frente a esto no parece haber otra referencia.

Algunos apuestan a que una nueva capitulación del futuro gobierno frente al modelo, en la creencia que eso abriría espacio político para otras alternativas. Pero hay que considerar que eso bien podría más bien aumentar los costos y quizá genere una nueva desmoralización masiva o una radicalización muy fragmentada.

Lo que puede ser dinámico es empujar al menos una de las reformas estructurales de manera exitosa y con ello una superación de los enclaves más conservadores en la nueva mayoría y que interactúan con la derecha con intereses corporativos y de casta comunes. Hay que demostrar que se puede y romper los cuentos conservadores que justificaron el inmovilismo y lo hacen aun.

Existe un espacio, porque el país se ha abierto políticamente aunque permanezcan obstáculos institucionales y factuales, para encarar lo necesario y lo posible en dirección de un nuevo modelo de país. Parece poco quizá pero para los ciudadanos de a pie seguro que es mucho.

Las experiencias progresistas latinoamericanas han venido demostrando además, que la construcción de nuevas correlaciones de fuerzas en torno al cambio pos neoliberal, se ha desarrollado impulsando políticamente las necesidades concretas de la gente y verificando los beneficios para la mayoría. Y que se desmoronan si se fracasa. En este camino ha habido un proceso de decantación interno que duda cabe, entre más o menos avances. Pero las mayorías electorales como las de Lula y Dilma en Brasil con más del 56%, Cristina Fernández en Argentina con 54%, Correa en Ecuador con 56%, Evo en Bolivia con 64% son realidades que estructuran amplias expectativas nacionales progresistas frente a las cuales las purezas doctrinarias se rompen los dientes.

Ello no significa evitar el debate, la democratización, profundizando la movilización de la sociedad, y empujar el eje de gravedad hacia el pos neo liberalismo.

Chile tiene por delante la posibilidad de hacer este ejercicio, si se logra estructurar un amplio campo social que legitime cambios necesarios como la prioridad nacional. En cierta medida esto ya viene ocurriendo y dada la situación de la que se viene, ciertos cambios a condición de hacerlos pueden significar grandes mejoras. Aún está por verse.

Ángel Saldomando

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