Columnas
2014-02-05
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Manuel Riesco
especial para G80

De Generaciones: El ocaso de los "Hijos de Pinochet"

Escrito para The New Left Review, Londres

INTRODUCCIÓN

La debacle política de la derecha resulta tan inesperada como impresionante. No se veía algo así desde hace medio siglo. Al igual que entonces, su derrota electoral es signo de algo más grave. Antes, marcó el ocaso de los viejos latifundistas. Hoy parece suceder algo parecido con sus hijos. La generación postrera. Los que recuperaron el poder tras el golpe militar.

Por mano ajena digitada desde el extranjero, recobraron la hegemonía que habían perdido sus antepasados. Éstos la habían ganado y sostenido durante siglos, con relativa legitimidad y casi siempre por medios políticos, la mayor parte del tiempo.

Los “Hijos de Pinochet” la ejercieron apenas cuatro décadas, mediante el terror y sus cicatrices. Así suele ser el graznido final de lo que tiene que morir y no se aviene a hacerlo con dignidad.

Fueron la anti-generación del ’68. Aquella hornada de jóvenes de todos los sectores sociales, que se dejó seducir de modo alegre y singularmente responsable, por la ola de ilustrada voluntad colectiva que barrió el mundo por esos años. Arrasando a su paso con tanta idea fea, institución caduca, opresión, injusticia y obscurantismo secular.

Reunida nuevamente tras una larga gesta, aporta hoy su experiencia a las generaciones progresistas que le sucedieron, para culminar aquello que iniciara hace medio siglo y por lo cual ha luchado toda su vida. Cuando despunta una nueva primavera del pueblo.

LA GENERACIÓN DEL '68

En medio de la agitación generalizada en Chile y el mundo, la generación del '68 se propuso ser realista soñando lo imposible. Es lo sensato durante estos períodos en que las sociedades apuran el tranco. Grandes mareas populares, que a lo largo de dos siglos vienen proporcionando la fuerza motriz que ha permitido a la humanidad ir zafándose, a empellones sucesivos cada vez más amplios, de las ataduras de ignorancia y sumisión al viejo régimen señorial y campesino, para construir la moderna civilización urbana que cubre ya la mitad del planeta.

De tanto en tanto rebrota la primavera de los pueblos. Felices aquellos que han tenido el privilegio de florecer en su fertilidad. A la generación del '68 le ha correspondido vivir una larga gesta. La marcha no ha sido fácil. Avances y retrocesos. Acción y reacción. Luces y sombras. No sobran adjetivos para calificar tantas cimas y simas.

Fue bautizada en la reforma universitaria, que en seis años duplicó, modernizó y democratizó el sistema público de educación superior. Generosa, proporcionó la infantería para la conquista, realizaciones y defensa del Gobierno Popular. Disciplinada, acató convencida la sabia dirección de las generaciones mayores, a su turno forjadas en las precedentes primaveras populares.

Así son los chilenos. Muy pacientes y bien enterados, a cada década pierden la paciencia. Lo habían venido haciendo a lo largo del siglo, en forma multitudinaria en los años 1924, 1931, 1938, 1949  y 1957, sin contar episodios menores.

La ola de movilización popular iniciada poco antes de 1968 fue la más fructífera de todas. Por única vez, el campesinado despertó de su siesta secular y se incorporó por millones. Este rasgo esencial, probablemente definirá esta gesta como la que representa en la historia de Chile lo que el año 1789 para la era moderna global.

En pocos años vibrantes, transformó de arriba abajo y para siempre la geografía social, económica y cultural de Chile. Su líder, Salvador Allende, que había sido testigo y protagonista de las oleadas anteriores, se convirtió en el único compatriota auténticamente universal. La generación del '68 alrededor del mundo entero, recuerda exactamente lo que hacía al momento de su heroico sacrificio en La Moneda en llamas.

Tiempos complicados

Muy joven, esta generación se hizo adulta en la derrota. Enfrentó sin arredrarse el tsunami reaccionario que se abatió entonces sobre estas costas. A veces, algunos pueblos han sufrido estos latigazos vengativos, antes de levantar las defensas adecuadas. Son destructivos, pero superficiales. Hacen daño, pero no retrotraen ni un milímetro los avances logrados, por los grandes terremotos que les preceden en las profundidades tectónicas de la sociedad.

Al no poder detenerla, esta generación se sumergió sin vacilar bajo esa ola, capeándola, para emerger casi intacta del otro lado a organizar desde el primer momento la resistencia. Combatió en las sombras, protegida por una red impenetrable de solidaridad y discreción que tejió en torno suyo. Enfrentó la muerte, que le arrebató a sus mejores. Sobrevivió torturas, prisión, exilio, persecución y ciudadanía de segunda clase.

Perdió la inocencia. Aprendió a desplegar todas las formas de lucha. Comprendió que la política es razón y fuerza. Amplitud y filo. Prudencia y arrojo. Cabeza humana y cuerpo de bestia. Cabalgó el Centauro del Príncipe.

Pertrechada de ese modo, encabezó una nueva ola de protestas multitudinarias en los años 1980, que lograron derribar la dictadura. Esa primavera, la más dura de todas, forjó la mejor de todas las generaciones. La que se auto denomina "G-80". Ésta proporcionó sin vacilar las tropas a las luchas de esos años. Pagó los costos más elevados. También perdió a sus mejores. Otros siguen prohibidos de retornar a la Patria a la cual ofrendaron sus vidas. Todavía no logra recomponerse del todo, cuando ya les llega su turno de asumir el relevo.

Lo lograrán, rodeados del cariño de su pueblo, que los levantará como sus héroes, que lo son. Se mirará en ellos con orgullo. Representarán en el imaginario ciudadano, lo que cada uno hizo en esos años obscuros. Puesto que todos resistieron. Todos los días. Todas las noches. En todos los lugares. Cada cual a su manera y de acuerdo a sus posibilidades. Aunque fuese un pequeño gesto de solidaridad, un silencio de complicidad, una buena talla.

Se hizo todo lo posible para que el fin de la dictadura borrase al mismo tiempo su legado reaccionario. Las fuerzas acumuladas eran considerables y se echó toda la carne a la parrilla. No fue suficiente. Tras varios años de combate incesante, la ola popular empezaba a mostrar signos de cansancio. Mal que mal, había conseguido lo principal: abrir un camino para acabar con la dictadura.

En el entusiasmo de su propia capacidad y nublada la vista por trizaduras que se abrieron en su cabeza, ésta se desligó del cuerpo. Fueron unos pocos meses, pero bastaron para permitir la división del frente opositor a la dictadura. Ello habría de sellar el curso "moderado" de la transición posterior.

Para más remate, se derrumbó el socialismo en el cual había puesto sus esperanzas. Al tiempo que se proclamaba el "Consenso de Washington", inspirado en una secta de liberales demenciados que yacía muerta en vida desde su fracaso en la crisis de los años 1930. Su catafalco fue reabierto por grandes consorcios financieros y rentistas, que a partir de los años 1980 arrebataron las riendas de la economía y política mundiales.

Los años en la medida de lo posible, las décadas de 1990 y 2000, fueron bien desgraciados para la generación del '68. Tal como le sucedió durante el gobierno de Allende, se fracturó entonces de arriba abajo.

Algunos abrazaron los nuevos tiempos con bastante entusiasmo. A lo mejor había algo de cierto en aquello que la historia parecía haber terminado. Gustosamente cambiaron el relato grande por el pequeño. Les sedujo la filosofía post-todo-lo-que-habían-creído-antes. Eso, los equilibrios fiscales y la apertura comercial.

Alguien hizo algún dinerilllo en el oficio de charlatán. Los que recuperaron el suyo de políticos, las más de las veces lo degradaron a acuerdos de pasillo. Hubo quienes afirmaron que el gran error fue no votar en el año 1970 por el candidato demócrata-cristiano Tomic, en lugar de Allende. No consensuar la reforma agraria con los latifundistas. Reconciliarse era la cuestión. Los más vivarachos ascendieron como la espuma oficiando de "lobistas", fea palabra hasta entonces desconocida por esta vapuleada generación. No fueron pocos los que confundieron la prudencia con el acomodo.

Proclamaron que ese estado de cosas iba a durar para siempre. Duró bien poco. En la peor parte de los años 1990, una nueva generación progresista irrumpió con fuerza en la Universidad de Chile, reconstruyendo la Federación de Estudiantes de Chile, FECH, que otros habían clausurado por obsoleta. La "G-90" fue un rayo de sol entre nubes grises. Pinochet cayó detenido en Londres. Fue procesado en Chile en el largo verano del 2001, a partir de lo cual la justicia ensanchó crecientemente su medida de lo posible. Se desató una crisis mundial de Padre y Señor Mío, que quitó el piso al Neoliberalismo que había penetrado no poco en algunos segmentos de una generación a la sazón medio "groggy", tras tantos golpes y avatares.

Una nueva primavera

Volvió la primavera. Esplendorosa. Sus primeros brotes tomaron forma de Pingüinos. Decenas de miles de ellos. Muy pronto y algo más creciditos, brotaron nuevamente por todo Chile, en centenares de miles. En un par de pasadas, los estudiantes echaron abajo la idea tan sesudamente promovida, que la educación podía convertirse en mercancía.

El pueblo sigue los acontecimientos con expectación creciente. En regiones remotas, ha dado muestra de lo que puede sobrevenir cuando entra de lleno a la pelea. En un par de ocasiones, ha recordado lo que son las manifestaciones de millones. Convocado al mediodía por una muchacha luminosa, salió una noche a tocar cacerolas. Otra vez, se retiró en masa durante varios días seguidos, a honrar en silencio frente a sus televisores, su trágica y espléndida memoria.

Todo ello bastó para cambiar radicalmente la situación política. Los partidos progresistas dieron muestra una vez más de su singular flexibilidad. A lo largo de casi un siglo, les ha permitido ir conformando sucesivas coaliciones que han sabido recoger las demandas principales de cada momento.

Esta vez, lograron conformar la coalición más amplia de la historia, la Nueva Mayoría, que ha reunido nuevamente en un solo haz a casi todos los que derribaron a la dictadura. Hay signos que se ampliará aún más, incorporando de modo formal o informal a varios de quienes todavía se sienten desafectados por la izquierda, así como a otros que vienen avanzando en esta dirección, desde la derecha. Estas amplias alianzas políticas son, desde luego, el cauce indispensable para convertir las demandas ciudadanas en políticas de Estado.

Asimismo, constituyen una de las defensas principales contra los tsunamis reaccionarios, los que son inevitables en tiempos de cambio. Para ser efectivas en este aspecto, deben complementarse con la represión enérgica de los probables brotes fascistoides. Ojalá por medios legales, pero si ello no es posible, mediante la acción directa de los ciudadanos. Ambas son las lecciones de los pueblos que han logrado frenar estas oleadas criminales. También, por oposición, es parte de lo que enseña la derrota chilena de hace 40 años.

Michelle Bachelet

En todo ello, esta vez ha sido decisivo el rol jugado por la Presidenta Electa, Michelle Bachelet. A diferencia de su primer mandato, al cual se vio impelida por fuerzas que mayormente escapaban a su control. De las cuales no fue ajena una maniobra de los "Hijos de Pinochet", que en ese momento la veían como una adversaria menos peligrosa que otros potenciales candidatos.

Les salió el tiro por la culata. Ganó aquella elección al galope, contra el mismo Sebastián Piñera, que la sucedería al cabo de cuatro años. Durante su gobierno, intentó sin mucho éxito aprovechar la "Revolución Pingüina", para impulsar cambios educacionales que no estaban en su programa. Éste sí prometía, en cambio, una reforma previsional. La implementó, otorgando derecho a pensiones "solidarias" a más de la mitad de la población. Empezaron a recibirlas de inmediato más de un millón de familias, beneficiando directamente a más de la cuarta parte de menores ingresos de los chilenos.

En ambas reformas se incrementaron significativamente los recursos disponibles. Sin embargo, no se intentó siquiera, tocar las bases de los respectivos sistemas privatizados. Al contrario, éstos salieron fortalecidos al morigerarse con más recursos públicos, algunas de sus aristas más irritantes. Luego vino la crisis mundial, que su gobierno enfrentó con bastante decisión, incrementando el gasto público casi en un quinto, mayormente en beneficio directo de la población.

Todo ello fue reconocido, lo bueno y lo malo. Luego de un declive inicial bastante acentuado y una vez que se empezaron a pagar las pensiones solidarias, su liderazgo, empezó a recibir una creciente aprobación de la ciudadanía.

Sin embargo, ésta rechazó otorgar un nuevo mandato a su coalición política de entonces, la Concertación de Partidos por la Democracia. Al cabo de dos décadas, el pueblo se cansó de esperar que realizaran un giro que se apartara del modelo impuesto por la dictadura, que hasta entonces habían venido administrando con pocos cambios de fondo. En la elección del 2009, el ex Presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle obtuvo menos de un 30 por ciento de los votos en primera vuelta y fue superado estrechamente por Sebastián Piñera en la segunda ronda.

Ello no pareció afectar la popularidad de Michelle Bachelet, que terminó su gobierno con una aprobación casi unánime. La mantuvo incólume durante los cuatro años de Piñera, tiempo que dedicó a ejercer con corrección un alto cargo en las NN.UU.

Al regresar, fue categórica en un aspecto central: sólo estaba dispuesta a encabezar una coalición más amplia, que incluyese a los Comunistas y otras fuerzas de izquierda que habían estado excluidas desde el término de la dictadura. Con un programa que apuntase a tres grandes objetivos en los cuales todos concordaban: recuperar la educación pública, gratuita y de calidad, una reforma tributaria que redujese la inequidad y lo más importante, una nueva constitución.

Son objetivos ciertamente moderados, que si bien abordan las cuestiones más sentidas y maduras, no se proponen tocar los asuntos más de fondo, como la renacionalización de los recursos naturales.

Revolucionario, el programa de Bachelet no es. Bastante más moderado de lo que se requiere para los tiempos que corren, si lo es. Lo mismo se aplica a su recién nominado gabinete, en el cual el más destacado tecnócrata social-liberal y el principal lobbista de las mineras, ocupan las carteras de Educación y Energía, respectivamente. Sin mencionar a la Subsecretaria de la primera cartera, que ha estado en el foco de la polémica.

De ningún modo es un programa como el de Allende, que inspire la adhesión fervorosa de millones, recogiendo sus problemas más sentidos y esperanzas más queridas, que son al mismo tiempo las grandes transformaciones nacionales que objetivamente se requiere realizar.

Esto es precisamente lo que la ciencia política clásica sugiere como la forma apropiada para conducir una ola popular en alza: encabezarla sin la menor vacilación.

Por el contrario, cuando la agitación masiva alcanza el punto de su inevitable declinación cíclica, la consolidación de los avances logrados y el restablecimiento del orden pasan a primer lugar en la agenda. Lenin, cuya principal contribución a la ciencia política es precisamente el descubrimiento de estos largos ciclos en la actividad política de las masas, cáusticamente calificó de “cretinismo parlamentario” a la moderada gradualidad en tiempos de agitación extendida. Al contrario, llamó “infantilismo revolucionario” la idea que la única forma de marchar es hacia adelante, todo el tiempo, sin considerar los signos de fatiga del movimiento de masas.

Inevitablemente, ello ha creado problemas con los líderes del movimiento de masas en alza, aún antes que el gobierno asuma. Para el Partido Comunista, esto ya ha significado retrocesos significativos en el liderazgo de aquel, donde es ciertamente la principal fuerza. Ha perdido la presidencia de importantes federaciones estudiantiles y algunos sindicatos muy activos, como los portuarios por ejemplo. En otros gremios importantes en cambio, como los profesores por ejemplo, obtuvieron importantes avances. Desde luego, en la reciente elección duplicaron su representación parlamentaria, a seis de un total de 147 diputados, eligiendo además a dos destacadas ex dirigentas estudiantiles, con altas mayorías en distritos de elevada población en Santiago.

Si el programa de Bachelet se cumple, sin embargo, abrirá paso para abordar los principales problemas nacionales. Especialmente si se promulga una nueva constitución. Ésta necesariamente generará una amplia discusión ciudadana acerca de los problemas de fondo. "Preparará a Chile para los próximos años en cuanto a nuestros recursos naturales", ha declarado la Presidenta Electa en la presentación de su primer gabinete. Tiene toda la razón.

El contenido de las reformas que logre implementar el nuevo gobierno, así como la profundidad y extensión de las mismas, estará determinado por la correlación de fuerzas políticas que se vaya configurando. Las mayorías parlamentarias alcanzadas permiten en teoría realizar muchos cambios. A condición que no haya disensos en la Nueva Mayoría y se cuente con el concurso de algunos independientes y derechistas disidentes, a lo cual éstos se han manifestado dispuestos en principio.

La clave para todo ello será la evolución de la movilización popular. Claramente, ésta sigue un curso ascendente, pero su trayectoria no es lineal, ni mucho menos. Nunca lo es. Al contrario, avanza a enviones, en constantes idas y venidas. Si la ciudadanía se manifiesta de modo masivo y claro, los avances en este gobierno pueden ser importantes. Si no es así, serán menores y menos definidos.

En cualquier caso, es cosa de tiempo que los cambios se realicen. Los que vienen son buenos tiempos para la generación del ’68. Nació unida en la reforma universitaria, se dividió durante el gobierno de Allende, volvió a aglutinarse durante lucha antidictatorial, para fracturarse nuevamente durante la transición de las últimos dos décadas. Ahora se ha vuelto a reunir.

La nueva situación política le brindará una merecida oportunidad de aportar su experiencia a las generaciones progresistas que la sucedieron. De modo de concluir la tarea iniciada entonces, por la cual todas ellas han venido luchando toda la vida.

LOS “HIJOS DE PINOCHET”

Para sus adversarios representa algo muy diferente. La debacle política de la derecha parece tan profunda como la experimentada en los años 1960. Al igual que entonces, una franja significativa de hijos de "los de arriba", posiblemente los mejores, empiezan a romper con lo que representaron sus padres. Hace medio siglo, desaparecieron para siempre los viejos latifundistas. De una u otra forma, siempre basadas en su monopolio sobre las riquezas de esta tierra, habían dirigido los destinos del país, desde mucho antes de la Independencia. Alcanzaron y ejercieron su hegemonía principalmente por medios políticos, la mayor parte del tiempo.

Hoy, parece llegar el ocaso a la generación de sus hijos. Los que gracias al golpe militar, recuperaron la hegemonía perdida y la han venido ejerciendo durante cuatro décadas, principalmente mediante el terror y sus cicatrices. Fueron la generación postrera de la vieja elite. La anti-generación del '68. Los "Hijos de Pinochet", como los bautizó agudamente el periodista y flamante ministro del nuevo gabinete de Bachelet, Victor Osorio.

Septiembre Negro

Todo se precipitó durante lo que ellos denominaron su “Septiembre Negro”. Se cumplían cuarenta años del golpe del año 1973, pero nadie había organizado una conmemoración especial, más allá de lo que siempre se había venido haciendo en estas fechas. El país se encontraba en medio de una elección nacional muy importante. Los partidos y organizaciones progresistas se encontraban mayormente volcados a ella.

El único que se había preparado seriamente para la ocasión, fue un canal de televisión de propiedad de un magnate estadounidense. Con meses de anticipación y sin escatimar recursos, había producido una mini serie titulada "Ecos del Desierto", acerca del episodio fundacional del exterminio de opositores políticos, la llamada “Caravana de la Muerte”. Además, un programa con imágenes prohibidas, como se tituló, de las protestas de los años 1980 y anteriores. Ambos fueron exhibidos en semanas sucesivas en torno al día 11 de septiembre del año 2013, en horario estelar.

El impacto fue fenomenal. Una audiencia multitudinaria opacó a los demás canales televisivos, que rápidamente tuvieron que desempolvar y transmitir programas de contenidos similares. Durante dos semanas el país entero, muchos millones de personas, se retiraban cada noche a la intimidad de sus hogares a recuperar su memoria de los años de dictadura. Las reacciones no se hicieron esperar. Todos se pronunciaron. Dirigentes políticos y sociales, universidades, iglesias, el poder judicial y suma y sigue. El Estado mismo, representado por el Presidente de la República, un político de centro derecha, condenó sin ambages tanto a la dictadura como los que denominó sus “cómplices pasivos”.

Acto seguido y durante otra semana, la atención pública estuvo centrada en la primera consecuencia práctica de esta gigantesca ola de memoria colectiva rompiendo sus diques: el cierre decretado por el gobierno, de un penal de lujo donde estaban recluidos los principales perpetradores de crímenes contra la humanidad. Fueron a parar a otro más incómodo junto a sus cómplices de inferior gradación.

“Septiembre Negro” lo llamó la candidatura derechista, que veía disminuir el apoyo a su postulación a cada hora. Fue el equivalente ideal de una multitudinaria protesta nacional, que se extendió a lo largo del mes completo. Modificó radicalmente las hegemonías en el espacio de las ideas y sentimientos.

Un impacto concreto mayor se produjo en las elecciones celebradas un mes después. Los resultados fueron adversos para la derecha. La votación de diputados del año 2013 representó para ésta una pérdida de 627 mil votos respecto del año 2009. Puesto que los partidos que integran la Nueva Mayoría y otras fuerzas de izquierda, centro izquierda, regionalistas e independientes, subieron su votación, la proporción de la derecha se redujo en 7,3 puntos porcentuales, a 36,2 por ciento del total. Perdió 9 diputados, los que representan asimismo una baja de 7,5 puntos porcentuales en el número de parlamentarios. Gracias al binominal, mantuvo una sobre representación de 40,8 por ciento del total de diputados.

Sin embargo, la elección del 2009 fue excepcional para la derecha. Si se comparan los resultados del año 2013 con los del año 2005, que parecen más representativos de su caudal electoral, su porcentaje en el total de votos válidos se reduce en 2,5 puntos porcentuales y el número de sus diputados baja en cinco. Eso es malo, pero no parece ninguna catástrofe.

No obstante, sus principales dirigentes y medios hablan abiertamente de una crisis profunda. Se han agudizado al extremo sus divisiones internas. Fracturas en sus dos partidos han dado origen a dos agrupaciones políticas nuevas, hasta el momento. El partido más afectado por las renuncias ha sido Renovación Nacional (RN), donde militaba el Presidente Sebastián Piñera. En la elección había salido mejor parado que sus socios de la Unión Demócrata Independiente (UDI), puesto que éstos habían sufrido la mayor sangría de votos y parlamentarios electos.

Sus líderes más renombrados se vinieron abajo con escándalo. Mostraron sus pies de barro. Uno tras otro, cayeron un empresario emergente exitoso, el más campeoncito de sus dirigentes políticos de la transición y la arrogante y grosera hija mimada de un miembro de la Junta de Gobierno. El primero por hacer trampas con sus impuestos, el segundo por problemas mentales y la otra sencillamente porque nadie la quiere, ni sus propios partidarios. Obtuvo apenas una cuarta parte de los votos en la primera vuelta presidencial, el peor resultado de la derecha desde 1990. A ello hay que agregar las peripecias de otro de sus dirigentes políticos, el de mayor trayectoria, que volvió a exhibir los problemas de carácter que le han ocasionado sucesivos porrazos a lo largo de su carrera.

A excepción de este último, que ha pasado las de Quico y Caco desde que surgiera como el principal dirigente estudiantil secundario opositor a Allende, los ídolos caídos de esta generación de derecha comparten la característica de haber crecido siempre a la sombra de los grupos más poderosos del país. Fueron siempre llevados de la mano. Desde el término de la dictadura, habían venido siendo promovidos sin recato y hasta el hartazgo, por los medios de comunicación y los llamados “poderes fácticos”, empresariales y antes por los militares. Les fabricaron un aura de autoridad e invencibilidad. Como suele ocurrir en estos casos, se la creyeron. Se convencieron que sus notables cualidades personales los habían proyectado hasta las alturas que alcanzaron. Puestos por rara vez en sus vidas ante trances más o menos complicados, se derrumbaron con estrépito. Tarde o temprano el agua busca su nivel.

Momios

A Carlos Larraín, presidente de RN, le preocupa lo que les puede sobrevenir cuando se establezca un “sistema electoral proporcional absoluto… lo peor para la centro derecha”. El hombre es chapado a la antigua y seguramente el fin del sistema electoral binominal, reforma que él considera ahora inevitable, le trae a la memoria lo que sucedió después que en el año 1958 se estableció la cédula electoral única. Este mecanismo de votación, que sigue vigente hasta hoy, terminó con el cohecho que los latifundistas acostumbraban hacer con sus campesinos. Acarreados de este modo, éstos constituían la base electoral de liberales y especialmente de conservadores, sus dos partidos tradicionales.

Por estos días, varios han recordado que en el año 1965, sumaron menos de un 13 por ciento de la votación y eligieron 9 diputados de un total de 147. En la votación de senadores les fue aún peor, puesto que obtuvieron poco más de un 10 por ciento y no eligieron ninguno. Les quedaron sólo los 7 que no se reelegían en esa vuelta, de un total de 45 en la cámara de senadores.

Los comunistas solos obtuvieron ese año la misma votación que toda la derecha junta y eligieron 18 diputados y dos senadores. La izquierda unida en el Frente de Acción Popular (FRAP) logró casi un 18 por ciento de la votación y eligió 36 diputados y 6 senadores. El Partido Radical, que luego integraría la Unidad Popular, obtuvo también alrededor de un 13 por ciento de la votación y eligió 20 diputados y tres senadores. La Democracia Cristiana del entonces Presidente Eduardo Frei Montalva se llevó las palmas: obtuvo casi el 44 por ciento de los votos, eligiendo 82 diputados y 11 senadores.

Un par de años más tarde, ese parlamento aprobó por amplísimas mayorías, leyes tan avanzadas como la sindicalización campesina y la reforma agraria. Éstas pusieron término definitivo al viejo latifundio, régimen que ni siquiera Pinochet intentó restaurar.

Hernán Larraín, senador de la UDI, coincide con el diagnóstico efectuado por Andrés Allamand, senador electo de RN: “el apoyo en las comunas populares de la Región Metropolitana cayó un 49 por ciento entre los comicios del 2009 y 2013; en los estratos medios se redujo en un 17 por ciento y en los altos subió un 1 por ciento”.  

Este diagnóstico es correcto, pero no refleja un hecho quizás más esencial: en las recientes primarias presidenciales, el candidato Andrés Velasco, que llegó segundo y luego apoyó a Michelle Bachelet, obtuvo casi toda su votación precisamente en las comunas donde viven los "estratos altos". Esa votación es tradicionalmente de derecha y a la luz de los resultados, en buena medida parece haberse alineado luego con sus candidatos a diputados y con su candidata en la segunda vuelta presidencial, que igualó la votación de aquellos.

Los que apoyaron a Velasco en esas comunas, son en buena medida jóvenes. Ello demuestra que no pocos hijos de los “Hijos de Pinochet”, hoy se manifiestan renuentes a seguir sus pasos. Eso tiene mal aspecto. Ya no se trata de sus rencillas políticas usuales. Es una fractura más profunda, que atraviesa sus propias familias. Como es sabido, una trizadura de este tipo en el seno de “los de arriba”, es una de las tres condiciones clásicas para que se produzcan cambios importantes; las otras dos atañen a la unidad de propósitos y disposición de pelea de “los de abajo”.

No ocurría algo así desde los años 1960. Ningún joven quería ser un “momio”, como se apodaban los derechistas de entonces. Resultaban tan impresentables como los pinochetistas de hoy. Aparentemente, los "momios" también se esfumaron entre los jóvenes de la “elite” de entonces. Aparte de uno que otro personaje pintoresco y más bien inofensivo y otros menos simpáticos que añoraban el medioevo, a quienes los estudiantes correteaban de tanto en tanto por puro gusto.

Un grupo no despreciable de la elite abrazó derechamente la causa progresista, que por entonces seducía a la abrumadora mayoría del país. Los más de éstos se identificaron con el gobierno de Eduardo Frei Montalva y no pocos apoyaron luego a Salvador Allende.

Aquellos que habían sido partidarios de Frei y luego opositores a Allende, en su mayoría rechazaron a la dictadura, a medida que ésta puso de manifiesto su carácter sanguinario y ultraderechista. Algunos de ellos nunca fueron partidarios del golpe y asumieron desde el primer momento la defensa de los perseguidos por el nuevo régimen, dando muestras de un temple extraordinario en esos tiempos difíciles.

En realidad, la mayor parte de los jóvenes de la elite seguían siendo “momios” en su fuero interno, pero como no era buena onda se agazaparon. Restándose a lo que sacudía al mundo y a Chile en esos años, se dedicaron a pasarlo bien a su manera, al menos durante un tiempo.

Cuando las cosas se pusieron color de hormiga, casi todos fueron opositores al gobierno de la Unidad Popular y avivaron el golpe más o menos activamente. La mayoría de ellos apoyó al régimen de Pinochet hasta el final y votaron “Si” en el plebiscito del año 1988. Muchos lo siguen añorando para callado.

Revolucionarios de ultraderecha

Otros se volvieron revolucionarios de ultraderecha. No hicieron asco de la lucha callejera insurreccional, el terrorismo y el asesinato político. Rompieron radicalmente con las convicciones de los “momios”, que por lo general eran republicanas y democráticas en lo político y más bien desarrollistas en lo económico. Las reemplazaron por el autoritarismo político teñido de integrísmo religioso y el neoliberalismo económico.

Después de su debacle del año 1965, la conducción política de la derecha fue asumida por viejos cuadros que habían simpatizado en su momento con el nazismo. Éstos encabezaron el nuevo Partido Nacional, que reemplazó a los tradicionales Liberal y Conservador.

Una parte de los más jóvenes, buscaron inspiración en las ideas del fundador de la Falange española, el marqués José Antonio Primo de Rivera. Fundaron el denominado Movimiento Gremial, que surgió de la contra-reforma de la Universidad Católica en el año 1967, dirigido por Jaime Guzmán. Los que entonces militaban en la juventud del Partido Nacional, por una parte y los Gremialistas, por otra, conforman hoy el núcleo de RN y la UDI, respectivamente.

Además, con recursos de la CIA estadounidense y siguiendo su orientación directa, en los días de su insurrección contra el gobierno constitucional de Salvador Allende engendraron un movimiento ostentosamente fascista, que denominaron “Patria y Libertad”. Éste debutó en 1970, ametrallando al entonces Comandante en Jefe del Ejército, el general constitucionalista René Schneider, en un intento desesperado por impedir que Allende asumiera la presidencia. La banda que asesinó al general, inauguró la trenza criminal de militares golpistas, lumpen y descarriados "pijes", hijos de lo más rancio de la elite, la ralea que tres años más tarde conformaría la flor y nata de la dictadura de Pinochet. Fueron bendecidos por un cura ultraconservador apellidado Karadima, en cuya elegante parroquia velaron sus armas en la víspera del crimen.

Las tendencias revolucionarias de derecha no constituyen una originalidad criolla, ni mucho menos. Fueron el principal demonio que acechó las transiciones clásicas a la modernidad.

La "Primavera de los Pueblos" original, que en una semana fulgurante del año 1848 derribó todos los gobiernos de Europa continental -Flaubert la describe de modo magistral en su Educación Sentimental-, no sólo dio a luz el Manifiesto Comunista pocos días antes. Esas turbulencias que lo removieron todo, también hicieron salir a flote las ideas más putrefactas que subyacen en los bajos fondos de la sociedad humana.

Como las ideologías de los revolucionarios auténticos, éstas también se rebelaban contra el régimen feudal que se derrumbaba en el Viejo Continente y resentían las deformaciones del racionalismo positivista y todas las contradicciones del nuevo régimen burgués. Pero en lugar de superarlas hacia adelante como aquellas, las ultraderechistas les opusieron la exaltación de los instintos primigenios, los valores tribales, la raza, el ultranacionalismo y otras lindezas por el estilo. En su caso además, con un fuerte componente anticristiano y virulentamente antisemita.

Son tristemente famosos al respecto, por ejemplo, escritos grotescos de Nietzsche y Wagner, entre otros de esa época. Atribuyen a los judíos, que identifican con la burguesía exitosa, un intento de dominación mediante la domesticación, por la vía de su derivación cristiana, de la "vitalidad conquistadora del alegre y saludable salvaje rubio".

Delirios por el estilo, inspiraron a los movimientos políticos populistas de ultraderecha europeos. Éstos adquirieron carácter de masas durante las crisis seculares del capitalismo, iniciadas en la década de 1870 y luego en los años 1930. Canalizaron la frustración de capas de la población azotadas por los desastres económicos del liberalismo, agravados por las secuelas de la Primera Guerra Mundial en el último caso.

Adonde llevaron tales movimientos a los países en que alcanzaron el poder, constituye el capítulo más trágico de la historia humana. Hasta el momento. Otras circunstancias han generado brotes ultraderechistas similares en diversas latitudes, como demuestran el caso chileno y otros países de América Latina a fines de siglo pasado y la ex Yugoslavia a principios del actual. Parece increíble que, a raíz de la nueva crisis secular iniciada el ańo 2000 y respecto de la cual la resistencia de los grandes acreedores ha impedido a los Estados reaccionar debidamente, nuevos brotes de este tipo hayan alcanzado cierta masividad, de todos los lugares ¡en Europa! El peligro mayor que se cierne sobre la humanidad del siglo XXI, es que tendencias de esta naturaleza accedan al poder en alguno de los gigantes emergentes. ¡Ni Dios lo quiera!

Chicago Boys integristas

En el caso chileno, como antes en España, la religión jugó un rol importante en la ideología de los revolucionarios ultraderechistas locales. Por cierto, no aquella que predicaba por entonces la jerarquía de la Iglesia Católica Latinoamericana. Ésta se había volcado decididamente a favor del progreso social desde principios de los años 1960. La jerarquía chilena mantuvo excelentes relaciones con el Presidente Allende e hizo todo lo posible por impedir el golpe militar. Asumió desde el primer momento la defensa de los perseguidos por la dictadura. Mantuvo esta posición hasta los años 1980 para luego virar hacia posiciones más conservadoras, en parte influida por los aires que soplaron durante el pontificado de Juan Pablo II.

El giro progresista de la jerarquía eclesial volcó a la elite hacia las corrientes católicas integristas. Se hicieron feligreses de algunos curas tristemente famosos como Karadima y especialmente del Opus Dei. Este movimiento nacido asimismo en la España franquista, jugó un rol clave en la reconformación ideológica de los "Hijos de Pinochet". Posteriormente encontró competencia en los Legionarios de Cristo. En el pueblo, las sectas evangélicas cumplieron un papel complementario, ofreciendo un camino al cielo a las franjas más conservadoras.

En años recientes, escándalos de pedofilia y otras aberraciones han desbancado de sus púlpitos a  estos falsos profetas. Lluvia sobre mojado. Los viejos "momios" hubiesen considerado un chiste de mal gusto ver a los prohombres de su clase afiliados a sociedades secretas de tan mala reputación.

Si las ideas de la Falange española y las concepciones religiosas integristas jugaron un papel en la reconformación de la elite chilena en los años 1960, fue el Neoliberalismo el que constituyó, de muy lejos, la ideología principal de los “Hijos de Pinochet”.

En el marco del Consenso de Washington, su adhesión fanática al llamado “pensamiento único”, les permitió aminorar el aislamiento internacional que siempre caracterizó a los revolucionarios ultraderechistas. Otorgó cierta patente de “modernidad”, al menos en lo referido a la economía, a la reacción que representó la dictadura de Pinochet en todos los ámbitos, incluido éste por cierto. Ello les brindó por un tiempo una cierta capacidad de influencia, especialmente sobre algunas capas intelectuales y profesionales que se formaron bajo la égida del "pensamiento único".

El Neoliberalismo fue un maná caído del cielo para los “Hijos de Pinochet”. Todo empezó con las mejores intenciones del mundo. A mediados de los años 1950, Wade Gregory, entonces un empleado del Departamento de Agricultura estadounidense en misión en Chile en el llamado "Punto Cuarto", fue el funcionario que elaboró los detalles del acuerdo que abrió el camino a un flujo permanente de alumnos de agronomía y economía de la Pontificia Universidad Católica (PUC) a la Universidad de Chicago, donde Milton Friedman sería su figura inspiradora.

Retirado desde hace muchos años, Gregory declaró que su propósito era crear una élite intelectual de nuevo tipo, que comprendiera la necesidad de introducir cambios en las relaciones de dependencia agraria entonces predominantes, las que describió en detalle en estudios muy interesantes del mayor latifundio chileno.

Eligió Chicago, recuerda, porque en esos años la apreciaba como una de las escuelas económicas más liberales de los EE.UU. Seleccionó a la PUC, precisamente porque la mayor parte de los vástagos de la clase dirigente agraria tradicional estudiaban allí. Persona de convicciones progresistas a lo largo de toda su vida, nunca imaginó que esta prole iba a adquirir una influencia tan grande bajo Pinochet, en un experimento que se desvió bastante de lo que fueron sus intenciones originales.

Para sus más embelesados alumnos, Friedman fue lo que el rayo para Saulo. Vieron el rostro de Dios. Se encantaron con sus ideas anarquistas burguesas, como las califica el historiador británico Eric Hobsbawm. El problema era el Estado, que duda cabía. El mismo sobre el cual la influencia de sus padres había venido menguando desde el nefasto movimiento militar progresista que se conoció como el “Ruido de Sables”, el año 1924. Amenazaba con liquidarlos definitivamente como clase, impulsando la reforma agraria. Hablaba de nacionalizar el cobre. Movilizaba enormes y costosos ejércitos de funcionarios para soliviantar la conciencia de los campesinos, estableciendo la enseñanza básica obligatoria. Aparte de malgastar los escasos recursos del país en subsidios a los industriales y onerosos programas de salud y pensiones.

Les parecieron más que sabias las ideas anti-obreras de los Neoliberales, que achacaban todos los males que no ocasionaba el Estado, a la influencia desmedida de los sindicatos. Su desprecio por la teoría clásica de la renta de la tierra, les pareció francamente genial. Ley pareja no es dura, no se podía discriminar entre sectores económicos, sin importar si alguno obtenía de ese modo su valiosa materia prima de gratis. Había que terminar con todas las regulaciones y dejar florecer la libre empresa privada. Algo así como una versión economicista de la “vitalidad del salvaje rubio” de Nietzsche.

Se convirtieron al punto. Fervorosamente. Los primeros apóstoles regresaron a principios de los años 1960. Entre ellos, Sergio De Castro, Manuel Cruzat y el recientemente fallecido Ernesto Fontaine, entre otros, Se atrincheraron en la Facultad de Economía de la PUC, que sigue siendo su cuartel general. Desde allí esparcirían la buena nueva a sucesivas generaciones de la elite. Luego a todo Chile y más tarde a Latinoamérica a través del programa CIAPEP, dirigido por el último de los mencionados. Harberger, uno de los ayudantes de Friedman, se casó con una chilena y sirvió de nexo estrecho con Chicago.

Este grupo, que se autodenominó "Los Chicago Boys", elaboró para la campaña presidencial de Jorge Alessandri en el año 1970, un pesado mamotreto programático que llamaron El Ladrillo. En el mismo, detallaban la revolución Neoliberal contra medio siglo de nefasto desarrollismo Estatal en la economía chilena. Tras el golpe y de la mano de los almirantes Carvajal y Gotuzzo, pronto asumieron las riendas económicas de la dictadura de Pinochet.  

Aplicaron de inmediato las recetas más extremistas de Friedman, las que rapidamente, en 1975 y nuevamente en 1982, precipitaron la economía chilena a sus dos peores crisis económicas desde de la década de 1930. La segunda fue atribuida directamente a los Chicago Boys y les costó transitoriamente el Ministerio de Hacienda, del cual Pinochet echó a Sergio de Castro sin pena ni gloria.

El grupo autodenominado "Los Pirañas", encabezado por Manuel Cruzat, perdió la mayor parte del imperio de bancos y empresas que había levantado como un castillo de naipes, durante la década precedente. Su socio Vial terminó en la cárcel, junto a otros connotados miembros del grupo, incluidos algunos ex ministros. Por un tiempo las vieron negras.

Los salvó el "revival" global del Neoliberalismo, que se inició por entonces. En los años 1980, la economía mundial venía saliendo de la crisis secular por la que había atravesado durante la década anterior. Ésta había representado un duro golpe a las concepciones económicas Keynesianas, que habían sido hegemónicas durante la “Era de Oro” del capitalismo de postguerra. Vino de perillas a sus críticos desde la derecha, encabezados por Friedman y la nueva Escuela de Chicago.

Tras la crisis, las economías de los países desarrollados iniciaron una larga fase ascendente, que se extendió a lo largo de las décadas de 1980 y 1990. En el curso de la misma, crecieron en forma desproporcionada dos fracciones empresariales cuya influencia resultó decisiva para los Neoliberales: los banqueros y los grandes petroleros. El ideario anarquista-burgués de Friedman les acomodaba a éstos casi tanto como a los vástagos de los latifundistas chilenos.

Fue el apoyo ilimitado de estos padrinos poderosos, el que sacó a los teóricos neoliberales de las catacumbas a las que habían sido relegados tras la debacle del entonces llamado “liberalismo manchesteriano”, en los años 1930. Fueron estos "sponsors" de grandes faltriqueras, quienes los elevaron nuevamente a la respetabilidad de las cátedras universitarias y vocerías empresariales. Tras la llegada al poder de Reagan y Thatcher, que contaban con el respaldo de los mismos grupos de interés, estos profesores extremistas accedieron al poder de los organismos internacionales y desde allí saltaron a los bancos centrales y ministerios de hacienda alrededor del mundo entero.

Hicieron mucho daño. Provocaron grandes sufrimientos a centenares de millones de seres humanos. Pero nunca tantos como los billones que dieron de ganar a sus padrinos.

¡Larga vida a la globalización! Duró poco. Todo terminó con la crisis de los años 2000. Embozados, por la puerta de servicio, los arrogantes banqueros que se consideraban "Amos del Universo", corrieron a implorar el salvataje del Estado. El mismo que habían pretendido desmantelar los profesores Neoliberales que apadrinaron antes. Apaleada la perra, se dispersó la leva.

TSUNAMI REACCIONARIO

Una contrarrevolución es lo peor que le puede pasar a una sociedad, a excepción quizás de una invasión militar. Tras el golpe de Pinochet, quedaron en la retina del mundo los bombardeos, baleos, ejecuciones sumarias, redadas, campos de concentración, torturas, degollamientos, desapariciones y toda suerte de atrocidades. Bajo la mirada enfurruñada del dictador encasquetada tras sus anteojos negros.

Más difícil de registrar, es el violento cambio de mareas que barre con todo. Un tsunami reaccionario, que arrasa todos los espacios. Las contrarrevoluciones son culatazos devastadores, pero superficiales y transitorios. La reconstrucción de lo destruido y la reparación de lo dañado, bien puede demorar medio siglo. Pero aún así, son incapaces de retrotraer las transformaciones sociales profundas logradas por las revoluciones que las preceden.

En los días que siguieron al golpe, el centro de Santiago experimentó un fenómeno insólito: se llenó de “ternos”, trajes obscuros de tres piezas, con chaleco abotonado. La bendita prenda había caído en completo desuso desde mediados de los años 1960, desplazada por equivalentes masculinos de la alegre y desinhibida minifalda. Del mismo modo, las ideas, usos y costumbres más rancias, atrabiliarias y obscurantistas, volvieron a enseñorearse en gloria y majestad. De un día para otro, desplazaron aquellas otras, frescas, ilustradas y luminosas, que habían llegado a ser hegemónicas en la sociedad chilena durante la década precedente. Bruscamente, una prolongada primavera se trocó en el más crudo invierno. Sueños y esperanzas de los de abajo, aplastados por el odio y ansia de revancha de los de arriba, que por un instante temieron perderlo todo. En un sólo día, los chilenos pasaron a ser un pueblo de vencidos.

Revancha

En esa atmósfera envenenada se hicieron adultos los “Hijos de Pinochet”. Se acomodaron de lo más bien. Se emborracharon con el champagne que descorcharon su padres al mediodía del 11 de septiembre del año 1973. Corrieron a incorporarse como reservistas al ejército y especialmente a la marina, donde algunos torturaron a parientes detenidos en el Estadio Nacional. Hubo uno que, como joven oficial, estuvo entre los que asaltaron la residencia del Presidente y apareció en la tele denunciando el supuesto lujo en que vivía, mientras su cadáver estaba tibio.

Desde esa misma noche, condujeron en sus camionetas a los pacos y milicos de cada pueblo, “poroteando” campesinos partidarios de la reforma agraria, cuyos cadáveres acribillados ayudaron a lanzar a hornos de cal. Sus víctimas del “poroteo" de esos días suman más de la mitad de los detenidos desaparecidos y ejecutados por la dictadura, cuyos nombres están esculpidos en piedra en el Cementerio General de Santiago.

Supuestos defensores de la democracia y luchadores contra la tiranía comunista, aplaudieron el cierre del Congreso y la prohibición de toda forma de asociación política y sindical. Sus medios de comunicación, que por cierto fueron los únicos que quedaron en pie, azuzaron y avivaron al régimen a rabiar. Fueron cómplices de sus más siniestras operaciones de "inteligencia". Lo defendieron y justificaron desde el primero hasta el último día. Al tiempo que seguían rasgando vestiduras por falta de libertad de expresión en Cuba.

Mal que mal, el dueño del diario más importante, el triste e intocable Pater Familias de la elite criolla, había conspirado con las cabezas del Imperio para derrocar el Presidente democrático de su propio país, al que calificaron de peligroso tirano ¡antes que asumiera! Por los mismos días del "Septiembre Negro", este personaje, convertido en un patético anciano balbuceante, tuvo que prestar declaraciones ante un juez que investiga las responsabilidades criminales de quiénes organizaron el golpe del año 1973.

Jeques sin turbante

Por cierto, no descuidaron lo principal: se apoderaron nuevamente de los riquísimos recursos naturales del país para vivir de su renta. Como sus antepasados lo habían venido haciendo por siglos. En nombre de la sacrosanta propiedad, saquearon la del Estado. Cual "Pirañas", el apodo que se dieron a si mismos, empezaron por las industrias, bancos y comercios nacionalizados por el gobierno de Allende y terminaron con las grandes empresas creadas a lo largo de medio siglo de desarrollismo Estatal.

Ese es el origen principal de todas las “grandes fortunas” chilenas actuales. Asimismo, del carácter rentista de los "Hijos de Pinochet". Son auténticos jeques sin turbante, que comparten el botín con otros como ellos venidos desde fuera. Un puñado de grandes corporaciones rentistas, "buscadores de tesoros" como los llama el diario británico Financial Times, en buena parte extranjeras, se han apropiado de todo Chile.

Diez mineras, se apropiaron concesiones sobre el subsuelo del 40 por ciento del territorio nacional. Dos generadoras hidroeléctrica, el 90 por ciento de los derechos de agua. Siete familias, el 90 por ciento de los derechos de pesca. Dos forestales, el grueso de las plantaciones de bosques. Unos pocos poderes compradores capturan la renta de los productores agrícolas, que son medianos y pequeños en su mayoría. Y suma y sigue.

Según el Banco Mundial, el PIB chileno se compone en más de una quinta parte, de veleidosas rentas de recursos naturales. Éstas, como se sabe, son excedentes del precio por encima del costo de producción. En los bienes escasos, aquel lo fija exclusivamente la demanda y no guardan relación con éste, que determina el precio de los bienes industriales normales.

Los recursos chilenos se exportan sin elaboración ninguna. Se extraen con insumos y maquinarias que se importan casi en su totalidad, al igual que casi todos los bienes industriales. Las grandes corporaciones rentistas han impulsado políticas Neoliberales que liquidaron la producción de valor agregado en todos los sectores que no cuentan con protección natural.

Como sí ello no bastara, dos o tres grandes empresas controlan cada uno de los mercados principales de bienes y servicios, incluidos los que no que no dependen de recursos naturales. Se ha comprobado que se coluden para vender asimismo por encima del costo, obteniendo "cuasi-rentas" monopólicas. Principalmente en el sector financiero, pero ¡hasta en las farmacias y los pollos!

Menos de una décima parte de la fuerza de trabajo les basta para explotar los recursos naturales, incluido el uno y medio por ciento de los asalariados que laboran en minería, Mantienen el grueso de aquella ocupada en el comercio y servicios que agregan poco y nada de valor. Por lo mismo, sus empleos son precarios, rebajan la capacidad de producción y negociación de la fuerza de trabajo. Parafraseando a un senador estadounidense, la mayoría de los chilenos se dedica a venderse mutuamente mercaderías importadas y a cortarse el pelo unos con otros.

Apenas los “HIjos de Pinochet” se hicieron cargo de la conducción económica, su primera medida fue liberar los precios, que se dispararon. Acto seguido falsificaron el índice de precios a consumidor, lo que continuaron haciendo sistemáticamente hasta varios años después del golpe, según se comprobó posteriormente.

De este modo, de una plumada, rebajaron el sueldo real de todos los trabajadores a la mitad. Ello redujo en la misma proporción, la participación de éstos en el producto interno bruto (PIB). Lo cual retrotrajo la distribución del ingreso a niveles anteriores a la crisis de 1930. A pesar de su recuperación tras el término de la dictadura, los salarios reales no igualaron su nivel previo al golpe sino hasta diciembre de 1999, justo al terminar el siglo.

La distribución del ingreso ha continuado empeorando hasta hoy. El uno por ciento más rico, se apropia de "excedentes de explotación" que equivalen a un 55 por ciento del PIB, según estadísticas del Banco Central para el año 2011. Según la misma fuente los "ingresos del trabajo" sumaron ese año un 35 por ciento del PIB. Esta cifra es muy parecida a los que suman la totalidad de las familias que responden las encuestas de ingresos de hogares, que en Chile se denomina CASEN y que ciertamente los ricachones no se dignan responder. El Estado se queda con el 10 por ciento restante, en impuestos menos subsidios netos.

Puesto que, según la misma fuente, el consumo de las personas equivale a un 70 por ciento del PIB, de ello se deduce que el uno por ciento más rico ¡consume lo mismo que el 99 por restante! Lo que queda resta de sus "excedentes de explotación" los invierten, para hacer crecer aún más su porción de la torta.

Los "Hijos de Pinochet" junto a sus familias, forman parte de un grupo de no más de 160 mil personas, el uno por ciento de la población chilena. Casi todos ellos viven en sólo tres comunas de "estratos altos" de la capital, donde la derecha obtiene más del 70 por ciento de la votación. Segregaron las ciudades en ghettos, refugiándose en el más alejado, donde previamente cuidaron de realizar limpieza étnica. Viven allí muertos de susto, encaramados en la cordillera, como en una fortaleza asediada. Los ricos también lloran. Para consolarse y gratificarse un poco, consumen en su barrio tanto como todo el resto de la población en el resto del país. 

Extremismo

Sus experimentos extremistas de "capitalismo salvaje", precipitaron la economía chilena en el año 1982 en su más grave crisis desde la década de 1930. Tras una violenta devaluación del tipo de cambio, que Sergio de Castro se había emperrado en mantener fijo a 39 pesos por dólar, quebraron todos los bancos, los que fueron ser intervenidos por el gobierno. El único que se salvó fue el Banco del Estado.

Humillada por los acredores internacionales, la dictadura asumió toda la deuda privada, con un enorme costo para el país. La economía se derrumbó más de un 15 por ciento y la cesantía se disparó hasta alcanzar a un tercio de la fuerza de trabajo, incluyendo los empleos de emergencia. Algo así como la situación que hoy vive Grecia. La crisis cursó durante buena parte de los años 1980 y fue el caldo de cultivo de las protestas populares que finalmente acabaron con la dictadura.

Desmantelaron los servicios públicos sociales, construidos a lo largo de medio siglo de desarrollismo Estatal, por gobiernos de todos los colores políticos. Empezaron por el que resultaba más odioso, el sistema nacional de educación pública. A la fecha del golpe, tenía matriculados a uno de cada tres chilenos y chilenas de todas las edades, en establecimientos gratuitos y de reconocida buena calidad, en todos los niveles educacionales, los que alcanzaban hasta el corazón de los antiguos latifundios.

Los intervinieron. Reemplazaron rectores y directores por milicos. Expulsaron a muchos de los mejores profesores y alumnos. Redujeron la matrícula, especialmente la universitaria. Rebajaron el presupuesto a la mitad y los sueldos docentes y académicos a menos de la tercera parte, niveles que mantuvieron hasta el fin de la dictadura. Cerraron departamentos y facultades. Expulsaron al Instituto Pedagógico de la universidad. Prohibieron autores. Quemaron libros.

Luego privatizaron la educación, con cargo al presupuesto público por cierto. Tras cuatro décadas de desmantelamiento y experimentos privatizadores fracasados, los matriculados en todos los niveles del sistema educacional, público y privado, se han reducido a un cuarto de la población total. Una proporción mucho menor que antes del golpe, con la diferencia que ahora las familias deben pagar más de la mitad de la cuenta y la calidad deja mucho que desear.

Los aumentos de cobertura que exhiben como el gran logro de la privatización, se debe a una fuerte disminución de la proporción de jóvenes en la población, lo que permite que una mayor proporción de éstos acceda a la educación, al mismo tiempo que se reduce la oferta de matrículas en proporción a la población total.

Privatizaron la previsión y parcialmente la salud, apoderándose de las contribuciones a la seguridad social, rebajando las pensiones, más todavía a las mujeres y deteriorando la atención sanitaria.

Liquidaron el servicio de transporte público, urbano y ferroviario, este último una obra monumental que desde las primeras décadas del siglo XX cubría hasta el último rincón del territorio. En parte, para pagar servicios prestados por camioneros y microbuseros, gremios que habían logrado movilizar contra Allende, aceitando voluntades con billetes estadounidenses. En la última década, el país viene intentando con dificultades, reconstruir los sistemas de transporte público que tenía y fueron arrasados hace cuarenta años.

Irreversible

Sólo en dos casos se mellaron los dientes: el grueso de las tierras de la reforma agraria y las grandes mineras estadounidenses, ambas expropiadas legalmente por los gobiernos de Eduardo Frei Montalva y principalmente, Salvador Allende. Éstas, junto a la educación y salud del pueblo, representan las transformaciones sociales y económicas más importantes de medio siglo de desarrollismo Estatal. Resultaron irreversibles.

Más del 40 por ciento de las tierras expropiadas, incluidas más de cuatro séptimos de las de cultivo, fueron entregadas en propiedad a campesinos considerados “leales”. Desde luego, los que más las merecían no recibieron ni un metro cuadrado. Los campesinos “soliviantados” que escaparon del “poroteo”, fueron expulsados sin más trámite de las tierras que habían trabajado desde siempre. Hasta sus pueblas les quitaron.

Las “reservas” que la ley de reforma agraria establecía para los antiguos propietarios, cuya posesión recuperaron de inmediato, eran muy pequeñas. No permitían albergar inquilinos que devolvieran en trabajo los terrenos que las antiguas haciendas les asignaban para su propio sustento. Además, se les podía volver a ocurrir que las tierras pertenecen al que las trabaja. De este modo, en los meses y años siguientes, despoblaron completamente sus “reservas”. También, las grandes extensiones de cordillera, que un par de grandes empresas forestales remataron poco después.

Cientos de miles de campesinos junto a sus familias, fueron lanzados a los caminos en los dos primeros años tras el golpe. Una parte para convertirse en obreros agrícolas en las mismas tierras donde antes vivían. Los más migraron a las ciudades, en lo que constituyó el segundo gran pujo del parto que dio a luz la moderna fuerza de trabajo asalariada urbana chilena; el primero había sido  el cierre de las salitreras en la crisis de 1930. Ellos y sus mujeres, que pronto se incorporaron también a la fuerza de trabajo, constituyen la verdadera base del “milagro económico” chileno de los años 1990.

Por su parte, los hijos de los antiguos latifundistas que permanecieron en el campo, tuvieron que aprender a convivir con sus antiguos empleados y capataces, ahora sus vecinos propietarios. Intentaron comprarles las tierras y lo lograron en algunos casos. Sin embargo, no se reconstituyó ni un sólo latifundio. "Reservistas" y asignatarios de parcelas, ambos producto de la reforma agraria, se convirtieron en los empresarios medianos que darían origen a la revolución capitalista de la agricultura chilena.

Las mineras yanquis se fusionaron en la estatal CODELCO, que sigue siendo la mayor productora de cobre del mundo y la mayor empresa del país, de lejos. Ha sido el elemento principal del desarrollo nacional y proporcionado una parte mayor del presupuesto público - aparte del royalty de 10 por ciento de sus ventas que se destina a las FFAA.

Deformidades

Hasta el término de la dictadura, CODELCO seguía produciendo más de 90 por ciento del cobre exportado por el país. Sin embargo, aprovechando una ley de concesiones mineras heredada de la dictadura, los gobiernos democráticos entregaron a a privados yacimientos que hoy explotan y representaron el 72 por ciento de las exportaciones de cobre en el año 2013. La producción de CODELCO ha crecido más lentamente y su proporción se ha reducido al 28 por ciento restante.  

Hasta el año 2003, no pagaron un peso por los minerales extraídos y además hicieron trampas con sus impuestos a la renta, con el resultado que las grandes mineras con una sola excepción relevante, declararon pérdidas año tras año. En ese momento se aprobó un módico impuesto específico, que representa menos del uno por ciento de sus ventas.  

La referida ley otorga a sus asignatarios la "concesión plena" del subsuelo, a título gratuito. Está afecta a una patente de un dólar al año por hectárea. Es indefinida, transferible y hereditaria. Si el Estado quiere recuperarla, debe pagar el valor íntegro de los minerales que se hubieren descubierto. Contradice flagrantemente la Constitución, que mantiene el párrafo de la nacionalización de 1971, que reserva al Estado la propiedad plena, intransferible e inalienable del subsuelo.

Esta ley infame es el mejor ejemplo de la distorsión introducida en la economía chilena por los "Hijos de Pinochet". Fue ideada y promulgada por el entonces Ministro de Minería, José Piñera, hermano mayor del actual Presidente, ex alumno de Harvard y el principal ideólogo neoliberal chileno. Asociado al ultraconservador Cato Institute de los EE.UU. y una serie de centros "libertarios" por el estilo.

Como ex Ministro del Trabajo, además, fue autor del código laboral de la dictadura, que eliminó el derecho a huelga efectivo. También  de la privatización de las pensiones y la creación de las AFP, las que ha promovido por el mundo con el fervor de un profeta.

Éstas, junto a la rebaja arancelaria a cero, la privatización de la educación, la salud, el agua y la referida ley de concesiones mineras, conforman las principales "modernizaciones" Neoliberales de la economía chilena. Precisamente, las que Chile se propone corregir ahora.

Todavía hay quienes piensan que la dictadura cometió "excesos" en materias de derechos humanos, pero modernizó la economía chilena. Ni una cosa ni la otra. Dirigió una política sistemática de terrorismo de Estado, para imponer una visión extremista, que conformó una estructura económica y social deforme. La evidente modernización del país ha cursado no gracias a los “Chicago Boys” y sus continuadores más moderados después de 1990, sino a pesar de ellos. Fue el resultado inevitable de las grandes transformaciones sociales y económicas promovidas por el medio siglo desarrollismo Estatal que precedió al golpe de estado de 1973.

El Estado desarrollista ha surgido, de una u otra forma, en todos los países cuyas economías han venido emergiendo desde las primeras décadas del siglo XX. En todas ellas fue el actor principal de la modernización. Fue asimismo un producto del fenómeno más esencial de la transición a la modernidad que el mundo ha venido cursando en los dos últimos siglos: los humildes pasos del campesino que cuando ya no aguanta más, abandona las tierras donde ha vivido y trabajado por generaciones y lo conducen hasta las ciudades donde se gestan la vida y la economía modernas.

En etapas tempranas, los Estados desarrollistas se vieron obligados a seguir estrategias más o menos “estatistas” por una razón muy sencilla: no había nadie más en condiciones de importar los avances que el capitalismo había producido en el mundo desarrollado, a países todavía dominados por estructuras agrarias tradicionales. En algún punto, todos los Estados desarrollistas del siglo 20 mudaron hacia estrategias de promoción de economías de mercado. Ello sucedió incluso en los Estados que se habían construido inspirados en ideologías más o menos radicalmente anti-capitalistas. Sin embargo, este giro tuvo lugar no antes que hubiesen logrado la transformación esencial: convertir a masas de campesinos en una fuerza de trabajo urbana, razonablemente sana y educada. Solamente en esos casos el giro hacia el mercado fue exitoso. Políticas “amistosas al mercado” fueron intentadas en muchas sociedades pre-urbanas, usualmente forzadas por consultores externos, notoriamente el Banco Mundial y otros por el estilo. Sus resultados fueron consistentemente desastrosos.

Cuando los Estados desarrollistas giraron desde estrategias “estatistas” a otras de mercado, la mayoría de ellos no dañó lo que había construido antes. Ello parecería un poco tonto. Los casos del este de Asia inspirados en Japón, así como muchos países, demostraron que es perfectamente posible hacer este giro de manera más bien indolora. De hecho hay evidencia abrumadora que tras este giro, los Estados modernos maduros, lejos de desmantelarse, incrementan su importancia, solo que de formas diferentes,

Sólo en algunos países, principalmente hacia el fin del siglo y bajo la influencia de la ola Neoliberal, este giro coincidió con un desmantelamiento severo de las instituciones públicas y del Estado mismo en algunas ocasiones. Lamentablemente, Chile fue un ejemplo temprano y extremo de lo anterior. El tsunami reaccionario que se desató sobre sus extensas costas no sólo destruyó parte significativa de lo que el país había construido en las décadas precedentes. También distorsionó severamente la estructura económica y social, retrasando en los hechos su auténtico desarrollo.

Tras cuatro décadas de ocurrido e impulsado por una nueva movilización ciudadana, Chile se apresta a completar las labores de reconstrucción pendientes. En el ocaso de los "Hijos de Pinochet".

OCASO

El Apartheid sudafricano no existió desde siempre. Los colonos holandeses que, huyendo de persecuciones religiosas en Europa, desembarcaron en esas costas en el siglo XVI, ejercieron hegemonía absoluta sobre la sociedad sudafricana hasta fines del siglo XX. Ciertamente, conformaron siempre una elite ínfima desde el punto de vista numérico y completamente segregada de la mayoría de la población. Identificables ambos por el color de su piel además.

Sin embargo, fue sólo durante su ocaso que necesitaron recurrir a las infames leyes de Apartheid, las que se dictaron recién en 1948. Éstas se fueron haciendo cada vez más estrictas durante la segunda mitad del siglo XX, hasta que en el año 1970 la mayoría no blanca perdió sus derechos ciudadanos y se los relegó a los Batustanes.

La hegemonía que los Afrikaners habían ejercido durante siglos más por consenso que por la fuerza, sólo en su ocaso pasó a depender principalmente y luego exclusivamente de ésta.

Así ocurre siempre. Como describen los autores clásicos, desde Engels en su Anti-Dühring a los Cuadernos de la Cárcel de Gramsci, las elites siempre basan su hegemonía principalmente en el consenso, fundado a su vez en su capacidad de dirección de la economía.

Su monopolio de la violencia siempre juega asimismo un papel, por cierto. Puede ser menor o mayor según las circunstancias. Como el Centauro de Maquiavelo, la hegemonía tiene torso y cabeza humanos, pero cuerpo de bestia. Sin embargo, es sólo durante su ocaso, que las elites se ven forzadas a depender principalmente de la fuerza. Esos periodos son necesariamente breves en escala histórica, puesto que no hay pueblo que los aguante por mucho tiempo.

Ocurrió del mismo modo, con los campesinos pobres que desde el siglo XVI y huyendo de hambrunas y penurias de Castilla y el País Vasco, principalmente, arribaron a la franja más alejada del extremo sur de América.

No llegaron como "conquistadores", al estilo de sus camaradas de más al norte. Éstos, según la aguda tesis de Alejandro Lipschutz, fueron en realidad "Condotieri", aventureros militares que se infiltraron y luego suplantaron a los señores Incas y Aztecas, en el curso de las guerras que éstos libraban constantemente unos contra otros. Transplantaron de ese modo el feudalismo europeo sobre los señorialismos preexistentes en los antiguos imperios americanos. Por eso mismo, postula Lipschutz, la conquista nunca llegó a los lugares donde no existían previamente señorialismos americanos.

Los valles estrechos, yermos y pedregosos, encerrados entre cerros y montañas, que hoy conforman el territorio de Chile, eran pobres. Nunca produjeron excedentes suficientes para construir pirámides y ciudades en las nubes. Tampoco grandes catedrales ni mansiones de haciendas. Jamás dieron abasto para sostener grandes señoríos ni imperios, menos a bastos conquistadores llegados de ultramar.

Los que arribaron por estos lados venían de trabajar la tierra con sus propias manos y llegaron a trabajar la tierra. Se establecieron como colonos. A lo más como pequeños señores con algunas decenas de indios encomendados, dos centenares en el caso mas numeroso. Por esos días, Pizarro se enseñoreaba sobre más de diez mil.

En tiempos de la independencia, "la cabaña de un pescador escocés ofrecía más comodidades que la casona de un hacendado chileno", según la cáustica observación de María Graham. Difícilmente podría haber descrito de ese modo las imponentes mansiones de los plantadores esclavistas del Brasil, donde terminó sus días su amigo del alma, el aventurero inglés y creador de la escuadra naval chilena, Lord Cochrane.

Esos colonos y pequeños señores, establecieron una elite con un tejido bastante más tupido que los ricos señoríos de más al norte. Probablemente, porque los escasos recursos de aquellos no daban para pelearse constantemente con sus vecinos, como ocurría con éstos. Adquirieron tempranamente la costumbre de resolver sus disputas por medios singularmente democráticos, la mayor parte del tiempo. Establecieron tempranamente un Estado unitario y pudieron derrotar a sus ricos vecinos en guerras sucesivas, apoderándose de ricos distritos mineros.

Una minoría ínfima, se mantuvieron como una casta segregada, de rasgos raciales, lingüísticos y costumbres, característicos y diferenciados del resto de la población predominantemente mestiza. Sin embargo, según describe Alfredo Jocelyn-Holt, tuvieron la flexibilidad de incorporar en su seno a los arribados más tarde que lograron enriquecerse, sucesivamente, en el comercio, las finanzas, la minería y finalmente la industria. De ese modo, lograron mantener su hegemonía, sostenida principalmente sobre su monopolio de la propiedad de la tierra, hasta la segunda mitad del siglo XX.

La ejercieron principalmente por medios políticos y democráticos para la época, por lo general. Lo que no excluyó insurrecciones y guerras civiles entre sus fracciones principales, la conservadora donde predominaban los terratenientes y la Iglesia, contra liberales y radicales, en las cuales mercaderes, prestamistas y mineros tenían un peso mayor. Tampoco, por cierto, la despiadada conquista de los territorios mapuches, feroces represiones a campesinos y especialmente, a la naciente clase obrera, a todos los cuales masacraron con cierta regularidad.

Antes de Pinochet, el único golpe militar del siglo XX había sido contra ellos, en el año 1924. Fue impulsado por equivalentes y contemporáneos de los "Jóvenes Turcos" de Estambul, como lo fueron luego los generales Vargas en Brasil y Perón en Argentina. Entre muchos otros caudillos militares anti-oligárquicos de la historia del siglo XX, en América Latina y otras regiones. Todos ellos fundaron sendos Estados desarrollistas, tal como hicieron en Chile.

El Estado desarrollista arrinconó progresivamente a la vieja oligarquía agraria, en un proceso que abarcó buena parte del siglo XX. Siempre empujado desde abajo por sucesivas irrupciones populares. La liquidó definitivamente en el gobierno de Salvador Allende, que condujo una revolución popular hecha y derecha. El rasgo más distintivo del desarrollismo y la revolución chilena, que les valió el aprecio del mundo entero, fue su singular apego a métodos impecablemente legales, democráticos y pacíficos.

Tras el golpe, la vieja oligarquía resucitó como un zombie, transmutada en los "Hijos de  Pinochet". Sin embargo, al igual que los Afrikáners en su ocaso, nunca más fueron capaces de gobernar por consenso.

Han logrado sostenerse cuatro décadas. Las primeras dos mediante el terror y luego gracias a sus cicatrices. Éstas han inhibido hasta ahora al pueblo, a aventar una constitución impuesta en dictadura, que ha otorgado a la elite derecho a veto en una democracia muy particular. En contra del sentir de la abrumadora mayoría de los ciudadanos, en todos los asuntos de importancia.

Es lo que ahora está terminando. En el ocaso de los "Hijos de Pinochet".
 
UNA NUEVA ELITE

El fin del Apartheid ciertamente no significó la desaparición de los Afrikáners. Ni mucho menos. Ellos siguen formando parte integral de la elite social, económica, académica y cultural de Sudáfrica. En una proporción muchísimo más elevada que aquella de los blancos en la población del país. Lo mismo ocurre con su representación política, aunque en menor medida. Ésta puede incluso volver a crecer transitoriamente, si el partido del Congreso Nacional Africano pierde las elecciones en el futuro.

Sin embargo, la mayoría no blanca continuará integrándose a la elite en forma creciente. Llegará a ser dominante en todos sus planos, como corresponde a su peso en la población. Del mismo modo que domina el espacio político desde hace dos décadas.

De la misma manera, una nueva elite chilena tendrá que ser muy diferente a la actual. Evidentemente, romperá tajante y definitivamente con su pasado dictatorial. Asimismo, con su actual carácter rentista.

La hegemonía en su interior se inclinará hacia los auténticos empresarios capitalistas. Que en Chile los hay y muchos. Es decir, hacia aquellos que entienden que la única fuente de la moderna riqueza de las naciones, es el trabajo que agrega valor en la producción de bienes y servicios que se venden en el mercado. Una elite de esas características es abierta y porosa por definición. La economía capitalista de verdad premia la capacidad de competir e innovar de sus empresarios. No su cuna.

Este giro no se logrará con prédicas. Tomará bastante tiempo. En parte significativa, surgirá de las las nuevas generaciones de la elite actual. Por eso sus fracturas de hoy resultan de gran importancia.

Sebastián Piñera parece intentar dirigir un proceso de esa naturaleza. Una suerte de transformación encabezada "desde las alturas". Una especie de versión chilena de las clásicas vías Junker o Meiji, a la modernidad. No parece imposible, pero es poco probable.

En lo fundamental, la transformación de la elite vendrá "desde abajo”. Será impuesta por el Estado, a su vez impulsado por sucesivas irrupciones populares. La democratización y la renacionalización de los recursos naturales, son las condiciones esenciales para lograrlo.

Así ha venido sucediendo a lo largo de un siglo. Probablemente ocurrirá de nuevo.

Manuel Riesco Larraín
31 de enero 2014

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