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Columnas
2005-12-19
814 lecturas

Diego Muñoz Valenzuela


Sueños de esta época

Cuando en las postrimerías de la década de los sesenta, iluminado por el fulgor de las marchas de mayo en París, con música de fondo de Santana, Jimmy Hendrix y los Beatles, alucinado por los sueños eróticos con la Maga de Cortázar y corriendo tras esas fantasías a través del jardín de los senderos que se bifurcan, me dedicaba a imaginar el mundo del futuro integrado a una pandilla de adolescentes con más acné que barba, parecía que indefectiblemente el lejano año 2005 sería un Shangri-Lá donde confluirían una mezcla entre revolución y hippismo, una mixtura sincrética entre anarquismo y ordenada voluntad de transformación, donde se conjugarían el amor por la fe y la actitud herética en un equilibrio tan realista como imposible.

Discernía en aquel entonces, ayudado tanto por las rebeldes lecturas de Marcuse y de Sartre, como por los propios deseos utópicos alentados por las primeras libaciones alcohólicas, que el lejano año 2005 sería un punto de inflexión de la historia, y me aterrorizaba pensar que en ese futuro hipotético me empinaría ya bastantes años por sobre la cuarentena, al filo del medio siglo, una edad muy poco fiable, próxima a los avatares de la felicidad senil y su estado de complacencia permanente. Sería ya en esa fecha remota, hipotética, un conservador de tomo y lomo, digno de ser defenestrado por las nuevas generaciones.

En aquellos sueños veíamos flores, armonía, solidaridad, arte, cultura, conocimiento por doquiera. Pero sobre todo veíamos libertad, libertad de pensar, de reír, de imaginar, de hacer el amor, de beber, de escribir. La historia habría de hacerse cargo de estas fantasías en los años venideros.

Pero de aquellos sueños obstinados nació la ACU y nuestro Centro Cultural de Ingeniería, con la pretensión de convertirse en un medio para acercar la cultura a todos, a los que están aquí y a los que no están, o sea, a nosotros, a todos nosotros que al fin y al cabo constituimos un pequeño pueblo. El común denominador que nos unió y nos une todavía –eso aventuro al menos- es la convicción de que estimular nuestra cercanía (y la de todos) con la cultura y el pensamiento, y la cercanía entre nosotros mismos, ayudará a abrir camino a esos sueños que no queremos que se nos escapen para siempre.

Los dioses condenaron a Sísifo a empujar sin cesar una roca hasta la cima de una montaña, desde donde la piedra volvería a caer por su propio peso. Habían pensado con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza. Quisiera creer que seguimos siendo seguidores de Sísifo, pero sin que tengamos la sensación de estar cumpliendo un castigo, sino que precisamente lo contrario. Tal vez el placer reside en el desafío de arrastrar una y otra vez la piedra hasta la cumbre, en buscar nuevos puentes entre la cultura y las personas, nuevos cauces para desarrollar el pensamiento, nuevas justificaciones para encontrarnos a soñar juntos y a construir juntos esas nuevas realidades.

Mucha agua ha pasado bajo el puente. Ahora no hablamos de utopías al alcance de la mano, y, por lo mismo, imposibles, porque alcanzar una sociedad mejor implica un acto que excede la simple voluntad y los meros deseos, y la historia nos enseña que la materialización de ese anhelo entraña una complejidad enorme. Pero sí podríamos exigirnos un comportamiento activo de personas imaginativas, capaces de soñar futuros posibles, donde se concilien libertad y cultura, solidaridad y desarrollo, equidad y competencia, progreso y reflexión.

Ya no somos esos adolescentes alucinados que temían perder la rebeldía con el tiempo. No obstante pienso que a pesar de las canas, de esas marcas de sabiduría que nos surcan la piel, de esos kilos de más que llevamos cuestas, no hemos llegado a transformarnos en esos férreos guardianes del orden y del status que poblaron las pesadillas marcusianas de la adolescencia. Todavía es posible preservar del acomodo esos sueños de libertad, erigiéndonos sobre la uniformidad gris, sobre la inercia de una mole social que privilegia el economicismo y que se nos impone con una vitalidad tan contundente como ciega, exenta de visiones oníricas, ajena al ejercicio de la imaginación artística, afincada en el pedestre escenario del pragmatismo.

Me permito invitarlos a este sueño. Todos juntos empujamos y elevamos la roca hasta la cima de la montaña. Cuando la roca rueda cuesta abajo, volvemos a emprender la tarea, con energía renovada, con amor fuera de toda razón. Así hasta que la cima queda flotando, afirmada en nuestros sueños, con el mundo completo trasladado hacia su vértice, y todos nosotros arriba, juntos, imaginando como construir una cordillera más alta.

Publicado en http://nuevacuchile.blogspot.com/

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