Columnas
2014-03-19
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Ángel Saldomando
especial para G80

Nuevas Mayorias ¿Usura o Renovación?

Los recientes acontecimientos en Venezuela y Ecuador aunque de distinto signo y magnitud arrojan una señal alarmante que a nuestro juicio deben ser leídos en clave más amplia, relacionada con el devenir de las nuevas mayorías de izquierda o progresistas en América Latina. Con el paso del tiempo aparecen signos de degaste, viejos y nuevos problemas (Ecuador, Bolivia) que en algunos casos generan nudos críticos, (Venezuela) en otros necesidades de correcciones severas y apertura de frentes difusos de malestar social (Argentina, Brasil, Chile).

Las evoluciones políticas de la ola asimilada a la izquierda y al progresismo no tiene un patrón único como era de esperar pero las diferencias se estructuran siguiendo problemáticas compartidas; cuyo debate es más transversal que lo que las diferencias de contexto podrían sugerir.  

Las señales

La elección que le dio el triunfo a Maduro por un punto y medio porcentual, es decir 223,599 votos, se da en un contexto en que la mayoría política representada por el Chavismo perdió más de un millón y medio de votos desde la elección que Chávez no pudo asumir en 2012 y más de tres millones desde el rotundo triunfo de 2006. En Ecuador la alianza País ha sufrido recientemente un duro revés. El propio Rafael Correa ha calificado la derrota masiva en las regionales y municipales como un remezón de advertencia, atribuida principalmente al sectarismo.  Perdió diez de las municipalidades de las capitales  provinciales que tenía desde 2009, incluidas las tres más grandes, a lo que se agrega un retroceso generalizado. “El balance global es que la derecha y el centro derecha controlan ahora la misma cantidad o menos gobiernos locales que en 2009 aunque presiden los gobiernos locales de las dos ciudades más grandes del país.”  Además los aliados de la alianza País progresaron justamente tomando distancia de la coalición. Por otro lado ha habido amplios movimientos de protesta en Argentina, Chile y Brasil que revelan el malestar social. Los golpes ocurridos en Honduras y Paraguay, las tensiones de las relación del Mas en Bolivia con su base social y sectores hasta hace poco afines, también se inscriben en el cuadro.

El contexto

Las nuevas mayorías llegaron progresivamente al gobierno luego de que los países latinoamericanos fueron duramente alineados en el modelo neoliberal, con la condicionalidad externa y por una mezcla de cooptación-corrupción que descompuso a las sociedades. Las consecuencias fueron tasas record de pobreza, concentración del ingreso, destrucción del tejido social y productivo, vaciamiento y descomposición de la democracia; y penetración del capital transnacional. El modelo comenzó a desarmarse desde el año 2000 justamente por movilizaciones sociales que hicieron caer gobiernos en varios países, la deslegitimación del modelo y finalmente su rechazo en 2005 en la conferencia de Mar del Plata. Esto fue reconocido por el Banco Interamericano desde 2004 y al fin por el Banco Mundial, lo que selló el final del consenso de Washington neoliberal.

La expresión política de este nuevo contexto bajo la forma de sucesivos gobiernos asimilados a la izquierda o a un progresismo amplio, no cabe aquí explayarse en las circunstancias locales, surgió de esa crisis y del desgaste de la política tradicional, de la crisis de bipartidismos históricos o llanamente de crisis del régimen político.

En algunos casos mayorías circunstanciales intentaron afirmarse en una coyuntura y no lo lograron frente a fuerzas conservadoras que dieron golpes de estado, como en el caso de Honduras y Paraguay. Fuerzas más orgánicas se mantuvieron como el frente amplio en Uruguay, el partido de los trabajadores en Brasil o la concertación, ahora Nueva Mayoría, en Chile, jugaron la carta de la estabilidad y la de un reformismo limitado hacia políticas sociales compensatorias.  Otras fuerzas han surgido de las crisis, como el Mas en Bolivia, la alianza País en Ecuador, el partido socialista unificado de Venezuela, el frente justicialista para la victoria en Argentina, superaron la coyuntura que les dio origen y han encarnado ciclos políticos largos con objetivos refundacionales en los tres primeros casos y con una orientación reformista y desarrollista en el último.  

Lo que se esperaba que viniera era un procesamiento del malestar por los nuevos gobiernos. En parte esto ocurrió. Las nuevas mayorías políticas debían responder a expectativas tanto en el plano socioeconómico como político. Ahora entramos en una nueva fase en que el desgaste de las nueva mayorías, arriesgamos la hipótesis, tiene que ver con el agotamiento de las posibilidades de flexibilizar el modelo neoliberal y con formas de conducción política que no responden a la demanda ciudadana.

Las derechas que habían perdido pie con el discurso neoliberal a ultranza, buscan rehacerse ahora agitando las limitaciones de las nuevas mayorías y criticando el modelo de conducción. Pero si la operación política es evidente, acompañada por grupos conservadores de medios de comunicación;  debe reconocerse que hay un cansancio frente a grandes discursos, experimentos y resultados insuficientes. Aunque hay diferencias según los temas entre países y los niveles de usura, las opiniones públicas requieren también de un debate informado, abierto y contradictorio que las nuevas mayorías no logran articular en todos los casos.

DEBATES CRÍTICOS DE FUTURO

Las nuevas mayorías han encarnado  una nueva fase política latinoamericana pero están siendo alcanzadas por situaciones que lastran su evolución. Están desafiadas por el anquilosamiento, por las necesidades de desarrollo político y de alianzas, por la confrontación de problemas viejos y nuevos que requieren de nuevos patrones de  pensamiento y de modernización. La cuestión no es menor porque en todos los casos están animadas por proyectos políticos de largo aliento que exigen continuidad por los rezagos y los problemas estructurales heredados de la fase neoliberal. Aquí sin perjuicio de otros temas señalamos lo que parece más apremiante.

La relación con las instituciones

La relación con las instituciones se divide en dos vertientes. Una vertiente que podría calificarse de izquierda institucionalista, intenta articular sistema político democrático y  sus propuestas, considera que deben hacerse en el marco institucional respetando el pluralismo y que las transformaciones requieren procesos de desarrollo institucional y social así como los derechos. Intenta encontrar los recursos en los actores del sistema político y evita forzar situaciones que no tienen preparativos suficientes. La segunda vertiente se asimila con visiones más discrecionales de las instituciones y la política. En ella la legalidad que dan las elecciones debe convertirse de una vez y para siempre, en una permanencia en el gobierno por largo tiempo mediante el control político no solo del gobierno sino que del Estado. Se genera así una tendencia a transformar la legalidad en la cobertura de la discrecionalidad en torno a un liderazgo único, la concentración del poder, el cercenamiento del pluralismo y la disminución de derechos si los liderazgos además acentúan el personalismo y el autoritarismo. Las instituciones del Estado se alinean con el líder o el partido de gobierno, licuan el Estado de Derecho, el balance de poderes y el control social pluralista sobre el poder. Estas visiones son un problema crítico porque inevitablemente tienden a cerrar el espacio político con consecuencias negativas en términos de conflicto, alternancia y capacidad de negociación.

Las nuevas mayorías incluso allí donde han realizado cambios constitucionales tienen dificultades para articular una profundización democrática que incluya las dimensiones institucionales y la participación ciudadana. De esta manera o se atrincheran en la institucionalidad a secas manteniendo la distancia entre la política y la sociedad o se apoyan en prácticas de control, a menudo sectarias, que desgastan la variable democrática. En ambos casos el resultado es la ausencia de una propuesta renovadora en materia de formas de gobierno, de administración pública, de institucionalidad participativa.

Permanencia en el gobierno y continuidad de los proyectos políticos
En consecuencia de lo anterior se concibe o no, una visión de procesos con tiempos de avances y retrocesos o todo se reduce a la continuidad del proyecto político como la continuidad en el gobierno o el control del poder. El síndrome de pérdida del gobierno como contrarrevolución, golpe de estado y desmantelamiento está fuertemente anclado en la visión de las nuevas mayorías, producto de la historia pendular entre intentos de reforma y retrocesos reaccionarios violentos. Esto es siempre una posibilidad, pese a todo estamos en una nueva etapa.

Las condiciones nuevas le han dado una oportunidad a la política. Fin de la guerra fría, emergencia de nuevas potencias regionales, disponibilidad de recursos financieros, fin de la hegemonía neoliberal, debilitamiento de la hegemonía norteamericana. Ello no evita crisis y recambios regresivos como en Honduras y Paraguay y el intento de golpe en Venezuela, pero puede decirse que la democracia con sus grados de avance y con sus restricciones se ha mantenido y se ha cargado de nuevos valores y exigencias de derechos sociales, étnicos de género, ambientales. La cuestión es que la crispación absoluta sobre la continuidad en el gobierno implica una relación unilateral con la sociedad, la alternancia y la política donde siempre es todo o nada. La construcción de condiciones de anclaje en la sociedad de los proyectos políticos, (derechos, nuevas instituciones, organizaciones, centros de investigación, corrientes culturales, medios de comunicación, reconocimiento e integración de nuevos sectores etc.,) se ignoran a cambio de la exclusiva prevalencia en el gobierno. Cabe decir que poco valen los cambios que las sociedades no están dispuesta a asumir y defender como propios.

El Estado Profundo

Todos los procesos tienen niveles de conflicto con el estado profundo es decir con esa estructura de intereses que existe en toda sociedad como poder real, fáctico, a veces oculto. Estas estructuras son conservadoras, es decir refractarias al cambio en lo general y a la democracia en particular.

Este estado profundo se forma generalmente durante periodos prolongados de autoritarismo, impunidad y opacidad del poder. Pero las democracias tampoco están exentas de engendrar este tipo de poder. Puede decirse que experiencias tan disimiles como Venezuela y Chile han creado su propio estado profundo en vez de democratizar los espacios de poder fáctico.

Lo cuestión se vuelve difícil cuando se vuelve inaceptable para la derecha una irreductible votación a favor de la izquierda y la movilización social que le acompaña. La imposibilidad de tumbar al gobierno y detener la movilización social por medios políticos ha sido la deriva que llevó muy tempranamente a la derecha y quienes se sumaron a ella a abandonar el terreno de la democracia y el de las soluciones políticas en el marco de un apoyo externo norteamericano. Pero el estado profundo juega su propio juego y tiende a soluciones conservadoras.

La intentona contra Chávez, los casos de Lugo en Paraguay, Zelaya en Honduras y de Correa en Ecuador se interpretó como una estrategia para deponer gobiernos progresistas con nuevos medios, orquestada por el imperialismo y las derechas.

La cuestión es con que instrumentos se enfrenta esta situación. Con más democratización participación, y fortaleza institucional o con una deriva de centralización del poder que refuerza el estado profundo.

En el fondo arrinconar a la fuerzas golpistas implica por medios democráticos desactivar enclaves autoritarios y golpistas. Ello supone alejarse de derivas en que los gobiernos no respetan instituciones y derechos, son corruptos o ejercen la violencia sin control.

De allí que el análisis no puede limitarse sólo a las condiciones en que se opera la legalidad gubernamental, también debe considerarse la calidad del ejercicio del poder y el proceso en que está inserto.

Las democracias latinoamericanas están lidiando aun con el estado profundo conservador asimilado a las derechas pero las izquierdas no son sinónimo de una contribución al desarrollo democrático si en vez de ampliarlo, hacerlo más transparente y participativo, optan por crear su propio estado profundo. Una estructura de intereses fuera de control ciudadano en nombre de la ideología y el partido, cuando no en base a intereses económicos propios.
En ambos casos el resultado será el mismo, las instituciones democráticas serán consideradas como utilitarias y no se afirmarán como reglas del juego compartidas para fundar ciudadanía.

La derecha se puede acomodar porque, con o sin instituciones democráticas posee poder económico, igual ocurre con los que hacen parte del estado profundo. Contrariamente los ciudadanos y los movimientos sociales no pueden afirmar su avance si no se encarnan en consensos  políticos amplios y en derechos e instituciones que los validen y apliquen nacionalmente. El logro fundamental de esto es que de existir, estructuran la sociedad, el poder y por ello independientemente de la riqueza se pueden defender y exigir.
La fuerza siempre será el argumento final para revertir una situación de avance social pero renunciar a crear instituciones más democráticas contra el estado profundo es prolongar la impunidad del poder.

Los liderazgos

El papel del liderazgo es reconocido por la historia, las ciencias políticas y la psicología, qué duda cabe que la política la hacen las personas y su carácter hace la diferencia. Pero el liderazgo puede tener muchas formas, puede inspirar, coordinar, dirigir, ser autoridad moral o basarse en estructuras de poder personalizadas, discrecionales autoritarias, corruptas y oportunistas ad infinitum. Y puede ser una mezcla de dosis de diferentes componentes, toda vez que los líderes no son ángeles o demonios, aunque algunos se vistan de ellos. Por ellos las continuidades y las desapariciones de liderazgos o su renovación pueden ser traumáticas o parte de un desarrollo social.
La cuestión de fondo es la relación de los liderazgos con sus sociedades. Pueden construir instituciones, establecer derechos y abrir espacios para liderazgos plurales, en esas condiciones su desaparición generará pesar pero  no desamparo e incertidumbre.

También pueden infantilizar a las sociedades, tratarlas paternalistamente , impedir el surgimiento de nuevos liderazgos plurales, impedir que los jóvenes maduren y piensen por su cuenta, pueden generar una relación de dependencia de la sociedad con el poder porque nunca hay instituciones y derechos consolidados, dependen del líder y del estado que gobierna.

La cuestión del surgimiento y renovación de los liderazgos es una cuestión crítica en las nuevas mayorías. Esa es la interrogante de fondo ¿Habrán madurado las propuestas progresistas o seguirá dependiendo de liderazgos forzados en su continuidad, providencialistas o democráticos y pluralistas? Y esa es la interrogante sobre la madurez de nuestras democracias y nuestras sociedades. Hay todavía demasiadas inclinaciones a establecer liderazgos únicos, estructuras de poder como anillos alrededor del hombre fuerte, basadas en dependencias y endiosamientos de ocasión.  Las estructuras políticas de poder conectan entonces los procesos de selección al estado profundo y abortan expresiones de representación social y políticas surgidas desde la sociedad, necesarias como contrapeso, expresión de la diversidad, de la renovación generacional y de la diversidad. Líderes ungidos, reelecciones continuas de los mismos de siempre indispensables,  anquilosamiento de los aparatos partidarios son expresiones inequívocas de este estado de cosas.

Los movimientos sociales terminan en la vieja historia de ser asfixiados y apretados, entre representar a la sociedad a la que se deben o a las estructuras de poder que los subordinan. La separación entre la dimensión política y social es necesaria, su relación requiere de instituciones, espacios democráticos y  acuerdos deliberantes y críticos.

Gobiernos y partidos

La instalación de las nuevas mayorías en ciclos prolongados de gobierno ha generado situaciones equívocas o distorsionadas. La relación en que los intereses de partido y de gobierno se calcan el uno sobre el otro obliga a una diplomacia común y a un realismo político donde se enfatiza sobre todo la relación de gobierno a gobierno. Lo que está ocurriendo ahora es que no se puede tomar distancia ni hacerse eco de debates contradictorios, se termina de ese modo solo dialogando con  “las expresiones oficiales” de la izquierda gubernamental en cada país.

Ello deja de  tomar en cuenta las trayectorias políticas reales, los contextos nacionales y las opiniones de diversos actores. De esta manera aunque la trayectoria política de la “izquierda oficial” sea discutible en muchos países, se terminará asumiendo que el único interlocutor real es el oficial.

Se llega así a situaciones en que se hace imposible debatir sobre las evoluciones políticas. Con ello se cierra espacio para un debate franco sobre la calidad de las fuerzas de izquierda. Y algo no menor, esto no contribuye a mejorar la confianza de las sociedades en una izquierda abierta, capaz de discutir sus errores, corregir su políticas, incorporar las diversas voces ciudadanas en vez de cerrarse detrás del muro de la unanimidad sinónimo de sectarismo. Y si bien las derechas siempre pueden recurrir a infundadas campañas del terror, no es necesario contribuir a cubrir los propios defectos que aumentan las preocupaciones, esta vez no en la derecha, sino que en diversos sectores democráticos y de izquierda que no aceptan las derivas conservadoras y autoritarias.

La difícil salida del modelo

El inicio de los gobiernos de las nuevas mayorías en América Latina se generó en un contexto en extremo contradictorio. El cambio hacia el neoliberalismo como forma del capitalismo en la globalización, impuso su hegemonía en los últimos treinta años. Esta hegemonía arrinconó también el arsenal con la izquierda socialdemócrata planteaba hacer un capitalismo de rostro humano, regularlo y compatibilizarlo con la democracia y el progreso social. La socialdemocracia se derechizó considerablemente a escala internacional.

Las corrientes nacional desarrollistas por su parte, de inspiración cepalina, que compartía parte del arsenal socialdemócrata, quedaron sin sustento en una región alineada con las políticas de desregulación y de globalización neoliberal.  Las consecuencias de la aplicación de programas de reforma neoliberales cambiaron las bases estructurales en las que pensaba apoyarse y desapareció el instrumental clásico de promoción del desarrollo.
Rápidamente se descubrió que el paso de la oposición al modelo neoliberal hacia un nuevo modelo, con políticas públicas distintas, no se inspiraban, como en el pasado de un modelo de sociedad alternativo, fuera este utópico.

Liquidado el modelo estatista, sin libertad, con equidad limitada y desinflado el modelo socialdemócrata, había que innovar a partir de nuevas realidades. (Inserción internacional, mercado desregulado, privatización masiva, estado disminuido, desigualdad y pobreza, democracia de baja intensidad frente a la pluralidad y a la asimetría de intereses, corrupción y nuevas redes de intereses políticos económicos).

En frente, un nuevo consenso post neoliberal ha ganado buena parte de América Latina. Incluso más, las encuestas de opinión así lo reflejan, en general hay una demanda por una mayor protección social y de regulación publica, una demanda de igualdad, derechos y democracia. Es decir todo lo que el modelo anterior, limitó o destruyó como posible desarrollo social.
Es en este punto dónde las nuevas mayorías están más exigidas. En cada país habría que hacer un balance del estado en que están las demandas post neoliberales y en qué medida los gobiernos han logrado enderezar el rumbo para cambiar la tendencia de la pobreza, la desigualdad, la limitación de derechos y la democracia. Y aunque el balance general parece positivo, retorno del estado, políticas sociales, disminución de la pobreza, también es claro que esto fue posible por qué el margen de recuperación era claro y por una coyuntura favorable de precios de materias primas.

En otros temas el balance es menos exitoso. Los gobiernos no han logrado crear nuevos espacios de negociación en la sociedad, democratizar y redistribuir el poder. Han seguido primando lógicas de centralización, de subordinación y poco pluralistas. El partido de los trabajadores que se hizo famoso por su innovación en materia de presupuestos participativos municipales no pasó de ahí.

En la reforma del estado la lógica tecnocrática y subsidiaria ha tenido una suerte distinta según los países. Y aunque hay un retorno del estado en términos generales, no aumentó la transparencia, el control ciudadano, la evaluación participativa sobre el impacto de la política pública y la capacidad de regulación en beneficio de los ciudadanos. Otros temas, como la corrupción y la descentralización quedaron igualmente postergados. Las capacidades técnicas y burocráticas del sector público también muy disímiles, se encuentran en varios casos insuficientes y están subordinadas a derivas políticas turbias más que a racionalidades ligadas a sólidos acuerdos de política.

Las políticas sociales continuaron su trayectoria de bonos y transferencias focalizadas a los más pobres sin vincularse con un replanteamiento del modelo económico. La preocupación ha estado más en recuperar sectores para incrementar la renta pública. Izquierda y derecha aparecen en muchos casos igualmente extractivistas y depredadoras sin que la redistribución sea suficiente para hacer la diferencia.

Muy poco países han hecho el intento de recomponer mercados internos, articular economías locales, instituciones y sistemas financieros de fomento en estrategias más sostenibles y auto centradas. Hay excepciones, pero están segmentadas y no siempre constituyen un proyecto de conjunto. Según los países predominan la dependencia de productos primarios, la desarticulación interna y la apertura indiscriminada.

Finalmente, no es un secreto que el impacto de las reformas neoliberales no sólo fue económico y social, también implicó un ajuste político en las sociedades; que desmantelaron las infraestructuras de movilización social, vaciaron de contenido las nociones de derechos sociales por la de “igualdad de oportunidades” y no de resultados.  Generaron un tipo de participación aditiva funcional a la marcha de las reformas y al estado mínimo, frente a la cual la sociedad perdió posibilidad de incidir.

Se estigmatizó la movilización social y su legítima pretensión de convertir sus demandas en prioridades de gobierno, con el argumento de la estabilidad. Se favorecieron procesos de captura del gobierno y el estado por minorías corruptas que comercializaron su apoyo a las reformas de mercado y constituyeron redes de complicidad que bloquearon el acceso al sistema político, generando concentración y autonomía del poder al punto de vaciar a la democracia de toda sustancia.

Por diversas razones y situaciones nacionales las sociedades, aceptaron, soportaron o se ilusionaron; ahora la cuestión es que tanto los modelos propuestos de gobierno se distancian del pasado o continúan altamente contaminados por las mismas condiciones.

Ahora la movilización social, de las que se supone las nuevas mayorías hace parte, exige que se considere la diversidad de alternativas y la apertura de espacios políticos e institucionales para la búsqueda de soluciones.

El rediseño de las relaciones entre el gobierno y la sociedad  y el anclaje de la política en la formación del interés público a través de la democracia, no del mercado y tampoco del partido de turno, supone cambios e instituciones reales en los que puedan anclarse y aportar soluciones. En otras palabras, se echa de menos una propuesta de sociedad en las nuevas mayorías, abierta, innovadora que nos saque de las dicotomías de la guerra fría y de los modelos mercantiles.

Si ello no ocurre, ni la retórica, ni las ideologías ni los argumentos técnicos, cubrirán la frustración y el enojo.

No es sorpresa entonces que según los países, el tema de las constituyentes, los referéndums, la renovación de las dirigencias, el hastío con la corrupción, la exigencia de vivir en sociedades abiertas en materia de derechos y deliberativa sobre las soluciones, se estén confrontando con las élites, sean o no nuevas mayorías. Estas demandas involucran sin embargo dimensiones políticas, sociales y económicas que chocan con el modelo anterior pero también con esquemas obsoletos de la izquierda y el desarrollo.

Abrir el debate sobre estas cuestiones es preparar la nueva etapa, toda vez que aquella que se fundó en la apertura política y en reformas a la margen del neoliberalismo se agota. Esta es la razón también por la que las nuevas mayorías se van quedando cortas de discurso y de medidas. El dilema entre un capitalismo inclusivo y un post neoliberalismo para responder a las demandas sociales y democráticas se dibuja con más claridad y por ello las condiciones políticas se vuelven más críticas, se esperan resultados.

Ángel Saldomando

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