Columnas
2014-09-09
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Daniel Pizarro
especial para G80

No es lugar para mujeres

En medio de una reunión de trabajo suena el celular de M. Son los primeros compases de la Marcha Nupcial de Mendelssohn. Mi marido, dice. Es una disculpa orgullosa. A sus cuarenta y tantos no se le ha ido el tren y aunque no tenga hijos, aunque ya no pueda tenerlos, sí tiene un marido.

El péndulo de la muerte le pasó cerca. Otras en este lugar no han tenido la misma suerte. Ultra exigidas por fuera y por dentro, son una raza creada por esta clase de dictaduras masculinas. Tienen que responder siempre, sí o sí, ante cualquier circunstancia. Cuando son jóvenes andan con los cinco sentidos alertas a las demandas del trabajo; no se permiten la flojera. Cuando ya no son tan jóvenes empiezan a angustiarse, los fracasos afectivos toman espesura y ellas, traicionadas por la ansiedad, van al choque en busca del amor, a ojos cerrados. Cuando definitivamente ya no son jóvenes, cierta amargura resignada les atraviesa el rostro: no fueron lo que les dijeron que tenían que ser, y por no cumplir con los deseos del otro se han quedado solas, cuidando a una tía o unos perros.

M. pasó la ordalía, pero la prueba no es gratis. Con el correr de los años tuvo que hacerse de los atributos masculinos que aquí son valorados. El punto es que al ser integrados por una mujer se vuelven una especie de ácido que corroe todo lo demás y deja una hechura de compulsión por el deber, vacía y corta de vista. En otras palabras: crean una trabajólica con tendencia al despotismo.

La Marcha Nupcial parece desmentir su saciada ansiedad y hace pensar en R., el marido: uno no puede sino imaginarlo pescado de las bolas por esa huella que ha dejado en M. su paso por esta institución, un trofeo para refregárselo en la cara a todos los que algún día no creyeron en ella, la tontita. Y sin duda que R. habrá aportado sus propias angustias para formar este caldo de amor burbujeante.

Pero pongamos aquí a un tercero en discordia. Uno que complique la escena fragmentando la luz en haces de colores. Pongamos a JP, que efectivamente también asiste a la reunión donde se oye la Marcha Nupcial. ¿Qué cara pone al oírla? Ninguna. Pasó hace poco de los 25 años y por primera vez en la vida tiene plata, mucha más de la que jamás había tenido, mucha más que sus padres a la misma edad.

¿Y qué hace JP con la plata?

Sabemos que fue al Mundial y se volvió loco con las brasileñas. Nos ha mostrado en el celular fotos de sus amiguiñas. Con una tuvo algo pero no se sabe bien qué. Lo más seguro es que no haya sido sexo, que es lo que habría deseado. A eso, más que nada, fue a Brasil. Pero no lo consumó, como miles de compatriotas.

Los chilenos y chilenas se sacan cada día un poco más la ropa pero les cuesta un mundo, un mundial, pegarse un polvo. A no ser con putas y mucho trago de por medio, como dicen que fue la tónica de los compatriotas en Brasil.

La cosa parece ir por otro lado. JP también nos muestra fotos de amigas que ha conocido en los happy hour donde va a gastarse la plata que nunca tuvieron sus padres. A una de ellas la conoció porque trataba de afiliarlo a una AFP. Entonces se hizo amiga de él y sus amigos, y a todos consiguió afiliarlos. Dado ese primer paso para la amistad, le mandó luego una foto con sus nuevas tetas, compradas con la comisión por los nuevos inscritos.

En la foto (que yo vi) aparecía en bikini amarillo. No vale, estás sacando poto, le escribió JP. Así de claro habla con las mujeres. Y de la misma forma le responden. Los cuerpos de ellas –y todas sus partes interesantes–, circulan libremente por el ciberespacio. Pero da la idea de que no pasa nada de nada. Hay que anotar además que JP sabe bastante de implantes mamarios. En su familia casi todas las mujeres se han puesto tetas. Falta su madre, pero él piensa que ella no lo hará.

Si pudiéramos hacer una biopsia al amor no se sabe con qué nos encontraríamos. Suena el ringtone nupcial por segunda vez. M. vuelve a cortar con una sonrisa complacida y JP, desde su planeta, opta de nuevo por el silencio.

Daniel Pizarro

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