Columnas
2014-10-15
1274 lecturas

Daniel Pizarro
colaboración de POLITIKA

La vida de los otros

Es fácil tirar para abajo, mucho más fácil que para arriba. Es cosa de dejarse estar, confiarse, no prevenirse, andar como perplejo o dormido. La fuerza gravitatoria arrastra hacia el fondo, el desánimo hace su trabajo, el mundo exhala toda su opacidad y brilla con sangre para unos pocos.

Uno piensa en D, y al mismo tiempo piensa en V.

D y V.

D hace todo lo que tiene que hacer. Hace la pega, como dirían hoy, asquerosamente. Pero lo hace sin ninguna convicción. Lo hace como si no le quedara otra que hacerlo o irse a la mierda. Pero su vida se parece un poco a la mierda, si nos ponemos rigurosos.
Le falta convicción.

Le falta convicción para levantarse temprano todos los días y despertar a los niños, muertos de sueño a esa hora. No muy convencido los lleva al colegio, porque hay que llevarlos. Paga el colegio, porque hay que pagarlo.

Para pagar el colegio al que los lleva no muy convencido tiene que trabajar todo el día. Y también para pagar el arriendo del departamento, con cheques que firma no muy convencido del elevado monto que le exigen. No puede pensar en una casa para los niños, con patio. Piensa, no muy convencido, en hacer lo imposible por endeudarse y darles esa casa con patio. Ya que no hay barrios, ni amigos de barrio, piensa, poco convencido. A no ser que se vaya a un lugar a hora y media o dos del trabajo (mínimo tres horas diarias arriba del transporte público), a una casa monona en un barrio suburbano emergente, pujante, imagina, con falta de convicción.

D trabaja. Oh, el trabajo. Oh, la falta de convicción. ¿Para quién trabaja? Pero, sobre todo, ¿para qué trabaja? Socialmente hablando, claro está. ¿En qué contribuye su trabajo a despejar un poco la opacidad del mundo, a volver más digna la vida? Y, antes que nada, ¿es un trabajo para toda la comunidad? ¿La tiene en cuenta ese trabajo o sólo considera las necesidades de un grupo que presiona con su poder, que arrincona, excluye y deforma la vida de los otros?

Esas cosas se pregunta D, por falta de convicción.

Y vuelve del trabajo arrastrando las que cuelgan, en la comunidad fantasmagórica de la micro, que comulga en el cansancio y el cabreamiento. Vuelve entonces a ayudar con las tareas de los niños, con muy poca convicción. Los ayuda con el inglés, el idioma del futuro y los negocios, no el de los poetas ingleses, por supuesto, se dice, con falta de convicción. Son las tareas con que abruman a los niños como si no bastara con todas las horas que pasan encerrados, piensa D, y le falta convicción.

Pero tendría que darse con una piedra en el pecho, se dice, y no termina de convencerse. Porque tiene trabajo, puede pagar un colegio y puede pagar la salud privada. Para vivir como vive.

Sospecha que el matrimonio podría ser algo distinto, pero lo vive como hay que vivirlo, o sea, sin tiempo para el otro, como no sea para la empresa de la crianza y la mantención del hogar. Podría iniciar una terapia de pareja, se dice, sin nada de convicción. Comprar un paquete turístico a Punta Cana, como hace V, y arreglárselas para dejar a los niños al cuidado de los otros. Pero no lo convencen esas tentativas, para nada.
Le falta punch, se lo han dicho varias veces. Es como si se dedicara a la poco rentable actividad de resistir.

En cambio V… Oh, V.

Tiene todo lo que le falta a D. Le sobra convicción.
Pero no es cuestión de cantidad, se entiende, es de posición. Del lugar que se ocupa. Sin embargo uno se pregunta: si alguien los mirara dentro de mil años, si hubiera alguien para mirarlos, ¿qué vería? ¿La vida de D o la vida de V?
Pero esas vidas, tal vez, son muy parecidas.

V se levanta temprano, aún más temprano que D. Lleva a las niñas al colegio, donde aprenden mucho. Hacen actividades maravillosas, cantan lindas canciones y, sobre todo, se estimulan. Eso debe ser lo más importante, son niñitas estimuladas, acosadas por los estímulos.

No serán las únicas hijas de V. Vendrán otras y otros, varios más. V se ha propuesto traer muchos niños al mundo; Dios proveerá. Traerá montones de niños pero no piensa ni por un instante en dejar de trabajar. Ya se verá cómo se crían.

Las niñitas son enfermizas. Reclaman su atención a vuelta del trabajo. Ella en su rol de madre hace lo que puede. Sus niñitas son heavy, dice. Cómo demandan. Ella hace lo que puede, con toda la convicción del mundo.
Trabaja con D. ¡Oh, el trabajo! ¡Oh, los superiores de V! Cómo les responde V, con qué diligencia. Los superiores, cómo sabe calarlos, con qué agudeza. Qué bien conoce el mundo V. No les falla jamás. Rinde. Cumple. Oh, los subordinados. Cómo los estruja, con qué convicción.

Oh, Chicureo. Oh, las lejanías. Oh, la gran casa y el jardín. Oh, el crédito hipotecario. Los cócteles en la terraza, los amigos del marido que jugó rugby, las amigas, los cahuines, los picoteos, los quesitos. La querida empleada de V, que vive en San Bernardo y debe levantarse todos los días a las cinco de la mañana para llegar a tiempo a Chicureo.

Y V que ama a su marido, el Pampa. Lo ama con una convicción absoluta. Ella y él, uno solo, juntos en un gran proyecto: la familia. Oh, la familia. Que crece y crece. El Pampa se pasea por el trabajo de V, se pasea por aquí y se pasea por allá con una carpeta debajo del brazo. Busca clientes. Es un pregonero del APV: ahorra y serás feliz en el futuro. Ahorra todo lo que puedas, dame tu dinero, dáselo a mi compañía de seguros, hazme ganar plata.

V ama al Pampa. A él, a las niñitas. Afuera no hay nada más o casi nada. Quizás los superiores y los subordinados que me pueden servir. Y Chicureo; oh, Chicureo. Tan lejos, tan cerca, tan oscuro.
No me interesa ser gerente –dice D.
¿Por qué no? –dice V ¿Qué tiene de malo?
A D le falta convicción para la bondad. No da monedas, no aporta en las colectas.

V se divierte cuando puede. Fue a un evento, le cuenta a D. Un evento de la Volvo. Había que pasar las llaves del auto para entrar. Las llaves del reino. Lo pasó increíble, le dice. D la mira, sin convicción. Se extraña del amor por las marcas; antes, no hace tantos años, eso no se veía. Pero ahora cunde, la relación afectiva con las marcas.

El mundo es opaco y a D le falta convicción.

Daniel Pizarro

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