Columnas
2014-11-01
1316 lecturas

Daniel Pizarro
colaboración de POLITIKA

Liberté

Como en un vuelo sinuoso, H vino a encontrar el mundo de la libertad desde un cerro pobre de Valparaíso. No eligió nacer ahí, pero lo hizo, y poco a poco empezó a despegar de los cerros con las alas de la libertad.

Algún profesor querible, un libro de Nietzsche, a lo mejor un amigo de juventud: se vio estudiando filosofía, un bicho raro bajado del cerro.
Y se hizo profesor, con patas de bicho libre.

La libertad le ayudó a encontrar pega, donde fuera. Cayó en una universidad surgida libremente y peleó por sus cursos, año tras año, con mucha libertad, como bicho del cerro. Y se los iban dando: uno, dos, cinco, hasta diez. Y también se los iban quitando: nueve, ocho, siete, seis… dos… Nunca lo contrataron: tuvo que trabajar libremente en varias universidades, libremente surgidas, entre las que iba de acá para allá, Santiago, Valparaíso, Viña, Rancagua, circulando libremente arriba de micros y buses interurbanos.

Conoció a P, otro profesor de filosofía. Se hicieron amigos, y hablaron libremente.
−Puta que he corneteado en mi vida, perrito –le decía H a P.
También le decía, tocándose la oreja: Por esto nomás he culeado, perrito. Por prestar oreja. Puta que he prestado oreja en mi vida.
Libremente.

Y un día se casó, libremente también, con una alumna.
Y le dijo a P: Si no me casaba no culeaba nunca más.
Antes del matrimonio, años antes −le cuenta a P−, H estuvo con una mujer que lo meaba, libremente, de común acuerdo (La psicología o la sociología, o ambas, podrían explicar el gusto por la vejación. Revivir la humillación cotidiana, quizás, adueñarse de ella en un acto de placer, hacerla suya, o quizás enamorarse del amo −Pero esas explicaciones podrían atentar contra la libertad de los actos elegidos voluntariamente…).

Volvamos a la vida matrimonial de H. Una vida con visos de normalidad, visos de estar adentro, libremente. Un hijo al que los fines de semana llevan a cumpleaños infantiles. En uno de esos cumpleaños, que se celebra en un centro comercial, en un infierno de juegos electrónicos, H conversa con –pongamos libremente− Omega.

Mientras los niños se han desperdigado entre los juegos y ya no puede saberse cuál celebra el cumpleaños, cuál vino simplemente a jugar, mientras el cumpleañero ya se retira bajo una montaña de regalos, libremente, porque el horario impuesto al cumpleaños llegó a su término, mientras pasan muchas cosas H habla con el hombre Omega.

Omega detesta la televisión. Ha descubierto el mundo de internet y la libertad de elegir: descargar series, películas, verlas en línea, decidir qué queremos ver y cuándo lo haremos, libremente. Series y películas del mundo entero. Algo maravilloso.

Los tiempos han cambiado, opina el hombre Omega en el centro comercial. Algo va a pasar, profetiza.

H se queda pensando, de la mano de su pequeño hijo, y trata de adentrar la vista en la niebla densa del futuro, y no logra penetrarla, aunque libremente lo intente.

Luego sale y elige tomarse un café en Providencia, donde abundan los cafés, tranquilos, ciudadanos, y allí se encuentra con Alfa, que es un solitario, y más viejo, y mañoso (en realidad no se encuentra con Alfa. No se conocen. Pero libremente aquí los vamos a juntar, eso también se puede hacer).

Alfa que lee y es solo. Que eligió la soledad y que a lo mejor no pudo elegir la homosexualidad. Ella lo eligió a él, le dijo: Ven a mi reino. Y Alfa prefirió la soledad.

Alfa que lee sobre la libertad, más bien sobre su contrario, la opresión. En un antiguo régimen comunista. De primera fuente, algo escrito por un chileno. Un chileno escribiendo sobre la opresión en la Europa del siglo veinte, a cuarenta años de aquello. Alfa lo encuentra magnífico. H lo oye. La inteligencia de cambiar de opinión y valorar, sobre todo, la libertad. Alfa libremente se informa, todos los días: El Mercurio, La Tercera, e incluso más allá: El País de España.

H se vuelve a su casa, y se encuentra con los familiares de su mujer, que libremente han decidido visitarla. Hay, libremente, una brecha entre ellos y H. La brecha es social, pero la libertad los junta. Y aquí están.

Están en la mesa y la hermana de su mujer −pongamos, M− le dice, como siempre, con cariño:

−Pásame el salero, negro feo.

H sale a la terraza, se fuma un pucho, piensa, flojamente, con la vista en la enredadera, el humo sube, vuela libre, sube como si H le prestara un rato sus alas, que lo han hecho volar desde los cerros de Valparaíso hasta aquí. ¿Hasta dónde?

Daniel Pizarro

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