Columnas
2014-11-03
2606 lecturas

Alicia Gariazzo
especial para G80

En avanzado estado de juventud

La poetisa nicaragüense, Gioconda Belli, en las innumerables charlas que realiza por doquier, en los últimos años ha comenzado diciendo “A mis sesenta y varios años, soy una mujer en avanzado estado de juventud”…..

Creo que esa frase nos interpreta a cabalidad a los mayores de sesenta, que cada vez somos más en el mundo. Personalmente me siento como a los 40, desde todo punto de vista y escucho a la mayor parte de mis coetáneos afirmar lo mismo. No podemos reiterarlo demasiado, porque no nos lo permiten, tanto porque somos invisibles, y los invisibles no hablan, como porque no somos interesantes y la mayoría escucha solo lo que quiere escuchar. Es lógico que nos sintamos así. En los últimos 80 años, la longevidad ha aumentado en más de veinte y ello no solo significa que moriremos más tarde, sino que nuestra juventud se prolonga. El alargamiento de la vida no significa que llegamos a la edad en que se morían nuestros abuelos y que a partir de ahí solo sobreviviremos hasta morir 20 o 30 años después.

Las vidas de ambas generaciones son muy distintas. Nuestras abuelas murieron a comienzos de sus 60, mustias de cuerpo, pero intactas de alma, y agotadas con la actividad febril que generaba el haber parido de 8 a 14 hijos. También nuestros abuelos, que llegaban a esa edad agobiados por los malabares inimaginables que requería proveer para tamañas proles, por supuesto animándose con todas las canas al aire que su energía les permitía y su género legitimaba.

Ahora, la mayor distancia hacia la muerte nos alarga la vida y esta se compone de salud, deseos y capacidades que, a su vez, son intelectuales, sexuales y físicas. El aumento de la longevidad lleva consigo que las enfermedades se pospongan, que las capacidades se prorroguen, e incluso que la fertilidad se mantenga más tiempo, como hace años viene ocurriendo en Europa.

Lamentablemente, así como aumentan nuestras capacidades en el tiempo, también se prolongan instituciones tan aburridas como el matrimonio patriarcal. El matrimonio entre dos longevos es mucho más insoportable de lo que ya lo era para nuestros abuelos, lo que ha aumentado los divorcios y abandonos de ancianos que antes vivían su aburrimiento y enfermedades en pareja, lo que salía más barato. Sin considerar la economía, es necesario tener cada vez más claro que, el aumento de las soledades, el advenimiento inevitable del matrimonio igualitario, la proliferación de los divorcios de los más jóvenes, traen consigo el entierro definitivo de la sociedad patriarcal y que la necesidad de inventar nuevas formas de convivencia se hace cada vez más imperiosa.

Nada de esto se discute. Se ignora que la gran mayoría estamos “en un avanzado estado de juventud” y que muchos podemos actuar envejecidamente, o con vergüenza de nuestros sentimientos y necesidades, más por el trato que recibimos y por la imagen pública que se nos asigna, que por las capacidades efectivas con que contamos. Muchos hombres mayores buscan su realización y su lugar como “aún jóvenes” sexualmente, lo que explica el uso masivo de viagra. Las mujeres, que en general rechazan pagar por el amor o el sexo, se deforman en cirugías para seducir inútilmente a sus coetáneos que las desprecian por ser sus iguales y porque ellos buscan a las jovencitas para recuperar en imagen pública, la juventud que llevan por dentro. Otras, más tímidas o más pobres, esconden sus ansiedades en achaques, viven las vidas de sus hijos o se hunden en la depresión. Ninguna de ellas actúa así porque lo siente, sino porque se resignaron a aceptar el rol que la sociedad les ofreció después de los 60 años.

El aumento acelerado de un sector de la población debería ser una preocupación de gran envergadura para el conjunto de la sociedad, más aún con los niveles de desprotección en los que nos encontramos. Pero en nuestro país no discutimos, ni estudiamos los grandes cambios que se están produciendo en la humanidad. Si queremos diseñar, en conjunto y democráticamente, el país en el que aspiramos vivir, debemos pensar en ello, no solo en lo económico, sino especialmente en lo existencial, porque un porcentaje alto de la población está frustrada, desubicada y sin ocupar un lugar activo e inspirador. Con ello, estamos dando paso a un número aún mayor de enfermedades mentales, de las que ya tenemos en todos sus tipos y variedades y perdiendo un capital humano invaluable.

Existencialmente hablando, la sociedad, como un todo, debe modernizar y actualizar su ideología al mismo ritmo del aumento de la longevidad. Debemos modificar las formas de abordaje a la problemática de los mayores de sesenta, desde la publicidad hasta el trato individual. Publicidad de pañales para adultos poniendo modelos relativamente jóvenes para la actual esperanza de vida, hacer chistes o dar consejos en el facebook del trato que deberían recibir los adultos mayores, están totalmente fuera de lugar.

No podemos caer en la solución facilista de aumentar la edad para jubilar, especialmente en un mundo donde el trabajo tiende a disminuir. Es cada vez más ostensible que la disminución de fuentes de trabajo en vez de aumentar el tiempo que podemos dedicar al ocio, ha aumentado la ansiedad por el empleo. En las diferentes ocupaciones, los jóvenes son los más interesados en que los mayores de sesenta jubilen, ya sea por “el tiraje de la chimenea” o por repartir entre menos las cada vez más escasas fuentes de trabajo.

La externalización de la manufactura al Asia, la tecnología digital, la automatización y la precarización del trabajo con jornadas de trabajo eternas, han hecho desaparecer enormes cantidades de empleos, no sólo en Chile, sino en el mundo. Por tanto, un primer aspecto a discutir es acerca del trabajo de los adultos, especialmente del de aquellos que se sienten vitalmente más jóvenes y más sabios que antes. Una idea es fomentar el trabajo ad-honorem, el trabajo solidario, especialmente en tareas políticas y de servicio público, como el trabajo gremial, de defensoría de los más humildes, el trabajo con niños, discapacitados o adultos no valentes. En una sociedad que no protege, donde el Estado no se hace cargo de los problemas privados, todas las formas de protección que diseñemos entre nosotros serán cada vez más bienvenidas y si con ello se contribuye a recuperar la ética en el servicio público, mucho mejor.

Finalmente, hay un aspecto económico ineludible, independientemente de lo jóvenes que nos sintamos. Mientras más crezca la población pasiva, no sólo de los jubilados con bajas pensiones, sino además de enfermos y discapacitados, más aumenta la carga sobre la población activa. Ya todos sabemos que José Piñera se equivocó y que el sistema de AFP es un fiasco. Las pensiones no alcanzan para vivir y menos a los adultos mayores divorciados. Las AFP usan nuestros fondos y, lo peor es que los usan mal. Es imprescindible cambiar el sistema y reemplazarlo por uno sustentable que asuma las nuevas situaciones, pero este no es el tema de esta nota.

Sólo pretendo destacar aquí la necesidad de estudiar los nuevos fenómenos para diseñar nuevas formas de convivencia, ya que creo que todos coincidimos en que matar a los más viejos, o abandonarlos a la locura, especialmente a los que estamos en un avanzado estado de juventud, no es una solución.

ALICIA GARIAZZO
Directora de CONADECUS

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