Columnas
2014-12-15
1661 lecturas

Angel Saldomando
especial para G80

El pais de la elite

Se ha generalizado en las últimas semanas la afirmación que existe en el país un clima anti elites. Para unos esta afirmación es traducida como la expresión alarmante de una exasperación creciente de la opinión, mal dirigida, contra la elite. Otros agregan que esto se debe al clima anti empresarial acarreado por las veleidades reformistas del gobierno y por ultimo están aquellos que lo consideran expresión del cambio político y cultural en el país que presiona hacia mayor democracia e igualdad. Al final la única idea subyacente común es que algo anda mal pero en rigor la elite nunca ha tenido mucha adhesión.

Una elite con un país

Es conocida la frase con que se caracterizaba a Prusia, se trataba de un ejército con un país. Parafraseando podríamos decir que Chile es una elite con un país y no un país con una elite.

A través de la historia el factor mas importante de definición de las elites ha sido el nivel de concentración de la propiedad, territorial primero, luego industrial y al final comercial y financiera hizo de la elite económica la propietaria del país. Esto es hoy más evidente que nunca. Los estudios realizados en los años 60 y 70 dieron cuenta de ello, luego a la sombra de la dictadura y con la continuidad del modelo económico la concentración se intensificó hasta la actualidad. Unas 130.000 personas constituyen actualmente el núcleo duro de la riqueza.

La percepción de desigualdad, la pobreza reinante, el enorme desbalance de poder y privilegios generó tempranamente una mala imagen de la elite. Conservadora en todo, culturalmente retrograda y poco accesible, chocaba con la lenta instalación en el país de un imaginario social democrático e igualitario. De hecho no hay memoria o registro de proyectos económicos, políticos o sociales, desarrollistas y democráticos inspirados por las elites. Fueron las emergentes clases medias, los trabajadores y grupos populares que poco a poco dieron base y forma política a una propuesta.

Moderada o más radical si se piensa en los tres grandes proyectos, radicales, demócrata cristiano y de la unidad popular, la composición de fuerzas era clara. Pero además poseían dos característica particulares, se acompañaban de pretensión de autonomía intelectual y política que la elite podía vetar o contestar pero que no podía capturar, al menos completamente.

Esto hacia de Chile un país socialmente inquieto, intelectualmente de avanzada y políticamente denso en términos de debate, prensa y politización.

Frente a este proceso, la elite nunca aceptó la posibilidad de una negociación ni de un pacto social. Tres aspectos daban cuenta de ello, políticamente era refractaria a aceptar otras opciones, se negaban a pagar impuestos a la altura de sus ganancias y la propiedad concentrada en sus manos era equivalente a la soberanía del país. Podían traicionarlo antes que ver afectada su casta.

Desde que se establecieron las bases de un sistema de tributación en 1924, en el debate siempre estuvo la resistencia del capital a contribuir al desarrollo nacional. Recordemos para la anécdota que frente a la reforma tributaria impulsada por la democracia cristiana en 1964, el empresariado y sectores políticos afines montaron una campaña en la que argumentaban que ello afectaría el “patrimonio de los campesinos y todo pequeño propietario” Por supuesto no mencionaban que Chile era un país de latifundistas y ya altamente concentrado para la época. Otra versión de lo mismo es la campaña actual sobre la defensa de la clase media.

La elite no sólo gozaba de mala reputación sino que además en el contexto de la época, antes de la dictadura, experimentaba soledad moral e intelectual. Era incapaz de imaginar otro país que no fuera a su imagen y semejanza. Pero la exhibición de riqueza se consideraba provocadora y moralmente reprensible, su auto reproducción incestuosa la dejaba en la imposibilidad de establecer conexiones más amplias en la sociedad. Su política estaba gobernada por una férrea e histérica defensa de sus intereses y su estatus, a ello se le agregaba poder de veto a la política pública como en el caso de los impuestos.

Imposibilitada de hacerse con el poder político institucional, nunca ganaron elecciones desde 1925, salvo con Alessandri y con Piñera (por poco y con un elite recién arribado), exigían cada cierto tiempo un escarmiento de las reivindicaciones de los sectores populares, una represión fuerte y unos cuantos muertos periódicamente.

La dictadura resarció a la elite con creces de las amenazas, de su soledad cultural, la reconcentró económicamente y la liberó moralmente a través de una venganza social sin precedentes y un cinismo desembozado. La concertación la encubrió como parte del pacto por la continuidad del modelo pero paradójicamente no incrementó su legitimidad.

Compensada la pobreza mas evidente, a costa de subsidios, y con el crédito, el largo ciclo político de la concertación generó una coexistencia entre la elite y los habitantes de su país. Pero el edifico era frágil los tres elementos compensadores se agotaron. Por ello no es casual que nuevamente se hagan visibles la desigualdad, la concentración de la riqueza, los privilegios de la casta.

Pero las nuevas condiciones son también particulares. Nunca antes la elite había tenido tal nivel de cooptación y captura de la política, la cultura y de los valores. Nunca antes la elite había tenido una base social cooptada transversalmente a través de funcionarios, políticos, negocios, familias y fondos reservados. Frente a ello no hay aún fuerzas sociales suficientes para darle base y autonomía a una nueva propuesta.  

La nueva mayoría si algo teme es precisamente eso, la presidenta en sus discursos sólo cambia las palabras de lugar pero no sale de la burbuja y los dirigentes de partidos como la DC recalientan el viejo plato de que  “Ahora lo que corresponde es reforzar la conducción política del gobierno y que los liderazgos responsables y representativos se hagan presentes con su opinión” (el mostrador 4/11/2014). Cabe interrogarse sobre quienes son los responsables y representativos, ¿responsables antes la sociedad o ante la elite y su base transversal? Representativos de sus magros electores, de sus grupos de interés o de una propuesta que se dirima democráticamente en la sociedad?

Pese a toda la fuerza material de la elite y la capacidad de condicionamiento de su país, los fundamentos de la legitimidad como base de la autoridad se han debilitado, la manipulación como capacidad de manejar sin que se advierta ha desaparecido, la credibilidad de la institucionalidad y sus miembros agoniza, la coacción como uso de la fuerza es el último recurso intacto.

La capacidad de mantener el orden es una articulación entre la extrema debilidad social y el entramado empresarial concentrado y el político. Esa es la gobernabilidad que exigen mantener y de la cual se reivindican los viejos dirigentes de la concertación, la derecha y el empresariado frente al nuevo estado de ánimo.

Son los elementos subjetivos los que han revalorizado el sentimiento anti elite pero nada ha cambiado realmente. El país de la elite se pondrá a prueba si hay cambios porque de algún modo deberán generar su propia legitimidad, su fuerza social, sus valores, sus liderazgos. Por ahora sólo la difusa necesidad de esos cambios planea sobre el país de ellos.

Angel Saldomando

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