Columnas
2014-12-17
1730 lecturas

Alicia Gariazzo
especial para G80

Después de la batalla

En lo único que el mundo no cambia es en la cotidianeidad de la guerra. Las frías, calientes, solapadas, encubiertas, impunes, civiles, colonialistas o descolonizadoras. Como sean, nos reiteran sistemáticamente la visión de poderosos aniquilando a países más débiles y a los más pobres dentro de cada país, sea vencedor o vencido. En África y América Latina los colonizadores nos quitaban las tierras y nos obligaban a trabajarlas. En El Sueño del Celta, Vargas Llosa, nos detalla las atrocidades que los civilizadores infligían a los indígenas para lograrlo, cortándoles los genitales y dejándolos colgados vivos para escarmiento de los que se rebelaran. Luego nos agotamos viendo a los norteamericanos “defender la libertad” masacrando niños en Corea, Vietnam, Grenada, República Dominicana, Nicaragua. Más tarde, ya el mundo sabe que con diversos pretextos se interviene y asesina por el petróleo, el coltan, los diamantes. Ya estamos acostumbrados a escucharlo y casi han logrado insensibilizarnos. Reaccionamos solo cuando vemos una foto demasiado cruda de niños heridos o muertos. Los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, con derecho a veto, las determinan y por algo son los que además producen el armamento de guerra en el mundo: China, Francia, Rusia, Gran Bretaña y EEUU.

Pero la guerra se ha modernizado. Se ha privatizado y África se ha destacado en ello, aunque la privatización está cada vez más generalizada. Aquellos individuos inadaptados que iban como mercenarios al África, que algunos llamaban freedom fighters o soldados de fortuna, han sido reemplazados por empresas privadas que se encargan de todos los eslabones de la cadena. Incluso de tareas de espionaje como bien lo relata John Le Carré en Una Verdad Delicada. Empresas que también proporcionan la seguridad y la protección de las grandes empresas y sus propietarios. La guerra se ha privatizado, los ejércitos se componen por voluntarios a sueldo, lo que a países como EEUU les es muy útil para deshacerse de inmigrantes y desempleados.

Pero la PAZ también tiene sus problemas. En Nicaragua se vivió una guerra, guerra que el Gobierno del FSLN perdió junto a las elecciones presidenciales luego de haber iniciado un proceso de paz muy novedoso. El país descansó de casi diez años de muerte y ello fue materia de alegría para amplios sectores, especialmente para los más jóvenes. Cuando un país establece LA PAZ nos quedamos tranquilos. Obviamente la paz es mejor que la guerra, pero nunca pensamos en detalle en lo que ocurre después de la batalla.

Los problemas de la paz en Nicaragua comenzaron con el cambio de gobierno que trajo consigo un abrupto cambio en la estrategia de desarrollo del país. Al igual que en Chile después de 1973, las políticas estatistas fueron reemplazadas por privatizaciones, se disminuyó el tamaño del Estado y se liberó a las fuerzas del mercado. Se produjo una profunda crisis socio-económica que se manifestó en desempleo en gran escala. Desempleo incrementado por los miles de soldados desmovilizados de ambos bandos, la expulsión de muchos funcionarios sandinistas de los puestos públicos y, lo más grave para un país como Nicaragua, por el impacto de la contra reforma agraria.

El nuevo gobierno, basándose en los Acuerdos de Paz, entregó tierras a algunos militares desmovilizados y a personal de seguridad. Los trabajadores de empresas estatales también adquirieron algunos activos cuando estas se entregaron a sus antiguos dueños. Pero, al mismo tiempo, el nuevo Gobierno, consecuente con su estrategia, debía continuar la descolectivización, recuperar tierras para sus antiguos dueños y restringir fuertemente el crédito y los servicios de apoyo a campesinos y cooperativas.

Entre todas estas contradicciones, el pueblo nicaragüense generaba combates locales de defensa de derechos, pero al mismo tiempo se reconciliaba y continuaba en la práctica los procesos de paz. Como símbolo de la reconciliación, nació la primera “cooperativa mixta” en 1992, formada por 50 ex oficiales sandinistas y 50 “recontras” . Como explica un líder de los “Revueltos” y Presidente de la Cooperativa Esperanza, Paz y Reconciliación, Pedro Huerta, unieron sus necesidades y demandas por tierra y trabajo” . En efecto, los combatientes de uno y otro bando finalmente se unieron.

Al cambio de Gobierno, el Ejército Sandinista tenía más de 300 mil hombres en armas, entre afiliados al Servicio Militar, oficiales retirados, discapacitados de guerra,  reservas y milicias. La gran mayoría quedó en la calle ya que en 1992, el Ejército quedó en 3 mil quinientos hombres. El resto no sabía cómo insertarse en la sociedad nicaragüense, ni los de alto nivel técnico, ni la tropa más humilde. Además, el Gobierno de Violeta Chamorro, inmediatamente después de asumir en 1990, sacó un listado de los oficiales del Ejército y lo publicó en los periódicos del país. Ningún empresario dio empleo a esta gente, después de haber tenido un rango militar, un estatus entre las fuerzas armadas. Pasaron a ser hombres en extrema pobreza igual que sus familias y así estuvieron durante los 17 años de gobiernos de derecha. La situación de pobreza y desprotección se intensifica con 100 mil discapacitados. En GUINEA se puede ver a los retirados arrastrándose porque no tienen sillas de ruedas, después de haber luchado 16 años en una guerra sin cuartel, sábado, domingo, día, noche, lodo, sol, agua, informa el Presidente de la Coordinación Nacional de Oficiales en Retiro, CNOR.

Porque los desmovilizados se han organizado. Formaron la Federación Nacional de Combatientes de Guerra Comandante Germán Pomares Ordoñez en 2013, que agrupa al 90% de los afectados de todo el país y continúan luchando por sus derechos, tratando de insertar a su gente en programas que ofrece el gobierno. La federación es la culminación de una serie de organizaciones que la componen, tales como: la Coordinación Nacional de Oficiales en Retiro, la Asociación de Combatientes de Colaboradores Históricos, la Asociación de Militares en Retiro, la Organización de Discapacitados del Misterio del Interior, la Asociación de Cumplidores de la Paz, que es el Servicio Militar Patriótico, la Asociación de Madres de Héroes y Mártires. Ellos informan al ser entrevistados que, fuera de  pequeños regalitos, su situación es la misma en 2014 que la que tenían en 1992. No se les reconoce los 13 años de seguro social y el 90 por  ciento de la gente no tiene ni una semana de cotizaciones, porque fueron fundadores del Ejército en ese tiempo, es decir nadie trabajó. Todos luchan por leyes. En 2003 lograron la aprobación de la Ley 235. “Ley que Concede Beneficios y Derechos a los Desmovilizados de la Resistencia Nicaragüense, a los Desmovilizados del Ejército y del Ministerio de Gobernación”. Esta ley no se cumplió y en 2013 se aprueba la Ley 830, “Ley Especial para Atención a Excombatientes por la Paz, la Unidad y Reconciliación Nacional”, ley que todavía no tiene Reglamento.

En otras palabras, vencedores y vencidos están desprotegidos después de la batalla. Nos queda claro quienes son los que pierden en las guerras.

Alicia Gariazzo
Directora de CONADECUS

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