Columnas
2014-12-18
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Luis Casado
especial para G80

¿Patria o Muerte? O nos hundimos en el precipicio...

“En Girón se proclamo el carácter socialista de nuestra Revolución...”
Fidel, conmemoración de la batalla de Playa Girón, 1981

"Se acabaron los plazos: o hacemos los cambios o nos hundimos en el precipicio"
Raúl Castro, diciembre 2011, ante el Parlamento cubano


En los discursos de Danton, Robespierre, Saint-Just, Marat, los hebertistas y otros revolucionarios, sería inútil buscar alguna referencia al “carácter” democrático-burgués de la Revolución francesa, o al “carácter” capitalista del modo de producción que dominaría la vida económica de ahí en adelante. En la producción literaria de los filósofos del Siglo de las Luces, aquellos conocidos (Voltaire, Montesquieu, Diderot, Condorcet, Rousseau, Kant... ) como los injustamente olvidados (Jean Meslier, La Mettrie, Maupertuis, Helvétius, d’Holbach... ), aun mas inútil.

Poco conscientes del rumbo final del profundo proceso de mutación del modo de producción que iba generando la llamada burguesía, sus inquietudes intelectuales y políticas, alimentadas por el despotismo (así fuese) ilustrado, no se concentraban en el “carácter” de una revolución que aun no se producía, sino en la afirmación de algunos derechos fundamentales, entre ellos el de la Libertad y la Igualdad, o bien en el necesario triunfo de la Razón.

La burguesía soñaba con asociarse a una nobleza venida a menos materialmente (en términos de riqueza) para fundirse con ella y disfrutar de sus privilegios políticos y económicos. Honoré de Balzac, en los 31 volúmenes de su Comedia Humana, describe con indisimulada fruición esos matrimonios de conveniencia, negociados como una transacción cualquiera, y destinados al fracaso .

Ni los pensadores de esa burguesía, ni sus líderes, perdieron tiempo en intentar caracterizar lo que venía como un período de construcción, -dirigida conscientemente por ella hacia objetivos explícitos-, de un modo de producción que sucedería como forma económica dominante a las que prevalecieron antes de su llegada al poder: el capitalismo.

Tampoco se encuentra nada parecido en la Revolución Americana, – y partiendo, en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América–, cuyo objeto primero consistió en deshacerse de la dominación económica de la potencia colonial: Inglaterra.

Dicha Declaración pone el acento en lo que llama Derechos Inalienables: la Vida, la Libertad y la búsqueda de la Felicidad. En ningún caso proclama un pretendido “carácter” democrático-burgués, o capitalista, de la Independencia de los Estados Unidos.

Por contra, su preámbulo afirma con fuerza el derecho del Pueblo a darse las estructuras de Gobierno que le convengan, y a eliminar cualquier forma autoritaria que intentase imponerse por sobre su voluntad:

“...cuando cualquier Forma de Gobierno deviene destructivo hacia esos fines (los Derechos inalienables), es el Derecho del Pueblo alterarlo o abolirlo, e instituir un nuevo Gobierno”.

Para que no queden dudas, el último párrafo del preámbulo insiste:

“Pero cuando un largo tren de abusos y usurpaciones, que persiguen invariablemente el mismo Objetivo, manifiesta el propósito de reducirlos bajo un Despotismo absoluto, es su derecho, es su deber (del Pueblo), derrocar ese Gobierno y proveer nuevas protecciones para su futura seguridad”.

Muy prosaicamente, el Tea Party y los padres fundadores de la Independencia “americana” estaban más preocupados de no pagarle impuestos a su majestad George III que de calificar o caracterizar, – en términos conceptuales que nacerían posteriormente –, la revolución que estaban haciendo.

Puesto que en la visión “americana” la riqueza es el producto del duro trabajo y el premio de la voluntad divina, no hay ninguna razón de compartirla, así fuese con la madre patria.

Cuestión filosofía u objetivos de estructuración política, fue Thomas Paine, recientemente llegado de Inglaterra, quién abogó por el republicanismo como una alternativa a la monarquía hereditaria en su célebre obra Common Sense , la cual por lo demás tuvo poca influencia en las ideas del Congreso a propósito de la Independencia.

Su mérito principal fue el de provocar un debate público que hasta entonces nadie se había preocupado de estimular, debate que tuvo como consecuencia el apoyo popular y masivo a la Independencia. Como la de Chile y otros países del continente, la Independencia de los Estados Unidos de América fue obra de la oligarquía. El pueblo llano sirvió de carne de cañón en un proyecto político que no era el suyo.

¿Cómo, en efecto, proyectarse en el futuro para “caracterizar” el proceso que izaría a la burguesía industrial a los puestos de poder con conceptos que nacerían ex post? (Capitalismo, burguesía industrial, plusvalía, proletariado, clases sociales, etc.).

En su libro “Les Ultras des Lumières” el filosofo contemporáneo Michel Onfray aborda el tema:

“Cierto, imaginamos mal una historia del presente, aun menos una historia del futuro. ¿Pero, de qué pasado se puede hacer (escribir) la historia? Y sobre todo, ¿en qué momento? ¿Después de qué razonable plazo de enfriamiento del mundo? Lo que tiene lugar aquí y ahora porta potencialidades magníficas para lo que será. Pero nadie las conoce antes del flujo que permite el paso de lo virtual a lo real. Que la primera mitad del siglo XVIII portase en ella la Revolución Francesa parece no plantear ninguna duda. Pero después de los hechos. Y solemos pensar a posteriori el pasado, a la luz de lo que siguió. La escritura de la Historia es siempre una historia de escritura.”

Si adoptamos esta forma de ver la Historia y lo que luego constituye su descripción escrita, – sobre todo si respeta el ejemplo de Tucídides, historiador cuya escritura permite “ver” los hechos tal como ocurrieron–, la lectura de la frase pronunciada por Fidel Castro en Girón, el 19 de abril de 1981, “En Girón se proclamó el carácter socialista de nuestra revolución...”, adquiere una connotación muy particular: la de la escritura de la Historia ANTES de la Historia o, dicho de otro modo, la escritura de la Historia del futuro.

El socialismo no ES, el socialismo SERÁ. El socialismo será aquello que construiremos, al precio de innumerables sacrificios, de esfuerzos ciclópeos, contra vientos y mareas, a pesar de todos los obstáculos, venciendo a todos nuestros enemigos, en un proceso ininterrumpido, conducido por los dirigentes más esclarecidos, organizados en la estructura política más acerada, que encabeza la única clase social históricamente capaz de sobrepasar un sistema social construido sobre un modo de producción determinado, el capitalismo.

He ahí por la utopía.

No obstante, de ahí en adelante los “socialismos reales” (ya desaparecidos o en curso de desaparición) practicaron mucho más la ucronía, esa forma de ficción que reposa sobre el principio de la reescritura de la Historia a partir de la modificación de un acontecimiento del pasado.

Entre los elementos adulterados se cuenta la obra del propio Karl Marx, modificada, sesgada, falseada u ocultada, con el sano propósito de justificar tal o cual acción emprendida por los dirigentes del proletariado que condujeron la construcción de lo imposible de construir. En la Ideología Alemana (Karl Marx y Friedrich Engels – 1845-1846), los fundadores de la I Internacional escriben:

“Para nosotros, el comunismo no es un estado que debe implantarse, un ideal al que haya de sujetarse la realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual. Las condiciones de este movimiento se desprenden de la premisa actualmente existente.”

He ahí porqué no hay planos para la “construcción del socialismo”, definido como la primera fase de la sociedad comunista, por la simple razón que “El comunismo no es un estado que debe implantarse, un ideal al que haya de sujetarse la realidad...”, aunque ese ideal sea proclamado por los más ilustres revolucionarios.

Ya en la primera mitad del siglo XIX Marx y Engels habían resuelto la cuestión que ocupó a los bolcheviques durante la primera mitad del siglo XX: la posibilidad de construir el socialismo en un solo país. No. El socialismo no se construye. Ni en un solo país, ni en un grupo, ni siquiera a la escala de toda la humanidad.

Partiendo, no están los planos, habida cuenta que ni Marx ni Engels perdieron el tiempo intentando describir – a priori – un estadio del desarrollo de la humanidad que no podían ver en ninguna bola de cristal. Ambos eran filósofos, políticos, sociólogos, economistas, estudiosos de la cuestión social, pero en ningún caso adivinos de un futuro del cual no percibían sino algunos mecanismos esenciales, ampliamente insuficientes para determinar, ex ante, el destino de sociedades infinitamente diferentes, incluso después de dominadas por un único modo de producción que no hacía sino dar sus primeros pasos.

Resulta inexplicable que Stalin y Trotsky – y el conjunto del bolchevismo – se hayan enfrentado con tanta saña (durante décadas los “camaradas” se eliminaron unos a otros con un fervor digno de mejor causa) a propósito de una cuestión que sus inspiradores habían definido con lujo de detalles más de 60 años antes de la Revolución de Octubre.

“Esta suma de fuerzas de producción, capitales y formas de intercambio social con que cada individuo y cada generación se encuentran como con algo dado es el fundamento real de lo que los filósofos se representan como la «substancia» y la «esencia del hombre», elevándolo a apoteosis y combatiéndolo; un fundamento real que no se ve menoscabado en lo más mínimo en cuanto a su acción y a sus influencias sobre el desarrollo de los hombres por el hecho de que estos filósofos se rebelen contra él como «autoconciencia» y como el «Único». Y estas condiciones de vida con que las diferentes generaciones se encuentran al nacer deciden también si las conmociones revolucionarias que periódicamente se repiten en la historia serán o no lo suficientemente fuertes como para derrocar la base de todo lo existente. Si no se dan estos elementos materiales de una conmoción total, o sea, de una parte, las fuerzas productivas existentes y, de otra, la formación de una masa revolucionaria que se levante, no sólo en contra de ciertas condiciones de la sociedad anterior, sino en contra de la misma «producción de la vida» vigente hasta ahora, contra la «actividad de conjunto» sobre que descansa, en nada contribuirá a hacer cambiar la marcha práctica de las cosas el que la idea de esta conmoción haya sido proclamada ya cien veces...”

(Marx y Engels. La Ideología Alemana. El subrayado es mío).

En un texto escrito hace casi cuatro años, yo escribía:

“Lo que en la visión de Marx hace posible la transformación revolucionaria de la sociedad es precisamente la generalización en su seno de un modo de producción que entra en contradicción con el modo de apropiación del producto. Para que un nuevo régimen se abra paso pues, es preciso que el nuevo modo de producción sea dominante en el seno de la sociedad capitalista. Al respecto no se trata de ser quisquilloso con aspectos secundarios de la teoría, sino de restablecer algunos elementos esenciales sobre los cuales parece haber amplio consenso entre quienes apreciamos la obra de Marx. Los profundos cambios que deben contribuir a darle racionalidad al modo de producción deben poner en concordancia las formas sociales o colectivas de la producción, con nuevas formas sociales o colectivas de la distribución de la riqueza. En esa visión, la revolución socialista no consiste en cambiar el modo de producción sino en ponerlo cabeza arriba. ”

A riesgo de abundar en exceso en el intento de poner en evidencia la imposibilidad de construir un mundo real – y lo que es aún más, el “paraíso de los trabajadores”– a partir de un ideal, considero útil ofrecer aquí algunas líneas de “Capitalismo, deseo y servidumbre”, obra del conocido economista y filósofo francés Frédéric Lordon”.

Evocando a Spinoza (“El amor y el odio deben ser más grandes, a causa igual, hacia un objeto que imaginamos ser libre que hacia un objeto necesario” ), Lordon nos dice que:

“Spinoza toca allí el mecanismo afectivo que traza de entrada el límite de los constructivismos políticos, e indica a contrario la fuerza histórica del capitalismo (...). La posibilidad de asignación (en el sentido de atribución de responsabilidad) a una causa localizada y que se imagina libre (el partido, el Estado, el Gosplan) hacen de la instancia constructivista, identificable como tal y a la cual se le puede prestar una intencionalidad contingente, el punto de concentración de afectos de odio más intensos. Inversamente, las fuerzas del mercado capitalista, que no tritura los individuos con menos violencia, aparecen bajo la especie de ‘un efecto de sistema’, como tal inasignable (sin presunción de responsabilidad), sin centro, sin ingeniero deliberado, asimilable a una cuasi necesidad de la cual Marx hizo la esencia del fetichismo mercantil, y por lo tanto propicia a todas las estrategias retóricas de ‘naturalización’ , o sea de despolitización”.

Puede que este fenómeno explique que ninguno de los 25 millones de militantes del PCUS, ni ninguno de los 135 millones de miembros de los Sindicatos Soviéticos, haya salido a defender el producto de 70 años de su propio contructivismo político. La sociedad soviética, también llamada “socialismo real”, se desmoronó sin que nadie tirase un tiro allí donde la Revolución de Octubre, para imponerse, tuvo que hacer uso de las armas (toma del Palacio de Invierno, guerra civil, guerra antiimperialista, represión de los marinos de Kronstadt, etc.) .

El paraíso anunciado – del cual se inicia la “construcción” bajo la ilustre conducción de líderes iluminados – genera pues más odios que un sistema que parece surgir naturalmente, como resultado de un salto hacia la libertad, aun cuando esa “libertad” sea en realidad una nueva forma de sumisión, de explotación y de negación de los derechos individuales y colectivos.

Todo lo que precede me parecía necesario antes de plantear la cuestión central de esta nota: ¿a qué le abre la puerta la reanudación de las relaciones diplomáticas entre los EEUU y Cuba?

¿Se trata de un gigantesco triunfo, de un paso adelante en la “construcción” del socialismo anunciado, o de la constatación del fracaso en ese empeño?

La idea del fracaso no la evoco a partir de las innumerables notas mal informadas y peor escritas de la prensa occidental, esa prensa empresa en búsqueda de lucro y desinformación, sino en las palabras del propio Raúl Castro en diciembre de 2010, y en el informe del Comité Central del Partido Comunista Cubano al VI Congreso que se llevó a cabo en abril del año 2011, con nueve años de retraso, y 14 años después del V Congreso.

Raúl Castro se había dirigido con una brutal crudeza a los miembros del Parlamento:

"El tiempo que nos queda es corto, la tarea gigantesca..." "Se acabaron los plazos: o hacemos los cambios o nos hundimos en el precipicio", dijo, sin medias tintas, el mandatario cubano.

¿A qué cambios se refería?

¿Cómo se explica que, después de sesenta años de “éxitos en la construcción del socialismo” bajo la dirección del propio Fidel, la isla estuviese a punto de “hundirse en el precipicio”?

¿Cómo comprender que después de sesenta años más de la mitad de la tierra arable estuviese abandonada cuando el 75 de los productos de alimentación son importados? (Informe del CC del PCC al VI Congreso).

¿Cómo aceptar que las críticas no tocasen ni con el pétalo de una rosa al “acerado partido” que condujo los destinos del país durante todo ese tiempo, aún menos a sus dirigentes máximos, y se concentrasen en los “ortodoxos y burócratas que frenan y obstaculizan las incipientes reformas”?

Reformas que apuntan mayormente a reabrir espacios para la actividad económica privada, a la inversión extranjera debidamente protegida y privilegiada en sectores como el puerto de Mariel, a una reducción de los trabajadores del sector público que se cuenta en millones de personas, a la introducción de mecanismos de mercado.... todo en nombre de la patria, la revolución y el socialismo.

El recurso que consiste en vestir las cosas con nombres que tienen un significado radicalmente opuesto no es ni privilegio ni exclusividad de los comunistas cubanos.

Sin embargo... cuesta asumir que el Congreso y el Parlamento se pronunciasen prácticamente a la unanimidad por reformas que abandonan definitivamente el rumbo mantenido durante más de seis décadas, para reintroducir el tan combatido capitalismo.

Sobre todo cuando las magras explicaciones a propósito de la desaparición de la URSS y el mundo del “socialismo real” tienen que ver con la escasa participación del pueblo en la toma de decisiones.

Señalarlo no significa condenar las reformas económicas. ¿Había alguna alternativa?

En China, hace ya muchos años, Deng Xiaoping había concluido en que “Poco importa que el gato sea blanco o negro, lo que importa es cace ratones”. La eficiencia y el pragmatismo en lugar de la ortodoxia.

Pero más allá del pragmatismo, Deng Xiaoping había comprendido un par de cosas:

a) No es posible pasar directamente de las cavernas a la sociedad superior por excelencia, el comunismo.

b) El socialismo y el comunismo no se construyen, sino que son el resultado de el agotamiento natural del capitalismo, cuando todas sus posibilidades de desarrollo se encuentran frenadas por el modo de apropiación de la riqueza.

Reintroducir pues al lobo en el gallinero no le generó ninguna crisis de fe. Vietnam también lo había comprendido, y al cabo de sólo cinco o seis años recuperó su autosuficiencia alimentaria, antes de transformarse en el primer exportador de arroz del mundo, así como de muchos otros productos alimenticios, mientras Cuba aún importa masivamente productos alimentarios que es incapaz de producir.

El tema ha dado pábulo a bibliotecas enteras de disquisiciones acerca del “papel del mercado en la edificación del socialismo”, controversia tan inútil como la de la construcción del socialismo en un solo país: el mercado no es un mecanismo asimilable al capitalismo, no es exclusividad de este modo de producción.

Mercado hubo antes del capitalismo, y lo habrá seguramente después del capitalismo. La cuestión no está ahí.

Para quienes hemos militado activamente a favor del socialismo durante toda una vida, la cuestión que se plantea es saber hacia donde vamos ahora, cuales son las formas de lucha política y social que pueden contribuir a devolverle la confianza a millones y millones de ciudadanos, al pueblo, en un futuro que no tiene porqué limitarse a entregarle el sudor, y el salario, a un puñado de multinacionales.

El sueño de la “construcción del socialismo”, alimentado por ese idealismo filosófico tan combatido por Karl Marx y Friedrich Engels, quedó atrás como lo que era: un callejón sin salida.

El imperio, consciente de desmejorar las opciones de sus multinacionales, estima ahora que más conviene abrirles las puertas de estos mercados que había bloqueado durante más de medio siglo. La agresión, el crimen, la mentira, fueron impotentes.

La nueva apuesta del imperio tiene que ver con la fórmula que ha funcionado razonablemente bien hasta ahora: el consumismo, las ansias de mimetismo con el primer mundo, el productivismo que agota las posibilidades de la Tierra, la acumulación egoísta y la riqueza sin fin para unos pocos (todos quieren ser parte de esos pocos... ese es el sueño que venden) y la miseria para los más (confiando en que precisamente uno no será parte de esos miserables).

Luis Casado, París, 18 de diciembre de 2014

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