Columnas
2014-12-26
1582 lecturas

Daniel Pizarro
colaboración de POLITIKA

El signo que nos rige

Los planetas están alineados y nos rige un signo oscuro.
Tenemos a C, un pequeño zombi. Como millones de otros niños, es adicto a los video-juegos. Su energía vital ha sido usurpada por lo que sucede detrás de la pantalla, en la otra realidad.


Que estimula sus neuronas, dicen.

Hay un juego, el que ahora lo consume, del cual no puede desconectarse porque si lo hace perderá puntos y liderazgo. Si se le ocurre levantarse a comer (en vez de llevarse el plato a la cama, frente a la consola) u orinar en el baño (en vez de hacerlo en las cortinas, a la antigua), vendrá otro de los niños conectados en el ciberespacio a tomar su lugar.

Su madre lo enchufó a una consola desde los dos años.
Estudiaba, trabajaba y se había separado, y en esas condiciones - evidentemente – no le quedaba ni un minuto para el niño.

Luego terminó de estudiar y siguió trabajando bajo el signo de los planetas alineados, hasta hoy.

Trabajando para empresas que seleccionan personal.

Bajo la presión de las metas y la zanahoria de los bonos. Quejándose menos del secuestro de su vida por parte de la empresa que de sus compañeras de trabajo que sacan la vuelta y atentan contra el cumplimiento de las metas.
Contra la tarea de encontrar personal idóneo y adecuado para rendir.

Entretanto su hijo C mataba zombis en la pantalla. Con el correr del tiempo iba convirtiéndose en un experto en destrozar entes sin alma y sin cerebro.
Y entretanto su madre volvió a emparejarse.

Conoció a un psicólogo que trabajaba en el sistema carcelario.
Un psicólogo para los presos.

Para evaluar si están en condiciones psicológicas de recibir el beneficio de una salida dominical. Para contribuir a la reinserción social; o sea, para mandarlos de vuelta al mismo mundo de donde provienen.

P y J, la pareja. Que se lleva bien y se lleva mal, y cuando se lleva mal le echa la culpa a la psicología, jamás a la sociología, y que se machaca los sesos en el claustro del amor y todas sus exigencias, y le pide lo imposible a lo que está regido por el signo de los planetas, por no decir la explotación generalizada, e implosiona en vez de explotar, y trata de cumplir las metas, y hallar personal idóneo para rendir, y reinsertar a los presos en la sociedad de los planetas alineados, y compra más video-juegos a L.

Y así. Und so weiter.

Por el departamento de P y de J aparece M, el periodista retirado a los cuarenta años de edad.

Anuncia su retiro de la radio, se arrepiente de su carrera en los medios; ahora quiere reinventarse, como se dice.

Nunca más entregarle el alma a las noticias. Nunca más a un temblor fuerte a las tres de la mañana. Nunca más a un incendio inoportuno, a un choque entre un bus y un camión por culpa de la niebla. Nunca más el alma al acontecer diario de los accidentes, las declaraciones intempestivas, los personajes públicos. Nunca más.

Porque llegó hasta donde estaba, editor periodístico, porque jamás puso límites a las noticias que lo demandaban como un juego de zombis. Porque, de lo contrario, no habría llegado a editor.

¿Y por qué lo hizo? ¿Qué lucecita intrigante habrá visto? ¿Qué vértigo, aparte de la alineación de los planetas?

M, el periodista, sueña con otra vida. P y J sueñan con otra vida. La vida fuera de la ciudad. Imaginan esa vida, se deleitan en una supuesta vida; comienzan a gastarse el premio imaginario del Loto.

En su pieza, C también se prepara para el mundo matando zombis en la pantalla.

Todos preparan su nueva vida imaginaria. Mientras los planetas siguen alineados.

En tanto, J cuenta una anécdota que haría las delicias del neoliberalismo. Un ejemplo de cómo el ser humano potencia la imaginación mientras más exigido se encuentre, mientras más necesitado y más hecho mierda.

J cuenta del preso que no tiene dónde dormir. Que no tiene un solo espacio en toda la cárcel, un solo lugar donde descansar tranquilo.

Pero que se las arregla finalmente.
Con una sábana.
Una sábana que cuelga como hamaca.
Sobre los urinarios.
Y duerme sobre ellos.
Como si estuviera en una playa tropical.

Daniel Pizarro

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