Columnas
2014-12-31
1720 lecturas

Alicia Gariazzo
especial para G80

Sub Terra Sub Sole

El número de divorcios aumenta en el mundo, el de matrimonios disminuye. También la duración de las uniones. Es cada vez más común escuchar que hombres y mujeres se refieren a sus “parejas” en vez de a maridos o esposas. Los sectores más conservadores adjudican el fenómeno a la “ausencia de valores”, una amiga mía dice que “la magia” dura menos; ahora que la oferta de amor es ilimitada.

Sin embargo, para profundizar en el análisis deberíamos hacer algunas reflexiones sobre los pilares productivos en los que se sustenta el mundo y los cambios estructurales que éstos han sufrido en los últimos cien años.

En el caso de Chile, el Estado Nacional, a raíz de la Guerra del Pacífico, se construye y consolida alrededor de los enclaves mineros del salitre y el carbón y del latifundio en el campo. Posteriormente, el fin de la era salitrera envía vastos contingentes mineros hacia las zonas urbanas conformando una clase obrera artesano-industrial en la que se mantienen los valores, costumbres y formas de organización de las salitreras. En los enclaves mineros, debido a su aislamiento, las propias empresas construían asentamientos y campamentos donde los trabajadores vivían con sus familias. En ello se destacaron las oficinas salitreras que llegaron a constituir pequeños centros poblados con todo tipo de actividades culturales y sociales. Para los empresarios salitreros era vital la estabilidad del trabajador y su permanencia en la zona de trabajo y en ello la familia jugaba un rol principal. La literatura nacional, desde Volodia Teitelboim a Hernán Rivera Letelier, relata las vidas de las familias en las respectivas Oficinas donde los trabajadores aprendían tanto a bailar vals como a organizarse en Mancomunales y Sociedades de Ayuda Mutua. En ese aislamiento, la familia y la organización social eran imprescindibles para la empresa y el trabajador. Ninguna otra forma de organización doméstica era posible sin desintegrar el establishment.

Al contrario de lo que podría pensarse ahora, en esos conglomerados profundamente conservadores desde el punto de vista valórico, nace el Partido Obrero Socialista que luego se transformara en el Partido Comunista de Chile. Para Luis Emilio Recabarren, Elías Lafferte y otros líderes del movimiento obrero, el respeto a la familia y a la mujer eran sagrados. Era imposible que se mantuvieran situaciones de violencia intrafamiliar en medios tan altamente socializados y con una militancia llena de derechos y deberes hacia la comunidad. La vida en los campamentos del carbón, más dura, tanto por clima como por sus condiciones laborales, también tuvo como pilar una familia muy integrada y estable, donde la mujer compensaba con su fortaleza el rigor y riesgo de la extracción carbonífera que realizaba el padre proveedor, como bien lo relata Baldomero Lillo en sus Sub Terra y Sub Sole. Estas características perduraron hasta 1973, aún con la militancia comunista mayoritaria de los mineros del carbón, supuestamente atea y libertina.

Al mismo tiempo, la servidumbre y el inquilinaje en el campo requerían de familias para el mejor apoyo al gran señor que, aunque cobrara el derecho a pernada, exigía estabilidad familiar y buen comportamiento del inquilino con sus familias. Sin éstas, el sistema no funcionaba. Mujeres solas sin el Jefe de Hogar eran expulsadas del latifundio, porque desestabilizaban el entorno y ofrecían una mano de obra inútil para el tipo de producción extensiva y dura de la época. Eso se grafica dramáticamente cuando el Chacal de Nahueltoro mata a la inquilina y sus hijos después de que esta había sido expulsada del fundo debido a su viudez. El Chacal los crucifica poniendo piedras en las manos y en los pies a los muertos en forma de cruz, ya que en su demencia alcohólica comprende que no hay cabida en el campo para que sobreviva una viuda con hijos y que es mejor redimirlos con la muerte.

La situación actual de las grandes mayorías trabajadoras de nuestro país se caracteriza por la ausencia de seguridad familiar, porque carece de esta en el trabajo. La vulnerabilidad es su esencia, principalmente por el tipo de trabajo precario que realiza en servicios de baja calificación. Los asentamientos habitacionales son frágiles, desvinculados de las fuentes de trabajo, ya que estas son aleatorias y carecen de la protección del empresario, del Estado o de la organización partidaria o sindical.

El trabajo temporero en el campo por definición no tiene asentamiento fijo y la mayor parte del trabajo en este y también en la agroindustria, por su delicadeza, requiere mayoritariamente mano de obra femenina e infantil lo que transforma el tipo de familia patriarcal, ya que la mujer sale de su casa y gana su propio dinero. Así, pasa a un segundo plano, el rol dominante del Jefe de Hogar, varón y proveedor.

En las actuales zonas mineras, los campamentos han desaparecido, junto con la estabilidad en el trabajo. La alta tecnificación digital de la minería más desarrollada ha disminuido considerablemente el número de puestos de trabajo y ha externalizado gran parte de las tareas de la mina. De esta manera, existe una combinación de un bajo número de trabajadores altamente calificados con la externalización a pequeñas empresas que proveen una multitud de empleos inestables e itinerantes como el de pirquineros o de los trabajadores que buscan minerales en los deshechos o relave de las minas. Trabajo individual y competitivo, a diferencia de la forma de organización productiva anterior que se caracterizaba por la solidaridad en las cadenas productivas. Un caso parecido es el de los pescadores artesanales que ya no pescan, sino que recogen los deshechos de los grandes barcos factorías que arrasan con toda la fauna marina.

Los cambios que esta nueva realidad ha producido en la dignidad del trabajador son materia de otras reflexiones, pero es evidente que la ausencia de familia no puede explicarse en el campo de la religión y los valores. Más aún, es notable que la desprotección ha llevado a aumentar la religiosidad en algunos sectores.

Los sectores PROVIDA, que luchan contra el aborto, pero al mismo tiempo por la llamada “flexibilidad laboral”, es decir la forma de obtener más trabajo por menos salarios, deberían analizar el conjunto de las consecuencias que trae consigo la inexistencia de asentamientos permanentes ligados a la producción, de contratos indefinidos y la vulnerabilidad y fragilidad que ello lleva consigo, cuando se preocupan por la familia nuclear.

En este contexto deberíamos analizar las reformas educacional y laboral. Para empezar, considerando las nuevas formas de organización de la producción, las nuevas tecnologías y la diminución de puestos de trabajo que ambas generan, comenzando a cuantificar y analizar la demanda efectiva de la economía en horas de trabajo, oficios y profesiones, planteándonos seriamente la disminución de la jornada de trabajo a seis horas y haciendo un esfuerzo público serio por el desarrollo de la ciencia, la investigación y el conocimiento, únicas fuentes de desarrollo. Si es que se sigue pretendiendo que seamos desarrollados en 2018.

Alicia Gariazzo

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