Columnas
2015-01-27
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Luis Casado
especial para G80

La pasión Piketty II

Superado el episodio nauseoso, uno puede –no digo que deba– seguir leyendo a los economistas.

En mi caso con alguna fruición, visto que Piketty –ya puesto– nos entrega en la 7ª edición de su “La economía de las desigualdades” (2015) algunos elementos que permiten medir la profundidad de su pensamiento, y por consiguiente hacer la crítica, adoptarlo como suyo propio, registrarlo en el cuaderno de curiosidades, o bien descartarlo por inútil.

Pero, insisto, tienes que leerlo.

Digo pues que no me pareció pertinente detenerme en tan buen camino, y como Piketty da tema, heme aquí pues compartiendo algunas reflexiones que pudiesen ser útiles. Prosigamos.

Piketty opone lo que él llama las posiciones de “derecha” y de “izquierda”, aprovechando el impulso para definir estos términos tan poco claros en la hora actual.

Para Piketty, según la derecha “sólo las fuerzas del mercado, la iniciativa individual y el crecimiento de la productividad permiten –en el largo plazo– mejorar los ingresos y las condiciones de vida, en particular la de los más desfavorecidos”. Por consiguiente, no tiene sentido que la acción pública, el Estado, lance vastos programas tendientes a reducir las desigualdades.

La “izquierda” por el contrario, “heredera de los teóricos socialistas del siglo XIX y de la práctica sindical, nos dice que sólo las luchas sociales y políticas pueden permitir aliviar la miseria de los más pobres producida por el sistema capitalista”.

Consecuentemente, “la acción pública de redistribución debe penetrar en el corazón del proceso de producción para cuestionar el modo en que las fuerzas del mercado determinan el lucro apropiado por los detentores de los capitales, así como las desigualdades entre los asalariados” (el subrayado es mío. Ya verás porqué).

Piketty destaca que este desacuerdo sobre la oportunidad y la forma de una acción pública no provienen de “principios contradictorios de justicia social, sino más bien de análisis contradictorios de los mecanismos económicos y sociales que producen las desigualdades”. Técnica pura.

Izquierda y derecha, según Piketty, comparten los mismos principios de justicia social. Sus diferencias no tienen nada que ver con visiones filosóficas o ideológicas diametralmente opuestas. Derecha e izquierda, siempre según Piketty, disienten sólo cuando se trata de saber qué diablos produce las desigualdades.

Tema no menor, visto que identificando las causas de las desigualdades… podría ser posible definir la forma de moderarlas, de hacerlas más soportables, y de paso lograr más eficacia en el funcionamiento de la economía de mercado. La eficacia, la eficiencia, nociones eminentes en boca de todos los economistas, regresan una y otra vez en la pluma de Piketty, sin que sea posible establecer claramente lo que significan, ni en provecho de qué o de quién es deseable alcanzarlas.

A menos que, como un economista cualquiera, estimemos que producir el máximo de cualquier vaina sea una clara y evidente manifestación de eficacia. La política de la oferta… ¿te dice algo?

Piketty nos dice que “si la desigualdad se debe, al menos en parte, a factores que los individuos no controlan, como la desigualdad de las dotaciones iniciales (sic) transmitidas por la familia o por la buena fortuna (?), de lo cual los individuos concernidos no son responsables (resic), entonces es justo que el Estado busque mejorar del modo más eficaz posible la suerte de las personas más desfavorecidas, o sea aquellas que debieron enfrentar los factores no controlables más desfavorables”.

Tú lo ves como te de la gana, pero a mí me parece un ejemplo deslumbrante de prosa llena de calamitosos eufemismos, de pobres metáforas y de inútiles circunloquios.

De una parte, qué culpa tienen los hijos de los ricos de nacer en cuna de privilegiados, factor que los pobres ricos no controlan. De otra parte, qué culpa tienen los hijos de los miserables de nacer en cuna miserable, factor que los pobres pobres tampoco controlan.

Justamente, hace un par de días, la sección Economía del diario madrileño El País –que posa de progresista– publicó una nota cuyo título ya lo dice todo:

“El 1% más rico tendrá más que el resto de la población en 2016, según Oxfam”

Como puede verse, asumiendo que lo que Oxfam afirma en su informe destinado al Foro Económico Mundial de Davos (21-24 de enero de 2015) corresponde a la realidad, “las dotaciones iniciales transmitidas por las familias” de ese 1%, “de lo cual los individuos concernidos no son responsables” visto que se trata de “factores que los individuos no controlan”, podrían ser, “al menos en parte” causa de las desigualdades.

Una causa natural en su sentido etimológico: algo producido por la naturaleza y no por el ser humano. Las cuentas no cuadran. Y servidor no puede menos que preguntarse, pensando en la distribución del capital en el siglo XXI… la transmisión de dotaciones iniciales tan desiguales… ¿es la causa o es el efecto?

Y si es el efecto… ¿el efecto de qué? Buena pregunta. De nada. A pesar de sus piruetas de economista, Piketty también se interroga al respecto y con razón. Es precisamente en esa búsqueda, y en las respuestas que propone Piketty, que encontramos algunas razones de inquietarnos.

No sólo porque, como dice Oxfam, "Si no se toman medidas para detener el vertiginoso incremento de la desigualdad, el 1% más rico tendrá en 2016 más del 50% de toda la riqueza del planeta, más que el 99% de la población", acumulación que no sólo es injusta, sino, según Piketty y su jerga de economista, “ineficaz”.

Lo cierto es que por diferentes razones que abordaremos más adelante, la concentración de la riqueza en pocas manos continua alegremente: “El 20% de los milmillonarios tiene intereses en los sectores financiero y de seguros, y el valor de su fortuna aumentó un 11% en los doce meses anteriores a marzo de 2014 (Oxfam).

Mala cosa para gente como Piketty, que pretende que cada ser humano debe disponer de una dotación adecuada de capital, para convertirse en capitalista y de ese modo reducir las terribles e insoportables desigualdades que este engendra. Puros capitalistas sobre la superficie del globo terráqueo, si cada cual tiene éxito con su capitalito… ya no habrá currantes.

El pasaje citado más arriba, el de las dotaciones iniciales transmitidas por las familias, extraído de la séptima edición de “La economía de las desigualdades” (2015), desemboca en la teoría del “maximin”, principio introducido entre otros por John Rawls, un menda del cual ya he tenido la ocasión de contar un par de hazañas.

En el marco de esta nota baste con decir que Rawls, quién afirma la imposibilidad de la igualdad, sugiere sustituirla por otra noción de su propia cosecha: la “equidad”. Al punto que un destacado neoliberal francés, que tuvo la ocasión de conocer al maestro en los EEUU, regresó a París proponiendo muy oficialmente cambiar la clásica divisa “Libertad Igualdad Fraternidad” por la más moderna “Libertad Equidad Fraternidad”. No. No estoy bromeando.

En Chile, un tal Ricardo Lagos se hizo elegir presidente de la (no oso decir) república, con el lema “Crecimiento con equidad”. Como cualquier hijo de vecino, estimado lector, ya conoces los resultados.

Ya ves que merece la pena leer a Piketty. Hay pinturas que se descascaran solas. Otras exigen que uno se tome el trabajo de raspar un poco.

Piketty, en un impulso de generosidad que conmueve, plantea que “Sólo el minucioso análisis de los mecanismos socio-económicos que producen la desigualdad podría permitir acordarle su parte de verdad a estas dos visiones extremas de la redistribución (las de la “derecha” y de la “izquierda”), y así tal vez contribuir a la puesta en obra de una redistribución más justa y más eficaz”.

Vasto programa, como decía Mon Général, la de querer hacer una síntesis de dos visiones “extremas”, cada una de las cuales tiene –debe tener– su parte de verdad. Yo estaba en el Liceo Neandro Schilling de San Fernando cuando uno de mis profesores avanzó la hipótesis de tal síntesis, y ese recuerdo, habida cuenta de lo que he visto a lo largo de más de medio siglo en los cinco continentes, me hace pensar en un personaje de Voltaire: el filósofo Pangloss en “Cándido”.

Abandonando –provisoriamente– el análisis de las causas de las desigualdades, Piketty destaca la oposición entre diferentes tipos de redistribución y entre los diferentes instrumentos de la redistribución.

“En la lengua de los economistas –dice Piketty– esta oposición (entre tipos de redistribución) corresponde a la distinción entre la redistribución pura y la redistribución eficaz”. Y precisa: “La primera, es adecuada a las situaciones en que el equilibrio de mercado es, ciertamente, eficaz en el sentido de Pareto, es decir dónde es imposible reorganizar la producción y la asignación de recursos de manera a que todo el mundo gane, pero donde consideraciones de pura justicia social exigen una redistribución desde los individuos mejor dotados hacia los que lo son menos”.

Como tuve la ocasión de comentarlo en mi libro “El modelo neoliberal y los 40 ladrones”, la eficacia de Pareto, o un “óptimo de Pareto”, puede ser un equilibrio de mercado (admitiendo que eso exista) en el que un privilegiado posee todo y los demás no tienen nada. En ese caso, “es imposible reorganizar la producción y la asignación de recursos de manera a que todo el mundo gane”.

Las nociones, los conceptos y la jerga de los economistas merecen un poquillo de atención. Ya ves que la observación que hago más arriba a propósito de “la eficacia y la eficiencia” era pertinente. Cuando un economista habla de eficiencia… tienes que abrir los ojos, aguzar el oído, y palparte los bolsillos.

En fin, según Piketty, y los economistas, esta redistribución particularmente adecuada a las situaciones en que el equilibrio de mercado (admitiendo que eso exista) es “eficaz”, es lo que Piketty, y con él los economistas, llaman la redistribución pura.

Para un currante normal, para ti o para mí, si hay equilibrio y eficacia… ¿qué sentido tiene modificar nada? Misterio. O manipulación conceptual. Pasa que si el mercado está en equilibrio (el santo Graal de los economistas) y para más inri es eficaz en el sentido de Pareto (un numerito el tal Pareto…), puede haber, hay, una insoportable desigualdad y ninguna justicia social. ¡Viva el libre mercado!

El segundo tipo de redistribución –es Piketty el que escribe– “corresponde a las situaciones en las que las imperfecciones del mercado implican la existencia de intervenciones directas en el proceso de producción permitiendo a la vez mejorar la eficacia de Pareto y la asignación de recursos y la equidad de su distribución”.

Este tipo de redistribución, apodada “redistribución eficaz” (lo que nos autoriza a interrogarnos sobre la existencia de redistribuciones ineficaces… y según Piketty las hay), “corresponde a situaciones en las que las imperfecciones del mercado…”

¡Alto ahí! O bien tú conoces lo que es un mercado perfecto, o bien te están pasando un gol de media cancha. Por definición, se trata de un mercado sin imperfecciones, y entre las peores imperfecciones de los mercados están las intervenciones externas, las regulaciones, la legislación laboral y/o comercial, los Sernac y las Superintendencias por inútiles que sean, los sindicatos, etc.

En otras palabras un mercado perfecto es un mercado librado a sí mismo, un mercado auto-regulado.

Para abreviar te diré que las condiciones que definen un mercado perfecto, establecidas por algunos economistas –Frank Knight, Lionel McKenzie, Kenneth Arrow, Gérard Debreu y otros tigres– son tales que el mercado perfecto simplemente no existe, nunca existió, ni existirá jamás. ¿Capici?

Tal mercado, inexistente, asegura la competencia pura y perfecta, noción que corresponde a la teoría de formación de precios elaborada en el siglo XIX por los llamados economistas clásicos. Se supone que la competencia pura y perfecta permite el equilibrio en todos los mercados bajo condiciones suficientes muy particulares. Helas aquí:

Competencia pura
Para que haya competencia pura, en plan virgen no mancillada, se requiere:

1. La atomicidad de los agentes económicos
La cantidad de compradores y vendedores debe ser muy grande. Esto significa que el peso relativo de cada agente en la oferta o la demanda es despreciable frente a la oferta global o la demanda global. Ningún agente puede imponer los precios. Si no me crees, pregúntale a Bill Gates, a los herederos de Steve Job, a los clientes de SQM que –ante la inexistencia de cotizaciones de mercado– fija los precios mundiales del yodo como le sale de las narices, o bien a mis vecinos de Algarrobo que, como yo, pagan la electricidad y el agua a precio de estafa. Pregúntate quién y cómo fija las tarifas del Transantiago, en fin, saca la cabeza por la ventana y ya verás que los monopolios y los abusos no existen…

2. La homogeneidad de los productos
En la industria, todas las empresas ofrecen productos que los compradores juzgan idénticos, homogéneos y sustituibles. Los bienes propuestos son semejantes en calidad y en características y por consiguiente intercambiables. Los productos de otra calidad, superior o inferior, constituyen “otro mercado”. Así, Made in China o Made by Germany… es lo que mis amigos árabes llaman kif-kif: la misma cosa. Mejor aún… se supone que los potenciales compradores conocen perfectamente todas las características del producto que eligen. Si Transantiago eligió a SONDA, según la teoría que te cuento, fue en perfecto conocimiento de causa. En ese caso, ¿quién es el idiota?

3. La libre entrada y salida del mercado
Quienquiera desee dedicarse a tal o cual producción puede hacerlo sin restricción ni plazo. Las empresas existentes no pueden oponerse a la llegada de nuevos competidores. Cuando logres controlar tu crisis zigomática, intenta entrar en los mercados protegidos de la media docena de familias que poseen Chile y luego me cuentas.

En fin, ya ves que la competencia pura es un cuento. Y eso que no te aburro agregando las otras condiciones como la transitividad y/o la convexidad de las preferencias, o bien sus condiciones de simetría.

Competencia perfecta

Pero no puedo evitar contarte que la competencia no sólo debe ser “pura”. También debe ser “perfecta”. Y para serlo, hay otra serie de condiciones. Helas aquí:

Libre circulación de los factores de producción
O sea del capital y el trabajo. En Chile –y en el mundo– hace ya tiempo que el capital se pasea, entra y sale, como Pedro por su casa. Otra cosa es el trabajo. La condición estipula que los factores de producción sean perfectamente móviles y puedan desplazarse de una industria a otra. La mano de obra y los capitales se dirigen, espontáneamente, hacia los mercados en donde la demanda es superior a la oferta. No hay ni plazo ni costo para su reconversión. De este modo, cuando cierras Lota, los mineros del carbón pueden transformarse en peluqueros esa misma noche. O irse a trabajar a la Cochinchina si allá la demanda supera a la oferta de mano de obra. Ya ves… está chupao.

Transparencia de la información
Todos los agentes activos en el mercado tienen un conocimiento completo de todos los factores significativos del mercado. La información “perfecta” de todos y cada uno de los agentes sobre los otros agentes y sobre todas las mercancías, supone una información gratuita e inmediata. ¿Qué tal?

En esas condiciones es imposible comprar un uniforme para el niño en un sitio en el que cuesta hasta 1.300% más caro que en otro. El Sernac sale sobrando. Mejor aún, este tipo de competencia perfecta elimina la confrontación entre compradores y vendedores, las negociaciones, los “en cuanto me lo deja”, y “si llevo diez ¿baja el precio?”. Todo eso sale sobrando: en competencia perfecta el proceso de fijación de precios es altamente centralizado, como con el Gossplan (para quienes saben lo que era el Gossplan), y una suerte de martillero público (virtual) centraliza la oferta y la demanda y te cuenta en cuanto vendes y/o en cuanto compras. Y cuanto.

Hasta aquí la alforza a la que me obliga el texto de Piketty. Para que te quede claro que hablar de “mercado perfecto” o de libre competencia sin trabas ni trampitas, es una mula.

Como decía más arriba, la redistribución eficaz “corresponde a las situaciones en las que las imperfecciones del mercado implican la existencia de intervenciones directas en el proceso de producción permitiendo a la vez mejorar la eficacia de Pareto y la asignación de recursos y la equidad de su distribución”.

Ya vimos que el mercado perfecto no existe. Piketty nos dice que sus imperceptibles imperfecciones implican (contienen, llevan en sí…) la existencia de intervenciones directas en el proceso de producción (¿mercado imperfecto porque intervenido…?) que permiten al mismo tiempo mejorar la eficacia de Pareto (¡que ya es un óptimo!), la asignación de recursos (que normalmente sólo el mercado es capaz de asignar adecuadamente) y la equidad de su redistribución.

Milagro. Este sí que es un milagro. No es mejor que bien, ni mejor que mejor, la “redistribución eficaz” es mejor que LO mejor. Ya te conté lo de Pangloss, el filósofo inventado por Voltaire, que como los políticos chilenos pretendía que estamos en el mejor de los sistemas posibles, en el mejor mundo posible.

Lo que nos lleva, directamente, al meollo del asunto: la cuestión de la desigualdad capital/trabajo, desigualdad fundamental dice Piketty, que marcó el análisis de la cuestión social desde el siglo XIX.

¿Qué tan fundamental?

La pregunta se justifica porque Piketty aborda en el capítulo II de la obra que comento (L’économie des inégalités) “la cuestión de la desigualdad de los ingresos del trabajo, que se ha transformado tal vez en la cuestión central de la desigualdad contemporánea, a menos que no lo haya sido siempre” (sic).

Y he aquí una novedad que merece la pena explorar. En una de esas los economistas clásicos, y con ellos Karl Marx y Friedrich Engels, se equivocaban, y las desigualdades no provienen de la distribución del producto entre el capital y el trabajo, sino de la distribución de los salarios en el seno de la masa de asalariados.

Adiós la lucha de clases… Bienvenida la lucha en la clase. La cosa promete…

Pero eso será el tema del tercer episodio de “La pasión Piketty”. Paciencia.

Luis Casado

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