Columnas
2015-02-04
2018 lecturas

Daniel Pizarro
colaboración de POLITIKA

Terrores Nocturnos

El niño que es L sufre terrores nocturnos. Con ese nombre describe la Psicología el hecho de despertar en medio de la noche acosado por las pesadillas. En el caso de L pueden ser hasta cinco veces por noche, cinco gritos espantosos que recorren todo el departamento.

Algo pasa con L y los padres no saben qué pueda ser. Andan en busca de un psicólogo infantil, pero se resisten a un especialista que lo remita a un psiquiatra o a un neurólogo, a uno que decida combatir las pesadillas con psicofármacos.

La hermana menor de L ya no duerme con él. Le tomó pavor a los gritos. Así que es el padre de L (pongamos un H) quien duerme en la cama inferior del camarote, desde hace unos tres meses. Que duerma es un decir, pues en realidad es un vigía de las pesadillas de su hijo, un centinela que navega toda la noche sobre el palo mayor al vaivén de esas olas innombrables que se ciernen sobre L y cuya espuma furiosa salpica la cara del padre con gemidos, palabras angustiadas y, finalmente, con el estallido de un grito que los deja insomnes, a ambos.

El niño está aferrado del padre, desde siempre. Es como si hubiera nacido con una inseguridad congénita que lo hace ir en busca de un Superpadre imposible de conseguir, uno que el padre real no podría igualar jamás. El niño no se duerme si el padre no se encuentra en la cama de abajo supervisando su tránsito al sueño. El niño llora si al padre se le ocurre salir unas horas.

El único gusto del padre es reunirse cada dos meses con amigos con los que ha formado una especie de club de amantes de Star Wars, le saga famosa. El niño puede llamarlo unas cuarenta veces por noche en casos como ése, mientras el padre habla de Stars Wars con una pasión única, en una noche cualquiera, con otros hombres como él que ya sobrepasan los cuarenta años. Al niño L le sobrevienen vómitos en ausencia del padre.

Pero la vida diurna de L es normal. En la plaza que hay frente al edificio se junta con amigos. La plaza es chica pero el padre de uno de sus amigos se refiere a ella como el parque. Pero bueno. La placita basta y sobra para jugar. Los niños parecen felices y cuando cae la tarde regresa el padre de L (ya dijimos, H), reventado por un día de trabajo y hace la posta inmediata con la señora que cuida de L y su hermanita, y L tiene un montón de cosas que contar a su padre, que intenta como puede, en su rol de súper padre, asimilarlas todas aunque ya no le quepa nada más en la cabeza ni en el espíritu, porque todo lo que tenía ha debido entregárselo a la Empresa, que le exige el debido compromiso de todo trabajador moderno con su empleador, y así H y su debido compromiso estampado en las ojeras y en una mente que ya no tiene energías para nada más, ni siquiera para poner límites a las desproporcionadas demandas del exigente niño L, que no lo ha visto en todo el día, ni a él ni a su madre.

Porque ella también, como toda trabajadora moderna, se ha integrado con todas las de la ley al excitante mundo del trabajo, lleno de desafíos y magníficas presiones. Así es que ella, la madre, tampoco vuelve temprano. No puede. Y no puede (dado que es época, digámoslo también) planificar unas vacaciones, porque es prerrogativa de los empleadores, esa generosa gente que da trabajo, determinar cuándo y por cuánto tiempo –nunca más de dos semanas, por supuesto– podrá la madre tomar un descanso con su familia. Y parece que este verano pasarán de largo.

Pero bueno.
Hay que decirlo: ella es tensa. Hay una tensión de fondo en sus maneras, una nerviosidad constante que le brota en explosiones de acné que ella avergonzada describe ante los vecinos con un nombre científico –médico– con el que intenta disimular la tensión.

Porque ella es tensa. La verdad sea repetida. Y algo sucede en casa del niño L y es como si por boca del niño se descargaran en las noches todas las tensiones de la llamada familia moderna. Ésa de clase media, por supuesto. De ésa estamos hablando aquí.

Pero la familia vive en un edificio, ya dijimos. Y todo edificio moderno que se precie de clase media debe tener piscina. Ese también es un axioma. Así, entonces, la familia de L cuenta con una piscina compartida donde remojar los sudores. Y el padre de L lo hace con gusto –o con desesperación, a lo mejor– a vuelta del trabajo. Y se echa encima de su gran espalda a las dos criaturas y hace de ballena o monstruo marino a vuelta del trabajo, luego, naturalmente, de haber demostrado todo su compromiso y motivación con la Empresa, sellado en sus profundas ojeras de ser humano. Mientras, la madre tiende más bien a la observación al borde de la piscina. Tensa, hay que decirlo. Preocupada, por ejemplo, de que a la niñita de cuatro años no se le vean los calzones, lo que es de muy mal gusto para la clase media.

Y así va cayendo la noche y se acerca la hora de los terrores nocturnos. Y si el padre, a pesar de todo el compromiso demostrado con la Empresa, tiene que cargar con trabajo adicional para complementar o completar los ingresos familiares, deberá entonces quedarse pegado al computador hasta las dos o tres de la mañana para terminar una pega extra, y el niño L irá a visitarlo cada tanto al escritorio, insomne y penando por un súper padre que traiga la calma a la noche de las pesadillas.

Pero bueno. No todo suele ser tan pesadillesco. A veces el padre, en otro esfuerzo extra, como en otra pega adicional para parchar los ingresos que no cuadran con las deudas, se quedará hablando de Star Wars con el niño, introduciéndolo en los misterios de la Fuerza y la lucha contra el Imperio, enseñándole los mismos juguetes que luce en su club de fanáticos, mientras por dentro cruza los dedos para que esta noche sea distinta, ésta sí, hoy habrá un punto de inflexión y todos los demonios volarán de la cabeza de su hijo, el niño L.

A veces resulta y a veces no. A veces sí. A veces no. Pero nunca, eso hay que darlo por descontado, dependerá de ellos, el padre o la madre. No está en sus manos. La garganta del niño es indomable. Algo superior a ellos brama por boca del hijo.

Pero a veces es fin de semana, de vez en cuando. Entonces está el quincho, junto a la piscina. Todo edificio que se precie… Ya se sabe: debe contar con un quincho. Que puede verse desde el balcón del departamento. Y allí abajo H y su mujer comparten con los vecinos, en el quincho para los asados. Y allí puede hablarse hasta las dos o tres de la mañana, de cualquier cosa. Por lo común, eso es lo que se hace allí abajo, hasta las tres de la mañana: hablar de cualquier cosa. Todos se pelean la palabra para hablar de cualquier cosa, hasta las tres de la mañana. Porque todos se han ganado el derecho a hablar de nada, con compromiso y motivación. Ya se ha dicho con qué debemos estar comprometidos y motivados.

Y sin embargo hay que volver arriba, no hay caso. La cama está esperando y ya sabemos también lo que espera al niño L. Un dinosaurio que lo partirá en dos de una mordida. O un monstruo verde o un espectro horroroso. O un zombi. Al niño L lo aguardan seres irreales. Y su padre es un vigía, un centinela muerto de cansancio. Al padre de L le faltan todavía años de agotamiento. Quizás no pueda descansar nunca más. Es demasiado comprometido. Como su propio padre, que sufrió una hemiplejia a los cuarenta y cinco años y hoy debe seguir trabajando con la mitad del cuerpo inerte.

Cosas así, brumosas, debe estar pensando H en la cama de abajo, a la espera de que los terrores nocturnos asalten al hijo. Pensando, al borde del desvarío, en las malas vibras que asedian el departamento. Pensando quizás en un sahumerio o en algo como un exorcismo.

Y sin embargo, H se duerme. Pongamos. El dios del agotamiento se regala al padre de L, con un puñal en la espalda eso sí. Y H sueña, pongamos. Sueña que sueña con hechos confusos, fantásticos, irreales. Sueña los enrevesados sueños del hijo, contagiado por el terror infantil. Y pongamos. Pongamos nuestra cuota de imaginación en todo esto. Imaginemos, porque algo así no podría suceder jamás.

Imaginemos lo siguiente.
H sueña, y sueña. Una escena confusa, enredada, de la saga de Star Wars. Se trata de algo con el Imperio, que contraataca. En tiempo presente. Y entonces surge Darth Vader, la encarnación del Mal.
Que se quita la máscara frente a H.
Y entonces.
Aparece Pinochet.
Yo soy tu padre, le dice.
(Ya, el sueño es burdo; hay que decirlo)
Pero H está muy angustiado; de repente el tiempo parece estancarse. El tiempo es un pozo del que H no puede arrancar. No existe el progreso, dentro del sueño. O expresado en la lógica del sueño: el pasado se prolonga hacia el presente para darle un beso de la muerte, y así lo contagia de ella.

Oh, el espanto.
H despierta de un grito, mira a su alrededor y comprueba que ha vuelto a la realidad más real. Arriba duerme su hijo. Todo es normal. El niño aún no grita de nuevo. H se levanta para aquietar la respiración, desde el balcón se oyen las voces de los que están en el quincho, allá abajo. Hablan de cualquier cosa. Hablan de nada. Todo es normal.

El pasado duerme en una cápsula de hierro. No hay contagio, no hay tal beso de la muerte. El presente no tiene raíces, H respira aliviado.
El niño L suelta su grito.
Todo es muy normal.

Daniel Pizarro
www.politika.cl

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