Columnas
2015-02-13
1873 lecturas

Daniel Pizarro
colaboración de POLITIKA

El Camaro en la historia de Chile

Está el padre, pongamos, y luego vino el hijo.

El padre era un genio pero el hijo no fue lo mismo.

Dicen quienes conocieron al padre: era un genio. Esos no conocieron al hijo. Los que conocen al segundo no dicen nada, pero lo quieren.

El padre se mató en un accidente de auto a fines de los noventa y el hijo lo sobrevivió. Ambos se llamaban Pablo.

El padre comprendió temprano las leyes de este mundo y lo hizo como pueden hacerlo –cuando les resulta– los que vienen de abajo.

Estudió Ingeniería Comercial después del Golpe, en los gloriosos setenta. En los maravillosos ochenta su carrera comenzó a despegar con el negocio de los fondos de pensiones. Llegados los noventa, los inigualables, ya se había hecho un nombre y una posición en el mercado de capitales, y se sentía llamado a predicar la Buena Nueva.

Ya está dicho: nunca supo del siglo veintiuno –el fabuloso–, porque perdió la vida a las puertas del nuevo milenio.

Pero en los noventa. Oh, los noventa de Pablo.

Entonces internacionalizó su carrera, porque comprendió. Comprendió que existen las necesidades y que cuanto más acuciantes sean, más dispuesto está uno a darlo todo por satisfacerlas. Así comprendió cuál era su lugar en el mundo.

La intermediación de valores, ahí estaba su lugar.

Los hombres tienen necesidades. Pero hay un estrecho en el mar. Una angostura. Y él cartografió las angosturas y se instaló en el estrecho de las necesidades, y le fue muy bien.

Como Melquíades llevando un invento a Macondo. Por toda Latinoamérica, predicando la extorsión de las necesidades humanas. La nueva pólvora. La Buena Nueva.

A sus pares, que lo consideraban un genio, les contaba por qué había vuelto a Chile: una norma financiera devaluó de golpe unos fondos de inversión, y una turba esperaba a los ejecutivos a la entrada del edificio corporativo. Todos los días, para pedirles cuentas armados con palos. A él le pusieron dos guardaespaldas.

Lo contaba como la gracia que era.

Tanto como comprarse un Camaro, en cuanto volvió a Chile. Un convertible de cuarta generación, negro reluciente.

A los tres días salió disparado por una cuesta, hacia el vacío. Lo sacaron muerto de entre los fierros retorcidos.

Entonces el hijo, Pablito.

Que nunca olfateó las leyes de este mundo sino que todo se le dio de otra manera.

Como si su padre, a caballo de esas leyes, hubiese construido una concha para que el hijo oyera un cuento enternecedor. El cuento de su propia vida. Con amigos, video-juegos y una madre moderna. Y sin padre.

Se separaron cuando Pablo era niño, y él, que no veía muy seguido a su padre, fue midiendo su ascenso mundano a través de los juegos mecánicos. Los llamados parques de diversiones.

Partiendo por Quintero, donde unos tíos.

Pasando por los juegos Diana, Fantasilandia y el Mampato.

Y por último Disneylandia, que en la mente del padre, y de muchos padres, era la felicidad infantil por antonomasia, la más segura inversión para dejar recuerdos imborrables en la mente de un niño.

Disneylandia, donde el padre lo subió obligado a una montaña rusa. Porque el padre era adicto al vértigo, y el hijo vomitó.

Donde el padre tomó una pieza aparte y por las noches pedía prostitutas en el mundo de la magia para adultos.

Y así, y no mucho más.

Pero esto es un cuento. Algo tendría que ocurrir.

Por favor.

Pongamos que el hijo empezó con dolores. Articulares, pongamos.

Porque esto es un cuento y esas cosas pueden ocurrir.

Entonces el médico le pide unos exámenes y así Pablo se encuentra en el centro médico comprando el bono para un examen, y mientras lo hace se le ocurre, con la mayor de las ingenuidades, contarle a la mujer que lo atiende lo que ocupa su mente en esos momentos.

O sea, contarle que está entre hacer la práctica profesional o viajar por seis meses a Australia, como hacen sus amigos, antes de caer parados en el mundo laboral.

Y la mujer que le dice: Y a mí qué me importa. O le dice: ¿De dónde sacaste que me importa tu vida?

Algo así.

Y cuando Pablo sale del centro médico sigue afectado por las palabras de esa mujer embutida en uniforme verde. Son como un hechizo, y el hechizo, tal vez, es lo que le hace recordar a su padre.

Porque Pablo no pensaba en su padre. Como si su padre representara las leyes de este mundo, en las que uno nunca piensa. Su padre murió en forma trágica, pero la tragedia dormía en el pasado como un dato más de su vida.

Pero esto es un cuento y estas cosas no suceden.

Por la tarde llaman a Pablo por teléfono. Es la secretaria del médico, que ha visto los exámenes. La madre está al teléfono pero la secretaria exige hablar con el paciente. Pero para la madre basta con ser la madre y ser además como la esposa de su hijo.

Porque ella, aunque volvió a emparejarse, erigió al hijo como una barrera entre ella y los hombres.

El asunto es que el examen salió mal y el médico quiere ver a Pablo lo antes posible.

En esta historia el hijo sufre distrofia muscular. Que es un mal y es irreversible. Un caso en diez millones.

Pablo se ha ganado el premio mayor de la mala suerte.

Queda entregado a la peregrinación que emprende su madre por otros médicos en busca de opiniones menos catastróficas a las que asirse, y que no encuentra.

Pablo no logra similar lo que está ocurriéndole.

Y sigue pensando en su padre. Como si la ruta de la enfermedad lo condujera hasta ese nudo ciego en que de repente se ha convertido su padre.

Su padre, que se compró un Camaro convertible. Que el hijo nunca vio. Y que el padre decidió estrenar ante sus pares, los traders, en una convención de la empresa en Viña del Mar.

Lo planificó de la siguiente manera: dijo que se iría más tarde porque tenía cita con un médico. Esperó a que todos se fueran, tomó el Camaro y corrió, pongamos, a unos doscientos kilómetros por hora por la ruta 68. Contaba con que alguno de sus amigos viera pasar un bólido negro a una velocidad demencial.

Llegó antes que todos a Viña y se paseó por la avenida San Martín para hacer tiempo. Cuando estimó que todos estarían en el hotel hizo su entrada magistral a los estacionamientos, que daban al lobby vidriado donde los demás se tomaban unos tragos. Lo vieron desde lejos.

Ya conocemos la admiración que despiertan los objetos en el mundo de Pablo, sobre todo si son caros y hacen la diferencia.

Pero el hijo era de otro modo. A él le habían contado un cuento, el de su propia vida.

Sabía que su padre había muerto a la vuelta de la convención, en una curva cerrada de una cuesta cercana a Santiago.

Había escuchado que el seguro dio la pelea para no pagar, porque la velocidad con que su padre tomó esa curva hacía suponer más bien un suicidio. Pero los peritajes no fueron concluyentes.

Entonces el seguro pagó y Pablo tuvo su concha.

Cosas así no suceden. Pero a veces.

A veces le tomas el peso a la concha, palpas su consistencia.

Y empiezas a preguntar por tu padre, a tu madre, y de soslayo inquieres por el accidente. Que cómo fue, que dónde fue.

Y así, pongamos: Pablo toma un bus a la costa y baja en el kilómetro X. Con gran esfuerzo, puede hacerlo: pasa al otro lado de la barrera que guarda la vía y observa el panorama de las rocas. Unos peñones inmensos, otros que parecen sus hijos, una familia pétrea al fondo de la quebrada.

Y se dirige hacia allá.

Resbala en la tierra suelta y rueda por la ladera.

Se lastima un poco, pero se obliga a continuar. Se dirige hacia los peñascos. El dolor va extendiéndose por todo el cuerpo como un ardor punzante. Pero Pablo sigue bajando.

Ya está entre los peñones, y busca.

Y después de varias vueltas encuentra el Camaro atascado entre dos rocas, la parte delantera totalmente apachurrada. Es puro óxido.

Pablo se asoma adentro. Lo que tenía algún valor, ya no está. Se ven los resortes de los asientos.

En ese lugar murió su padre. La constatación es trivial. Pero es que la muerte no asegura ninguna moraleja. De hecho, lo que pasma es su neutralidad. La carrocería es parte del paisaje, como un hijo deforme finalmente aceptado por las rocas.

Pablo piensa en Australia, que nunca conocerá. Pongamos que piensa en las mujeres de allá, o en cualquier mujer, que nunca conocerá.

Hay una concha, piensa; adentro no vive el caracol sino un cangrejo parásito, que lo ha desalojado.

Apoya la frente en una puerta, y piensa:

Rara la vida.

Pongamos.

Daniel Pizarro

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