Columnas
2015-02-26
1801 lecturas

Daniel Pizarro
colaboración de POLITIKA

Tratado de libre comercio

Hay que imaginar a C en la oficina. Esa es la idea. Como si un dron espía se le hubiera metido por la ventana del noveno piso.

Hay que imaginar ese pantano modorriento que es su cabeza, aquí y ahora. Habría que intentarlo si uno quiere entender lo que pasa. Tratar de entenderlo. La pura comodidad. La siesta del presente. El mundo, dado.

Estirar las piernas por debajo del escritorio, cruzar las manos detrás de la nuca. No pensar en nada.

Pero, hasta donde se sabe, en Occidente eso es imposible. La mente en blanco.

Entonces C está pensando en una mujer. Pongamos la del ascensor. La del traje ajustado de dos piezas y falda más arriba de las rodillas. Que le sonrió.

Digamos que la fantasía masculina tiene pocas variantes.

Pero qué hacer en cuatro pisos. Porque ella se bajó en el cuarto y él siguió de largo hasta el noveno.

Así van los pensamientos de C, por ahora. Pero bueno.

Pongamos que le duele no tener a todas las mujeres que desea. Pero es que se trata de un axioma, doloroso: no se puede.

Pongamos que piensa en la Guerra del Pacífico, con las manos cruzadas en la nuca.

Es que estuvo leyendo sobre ella. Cómo reclutaban a la soldadesca. La leva. Los peones subidos a los trenes con la promesa del trago, sin saber a dónde los llevaban. No salían de la borrachera y ya se encontraban bajo una lluvia de balas y explosiones.

C piensa en un túnel, como el tren yendo hacia la guerra. Pero el túnel viene de otro lado, y va hacia otra parte. Eso de Miguel Serrano que leyó, y que lo fascinó, de lo que no puede recordar detalles. Por la modorra, tal vez.

El túnel de los nacionalsocialistas, que va desde Talca hasta la Antártica. O desde Linares quizás. O Curicó. Es por la zona, y hasta el polo sur. Una gruta secreta, ya no recuerda si natural o artificial, hace tiempo lo leyó. Los hombres hacen las cosas más increíbles.

No se acuerda para qué servía el túnel.

Pero los hombres hacen las cosas más increíbles.

Piensa C en el noveno piso. No tiene reuniones a la vista. Aunque sí, hay una hacia el final de la tarde. Hay tiempo y modorra, hay comodidad en el día de C.

El edificio que lo alberga es macizo. Recio y macizo, y adicto al bronce pulido.

Pero para hombres como C hay toboganes, rectos y en espiral, los hay de las formas más impensadas, y siempre funcionan, a donde sea que uno quiera moverse, dentro del edificio.

Hay trampolines también. Para C. Todo es fluido, dinámico, aunque el edificio sea recio y broncíneo.

C piensa en su mujer y en las niñitas. Falta comprar el remedio contra la tos. Piensa en la mujer del ascensor. El mundo es como es.

Piensa en el restorán peruano. Y en el pisco sour peruano.

Vuelve a pensar en la Guerra del Pacífico.

Pongamos que la comodidad y los prejuicios forman un caldo borboteante de donde cuesta un mundo salir: faltan los acicates.

Todavía hay tiempo, piensa C, y luego no piensa mucho: abandona el edificio por un tobogán recto.

Pongamos que está en el centro de Santiago. Pongamos que abundan los cafés con piernas.

Y por último, pongamos, C tiene en mente uno que le llamó la atención el otro día, uno muy cerca del restorán peruano.

Tiene curiosidad por los vidrios polarizados. Abre la puerta y se encuentra con una cortina gruesa, polvorienta, parecida al telón de los cines de barrio.

Entonces C entra a una función de colaless blancos.

Hola, mi amor, le dicen. Ella tiene acento peruano.

Hola.

Pide un cortado y la mujer pide que la invite a una bebida, y C lo hace.

En eso están cuando ella se ofrece a chupársela por diez lucas.

La cosa es así, sin rodeos.

Es la balanza comercial de dos países.

C se palpa la billetera y se acuerda de que anda con efectivo. Y parten a un privado.

C se ha definido a sí mismo como un huevón caliente. Vendría a ser uno de sus rasgos prominentes, la calentura. En el café de más allá tiene una amante.

El asunto con la peruana dura exactos tres minutos.

En quince minutos está de vuelta en el edificio recto, macizo, etc., y sube hasta el noveno por un trampolín.

Se acerca la reunión en la que C no piensa demasiado, seguro le preguntan un par de cosas en calidad de experto asesor, lugar desde donde es muy cómodo dar una opinión, dado el caso.

Pero bueno.

En calidad de experto asesor está esperando la reunión, y piensa flojamente:

Está el túnel de Talca a la Antártica.

Está la Guerra del Pacífico.

Están su mujer y las niñitas.

Y el remedio contra la tos.

Está también la mujer del ascensor a la que le quita la falda de un tirón, la voltea contra la pared de bronce –del ascensor atascado, para ellos dos–, y la penetra que es un gusto.

Daniel Pizarro
www.politika.cl

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