Columnas
2015-03-02
1641 lecturas

Daniel Pizarro
colaboración de POLITIKA

El juego de las preguntas

¿Qué haría usted si fuera una mujer de veinticinco años y al salir de la oficina del gerente general, donde se encuentran a solas usted y él, siente que la toman de los hombros y unos labios le imprimen un beso en la espalda, justo entre los omóplatos?

¿Qué haría usted si fuera la misma mujer, quien al contar la situación anterior a su jefatura directa —otra mujer, algo mayor que usted— y al gerente de su área recibe de parte de ellos una mirada escéptica, probablemente como si estuvieran pensando que usted, que estuvo a punto de llorar cuando se alejaba de la oficina del gerente general, es una histérica que sobredimensiona los hechos y a la que le faltan muchos anillos de madurez para orientarse correctamente en el mundo?

¿Qué haría usted entonces si al cabo de un tiempo vuelve a encontrarse en la oficina del gerente general, a solas con él, para tratar de otro asunto, alguna otra actividad que nadie más está dispuesto a realizar porque son esa clase de tareas que a uno lo dejan expuesto o, dicho de otro modo, en las que uno debe hacer el loco ante los demás, pero han pensado en usted porque usted es joven —no tiene más de veinticinco años, recuerde— y olfatean que usted tiene eso que llaman hambre, que es lo mismo que tuvo el gerente general en su momento, aquella actitud que se valora por sobre cualquier otra cualidad, porque con hambre estamos dispuestos a todo, entonces, decíamos, qué haría usted si dado el caso se encuentra a solas con el gerente general en su oficina y éste, al despedirse de usted, le toma la cara entre las manos y la besa muy cerca de la boca? ¿Qué haría?

¿Qué haría ahora? Ya ha recibido un segundo beso. Recuerde. ¿Qué haría entonces si ahora se dirige a otra mujer que no es su jefa pero que también tiene una jefatura en la empresa, una mujer que a usted le merece confianza, alguien con menos hambre que usted —o quizás no, quizás en ella el hambre está disfrazada de otra cosa y usted no puede reconocerla, porque usted, a medida que avanza el asunto, empieza a confundirse— y a quien usted le confía lo que le ha ocurrido, esto de que la besen sin su permiso, sin que usted se lo haya buscado, así lo siente usted, por lo menos, aunque otros lo pongan en duda, y ella, esta mujer que merece su confianza, le dice que hablará con otra mujer más —ya son tres mujeres en el baile, más usted—, que tiene cercanía con el gerente general y que podría hacerle notar que su actitud, eso de besarla sin su consentimiento, para usted ha sido muy desagradable?

¿Qué haría usted si luego ocurre lo siguiente: la tercera mujer, esa que tiene confianza con el gerente general, y que, por lo demás, también ocupa un cargo gerencial, esa que hasta entonces mostraba la mayor de las simpatías por usted de repente cambia de actitud y apenas la saluda, cabe suponer que por el hecho de haberse enterado de su situación y por el hecho, pongamos, de que de pronto usted se le aparece como un peligro en la empresa, una mala combinación de hambre, inmadurez e histeria?

¿Qué haría usted si fuera esta mujer joven e insistiera con el asunto, y ahora se le ocurriese hablar nuevamente con su gerente de área, ese que le puso cara de incredulidad cuando usted le aseguró que le habían dado un beso en la espalda sin su permiso, y entonces el gerente de área redobla su cara de desconcierto y le pregunta, de modo retórico, por cierto, si de verdad renunciaría porque le han dado un beso cerca de la boca, porque eso es lo que usted le ha dicho: que está pensando en renunciar a la empresa porque la situación la tiene mal, y el gerente de área le ha dicho lo que dijo, es de suponer, porque tiene muchos hijos, muchas bocas que alimentar, carga con un montón de hambre a sus espaldas y ha leído en la escritura cuneiforme de las paredes, aquí en la empresa, que el poder chorrea un poco y hay que seguir su huella ascendente, su sabor, como si pasáramos la lengua por un surco de miel, hay que ser paciente y esperar, esperar a que los muros respiren y se aprieten entre sí y chorreen un poco de miel, y lamer, y aquí en la empresa es posible lamer hacia arriba, hay que leer la escritura cuneiforme de los muros, pero parece que tú, piensa el gerente de área refiriéndose a usted, la mujer besada, parece que tú eres medio tontita o muy inmadura y estás desaprovechando una oportunidad, pobre de ti?

¿Y qué haría usted a esta altura, renunciaría como lo está pensando la mujer y al parecer lo tiene casi decidido o mejor le daría una vuelta más, teniendo en cuenta que su propia madre, mujer hambrienta sin duda, se ha endeudado a más no poder con la banca privada con tal de pagarle esa universidad que no es cualquier universidad sino una donde se enseña la sacrosanta ley de la oferta y la demanda para que usted se convierta en el individuo que dicen que uno debe ser, esa que ahora le cuesta —banco mediante— una porción grandota de su sueldo, al que usted pretende renunciar?

Quedan aún preguntas sueltas e inconexas, como por ejemplo: ¿comparte usted la idea del gerente general de que los sesenta años de un hombre de hoy son, gracias a la modernidad, los cuarenta de antes? ¿O piensa de otro modo? ¿Piensa usted, por ejemplo, caso de ser la joven en cuestión, qué haría si intuyera como en un sueño revelador que de su desamparo se nutre la entraña misma de este mundo? ¿Qué haría en su caso?

Daniel Pizarro

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