Columnas
2015-03-29
1850 lecturas

Daniel Pizarro
especial para G80

Un cuento imposible

El que aquí escribe quisiera contar un cuento, pero no se la puede.
Le gustaría un cuento de niños, para niños.
El que aquí escribe quisiera empezar así:


Santiago es un cementerio.
Y luego decir: Abramos las páginas del cementerio.
Pero niños: la muerte no se deja decir.

Pero bueno.

El asunto es: el que aquí escribe tenía trece años. No catorce aún. Trece. Ya no era lo que se dice un niño, treinta años atrás. Pero tampoco un adulto. Y no quería ser lo segundo, para nada, aunque las circunstancias empujaran fuerte.
Cuando oyó lo que oyó, el que aquí escribe estaba en la sala de clases de octavo básico, en el segundo piso, y era temprano. Y como era de los más altos lo sentaban en la última fila de bancos, cerca de las ventanas que miraban hacia la avenida Los Leones.
Al oír lo que oyó había pensado en otra cosa, muy distinta. Una plancha metálica azotándose de lleno contra el suelo. Algo así.
Pero no. Era un balazo.
Había un profesor baleado a las puertas del colegio. Todos los alumnos se tiraron al piso de la sala y después de unos segundos se buscaron con los ojos entre las patas de las mesas y sillas, y alguien entre esa alfombra de cotonas y delantales dijo que el profesor baleado era el padre de G, y a G, todavía en el piso, muy cerca del que aquí escribe, le saltaron las lágrimas como si tuviera regadores en los ojos.
Pero luego se supo que no. El profesor herido en la vereda no era el padre de G. sino uno que trató de detener a los secuestradores y recibió un balazo a quemarropa en el vientre.

Así es, niños: la muerte no se deja decir.
Pero vamos a intentarlo de nuevo.
Digamos: Santiago es un cementerio. Digamos: Abrir el libro en la página ochenta y cinco.
Niños: el que aquí escribe no era un adulto y tampoco quería serlo. Ya se dijo: corre el año del Señor de mil novecientos ochenta y cinco. Es marzo. Y ya han pasado tres decenios de aquello.
A principios de ese mes hubo un terremoto. Y al que aquí escribe –aunque ya no era un niño– lo sorprendió jugando a las tapitas en casa de un vecino.
Las tapitas. Tomas una tapa de bebida y la forras con un pedazo papel. Pero antes dibujas la camiseta del jugador: con una moneda antigua de 1 peso haces un círculo en el papel. Ya has decidido el diseño. Luego la pintas. Le pones un nombre al jugador, el que se te ocurra. Lo haces once veces incluyendo al arquero. Si quieres haces más jugadores y formas una banca de reserva.
Y juegas contra un amigo que ha hecho lo mismo que tú. Juegan como niños aunque ya no lo sean y un terremoto esté a punto de interrumpir el juego.
La pelota es un botón. Metálico por un lado, acolchado por el otro. Así debe ser, lo exigen los estándares del juego.
Te lo tomas muy en serio. Todo está reglado.
Pelota y jugadores se deslizan por el piso.
Hasta que viene un terremoto y el pasto de allá afuera ondula como si fuera el mar y el perro amarillo corre como un loco y nadie sabe a quién le está ladrando.
Eso fue un domingo. Año del Señor: mil novecientos ochenta y cinco.

Veintitantos días después secuestran del colegio a un profesor y a un apoderado. Ambos comunistas, dicen los hechos.
Y balean a otro profesor a la entrada. El que aquí escribe está tirado en el piso de la sala.
Eso fue un viernes.
Entonces: las clases se suspenden y el que aquí escribe, junto con los otros alumnos que aquí no lo hacen, queda como suspendido a la espera de un desenlace que lo vuelva todo a la normalidad, y el que aquí escribe se repite a sí mismo mientras vuelve a la casa antes de hora: no va a pasar nada, van a soltarlos pronto, ya lo han hecho antes con otros profesores, con otros opositores a la dictadura.
Es que niños: la muerte no se deja decir.
El que aquí escribe partió a la casa pensando en un partido de fútbol. Uno que se jugaría al día siguiente y que sería la revancha de otro. Ese otro se había jugado el sábado anterior en una parcela con cancha empastada y éste se jugaría en cancha de tierra. Pero esta vez sería local porque la cancha estaba detrás de su casa, en el lugar donde hacía pocos años hubo una población callampa que fue arrasada por la crecida del Mapocho y ahora se manifestaba un aborto de parque público.
Pero allí existía una cancha, con arcos de palo y redes de alambre. Y había un partido.
Y lo mejor que hacía en la vida, el que aquí escribe, era organizar partidos de fútbol. Por lejos. Tenía un máster o quizás un doctorado en la especialidad.
Las mujeres todavía le daban miedo. Pero el fútbol era su tambor de hojalata.
En Sábados Gigantes lo había visto: los que escondían el pulgar dentro del puño le tenían miedo al mundo. Lo afirmaba un invitado argentino de especialidad desconocida, y el que aquí escribe se sintió identificado con el diagnóstico.

Y así, queridos niños, el que aquí escribe martilló y martilló hasta fraguar un partido de fútbol al día siguiente del secuestro.
Eso fue el sábado en la tarde. 30 de marzo del ochenta y cinco. Año del Señor.
Ese día hubo partido y las encías se le llenaron de polvo como siempre. Empezó ganando con un amague por fuera y un tiro cruzado, alto, al ángulo contrario. Pero luego terminó perdiendo.
Eso fue el sábado en la tarde, niños.
Entretanto los habían degollado.
Pero la muerte no se deja decir.
El que aquí escribe se enteró por el noticiero de televisión. Y de la muerte se acuerda por el reflejo en la cara de sus padres. Porque la muerte, ya se sabe.
Hubo una vigilia en el colegio, donde no estuvo.
Las clases se suspendieron durante una semana. O tal vez dos, ya no se acuerda bien.
Algo como la vida también se suspendió, y el que aquí escribe andaba suspendido por la calle, al sol, y el tiempo también se había suspendido. No quedó nada a lo que echar mano. Sólo suspenderse.
A lo mejor, piensa, iba jugando con el amigo de las tapitas a patear una piedra desde el paradero de micros hasta la casa, unas cuatro cuadras con vista al peladero donde estaba la cancha de tierra. Por el mismo trayecto donde unos meses más tarde se les acercaría un auto americano y el tipo de atrás les enseñaría un fusil sobre las piernas.
A lo mejor.
Pero no, lo más seguro. Porque las clases seguían suspendidas.
Y entretanto: el que aquí escribe escondía el pulgar en el puño.
Y luego: algunos compañeros no volvieron al colegio.
Los hijos del apoderado se quedaron, los del profesor se fueron del país.
El que aquí escribe se acuerda del profesor: hizo una vez un reemplazo de clases y fue como si metiera los dedos en un cielo raso más denso y lo bajara hasta muy cerca de sus cabezas, y todo se hiciera de repente más pesado, más de adultos, menos de niños.
Por otra parte, dicen los hechos, el profesor y el apoderado investigaban las confesiones de un agente desertor que esclarecería las actuaciones del Comando Conjunto.
Porque niños: había una vez un Comando Conjunto.
Había una vez una Dicomcar.
Y por supuesto una CNI: páginas setenta y siete a la ochenta y nueve.

Niños: el que aquí escribe quisiera contarles un cuento.
Pero no tiene imaginación.
¿Quisieran saber cómo los mataron? Lo que dicen los expedientes, lo que cuentan los testimonios. Lo que recogen los libros.
Primero.
Primero el corvo “atacameño”, niños. Uno que usa el Ejército en el norte. Mide cuarenta centímetros, tiene doble filo y una medialuna en la punta. Ya se lo imaginan.
Los secuestrados, que son tres, van hacia Quilicura en dos autos, vendados y esposados.
En el baldío los llevan de a uno hasta un zanjón.
Primero el profesor. Y todo es rápido, dicen los hechos.
Luego el pintor y publicista, que nada tiene que ver con el colegio. Pero es comunista, dicen los hechos.
Finalmente el apoderado, que intenta resistirse.
Y entonces se oye un grito, desde el zanjón. Y el que aquí escribe trata de imaginarse el grito, pero no puede.
Y el grito se trata de lo siguiente, queridos niños: el agente de turno no pudo degollarlo. No fue capaz. Entonces le enterró el corvo en el vientre. Y volvió demudado. Y otro agente fue a terminar la faena. Y éste sí lo degolló.
Luego se acabaron los gritos.
Y los cuerpos quedaron a unos cincuenta metros de distancia entre sí.
Unos lugareños los encontraron al mediodía siguiente. 30 de marzo. Ya se dijo. Cuando el que escribe fraguaba su partido de fútbol.
Y así.
Se nos acaba el cuento, niños.
Santiago es un cementerio. Pongamos que ése es el nombre.
Pongamos.
Vamos cerrando las páginas del cementerio.
La muerte no se deja decir.
Vamos cerrando los ojos.
Vamos durmiendo, niños.
Apaguemos la luz.
Ya es tarde. Es hora de soñar.
Y son tiempos de paz.

Daniel Pizarro

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