Columnas
2015-04-07
2359 lecturas

Luis Casado
especial para G80

Una distancia grande, como el mundo

Yo nunca te hablé de mi abuelo. Materno el abuelo, porque del otro –el zapatero remendón español– ya te había hablado. Te la estabas perdiendo la historia de mi abuelo, las cosas son como son, vienen cuando vienen… y yo ¿qué puedo sino plegarme a la fuerza del destino?

Luis Alberto Soto Romero, mi abuelo materno, fue milico. Así como lo lees. De oficio “practicante”, era un patriota dedicado a la salud con las herramientas que en aquella época usaban los practicantes. Un corazón grande como una casa, una jeringa que había que hervir cada vez que la usabas, y dos o tres vainas más que hacían del practicante la única forma de ciencia médica que nunca llegó a las casas de los miserables. No como ahora, que llegan las Isapres cuando hay plata, o Fonasa cuando llega. Isapres, Fonasa… ¿te suenan?

Mi abuelo vivía en Vitacura. No la de ahora, esa de pijos al pedo, sino la de entonces, llena de familias de milicos pobres, familias picantes, como siempre fueron –y son– los milicos. Porque el practicante Soto laburaba en el Hospital Militar, ¿te vas enterando?

Pasa que Vitacura arriba albergaba familias pobres, indigentes, weones rascas, sin auto, sin Nana, sobrevivientes de una discriminación social que ya en esa época tenía raíces viejas, centenarias.

Cuando mi abuelo terminaba su jornada en el Hospital Militar, hervía sus pobres instrumentos y se iba Vitacura arriba a suministrarle sus cuidados médicos al pobrerío, a los habitantes de las callampas –hoy “campamentos”– que precisaban de un termómetro, de un diagnóstico, de una inyección, de un poco de amor humano. Y mi abuelo –cuyas necesidades eran grandes como su familia– se hacía un deber de no cobrarles un peso.

Como ahora –en eso no hemos evolucionado mucho– por ahí pululaban bandas de esos asaltantes que en Chile llamamos “cogoteros”. No, no hablo de SQM, ni de PENTA, ni de los ministros boleteros. Sino de mendas que entre trabajar –admitiendo que hubiese laburo– y despojar a sus semejantes, preferían esto último.

Una noche, bajando hacia su modesta casa en la que le esperaban siete hijos huérfanos de madre, entre los cuales se contaba la que más tarde sería la mía, lo asaltaron a mi abuelo. Le pusieron una navaja en el cuello –¿somos cogoteros o no somos?– y le intimaron eso de “la bolsa o la vida”, fórmula preferida de los escritores faltos de imaginación.

En esa estaban cuando intervino el jefe de la banda. “¡Alto ahí!” gritó. “A Sotito no se le toca”. Un weón en el que se notaba una formación filosófica, cogotero, de acuerdo, pero en ningún caso del modelo desagradecido, increpó a su ejército de rateros diciéndoles que a un patriota que sólo hacía el bien entre los suyos le debían respeto y consideración. Mi abuelo regresó a su casa sano y salvo.

Mucho más tarde, cuando era Alcalde de Achao, en el archipiélago de Chiloé, los hijos –gracias a un segundo matrimonio– habían aumentado a la inimaginable cantidad de diez y mi abuelo seguía practicando su oficio de practicante, pero en el mundo civil. Y seguía fiel a su incalificable método de no cobrarle a los pobres, a los indigentes, a las gentes de nada.

De modo que cuando los botes de los pescadores de Achao, o de los modestos agricultores de Linlin y de otras islas cercanas, atinaban a insertar sus proas en las arenas de la playa, uno escuchaba una frase repetida tantas veces que parecía rezo o plegaria: “Esto es para Sotito”. Ofrendas paganas a un minúsculo dios de la sanidad pública.

A mí y a mis hermanos todo aquello nos chupaba un huevo. Nos gustaban las habas, y los carabineros cuyo retén limitaba con la parcela de mi abuelo tenían todo un huerto de ellas. Nada más fácil pues que ir a robarle las habas a los pacos. Y si querías navajuelas… boludo, era simple, te ibas a la playa y las cogías en la arena: las navajuelas son tan peras cocidas que mean para arriba. Y cuando veías el chorrito salir de la arena te precipitabas y bastaba con hundir tus manos de niño para extraerlas de su entorno mineral.

Un día, atinó a llegar un bote de pescadores. Se ve que mi abuelo estaba al corriente de su llegada porque había convocado con su autoridad de “cacique” (“cacique”, decía mi padre…) un grupo de chilotes en el que nosotros, niños, íbamos de arroz. Un señor muy bien vestido venía en el bote. Como no había muelle, ni molo, ni embarcadero, ese señor hizo como hacían todos: se sacó los zapatos, arremangó sus pantalones, se metió al agua y salió caminando del frío mar austral.

Corría el año de gracia de 1958. Quién se extrajo del bote y del agua era un candidato presidencial extremadamente popular llamado Salvador Allende. Yo tenía diez años de edad y no lo olvido.

Mi abuelo… mi abuelo era socialista. ¿Te había contado que mi abuelo era socialista?

Luis Casado

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