Columnas
2015-05-06
2718 lecturas

Luis Casado
especial para G80

Eduardo Engel y el milagro de la sanación

De entrada hay que decir que el tema no va de la Salud, ni siquiera de los cuidados médicos que pudiesen curarte alguna enfermedad. No.

La cosa va de un milagro de fe, uno que devuelve la virginidad moral ante la Iglesia, permitiéndote volver a pecar como si nunca hubieses infringido la más insignificante de las muchas prohibiciones que te ayudan a ganar el cielo y la compañía de dios todopoderoso en la vida eterna que, según el dogma, debe seguir la muy terrenal vida en la que pecas, pobre y triste pecador que sin duda eres, pretender lo contrario ya es un pecado: el de la arrogancia ante la perfección divina.

En el Catecismo de la Iglesia Católica, dice San Gregorio de Niza: "Nuestra naturaleza enferma exigía ser sanada; desgarrada, exigía ser restablecida; muerta, resucitada. Habíamos perdido la posesión del bien; era necesario que se nos devolviera... Estando cautivos, esperábamos un Salvador; prisioneros, un socorro; esclavos, un libertador."

De modo que con la oración y la fe en Cristo, no hay mal que se resista, la sanación es segura, de las enfermedades del cuerpo y del alma. Mucha oración, y mucha fe. Hay quién le agrega algún dolorcillo, un precio necesario, un castigo a título de garantía de tu buena voluntad. De ahí los cilicios, la flagelación, esos azotes auto infligidos con correas, varas o látigos, y otras prácticas un pelín masoquistas que contribuyen a la sanación.

Lo que precede, aunque te parezca curioso, es el método que preconiza Eduardo Engel, eminente presidente del Consejo Anticorrupción, escogido por Bachelet como el Papa designa al responsable de la Santa Congregación para la Doctrina de la Fe, digna sucesora de la Inquisición. Algo así como “el viejo del saco” que se lleva a los niños que no se comen la sopa.

Según Engel, el mal que aflige a “la política nacional” es la falta de “confianza de la ciudadanía”, vaya uno a saber porqué, hay ciudadanías así, ingratas, desagradecidas, desleales.

De ahí que sea necesario tomar medidas en plan sanación para que “los legisladores se relegitimen” (sic). En su inconmensurable sabiduría, Engel recomienda medidas que “deben doler” (resic), aun cuando no precisa su preferencia entre los cilicios y la flagelación.

Asumiendo un papel de dios castigador, una suerte de Yahvé justo antes de asolar la Sodoma de Bera y la Gomorra de Birsha, Engel dice que la entrega de recursos financieros a los partidos políticos debe estar condicionada “a que los partidos cambien radicalmente sus prácticas”. Cáustico y definitivo, exclama: “Ni un peso para los partidos que funcionan como lo hacen hoy”.

La sanación en todo su esplendor. No sólo de diputados y senadores sin excepción –Engel no hace ninguna– sino también de sus organizaciones políticas, lo que en materia de redención tiene el mérito de la innovación: Engel cree posible la sanación por lotes.

Engel no se pregunta qué nos llevó a “partidos que funcionan como lo hacen hoy”, ni se interroga en cuanto a saber desde cuando se prolongan las prácticas que condena, ni tampoco acerca del origen del mal.

Hablando en términos médicos, a Engel le importa un cuesco la etiología y un pepino la patogénesis, lo suyo no va de ciencia, sino –como queda dicho– de fe en los milagros, de chamanismo, de interlocución con los poderes divinos, de redención y de sanación con medidas que “deben doler”.

Sin embargo, no se puede hacer de Engel un redentor, él no quiere morir en la cruz ni por nadie ni por nada. Engel, al frente del paquete de claveles de su Consejo Anticorrupción, se limita a dispensar consejos, hace de pastor devolviendo al redil las ovejas descarriadas. Individualmente o por rebaño, aunque en este caso más convendría hablar de recua.

Engel es un especialista de la soteriología, esa rama de la teología que estudia la salvación.

Puede que Engel, como antes Robespierre y Rousseau, crea que el hombre es bueno por naturaleza, lo que, según el historiador francés Joël Schmidt, es un error dramático: “…la artimaña, la intriga, la concusión, el compromiso y la corrupción están en el corazón de muchos hombres”.

Para decirlo en lenguaje familiar, el que usa Serrat en su canción “Benito”, la gente, jefe, es mala…

La virtud, como la entendía Robespierre, sólo cabía en el corazón del Incorruptible, defecto no menor que le hicieron pagar enviándole a la guillotina.

¡Tate! Si se tratase de utilizar algún dolorcillo rectificador de malos comportamientos… ¿por qué no volver la guillotina? Que para tales efectos fue tan inútil como las medidas que propone Engel. La guillotina no democratizó a la nobleza, ni a la burguesía, ni le rindió justicia a los miserables. Para rectificar comportamientos políticos la guillotina, como es sabido, cayó rápidamente en desuso. No sirvió ni siquiera para disuadir a los criminales comunes, como aquellos que quiere redimir Engel (en alemán Engel es ángel, como esos que Yahvé envió a prevenir a Lot, esto no se inventa…).

Luego Engel –el angélico– manifiesta su inconmovible convicción de ver a los pecadores legislar en contra de ellos mismos: “En épocas normales (?), mirando la experiencia internacional comparada (??), es muy infrecuente (sic) que los legisladores legislen para que los fiscalicen más. (…) Pero en el escenario actual los legisladores tienen conciencia de la importancia de recuperar la confianza de la ciudadanía”.

En su magnífica obra “Los principios del gobierno representativo”, Bernard Manin sugiere que si “la transformación de la regla se encuentra sometida a la aprobación y al consentimiento de los mismos que se han beneficiado de ella” es imposible cambiar nada. “Tal sistema, escribe, somete la evicción o el desalojo de una elite dada a su propia aprobación”. ¿Queda claro?

Si alguna utilidad tienen las caricaturales declaraciones de Engel, ella reside en que entrega los mejores argumentos para devolverle la Soberanía al pueblo de Chile. Después de todo uno de los primeros y más importantes objetivos de una Constitución consiste en proteger al pueblo de sus propios representantes.

Y para eso no hay milagros…

Luis Casado

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