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Columna G80: Leopoldo Soto : El reconocimiento que los científicos esperan y reciben en Chile. Una mirada desde la teoría del reconocimiento de Axel Honneth (Primera Parte)
Columnas
2015-05-13
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Leopoldo Soto
especial para G80

El reconocimiento que los científicos esperan y reciben en Chile. Una mirada desde la teoría del reconocimiento de Axel Honneth (Primera Parte)

Resumen. Este trabajo aborda el reconocimiento que los científicos esperan y aquel que reciben en Chile y, conjuntamente, describe cómo opera este sistema. Luego, éste es analizado desde la perspectiva de la teoría de Axel Honneth, considerando las esferas del reconocimiento, patologías sociales y la diferencia entre un reconocimiento justo, sustentando moralmente, y un reconocimiento falso o ideológico. Finalmente, se concluye que el reconocimiento con que operan los científicos en Chile ha ido derivando en una patología social y se ha constituido en un reconocimiento de tipo ideológico.

1.- Introducción

Todos los seres humanos desean o necesitan reconocimiento; desean ser amados por sus familias, respetados como seres humanos, considerados para enfrentar desafíos, distinguidos en sus trabajos y retribuidos por sus logros. En particular, los científicos tienen un sistema de reconocimiento muy bien establecido. Este trabajo se enfoca en el reconocimiento al que los científicos aspiran y reciben en Chile y se analiza desde la teoría del reconocimiento desarrollada por Axel Honneth (Honneth A., 1997, 2010).

La investigación científica en Chile se realiza mayoritariamente en las universidades, con la excepción de esfuerzos individuales de algunos investigadores y de las políticas gubernamentales por desarrollar investigación en empresas e institutos públicos. Ha sido durante las últimas cuatro o cinco décadas que, paulatinamente, se ha logrado generar y contar con una cantidad de investigadores profesionales que, en el área de las ciencias naturales y exactas (biología, química, física y matemáticas) permite hablar de la existencia de una comunidad científica en Chile. Estos científicos se han organizado en sociedades científicas por disciplina y, en algunos casos, por especialidades disciplinarias. Esto ha ido en paralelo con la institucionalización de la actividad de investigación en Chile mediante la creación del Consejo Nacional de Investigación Científica y Tecnológica, CONICYT, en el año 1967 como un organismo dependiente del Ministerio de Educación. En el caso de las Ciencias Sociales, este proceso de profesionalización de la investigación es más reciente y se podría afirmar que aún no se consolida totalmente.

Los investigadores profesionales en Chile han ido desarrollando su propio sistema de reconocimiento que les permite acceder a puestos de trabajo, fondos para investigación, promociones dentro de un sistema de jerarquía y premios. En este trabajo se analizarán los reconocimientos que los científicos esperan y aquellos que reciben en nuestro país. Cabe señalar que, aun la organización de los investigadores profesionales en sociedades científicas, sus demandas por reconocimiento se mantienen más bien en el plano individual. Las demandas que podrían ser caracterizadas como “grupales” no van más allá de solicitar más fondos públicos para investigación; es decir, no hay una fuerte y marcada demanda por reconocimiento de los científicos hacia el resto de la sociedad. Si tal fuera el caso, la perspectiva del reconocimiento desarrollada por Charles Taylor podría ser más pertinente (Taylor C., 1993). Teniendo en cuenta que la articulación de los mecanismos de reconocimiento para los científicos en Chile se mantiene principalmente entre los propios científicos, el análisis será hecho en el marco de la teoría del reconocimiento de Axel Honneth (Honneth A., 1997, 2010; Tello F., 2011), del Instituto de Investigación Social de la Universidad de Frankfurt (“Escuela de Frankfurt”), discípulo de Jürgen Habermas y uno de los autores más connotado de la que se conoce como la “tercera generación” de la Escuela de Frankfurt.

Este trabajo expone, en primer lugar, un resumen de los elementos centrales de la teoría del reconocimiento de Honneth. Posteriormente se describirá en qué consiste una patología social; luego, cuándo el reconocimiento estaría actuando como una ideología; y finalmente se estudia el caso particular de los científicos en Chile. Se describirán los reconocimientos que éstos esperan y cómo en la práctica operan los respectivos mecanismos de reconocimiento. Para concluir, y a modo de hipótesis provisoría, se establecerá que estos mecanismos han ido derivando en una patología social y se describirá la forma en que se habrían constituido en una ideología del reconocimiento.

2.- Teoría del reconocimiento de Axel Honneth. Esferas de reconocimiento

Entre los objetivos del trabajo de Honneth se incluye desarrollar una teoría sociológica-moral del sufrimiento humano como resultado de la ausencia o del mal reconocimiento, y cómo éste se constituye en un posible motor de las luchas sociales, en la forma de una lucha por el reconocimiento (Tello F., 2011). Para Honneth, el ser humano sólo se constituye como tal en la interacción intersubjetiva con otros seres humanos. El reconocimiento es el elemento fundamental de constitución de la subjetividad humana. En el caso de los individuos, la ausencia o falta y el mal reconocimiento o reconocimiento fallido darán lugar al principal daño en la subjetividad de las personas. La argumentación de Honneth parte de manera negativa, ya que sólo es posible reconocer distintas formas o esferas de reconocimiento donde la subjetividad de las personas se encuentre dañada: “será posible bosquejar una tipología, muy cercana a la experiencia, que subdivida todo el espectro de las ofensas morales desde el punto de vista de los niveles de autorrealización afectados” (Honneth A., 1999, 27).

Basándose en la separación que hace Hegel entre familia, Estado y sociedad civil, Honneth distingue tres formas de reconocimiento que responden al tipo de daño síquico del individuo: la esfera del amor (entendida en un sentido amplio de cuidado y atención); la esfera del derecho; y la esfera del reconocimiento social, o solidaridad. En cada una de estas esferas hay un tipo de daño correspondiente que quebranta alguna forma de relación del individuo consigo mismo. A saber: a) en la esfera del amor, maltrato, violación tortura y muerte, quebrantando la autoconfianza; b) en la esfera del derecho, falta de derechos, estafa y discriminación, quebrantando el autorrespeto ; y c) en la esfera del reconocimiento social, injuria y estigmatización, quebrantando la autoestima (Tello F., 2011).

La esfera del amor nace de la relación primaria entre la madre y el niño y entrega los componentes físicos y síquicos para el desarrollo de los individuos. Dentro de la esfera del amor están sólo aquellas personas más cercanas al individuo, esto es, familia, amigos y grupo de referencia inmediato o íntimo. Así, en la esfera del amor no corresponde pedir reconocimiento a los individuos que no forman parte del círculo íntimo y sobre quienes se construye una base afectiva. El concepto de reconocimiento en esta esfera surge de la lógica que los sujetos se reconocen en su mutua relación de necesidad afectiva. En este caso existen dos tipos de relaciones: simétricas (como en el caso de la amistad) y asimétricas (como en el caso del cuidado de los padres hacia los hijos).

En la esfera del derecho se expresan los derechos universales. En ella los seres humanos se reconocen como fuente de derechos y deberes, independiente de toda caracterización de orden social, económica o cultural. Honneth, siguiendo a Hegel, señala que la esfera del derecho surge “sólo en la medida en que ésta ha podido desligarse de la autoridad inmediata de las tradiciones morales y se ha trasladado a un principio universalista de fundamentación” (Honneth A., 1999:135). Es el resultado de la ampliación de derechos logrados a partir de las luchas sociales, por ejemplo la de la burguesía en los siglos XVII-XVIII; las luchas proletarias en el siglo XX; la lucha por los derechos civiles, políticos, económicos, etc., aumentando cada vez más la población sujeto de estos nuevos derechos. En la esfera del derecho es donde se efectúan las luchas por el reconocimiento, motor de la historia, ya que cada lucha ampliará el horizonte de valores morales de la sociedad, propiciando así que nuevos grupos emprendan luchas por el reconocimiento.

La esfera del derecho es la que proporciona la libertad individual, posibilitando a los sujetos el libre ejercicio de sus capacidades y “el deber categórico de reconocer a todos los demás responsabilidad moral” (Honneth A., 1999:135). Debe reconocerse en el sujeto la capacidad moral de hacerse cargo de sus actos como sujeto autónomo, digno de derechos y deberes; de lo contrario, se daña su concepción de sí mismo, su autorrespeto.

La esfera de la solidaridad o reconocimiento social es contextual, en el sentido que el reconocimiento y la valoración de las particularidades de los sujetos responden al marco interpretativo que cada sociedad entrega a determinadas características sociales. Honneth señala que “el autoentendimiento cultural de una sociedad proporciona los criterios según los que se orienta la valoración social de las personas, porque sus actuaciones pueden ser intersubjetivamente estimadas en la medida que cooperan en la realización de valores socialmente definidos” (Honneth A, 1997:150). En esta esfera, el reconocimiento se obtiene por mérito; el principio del logro “cuya promesa consiste en que los sujetos se otorguen mutuamente valor social en función de la contribución que ellos hacen, en base a sus capacidades y cualidades específicas, a la realización de valores sociales compartidos” (Basaure M., 2011). En este caso, la valoración se manifiesta principalmente en la forma de remuneración y prestigio. Sin embargo Honneth también hace notar que estos criterios no son suficientes para determinar la valoración social en las sociedades actuales (Honneth A., 2010).

Es importante notar que Honneth señala que “debería haber espacio suficiente para una cultura deliberativa que, por ejemplo, tenga el poder y la capacidad de debatir el significado específico de los principios de reconocimiento (…)” (Honneth A., 2010). Esto es válido para las tres esferas del reconocimiento.

3.- Criterios normativos y patología social

Los criterios de reconocimiento se van estableciendo una vez que se pueden sustentar en criterios normativos universalmente aceptados y que pueden constituirse en una realización social que va en el sentido del progreso y el bienestar de la sociedad y de los seres humanos (Honneth A., 2010; Basaure M. 2011). Por ejemplo, en el proceso del reconocimiento de igualdad de géneros ante la ley en una determinada sociedad, cuando se logra el derecho a voto para las mujeres, es muy difícil que ese derecho pueda ser revocado. En particular en la esfera del reconocimiento social, Honneth señala que la dificultad o conflictos son acerca de cómo entender exactamente el principio del logro, y ya que éstos son conflictos abiertos esta misma situación puede dar una salida a ese dilema: “Lo que tiene mi perspectiva es un fuerte énfasis histórico… hay debates que se están procesando y en este momento podríamos decir que están yendo en la dirección equivocada. La idea de logro aquí —en la Europa Occidental— está cada vez más limitada; lo que cuenta es un logro documentado en el éxito ocupacional o el ingreso. Creo que eso es completamente erróneo, que se está yendo en la dirección equivocada. La cuestión es cómo cuestionar este desarrollo, cuáles son los criterios... Creo que como crítico social, pero también como analista social, se necesitan criterios para poder decir por qué ciertos desarrollos son probablemente anómicos o patológicos y otros van en la línea correcta. Actualmente mi posición es que el mencionado criterio es una combinación de dos: individualización e inclusión; el problema es cómo justificar que éstos deberían ser criterios que tienen legitimidad o justificación sobre el proceso histórico global. En este momento, creo que deberíamos ser capaces de mostrar que estos criterios son internos al proceso global de reconocimiento, por lo que son criterios internos acerca de lo que es el reconocimiento. Probar esto es extremadamente difícil y no puedo decirle que lo haya logrado, pero me gustaría hacerlo. Mi posición es convergente con la de otros pensadores que están en la misma tradición que Hegel, tales como Durkheim — quien juega un rol cada vez más importante para mí—, Parsons, y probablemente Habermas. Todos ellos tienen estos dos criterios normativos cuando surge la cuestión de por qué debemos considerar ciertos desarrollos históricos como un progreso y otros como un retroceso. La cuestión es cómo justificar esos criterios. Pienso que deberíamos hacerlo refiriendo a condiciones internas del proceso de reconocimiento” (Honneth A., 2010). Es decir, las distinciones deben ser producto de procesos históricos de aprendizaje y diferenciación. Debe haber un espacio que permita una cultura deliberativa que tenga el poder y la capacidad de debatir el significado específico de los principios de reconocimiento. Así será posible establecer la pauta de valoración social de las capacidades y cualidades individuales específicas en el marco de un trasfondo de valores y objetivos compartidos por la comunidad.

4.- El reconocimiento como ideología

Así como en los últimos 30 años el concepto de reconocimiento ha servido a muchos esfuerzos políticos emancipadores, también hay quienes plantean dudas sobre su potencial crítico (Honneth A., 2006). A este escepticismo teórico ha ayudado el hecho que actualmente vivimos en una cultura afirmativa en la que el reconocimiento que se manifiesta públicamente, no siempre va acompañado de una recompensa concreta o de una realización material. Con frecuencia, el reconocimiento público tiene un carácter simplemente retórico. Ser oficialmente alabado respecto de determinadas capacidades o cualidades se ha convertido muchas veces en un instrumento de política simbólica. El objetivo subyacente de esta práctica es integrar a individuos a grupos sociales en el orden social dominante mediante la sugestión positiva de sí mismos. Así, en lugar de mejorar las condiciones de autonomía de los miembros de nuestra sociedad, el reconocimiento social sirve sólo a la generación de actitudes y comportamientos útiles al sistema. Es decir, las prácticas de reconocimiento no contribuirían al fortalecimiento de los sujetos sino, por el contrario, a su sometimiento. Los individuos, a través de este tipo de reconocimiento, son entrenados en una determinada relación consigo mismos que los motiva a realizar de manera voluntaria tareas u obligaciones socialmente útiles. Althusser ya había esbozado y descrito esta situación indicando que en la praxis del reconocimiento público se localiza el mecanismo estandarizado de todas las formas de ideología (Althusser L., 1973). Según Althusser, los individuos son sometidos a un sistema de reglas y atribuciones sociales que les otorga identidad social. Althusser aplicó este concepto principalmente al Estado. A partir de este modelo de confirmación social, el acto de reconocimiento pierde toda connotación positiva y se convierte en el mecanismo central de una ideología: “reconocer a alguien significa inducirlo, en virtud de requerimientos repetidos y continuados de forma ritualizada, exactamente al tipo de autocomprensión que encaja adecuadamente en el sistema establecido de expectativas de comportamiento.” (Honneth A., 2006: 130). Honneth hace notar que el impulso crítico a la teoría del reconocimiento sólo se deriva de las manifestaciones sociales de reconocimiento fallido o defectuoso. Para él queda claro, entonces, que el reconocimiento, desde el punto de vista conceptual, debería ser tratado como lo contrario a las prácticas de dominio o sumisión. Ejemplos de esto son el orgullo que el capataz de un fundo en el Chile del s. XIX y principios del s. XX podría sentir como respuesta a las reiteradas felicitaciones por sus virtudes serviles por parte del patrón, haciéndolo súbdito complaciente del sistema feudal del campo chileno, como en el caso del tratamiento especial a los esclavos que servían dentro de la casa y no en los campos de algodón (el orgullo que sentía el “tio Tom”). La exaltación desde las iglesias, parlamentos y medios de masas de la “buena madre y ama de casa” hizo a las mujeres aceptar una imagen de sí mismas que satisfacía la división sexual del trabajo. Sin embargo, hay que notar que la valoración en estos ejemplos la hacemos desde la perspectiva actual, un presente moralmente más complejo y desarrollado. Honneth sostiene que si nos trasladamos al pasado correspondiente, parece más difícil distinguir entre una forma falsa, i. e. ideológica, de reconocimiento o una forma correcta exigida moralmente. “Repentinamente se desdibujan los criterios que antes nos parecían seguros: ¿por qué no puede pensarse que el esclavo conseguía, mediante la experiencia de ser apreciado por su dueño blanco por su sumisión, una forma de autoestima que lo ayudaba hasta cierto punto a conseguir autonomía interior?¿Y no han sido las mujeres compensadas parcialmente de la desestimación de la que fueron objeto por la privación de roles y empleos externos al hogar gracias a que encontraron reconocimiento público como madres solícitas? (…) Por consiguiente, la determinación del contenido ideológico de las formas de reconocimiento resulta tanto más difícil cuanto más intensamente nos colocamos en las condiciones socioculturales que dominaron en cada momento del pasado”. Luego Honneth señala: “Sólo en el caso en que los afectados mismos se rebelaron contra una práctica dominante de reconocimiento encontramos la base para poder hablar de mera ideología en relación a esa época específica” (Honneth A., 2006: 132).

Luego, la pregunta que Honneth plantea es “¿cómo pueden poseer en el presente formas de afirmación pública de un valor social, por lo tanto de reconocimiento, simultáneamente un carácter de dominio?”. Para responder esto, Honneth señala que el concepto de reconocimiento posee un contenido normativo en tanto que indica el comportamiento racional con el que podemos reaccionar a las cualidades valiosas de una persona (o grupo). Podría pensarse entonces que la forma de diferenciarlas sería entre aquellas que son racionales y aquellas que son irracionales. Sin embargo, sólo raramente las ideologías del reconocimiento son simplemente irracionales, “sino que en general movilizan fundamentos evaluativos que están situados en el interior de nuestro horizonte valorativo”, y por lo tanto Honneth sostiene que hay que distinguir entre formas de reconocimiento social ideológicas de aquellas moralmente justificadas (Honneth A., 2006: 132).

Entre los elementos que Honneth presenta para diferenciar entre formas de reconocimiento ideológicas y moralmente aceptadas señala que las moralmente aceptadas tienen que tener como base “una forma racional, adecuada, de reconocimiento que consiste en hacer valer públicamente de modo performativo, cualidades de valor ya existentes de los seres humanos”. Sin embargo esto no es suficiente, ya que un concepto como este debe significar un comportamiento moral. Para ello debe aplicarse lo que Honneth denomina la restricción egocéntrica, i. e. “reconocer a alguien significa percibir en él una cualidad de valor que nos motiva intrínsecamente a comportarnos ya no de manera egocéntrica sino adecuada a los propósitos, deseos o necesidades de los demás. Con esto se torna claro que el comportamiento de reconocimiento debe constituir por este motivo una acción moral porque se deja determinar por el valor de las otras personas; el comportamiento de reconocimiento se orienta no según los propios propósitos sino según las cualidades evaluativas de los demás. Si esto es así, deben poderse distinguir del mismo modo tantas formas de acción moral como valores a reconocer en los sujetos humanos” (Honneth A., 2006: 140). Estas se reflejan en las ya mencionadas esferas del amor, del derecho y de la valoración social.

Volvamos a las ideologías del reconocimiento que proporcionarían la disposición emocional para cumplir sin resistencia las tareas y obligaciones esperadas (por un Estado, una institución, una religión). Así, operan como sistemas de persuasión con pretensión regulativa. Pero para poder considerar a estos sistemas de persuasión como ideologías deben poseer las siguientes características: a) La cualidad de dar expresión al valor de un sujeto o de un grupo de sujetos, de manera que la función que se espera de ellos sólo pueden cumplirla si tienen la oportunidad de referirse a sí mismos de manera positiva (quedan fuera todas las clasificaciones que poseen un carácter discriminatorio explícito: el racismo, la xenofobía, la homofobia, la misogenia, etc.). Las ideologías, para ser efectivas en virtud del reconocimiento social, no pueden apelar a la exclusión de grupos de personas determinadas sino a su integración. b) El sistema de persuasión debe ser para los propios afectados dignos de crédito, i. e. debe existir un criterio de realidad y credibilidad -no se puede alabar a un alfeñique por la fuerza física que no posee. Unido al criterio de credibilidad hay un segundo componente que indica que las ideologías del reconocimiento sólo pueden usar las declaraciones valorativas que están a la altura del vocabulario evaluativo de cada momento histórico particular (no pueden usar aquellas valoraciones que ya han caído en descrédito, pues serán percibidas como carentes de credibilidad). Asimismo, conjuntamente con el criterio de realidad y credibilidad, un componente de racionalidad, en el sentido que posea de manera inequívoca un índice histórico y temporal (Honneth da el siguiente ejemplo: alabar hoy en día a una mujer por sus virtudes de ama de casa difícilmente tendrá posibilidades de identificarse con tal declaración valorativa hasta el punto que vea aumentar duramente su autoestima)1. c) Para que las formas de reconocimiento social puedan asumir una función ideológica, las declaraciones valorativas no deben ser sólo positivas y dignas de crédito, sino que deben ser también contrastantes, de manera que en cada caso den expresión a nuevos valores o capacidades específicas. Así, los individuos sólo tienen la posibilidad de identificarse con las determinaciones válidas para ellos cuando pueden sentirse a sí mismos como distinguidos. De este modo, las declaraciones valorativas, que deberían poder aplicar sobre sí, tendrían que mostrar un contraste en comparación con el pasado o con el orden social circundante, lo cual ofrece una garantía para la experimentación de distinciones positivas específicas. Este contraste es decisivo para despertar la disposición motivacional para la sumisión voluntaria (Honneth A., 2006: 142). En resumen, Honneth considera que las llamadas ideologías del reconocimiento, podrían ser exitosas cuando se cumplen las tres condiciones esbozadas anteriormente, i. e. “están en condiciones de cumplir con la función de promover una relación individual consigo mismo que motive a la asunción voluntaria de tareas y funciones cuando las declaraciones valorativas vinculadas con ellas sean al mismo tiempo positivas, dignas de crédito y en alguna medida contrastantes”. Como vemos, tomadas en conjunto, esas condiciones de éxito para las ideologías del reconocimiento no son sistemas de persuasión irracionales; por el contrario, “más bien deben movilizar razones evaluativas que posean bajo las condiciones dadas la suficiente fuerza de convicción para poder motivar racionalmente a las personas apeladas a aplicar sobre sí tales razones” (Honneth A., 2006:
142).

Las ideologías del reconocimiento también se sirven semánticamente de los principios del amor, de la igualdad jurídica y de las relaciones de reconocimiento recíproco. Entonces, ¿cuándo cambia el acento del reconocimiento hacia una ideología que sólo posee el efecto de promover una relación consigo mismo adecuada a una función, o funcional a un objetivo que no percibimos? Según Honneth esto no es fácil de resolver, sobre todo cuando constatamos que el desarrollo histórico del reconocimiento ha ido ampliando el horizonte del mismo reconocimiento, a la vez que se ha ido intensificando, dando paso a nuevas luchas y, por tanto, a la ampliación de derechos. Señala, además, que esto resulta sencillo en aquellos casos donde los afectados oponen resistencia contra una nueva forma de distinción evaluativa. Es entonces cuando aparece este síntoma, se tienen las primeras razones para cuestionar la legitimidad de las formas modificadas de reconocimiento y proclamar “la sospecha de ideología”.

Honneth da un par de ejemplos de candidatos elementales a ideologías del reconocimiento. El primero se refiere a la publicidad que desarrolla iconográficamente el esquema del reconocimiento en que un determinado grupo de personas se ve positivamente motivado a adaptar sus modos de comportamiento propios a los estándares ofrecidos y al consumo de determinados productos. La publicidad ejerce el mismo poder que es propio de las formas ideológicas de reconocimiento, pues “posee la capacidad ´regulativa´ de generar modos de conducta que enlazan su realización con el beneficio de la adquisición de autoestima y aprobación pública” (Honneth A. 2006: 144). El segundo ejemplo se verifica en el ámbito laboral del capitalismo altamente desarrollado, en que los empleados están siendo apelados de un nuevo modo: ya no se habla de “asalariados” o de “fuerza laboral”, sino de “empresarios de la fuerza de trabajo” o de “creativos” (Opitz S., 2004: cap. 8; Voß/Pongratz H. J., 1989). Esta nueva apelación va acompañada por una imagen de la profesión completamente modificada, porque los sujetos no deben concebir ya su actividad como el cumplimiento de una necesidad sino como la realización de una “vocación”; “la idea de que los empleados se califiquen a sí mismos de empresarios exhorta a caracterizar cada cambio de lugar de trabajo o cada modificación en las condiciones laborales como resultado de una decisión propia, que se orienta sólo según el valor intrínseco de cada trabajo”. Así, con la apelación modificada se impondría también un cambio en el rendimiento, ya que ahora “se exige a los empleados dependientes aquellas capacidades autónomas, creativas y flexibles, que hasta el momento habían sido las recomendaciones clásicas reservadas sólo para los empresarios: a cada fuerza de trabajo cualificada, así dice esta nueva forma de reconocimiento, le es posible planear el propio camino profesional como la empresa arriesgada de una utilización autónoma de sus diversas capacidades” (Honneth A., 2006: 144). Siguiendo a Optiz (Opitz S., 2004: cap. 8), Honneth señala que en este ejemplo se impone la sospecha “que el desplazamiento de acento del reconocimiento cumple aquí primariamente la función de promover una nueva relación consigo mismo que motive a la aceptación voluntaria de cargas de trabajo considerablemente modificadas: la flexibilización y la desregulación del trabajo que acompañan al cambio estructural neoliberal del capitalismo exigen competencias de auto mercantilización productiva que precisamente pueden ser generadas productivamente mediante la calificación reconocedora como ´empresario de la fuerza de trabajo´ (Opitz S., 2004: cap. 8)” (Honneth A., 2006: 145). En Chile, podríamos decir que una situación similar se da con los profesionales recién titulados, a quienes se les motiva fuertemente para convertirse en “emprendedores”, haciéndolos sentir dueños de su destino y autorrealizados. Sin embargo, lo que esto significa en la práctica es que pasan a constituirse en asalariados esporádicos sin un empleador específico y por tanto desprovistos de derechos laborales.

Finalmente, Honneth enfatiza que el reconocimiento no debe agotarse en meras palabras o manifestaciones simbólicas, sino que debe estar acompañado de “acciones acreditadoras”: “cuando son alcanzadas nuevas formas de reconocimiento social generalizado deben transformarse disposiciones jurídicas, deben ser establecidas otras formas de representación política y deben emprenderse distribuciones materiales” (Honneth A., 2006: 146).

De este modo, la credibilidad del reconocimiento social debe sumar al componente evaluativo uno “material”, “algo debe haber cambiado en el mundo físico de los modos de conducta o los hechos institucionales si la persona apelada está efectivamente convencida de que es reconocida de una nueva forma” (Honneth A., 2006: 147).

Es este componente material el que puede dar la solución para diferenciar las formas ideológicas de las formas justificadas de reconocimiento. Lo que permitiría reconocer las formas ideológicas de reconocimiento es su incapacidad estructural de proveer las condiciones materiales que permitirían a las personas afectadas realizar efectivamente las nuevas cualidades de valor. Entre la promesa evaluativa y el cumplimiento material hay un gran abismo que es característico de estas ideologías, ya que la provisión de las condiciones institucionales no serían compatibles con el orden social dominante. Este criterio queda claramente revelado en Chile cuando se habla de “emprendedores”, que no es sino otra forma de referirse a lo que Honneth denomina “empresarios de la fuerza de trabajo”.

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Leopoldo Soto Norambuena
Dirigente estudiantil en el período 1985-1988. Actualmente Doctor en Física, investigador activo en física de plasmas. En el año 1999 fue galardonado con una Cátedra Presidencial en Ciencias. En 2007 fue reconocido como Fellow of the Institute of Physics of UK. Presidente de la Sociedad Chilena de Física entre el año 2003 al 2008. Secretario de la Sociedad Chilena de Física en el período Abril 2013 - Abril 2015.

Researcher ID: www.researcherid.com
Scholar google: scholar.google.es

Texto extractado del ensayo “El reconocimiento que los científicos esperan y reciben en Chile. Una mirada desde la teoría del reconocimiento de Axel Honneth” preparado para la asignatura “Debates sobre el Reconocimiento” dictada por el Dr. Mauro Basaure en el Doctorado en Procesos Políticos y Sociales en América Latina de la Escuela Latinoamericana de Estudios de Postgrado de la Universidad ARCIS, agosto de 2014

Notas

1.- Aun cuando se entiende este ejemplo, quizás es válido en Europa, ya que particularmente en Chile hay iniciativas gubernamentales para valorizar positivamente el trabajo de la ama de casa, como por ejemplo establecer un sueldo para ella, situando así esta valoración como un reconocimiento de esta función de manera equivalente a las funciones productivas

Referencias  bibliográficas

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