Columnas
2015-05-26
1410 lecturas

Daniel Pizarro
colaboración de POLITIKA

Un mundo feliz

Un fantasma recorre el edificio, y quizás pena.
Pero no es el protagonista de esta historia; a lo sumo la preside.
Los verdaderos protagonistas son M y O, que se encuentran en el balcón de un departamento, aquí en el piso diecisiete. Y aunque están a gran altura, se encuentran tan arriba como el edificio del frente, y como el otro de un costado, y también como el del lado opuesto. Y tal vez en conjunto los edificios hagan pensar en nichos de cementerio repechando hacia el cielo.


Pero eso tal vez lo piense el fantasma, que pena y que preside.
Porque sería un abuso de confianza con M y O, que son jóvenes, hacerlos pensar en nichos. Porque es viernes, porque han trabajado duro toda la semana, porque tienen un título profesional y se han independizado, por primera vez. Porque el mundo está abierto aunque los edificios de alrededor les cierren el paso y también porque están tomándose una piscola, para empezar.

El fantasma de esta historia es abstemio por naturaleza, pues por naturaleza —hay que insistir— se traga todo lo que ve mientras va penando, él es lo que no cabe adentro del mundo, como un resto perdido y penitente.
Pero no hablemos más del fantasma, que nunca ha querido ser el protagonista.
Aquí viven M y O.
Es el departamento de M y es la visita de O, para ir aclarando las cosas.
Habría que decir que en medio de los edificios hay un foso, allá abajo, donde ellos no alcanzan a ver sentados aquí en el balcón. Una garganta abierta hasta las amígdalas por donde irá subiendo otro edificio más para interponerse entre éste y el del frente y hacer vecindad con los otros de los lados.
Porque allá abajo, donde hay un foso, palpita una necesidad. Y todas las necesidades de vivienda serán besuqueadas por los negocios inmobiliarios. Se trata de un axioma, sin duda. Aquí en el centro de Santiago, entre edificios y ventanas.
Habría que pensar, como piensan los fantasmas, en la forma en que se trenzan necesidades y negocios y habría que ver, como acaso verán los fantasmas, cuál es el motivo que surge del telar.
Por lo pronto hay un edificio que se llama Santiago Park Plaza, sin un parque ni una plaza.
Y al frente hay otro llamado Ilusión, que acaso sea lo que promete.
A un costado el Vista Real, y al otro el Boulevard Saint Paul, nadie sabe por qué el nombre, ni siquiera el fantasma, pero nadie tampoco se lo pregunta.
Pero bueno.

Así que al centro un foso, sin nombre aún, o quizás con uno provisorio, un nombre genérico que ha ido bordando toda la ciudad: Necesidad & Negocios.
M y O en el balcón. Ya se dijo.
M y O hablando de la infancia.
Oh, la infancia.
La infancia y los monitos animados. La infancia y Dragon Ball Z. La infancia y los Pokemon. Así se borda la infancia, con Cachureos. Cachureos de la infancia, de los ochenta y los noventa. M y O tienen mucho de que hablar, y acordándose lanzan la vista a los edificios vecinos, Hola, Boulevard Saint Paul; ¿Cómo va la cosa, Edificio Ilusión?
Hola, foso.
M y O en el balcón. Tarde del viernes y el sol que alcanza a embocar los últimos rayos en las ventanas, todo arde y todo a punto de estallar, hoy mismo.
A punto y nunca. Como la vida humana.
Digamos que en el edificio hay un fantasma. Pongamos que se aburre. Que no hay nada más aburrido que la vida de un espectro.
Entonces el fantasma da un paso atrás, del balcón al interior.
El departamento es pequeño, porque las necesidades de M son pequeñas para los negocios. Y a pequeñas necesidades, grandes negocios. Otro axioma en el camino.
Así que el fantasma en el living-comedor.
Así que frente al Smart TV, en el centro de un librero sin libros.
Es la tecnología, cada vez más inteligente. Pongamos que se dice aquí el fantasma. Y observa alrededor. No había penado en este lugar; y como toda primera vez, cada detalle se le impregna de las retinas que ya no tiene.
El detalle de un Smart TV rodeado de juegos de video; fútbol con las manos, guerras y zombis; por ahí van los gustos de M.
Que este fin de semana piensa descansar. O sea jugar videos. Porque para M no hacer nada es la mejor forma de descansar. Y M se entretiene con las cosas simples.
Es como una declaración de principios que hace a O, que por su parte asiente.
Y entonces el fantasma se dice a sí mismo, oyendo sin oídos y mirando sin los ojos:
Uno tiene derecho a ser lo que es.
Pero uno no tiene derecho a ser lo que no es.

No se miran M y O, sino que miran hacia las ventanas del frente. Una por una se van encendiendo. Aunque hay otras que permanecen oscuras y nadie sabe, ni siquiera el fantasma, qué sucederá allá adentro que no hay nada de luz.
Así que el fantasma, con el oído que ya no tiene, oye que ellos ya no hablan de infancia ni monitos animados sino que están hablando del trabajo, han saltado de la infancia a la pega.
M & O. Y el trabajo.
Así que M le dice a O, con una piscola en la mano. Le dice —vamos a parafrasearlo como se pueda— que su empresa de ahora es formal, o sea, intenta decirle, que es como de viejos, con normas de viejos, con ropas de viejos, a la antigua.
M intenta decirle a O que la cagó.
Por haberse cambiado de pega. La otra empresa era mucho mejor, y M de verdad que la cagó. La empresa de los viejos contra la empresa de los jóvenes. La cagó.
Más luces se encienden alrededor del foso, de donde crece una negrura insondable.
Pero la empresa, dice M. Pero la otra.
Groupon. Eso oye el fantasma. Y por qué no, se dice.
Una empresa de descuentos por Internet. O algo así. Con cupones. O algo así. Una empresa que es modelo del éxito, y que puesta al lado de la otra es como la flexibilidad por antonomasia al lado de la rigidez por antonomasia. Algo así es lo que trata de decirle M a su amigo O que ha venido a compartir con él. Decirle que está preso de la rigidez y que añora la flexibilidad, que echa de menos el trato de tú a tú en las reuniones, la igualdad dentro de las jerarquías, echa de menos las pantuflas que podían usar las mujeres (aunque él no las usara) en vez de los rígidos zapatos puntiagudos, pero sobre todo echa de menos la creatividad que se respiraba en Groupon o Algo Así, donde ellos se pasaban horas craneando ideas para promocionar descuentos, ideas para un descuento por depilación láser, descuentos para comprarse una bicicleta o para un viaje a Punta Cana, descuentos por todos lados, cupones, ideas, creatividad, cupones, ideas, creatividad, descuentos… Todo queda zumbando y da vueltas en la mente de un fantasma, todo es como un eterno presente. O sea como un castigo.

¿Seguís culiándote a la Negra? —le pregunta O a M.
Me aburrió, hueón. Aquí hay una vecina más o menos.
Preséntala, po.
No, si es pa mí. Vos tai casado, hueón.
Nunca tanto.
Oye, hueón —dice M—, ¿sabís que aquí están penando?
¿En serio?
Puta, el otro día estaba cagando y se me apagó la luz. La prendí y se apagó de nuevo.
Cuático… Cuática la hueá. Yo vi a mi abuela una vez.
Dicen que un hueón se tiró del edificio pa abajo. Al hoyo.
¿Qué habrá después de esta hueá?
Haz la prueba y me contái.
Pa mí que no hay ni una hueá.
Así po, socito. Por eso hay que pasarlo bien nomás.

De vez en cuando los fantasmas son llamados al ruedo. Pero es como si alguien hubiera marcado mal el número y todo es equivocación. Entonces los fantasmas como éste se apartan, y no es que quieran llamar la atención causando miedo sino que más bien es por distracción, o quizás el discurrir natural de las cosas que no terminan de cuadrar aunque algunos insistan en pensar lo contrario. Por ejemplo, en el caso de éste, aquí que se desliza entre M & O que están callados ahora, tal como si un espectro los hubiera rozado con su traje de luz y tinieblas. Pasa y se acerca hasta el borde del balcón, y se apoya en la baranda con su cuerpo inmaterial. Y no es lo que se piensa, no es que vaya a repetir hasta el fin de los tiempos aquel acto condenatorio que lo tiene preso del Santiago Park Plaza, es que observa hacia abajo donde en la oscuridad debemos suponer un foso y espera con paciencia, que es su mayor virtud, a que la necesidad llame al negocio y a que éste venga con su beso y entonces otro ser de hormigón armado emerja desde las tinieblas allá abajo. Aunque suene triste, él está feliz: su tiempo es infinito. Y siempre estará aquí, con nosotros.

Daniel Pizarro

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