Columnas
2015-06-01
1520 lecturas

Daniel Pizarro
colaboración de POLITIKA

La ventana discreta

Cuando los estudiantes salen a marchar los oficinistas miran por las ventanas. Los oficinistas se levantan de los escritorios y con un impulso que no involucra totalmente la verticalidad de sus cuerpos se asoman y miran a la calle a través de los vidrios. Quedan como suspendidos unos instantes en una postura oblicua en la que se sostienen con la suela de un zapato bien puesta en el piso y la punta del otro haciendo de apoyo secundario. Intrigante postura para quien no sabe de qué va la cosa. Es como si estuvieran congelados, pero a punto de algo. Volver a sentarse de inmediato o levantarse y salir corriendo, tal vez. Pero no. Es la posición que adoptan para ver a los estudiantes que marchan afuera. Pero bueno.

Dijimos que los oficinistas se asoman por las ventanas, pero no hemos dicho que éstas son dobles y que los muros donde se inscriben son muy gruesos. Porque en una oficina se requiere silencio y concentración, pues debe hacerse frente a necesidades internas, a un cúmulo de exigencias que demanda el trabajo diario. Entonces una oficina, naturalmente, está volcada sobre sí misma. Y así también sus empleados. Y entonces lo que éstos ven afuera por unos instantes es como una película muda y que además, a causa del polvo que se impregna en los vidrios, por fuera y por dentro, parece gastada de tanto ser vista.

Y así que ven los oficinistas a través de los vidrios grupos de estudiantes que como polvo imantado comienza a reunirse desde todos los rincones allá abajo, afuera. Desde todas las esquinas van pegoteándose hasta formar una masa compacta pero grumosa, que se desplaza lento por la calzada hacia un punto que ellos, los oficinistas, no alcanzan a ver jamás, porque su horizonte de visión está limitado por el marco de unas ventanas dobles, así es que los ven marchar, marchar y marchar como en una peregrinación hacia un país extraño, con pancartas, lienzos y banderas que rinden culto a algún santo desconocido por estas tierras y se acuerdan tal vez de algunas vacaciones pagadas con el esfuerzo de su trabajo aquí en la oficina, se acuerdan tal vez del Camino de Santiago o de algún carnaval que es expresión de un culto sincrético. Se acuerdan ellos.

Al asomarse unos instantes por las ventanas, haciendo una pausa necesaria en el trabajo o apartando quizás la vista del Facebook, observan los oficinistas, al mismo tiempo que los estudiantes van agrumándose como polvillo de imán o bolitas de mercurio, bloques mucho más compactos aún, mejor organizados sin duda y con una planificación muy superior: se trata de las fuerzas policiales que van tomando lugar en posiciones estratégicas desde el punto de vista del mantenimiento del orden que se observa allá abajo, sin oírse nada de su murmullo y su temblor. Observan entonces los oficinistas la reiteración de un ritual que nunca se sale de sus cauces, aun cuando se produzca aquello a lo cual la prensa y también ellos dan el nombre de desmanes, puede ser el intento de abatir un semáforo o arrancar de cuajo un letrero de tránsito, al que ellos prefieren llamar señalética, o incluso partes más intensas del ritual, como las ráfagas de fuego que siembran las bombas molotov, o cuando a los antisociales, que deben ser seguramente los mismos estudiantes enmascarados, les da por apedrear el comercio o una sucursal bancaria, o cuando no contentos con ello, como parte del mismo ritual insonoro que se observa por las ventanas dobles, se lanzan derechamente al saqueo de las tiendas, que viene a ser como la fase culminante del ritual según la disposición aristotélica de las partes de una tragedia.

En aquella parte, la más dramática según el canon, ven los oficinistas que las fuerzas de orden y seguridad toman parte con todo en la escena, como corresponde, embistiendo contra la masa grumosa que en esos momentos pierde sus cualidades magnéticas y comienza a dispersarse y en algunos casos a ser arrastrada, en forma de partículas, hacia los carros policiales. Todo entonces vuelve a ser como era más o menos unas horas antes de que se iniciara el espectáculo que ellos observan.

Pero los oficinistas. Oh, los oficinistas. En las representaciones más álgidas del malestar estudiantil, los llamados highlights, a veces una partícula de la masa pierde un ojo a causa de una bomba lacrimógena disparada a boca de jarro, y hay otra por allá con riesgo vital por un chorro del guanaco dirigido contra la cabeza, y no es raro en rituales como éste ver una partícula impactada por un carro policial, que vuela así unos diez metros sobre el pavimento y se azota la cabeza contra la cuneta, por poner aquí una imagen dramática como las que a veces presencian los oficinistas desde las ventanas, sin faltar también casos como los de algún desquiciado que no puede soportar lo que perturba el orden y atenta contra la propiedad privada, y sale a disparar al bulto contra la masa grumosa y se despacha a dos partículas en cuestión de segundos.

Escenas de esa naturaleza llegan a ver los oficinistas desde las ventanas y no deja de ser natural, dado el espectáculo que se despliega del otro lado de los vidrios, que entonces sientan miedo. Para ser más exactos, miedo es lo que sienten desde un principio, pues han presenciado muchas veces el ritual de las calles, y entonces comienzan a preguntarse con toda razón si hoy darán salida más temprano en la oficina. Porque de lo que se trata en una jornada de protesta estudiantil es de preguntarse a qué hora podrán irse a sus casas y qué medios de transporte público estarán disponibles para ellos, los oficinistas. A ver si el metro está abierto, a ver si las micros podrán sortear las barricadas. A ver. Oh, a ver.

A ver si toda la violencia que se destapa allá afuera no me toca ni me roza, piensan los oficinistas con la suela de un zapato bien puesta en el piso y la punta del otro haciendo de apoyo secundario. A ver cómo me las arreglo para volver a casa. A ver si los supermercados cierran antes de hora, porque de ser así habrá que aprovisionarse más temprano, no vaya a ser que nos quedemos sin pan por un día, o sin leche, piensan. Y llaman por teléfono a casa para saber si todo está en orden por allá, y cómo se avizora el panorama, porque es sabido que hacia la periferia de la ciudad —y éste el centro, el núcleo de los oficinistas— el espectáculo se pone más feo, digamos que se depura de sus expresiones accesorias como las pancartas con demandas y los lienzos donde se escriben frases altisonantes y va quedando, a medida que nos alejamos hacia la periferia, el hueso pelado del ritual, o sea la verdad ontológica de todo esto, que es el gusto por la destrucción y la destrucción por puro gusto, porque hay un orden y está el desorden, y de hacer cambios hagámoslos, pero dentro del orden, se dicen entre ellos los oficinistas, de lo contrario ya sabemos lo que podría pasarnos de nuevo, y así que volvamos temprano a las casas y a ver si alcanzamos a pasar al supermercado porque el pan y porque la leche, luego comemos algo y vemos las noticias que se enmarcan dentro del televisor como en una ventana doble y tratamos, nosotros los oficinistas, de digerir todo esto, lo que está ocurriendo allá afuera y se refleja en la pantalla, tratemos de entender de qué va la cosa antes de meterle una mano entre las piernas a nuestra mujer, porque un día complicado como éste igual podría terminar con un poco de placer, y luego quizás podamos soñar, o acodarnos entre sueños que también nosotros, o algunos de nosotros, en otros tiempos fuimos una partícula imantada y así que también nos pegamos nuestra pasantía por la libertad, porque así cualquiera, pero cuando hay que parar la olla te quiero ver, se dicen los oficinistas como si contaran ovejas para quedarse dormidos, y se dicen luego, para inducirse de una vez por todas el sueño, que bueno, que así, que a ellos, que a los oficinistas ya les llegó la edad de la razón.

Daniel Pizarro

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