Columnas
2015-06-29
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Daniel Pizarro
colaboración de POLITIKA

Frenesí

Esa es la idea: estar en Canela antes de las doce. Y ya son las nueve y media. Imposible terminar antes la reunión de la mañana. Pero es la idea, llegar a las doce o un poco antes. La idea de E. Un desafío que atraviesa la mañana como el sol naciente va inundando el cielo, no con sus rayos sino con su tibieza. Porque la idea tiene algo de libidinoso: encajar en el tiempo todo lo que se ha planificado.

La idea es viajar de Santiago a Canela en menos de tres horas, la idea de E. Es la idea estar unos minutos en Canela para la inauguración de aquello, porque lo importante es que en Canela vean a alguien de Santiago, unos minutos por lo menos, con que lo vean ya está, y luego volverse hacia la Quinta Región para estar en lo otro de Limache a las tres de la tarde, que también sería importante estar allí. Es la idea de E.

La idea de E es viajar a unos ciento cincuenta kilómetros por hora hacia Canela, porque a esa velocidad estaría llegando en algo menos de dos horas, calcula.

Se entiende que a E le gusta calcular. Algo que es el cálculo se ha impuesto en él al pensamiento, lentamente, como la discreta colonización de un territorio a lo largo de los años. Y luego ha echado tierra sobre el proceso de conquista y todo parece ser así desde el principio de los tiempos.

Es que a E le han enseñado a calcular en la universidad y también desde antes, en el liceo donde estudió, que es uno de los llamados liceos emblemáticos, ésos que entroncan con la tradición de la República y dejan una marca de orgullo en los alumnos, que en el caso de E se trasluce en la insignia con letras de oro adherida al panel de comandos, quizás para no olvidarse de su propia trayectoria, o quizás para que los otros también la conozcan. Es la idea.

Así es que E, el emblemático, viaja contra el tiempo hacia Canela, allá en el norte chico. Para llegar antes de las doce y poner la cara en la inauguración de aquello. Pero no viaja solo sino que lo hace en compañía de C, que acaso no sea todo lo parecido a E que uno pudiera suponer, pero que puesto en esta situación junto a E digamos que se acopla o se asimila a los procesos mentales de E y su proyección en el espacio social, para decirlo de manera un poco enredada. O para decirlo de otro modo: esa forma de ser que tiene E, tan apegada al deber y a la ética kantiana, ese rigorismo que recorre como electricidad cada uno de sus comentarios y opiniones, esa manera de encarar el trabajo y la vida en general tiene algo de coercitiva y entonces C se pliega a este mundo de los cálculos con el que van surcando la Panamericana norte hacia Canela, desafiados por la adrenalina del tiempo. Y así el camino se transforma en una serie de hitos temporales o mojones que señalan la distancia que los separa del objetivo, y no mucho más. Nada más, en realidad.

Pero allá van E y C, hacia Canela. A la inauguración de aquello. Un emblemático y otro no muy emblemático, no muy republicano, pero que tiene muy claro que al lado del emblemático le puede ir mejor, eso si es capaz de seguirle el ritmo, eso si puede ir a la par de sus pensamientos rigurosos.

Hay que decirlo: para todo asunto E echa mano de la tecnología. Cómo no hacerlo si ella ha sido creada para el hombre y en especial para hombres como E, emblemático. Entonces una cosa que se llama Waze y que hace furor en el país. Entonces, para decirlo con propiedad, una aplicación en el Smartphone de E que le permite visualizar la mejor ruta hacia Canela, pero no sólo eso. También el tráfico vehicular y la cercanía de Carabineros, que viene a ser lo más importante porque a esa velocidad arriesgan una multa segura.

Hay que decir también que viajan en una camioneta, la de E, que cuesta por sobre los dieciocho millones de pesos. O sea unos setenta y cinco sueldos mínimos, podría calcular E, pero no se le ocurre hacerlo. Pero sí se le ocurre comentar a C que la compró en oferta por algo como dieciséis millones y medio, con lo que se ahorró más o menos seis sueldos mínimos. No deja de ser, comenta C, de quien se espera que comente algo ya que el camino a Canela es bastante largo.

Así es que hablan de eso y de lo otro, hacia Canela. Sobre todo de lo otro, que no es el llamado de la selva sino el de la tecnología. El Waze. Como es E quien maneja debe ser el otro, que no es emblemático, el que mire la pantalla del Smartphone por encargo del primero. Pero luego de un rato, hay que decirlo, lo hace también por iniciativa propia, o más bien por esa coacción que ejerce el pensamiento de E en la esfera de C. El hecho es que entre ambos se entretienen rumbo a Canela mirando el camino virtual y supervisando la proximidad de Carabineros. Pero es seguro que E se entretiene mucho más que C.

Es que C es de otra época y aprendió cosas que ya no sirven para nada, así es que va por la vida como pidiendo disculpas por la inutilidad de sus conocimientos, por todos los recursos de la República despilfarrados en él. Podría hablar quizás de algunos libros, o de la música que le gusta. O hablar un poco de política, con todo el cuidado que merece el tema, porque hay ideas que pueden quemarte ante los demás. Podría hablar incluso de cosas mucho más simples, hablar de la vida y sus historias. Pero da la idea, al interior de la camioneta, de que en el campo gravitatorio de E esos asuntos podrían resbalar o rebotar hacia afuera, hacia el camino que pasa, porque la vida y las historias también pueden quemarte y porque todo puede ser usado en tu contra y de hecho es lo que normalmente sucede aquí, en historias como ésta, bien calculadas.

Así que a Canela. Así que el Waze en la pantalla, y las demás aplicaciones. Así.

Y aquí que en el kilómetro X, E cambia de tema. Como si tuviera a mano un control remoto para elegir el asunto de la conversación, siempre escueto, y también su tono, siempre sobrio. Entonces el polinomio de los combustibles. El tema los alcanza en el desvío hacia Canela, donde el paisaje es todo lomas ocres y desierto, y una que otra choza y algunas cabras. De cómo hizo un estudio sobre los factores del polinomio y su ponderación. Para el Fondo de Estabilización del Petróleo. Y los Combustibles, agrega E, el emblemático. Y entonces el precio de las bencinas y el cálculo del combustible que han consumido durante el viaje, entrando por la ruta interior.

Y así que llegan a Canela, on time. Y los habitantes de Canela los ven llegar. Y cinco minutos después los ven irse. Habría que pensar en el orgullo que sienten de que personas tan ocupadas como E y como C se hayan tomado la molestia de llegar hasta el pueblo para la inauguración de aquello.

Adiós Canela. Hacia Limache, para estar en eso a las tres.

Sigue el Waze. Más que nunca el Waze, que a esta altura del viaje es mejor compañía que C, quien viene a ser como una extensión oral de la aplicación para Smartphones, una suerte de parlante humano. Y todo aquí se va poniendo más interesante, porque hay Waze y hay rutas alternativas que les presentan disyuntivas o, para decirlo de otro modo, les muestran los caminos del mundo. Por no decir los de la vida.

Es aquí, al interior del campo gravitatorio de E, que deciden tomar la cuesta La Dormida, a pesar de las curvas. Y va a ser todo un desafío que las curvas no jueguen en contra de los kilómetros ganados.

Aquí que suben y aquí que bajan La Dormida, con el Waze y el polinomio. Calcula E que van a lograrlo. De eso habla el emblemático. Te apuesto que llegamos, le dice a C. Quiere apostar en serio.

Pongamos entonces que C siente miedo, por primera vez en el día. Miedo a la velocidad y a las curvas cerradas. Pongamos –lo que es cierto– que se acuerda de sus hijos ya crecidos. Que aunque está separado y no puede verlos mucho parece acordarse de ellos más que E de los suyos, en estos momentos. Pongamos que le pide bajar un poco la velocidad.

¿Tenís miedo, hueón?

Pongamos que eso ha dicho el emblemático, cuesta abajo en La Dormida. Que por primera vez en el viaje habla golpeado y eso le recuerda a C, que lo había olvidado, lo fina que es la película que separa en E la mesura del golpe de autoridad. Porque los E del mundo han desarrollado un órgano especial para marcar territorio. Una aplicación conductual parecida al Waze, con grandes resultados.

Pero bueno. Pongamos que aquí se matan. Es decir: que fallan todos los cálculos de E. Falla el Waze y la fórmula para optimizar la velocidad en las curvas. Falla el cálculo de los ángulos. Gana La Dormida. Despierta una tragedia.

En esta parte de la historia desbarrancan y se pierde para los inventarios del mundo un padre trabajólico, algo rígido y un poco ausente, aunque sólido en lo económico; y se pierde también otro padre, más cariñoso y más viejo, pero a la vez más inconstante en lo económico, ya se ha dicho que por la inutilidad de sus conocimientos y el poco valor de sus intereses.

Pero esto es como el Waze. O sea que hay varias rutas. Y entonces vamos a elegir una alternativa y los vamos a salvar del accidente. Vamos a seguir hacia Limache, para la inauguración de lo otro o la visita o lo que sea, a tiempo.

¿Tenís miedo, hueón? ¿De qué tenís miedo?

Eso le decía E a C antes de desbarrancarse. Y como la historia sigue, C se encoge por dentro y se calla. Porque C es de esa generación de hombres acostumbrados a callar. Porque –hay que decirlo− el Golpe de Estado los pilló muy jóvenes y los puso ante la disyuntiva de callar o morir, entonces C se acostumbró a callar y calló luego ante sus hijos y ellos crecieron en una especie de nube silenciosa o más bien de nebulosa primigenia, o sea como si el país hubiese nacido ayer. O sea sin pasado. Pero ésa es otra historia. Otro Waze. Y ésta es la historia de La Dormida.

En cambio E. Pero esto es más raro. Porque el padre de E dio la pelea en dictadura y eso le costó trabajos, palizas, amenazas y toda una historia de la cual E se acuerda bastante bien. Pero E está en otra, aquí en La Dormida, cuesta abajo. E calcula y quiere llegar a Limache para lo otro, porque le ha ido bastante bien calculando, mejor que a su padre, y he aquí que aprieta su control remoto para cambiar de tema entre curva y curva y le impone a C la Teoría del Caos, que es uno de sus temas preferidos, uno que lo transporta hacia otras dimensiones. Un emblemático con la insignia del liceo −o mejor habría que decir con una medallita− en el panel de comandos habla de su fascinación por el caos con una mente que no para de calcular y medir la velocidad. Una mente republicana para otra república, no la de su padre. Porque la república da para mucho.

Y el caos. Que los habría hecho desbarrancar. Pero aquí se termina La Dormida. Aquí Olmué. Allá Limache, a tiempo para lo otro.

Entonces Limache y a poner la cara. O la presencia. A E no se le ocurre aquí una Teoría de la Presencia acaso tan fascinante como la del caos. Que la pura presencia sea un acontecimiento, un basta y sobra. Y no se le ocurre porque calcula que saliendo de inmediato hacia Villa Alemana alcanzan a pasar también por Quilpué y podrían darse una vuelta por Viña para lo otro de allá, y así meten en el día de hoy parte del itinerario de mañana, e incluso llegan a tiempo para lo de la noche en casa de H, que es el jefe de E. ¿Qué tal? C no dice nada. O sea que aprueba por omisión, lo que se le da muy fácil.

Y entonces: Villa Alemana para eso. Quilpué para lo otro. Viña del Mar para esto y aquello y lo demás y lo de por si las moscas.

Entonces la casa de H, el jefe. En la noche. A tiempo. En un suburbio nuevo en la parte alta del borde costero, entre poblados que han ido fundiéndose y ya no se sabe bien qué parte de qué pertenece a cuál pueblo original porque todo es una sola conurbación próspera, explosivamente próspera, como una ola de dinero venida desde Santiago, como un chorreo merecido para quienes se han portado como E y como H, su jefe.

Así la noche pero no tan noche. Porque E se había comprometido con su jefe a llegar un poco antes, y así que cumple. Y así que se lo ve preparando la parrilla como un empleado más de H, porque E sabe muy bien cuándo ponerse traje y en qué momento ponerse el overol, es de las cosas que aprendió el emblemático mucho mejor que C. Y así que se lo ve detrás de una cortina de humo que brota del carbón húmedo, y entretanto se da maña para instalar el Data Show y hacer la conexión Wifi para que todos puedan ver esa tremenda pelea por el título mundial de boxeo de hoy en la noche, aunque el boxeo le importe menos que los conocimientos de C. Pero eso da lo mismo, para E. Por mientras, C bebe una copa de vino. Es su minuto de descanso.

Ya vamos poniendo fin a esta historia larga, de Santiago a Canela y después a Limache, pasando por La Dormida y hasta esta casa en la conurbación que no sabemos a cuál poblado pertenece. En la noche. Aquí, digamos, viene el cierre con eso que llamamos la sopa del mundo. La sopita preparada por la mujer de H, para que los otros jefes sepan que también H tiene una mujer que se esfuerza y se luce en la cocina. Cada cual tiene su mujer que se luce en la cocina, menos C que está separado y E que aún no tiene oportunidad de lucirla. Pero ya vendrá. Por mientras se luce él mismo en la parrilla, detrás del humo.

En televisión se están dando duro. Y alrededor de la mesa ellos toman su sopita del mundo, preparada por la mujer de H. Se trata de una receta especial, fría, un gazpacho en versión local, insípido, alabado, neutro, la sopita que se toma al compás de las cucharas que chocan contra los dientes, uno, dos, uno, dos, la sopita que da sueño y transporta hacia ensoñaciones, hacia mundos superiores donde se bebe la misma sopita fría, ensueños, imágenes borrascosas de donde emergen fuentes de tres platos por donde se va derramando la sopita de un plato en otro, la misma sopita que hay que beber hoy y mañana, y la misma que fue bebida ayer, ah, la sopita del mundo, qué rica te quedó, le dicen a la mujer de H mientras en televisión se dan una paliza por el título mundial de boxeo o lo que sea, rica-rica la sopita, y acuérdate, le está diciendo el emblemático a C, que tuvo la mala idea de sentarse a su lado, acuérdate, mañana primero Valparaíso, temprano, salimos por Laguna Verde a lo otro y nos devolvemos a Casablanca a lo que sea, nos vamos a aquello de Curacaví, quiero ver si alcanzamos Talagante en la tarde, nos vamos por la cuesta Barriga, Malloco, Padre Hurtado, Peñaflor, esto y lo otro, aquello y lo que sea, vamos a poner la cara que la gente lo agradece, Teoría de la Presencia, la sopita es agria pero C no dice nada porque hace tiempo anda pidiendo disculpas por el mundo y ya se acostumbró, ya no sabe hacer otra cosa, y E cambia de canal con su control remoto para contarle que en la noche tiene algo en su casa, con amigos, porque siempre hay tiempo para las amistades, van a tomarse unos vinitos, lo espera otra sopita rica.

Es de noche y se acaba la pelea. Y un desconocido gana por puntos.

Daniel Pizarro

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