Columnas
2015-07-10
2638 lecturas

Luis Casado
especial para G80

La persistencia en el ser

Puedes creerlo o no, esta parida no tiene nada que ver con Spinoza y su noción del conatus, o bien es involuntario. Mis inquietudes políticas están centradas en la interminable ola de corrupción que barre la política chilena de arriba a abajo, y en la agonía de una Europa que pretende encontrar su salud en el asesinato de Grecia, el país que inventó la democracia.

Aunque no parezca evidente, ambos están ligados. El fenómeno de la corrupción de los políticos es planetario, y no empezó ayer.

En su libro “Ma part de vérité” , François Mitterrand –en ese momento miembro de la SFIO, sección francesa de la internacional obrera– explicaba su conversión al socialismo en razón de una tradición familiar “que consideraba las jerarquías sociales fundadas en el privilegio del dinero por el peor desorden”. “Que el dinero pudiese primar por sobre los valores que les servían naturalmente de referencia: la patria, la religión, la libertad, la dignidad, les indignaba. El dinero era el enemigo, el corruptor, aquel con el que no se trata jamás.”

Ya he tenido la ocasión de contar que a Mitterrand se le acusó de muchas cosas, pero jamás de ladrón. Su compleja personalidad no incluía la adoración del becerro de oro. El mismo afirmó que jamás se había preocupado por el dinero, entre otras cosas porque nunca tuvo necesidad de él. Sin embargo, afirmó, la “inclinación natural” que lo había conducido lentamente hacia el socialismo era “firme y frágil a la vez”. Como veremos más adelante, mucho más frágil que firme.

Sigamos leyendo a Mitterrand:

“Pensé que era posible obtener de la sociedad capitalista que se reformase ella misma. Caí en la trampa de los principios escritos en sus frontones, en el preámbulo de sus constituciones, en todas partes, tan obsesivos como los neones de Broadway. (…) Buscábamos las conciliaciones, las síntesis, casábamos el agua y el fuego, y eran muy felices y tenían muchos hijos. En suma, le pedíamos al capitalismo comprender que nosotros comprendíamos mejor que él sus propios intereses. Él escuchaba, burlón. En resumen, dialogué. Y la sociedad en cuestión dialogó conmigo, como dialogó con todos los que le hablaban tan educadamente. Yo habría podido defender sus intereses a cambio de los mejores honorarios (me ocurrió), hubiese podido pasar a la habitación del lado y entrar en sus directorios. Nada le gusta tanto el capitalismo, para esa tarea, como los hombres de izquierda y los generales en retiro” .

En su libro “La part d’ombre”, Edwy Plenel agrega que, “Una vez llegado al poder, el mitterrandismo no paró de dialogar y de pasar a la habitación del lado.”

Edwy Plenel escribió su libro “La part d’ombre” (La parte oscura) para describir la breve ilusión y la prolongada decepción provocada por el mitterrandismo en sus seguidores, su abandono de hasta las más modestas ambiciones reformistas, la adopción como propias de las peores infamias del neoliberalismo, y las terribles consecuencias que la apostasía mitterrandista tuvo y tiene hasta el día de hoy.

Quién asumió la dirección del socialismo francés en 1971 pretendiendo “romper con el capitalismo”, terminó abriéndole las puertas a su más demoledora dominación en la Francia contemporánea.

Plenel escribe:

“Llegada a los ‘negocios’ en el sendero de ese poder, toda una generación de rebeldes de un día, de hijitos de su papá en busca de su destino, de malos alumnos que quedaron para marzo, de estetas husmeando la dirección del viento, de herederos indóciles re-transformados en hijos pródigos, ofreció en ese terreno, el del “enemigo” y del “corruptor”, el espectáculo de su debacle: una abdicación general ante el dinero, sus arreglines y sus facilidades. Peor que un abandono, una restauración. Porque el dinero no se contentó con los nuevos espacios que le acordaba una política salvajemente monetarista, sacrificando el empleo a la inflación. Rehabilitado en valor-patrón, tenía que corromper también los hombres y las ideas, devaluar la izquierda, perderla y desconsiderarla.”

A estas alturas debo sonar la campana para sacarte de tu ensimismamiento, y recordarte que lo que precede no se refiere al Chile de hoy, sino a la Francia de antes de ayer. ¿Dónde está la diferencia? A mi modesto modo de ver no hay ninguna, sino en la intensidad y la desvergüenza con la que la venalidad de una cierta “izquierda” chilensis levantó bandera de corsario para sumarse al despojo de lo que quedaba.

La lección francesa, que en otras épocas inspiró notables obras de Karl Marx –Las luchas de clases en Francia, El 18 Brumario de Louis Bonaparte, Las revoluciones de 1848 y el proletariado– ni siquiera le sirvió al partido comunista chileno para evitar la colaboración con los apostatas locales y la derecha que fue golpista.

Edwy Plenel analiza la composición de los gabinetes ministeriales de François Mitterrand, y señala que progresivamente fueron desapareciendo los militantes y dirigentes de los partidos de izquierda con alguna trayectoria, para cederle su lugar a los hombres de negocios, a los banqueros, a los patrones o a sus esbirros lobistas.

Plenel precisa:

“Durante esa década agitada por muy prolongadas impaciencias, deseos insatisfechos y apetitos contrariados, la invasión del interés general por los intereses privados se expuso con una indecencia y una grosería raramente igualadas, reforzadas por una mediatización tanto más invasora cuanto que también fue “privatizada”, convertida a los valores en alza: triunfadores, competitivos y líderes.”

Cualquier parecido con nuestra pinche realidad de país tercermundista con ínfulas de miembro de la OCDE, NO es pura coincidencia. Pasa que la costra política parasitaria no inventa nada, sólo mal copia, para pretender luego que está entregada a su propia “modernidad”.

¿Hace falta precisar que en mitterralandia las leyes las escribían las grandes empresas privadas, para luego infiltrarlas en el Parlamento gracias a diputados y senadores comprados a vil precio?

La gran diferencia con lo que ocurre en el campo de flores bordado reside en que no se llamaban Orpis –para mencionar sólo a uno– y la gran similitud era que cobraban, como los nuestros. Para ser justos, debo precisar que los franceses cobraban menos.

Entregadas al poder del dinero y a la dominación de los mercados financieros, las instituciones obraron en modo tal de favorecer a los amos. Desde luego podían afirmar, como se babea en Chile, que “las instituciones funcionan”. ¿Quién pudiese decir lo contrario? El caso es que funcionan en favor de quienes las controlan.

Si Mitterrand se dio maña para escribir “El golpe de Estado permanente” –su obra maestra en el ámbito de los ensayos políticos– criticando ferozmente la Vª República y su Constitución fundadas por Charles de Gaulle, arguyendo que con ellas se instauraba una suerte de monarquía constitucional, lo cierto es que llegado al poder se cuidó mucho de modificarlas. Mejor aún, renunció a su promesa de reducir el período presidencial de siete a cinco años, y se dio el lujo de ejercer la presidencia durante 14 años, el más largo período que haya cumplido presidente francés alguno.

Conservar el producto de un “Golpe de Estado permanente” ha sido la persistencia en el ser de la Concertación y su penosa prolongación tras la máscara de una improbable Nueva Mayoría. ¿Dónde está la diferencia?

Plenel entrega una explicación plausible cuando se trata de comprender tal proceder: “No se trata, escribe, de realizar el programa prometido al pueblo, sino de durar en el poder.” Con ese fin un Ricardo Lagos fue hasta terminar su período presidencial rodeado del “amor de los empresarios”.

Persistencia en el ser de quién –durante la dictadura– recorría Europa diciéndole a quién quería escucharle que él era “suizo”, o sea neutro, insípido, inodoro e incoloro. Ricardo Lagos, como Bachelet, no es de izquierdas ni de derechas: está donde lo ponen intereses no confesos.

Cereza arriba de la torta, no sólo “las instituciones funcionan”, sino que además Chile vive en un “Estado de derecho”. La noción de Estado de derecho está asociada al respeto de las leyes, y si se toma en cuenta que la nación –y su representación parlamentaria– no sólo está privada de iniciativa en materia legislativa, sino, lo que es aún peor, de soberanía y de poder constituyente, las leyes aprobadas son las leyes que emanan del Estado y de quienes lo controlan. De ese modo el Estado de derecho se transformó en el “derecho del Estado”.

Dime quién controla tu Estado y te diré a qué autoritarismo estás sometido.

Desde los albores de la existencia de Chile como nación pretendidamente independiente –dos siglos de mentira, si exceptuamos los mil días de Salvador Allende– la oligarquía ha persistido en su ser, en su dominación, en su apropiación de lo que no duda en llamar su “Club privado”.

Y el pueblo de Chile en su calidad de población sometida. Y los venales en su calidad de mercancía disponible. Con un detallito: no todos los que se venden valen la pena que los compren.

Nota: Ma part de vérité. Ed. Fayard. 1969. Citado por Edwy Plenel en “La part d’ombre”. Ed. Stock. 1992.

Luis Casado

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