Columnas
2015-07-13
1561 lecturas

Arturo Volantines
especial para G80

Prólogo a Participación del Choapa en la Guerra del Pacífico

I

Cabe preguntarse: ¿Por qué más de 50.000 ciudadanos de un país tan pequeño se asociaron a la “Guerra del Pacífico”? ¿Por qué la Provincia, que le había hecho al Estado dos guerras, se incorporó masivamente y fue fundamental para ganar la mayoría de las batallas? ¿Por qué esta misma Provincia, que era la Capital de la Cultura en Hispanoamérica de entonces, hizo que sus hijos más fuertes, ilustres y cultos tomaran las armas? ¿Por qué los hombres y mujeres de esta Provincia, y que conformaban la Generación Literaria Chilena del momento, adhirieron y cantaron a la Guerra? ¿Por qué los poetas Guillermo Matta, Carlos Walker Martínez, Delfina María Hidalgo, Rosario Orrego, Juan José “Pope” Julio, José Antonio Soffia, Ramón Escuti Orrego y muchos otros, fueron los principales convocantes? ¿Por qué los más notables intelectuales del momento y opositores al Gobierno, como Benjamín Vicuña Mackenna, José Victorino Lastarria, Domingo Santa María, Alberto Blest Gana, Valentín Letelier, Eusebio Lillo, Rómulo Mandiola y otros, se sumaron? ¿Por qué figuras tan relevantes de la cultura latinoamericana como Rubén Darío, Vicente Huidobro, Gabriela Mistral, Víctor Domingo Silva han rendido homenaje a estas Glorias chilenas?


No hay duda, que la Guerra del Pacífico tiene grandes y pequeños motivos, en el marco de controversias geopolíticas de los países americanos, y que aún persisten, abierta o solapadamente. Que Perú y Bolivia acudieran a La Haya, habla de esta controversia no resuelta. Estos países buscan recuperar lo perdido en la Guerra, que ellos mismos provocaron.

Y Chile busca mantener una normalidad que no existe. Será muy difícil resolver en el marco de los Tratados vigentes; pero tienen que ser estos rigurosamente respetados por el mundo, si no la vieja premisa sarmientiana no sería entre “civilización y barbarie”, sería entre barbarie y barbarie. Soy partidario de resolver la mediterraneidad de Bolivia —lo he dicho urbi et orbi—, pero eso no pasa por romper los Tratados, ni pasa por pasar sobre los cadáveres de nuestros antepasados.

El motivo de la Guerra, indudablemente, no es uno. Entre los grandes motivos están: la triple y secreta Alianza de Perú, Bolivia y Argentina ; no respetar el tratado de 1874 (la subida de los impuestos a mineros chilenos y su posterior expulsión del Norte); por ende, el deseo del Estado centralista de dominar y ordenar su Norte-Sur.

Entre los pequeños y numerosos motivos están: el deseo de los notables mineros atacameños, como Ossa, Almeida, “Manco” Moreno, “Chango” López , entre otros, de consolidar sus emprendimientos laborales; la visibilización de que la minería tenía que expandirse al Norte, ya que Coquimbo sufría de extrema sequía y pobreza; la reiterada esperanza de algunas provincias de tener mayor autonomía y, particularmente, de un mejor trato impositivo a las faenas mineras; un Estado ordenado y centralista, urticariado frente a un Norte con horizonte barbárico y con provincias sublevantes. Agreguemos: la reiterada y centenaria búsqueda del Perú de dominar el Pacífico a través de El Callao; además, el desorden gobernativo de Bolivia y su poco interés en el desarrollo del desierto de Atacama.

No hay dudas, que fue una Guerra Cívica, que al principio tuvo opiniones diversas e incluso opositoras en Chile. Pero, después que se estableció que Argentina se había unido a la Alianza y que su Parlamento había dado los recursos correspondientes  —Chile fiaba en Argentina—, empezó a implementar su Guerra Cívica y, luego, a ganarla notablemente. Para que ésta fuera Guerra Cívica , tuvieron que aparecer tres chispas a lo menos: conciencia de que Argentina estaba involucrada, la expulsión de los chilenos del Norte y el Combate Naval de Iquique.

Argentina apoyó el Pacto, y lo siguió apoyando solapadamente; incluso, con la incorporación de connotados oficiales al ejército Aliado . Argentina estaba dirigido por esos dos hijastros predilectos de Atacama, que habían ganado cultura, experiencia y fortuna en esta tierra: Domingo Faustino Sarmiento (Presidente) y Carlos Tejedor (Ministro de Exterior) , los cuales lograron que su Parlamento apoyara dicho Pacto. Chile, descuidado, finalmente se dio cuenta que tenía que enfrentar a tres países. Recién, tomó conciencia de la gran amenaza, y que el país necesitaba urgente unidad.

Cuando Argentina vio que Bolivia no se comprometía con resolver la “cuestión de Tarija” , cuando Domingo Faustino Sarmiento y Carlos Tejedor terminaban su mandato  y cuando el “Cochrane”  salía de los astilleros ingleses , comprendieron que iban a ser arrastrados por Perú a una guerra perdedora. Entonces, Argentina resolvió no involucrarse directamente y manejar una paz con Chile, que hasta ahora le ha sido muy provechosa en territorios y negociados, dejando a sus “hermanos” abancarse solos la derrota; que Chile, en ese momento, empezaba a propinarles.

Al bajarse Argentina, Chile pudo concentrarse en el norte. Surgió una alianza política entre liberales (Domingo Santa María) y conservadores (Manuel Montt—Antonio Varas). Luego del Combate Naval de Iquique, el ejército pasó de un poco más de 2.000 hombres hasta llegar a 50.000. Atacama y Coquimbo, que habían luchado en décadas pasadas contra el Estado centralista y que habían combatido contra tropas regulares con armas hechizas , estaban maduros para volver a luchar y, aún más, en el desierto que conocían perfectamente. Esto, sumado al papel de la Curia, que empezó a sepultar y asistir a los soldados con honores celestiales. Además hízose posible que grandes sumas de dinero fueran reunidas, para crear hospitales de sangre y ayudar a las familias de los difuntos.

Por otra parte, el trabajo de “inteligencia” fue notable, importantísimas para ganar batallas. Cuando la diplomacia superó sus primeras despreocupaciones, Alberto Blest Gana cumplió una función gigantesca, al conseguir todo tipo de armas, neutralizar las compras del Perú y apurar la entrega por parte de astilleros ingleses de los dos acorazados, lo que clausuró el propósito peruano de empezar la guerra antes, al tener la tremenda ventaja de dominar el Pacífico.

El Estado centralista, con burocracia de funcionarios muy bien pagados (un burócrata común ganaba más que un Capitán), empezó a zurcir su demoledor triunfo que lo llevó a ganar casi todas las batallas. Y en las pocas que no fue así, como el Combate Naval de Iquique, la Batalla de Tarapacá y el Combate de La Concepción, les fue tan costoso a los Aliados, que en todos los casos tuvieron que abandonar las cotas ganados. Pero, fueron hombres y no máquinas los que hicieron posible el triunfo: Antonio Varas, Domingo Santa María, Alberto Blest Gana, Guillermo Matta, entre otros, e indudablemente, tal vez el mejor Presidente de Chile: Aníbal Pinto. Éste, de bajo perfil, moderado siempre; no le gustaba la guerra, pero tuvo que asumirla y ganarla.

Cabe, también, preguntarse: ¿Chile pudo perder esta Guerra? Si Argentina hubiese participado, hubiéramos estado en el precipicio o debajo del volcán; Perú no logró su propósito de empezar antes la Guerra por las ventajas en el mar, aunque embaucó a Bolivia y, además, Argentina tenía esa sombra verde que se llamaba El Imperio del Brasil.

Pero, paradojalmente, las guerras se ganan en el campo de batalla. Hubo errores tácticos y estratégicos de Chile, pero fueron mucho menos que los de los Aliados. Está, por ejemplo, la Guerra de Guerrillas que Perú no hizo a las fuerzas invasoras; los errores de la batalla de Tacna: no atacaron antes, porque se perdieron en la niebla y cuando contraatacaron no tenían reservas; o después de Pisco, dejar que la brigada de Lynch avanzara amarrando pueblos; o no consolidar el territorio de Tarapacá, etc.

En la conducción chilena estuvo el método poco ortodoxo de Manuel Baquedano, pero tremendamente efectivo. Al saber que sus tropas eran mejores y mejores sus armadas, fue de frente y se manejó magistralmente con la caballería y la reserva. Contó con grandes oficiales, como Lagos, Dublé Almeida, Del Canto, Gorostiaga, Juan Martínez, Lynch, etc. Además, contó con Regimientos civiles que estaban estructurados con oficiales y suboficiales que sabían leer y que se habían incorporado desde la Universidad, Escuelas de Minas y Liceos. Y estos Regimientos civiles, habían obligado al Estado a reconocerles su origen y peleaban con sus propios nombres y banderas, como el Coquimbo, el Aconcagua, el Talca y otros y, fundamentalmente, el Atacama, que perdió la mayoría de sus hombres, pero ganó todas las batallas en que participó. ¡Qué decir de su papel en Pisagua, Los Ángeles, Tacna, Miraflores y Chorrillos! Muchos de sus hombres eran de Coquimbo y, especialmente, del Choapa, que habían dejado sus majadas y habían subido al desierto a trabajar en minería, en búsqueda de una mejor vida.

Los miles de muertos, mutilados y costos tremendos en la Campaña no fueron suficientemente cobrados. Muchos de los valiosos soldados, como Juan Portilla , que recibió siete balazos y después de recuperarse en el hospital de La Serena, le escribió a su Capitán —José María López del Regimiento Atacama — para volver al combate, fueron fundamentales en el triunfo.

Se inició, en nuestro país, una nueva forma de periodismo, donde los soldados enviaban cartas, fotos, pequeños diarios, recados, saludos y solicitudes diversas, que fueron profusamente publicadas. Hizo posible que esta Guerra se volviera ciudadana. Y que haya sido resonantemente ganada, gestando estela de comentarios: biografías de héroes, informes civiles y militares de las batallas y avances de las tropas. Ahora, después de tantos años, se siguen encontrando testimonios inéditos e incluso soldados de estos “batallones olvidados”.

Pero también, dejó una estela de miseria; fue muy difícil lograr el reconocimiento del Estado a sus ciudadanos y héroes de la Guerra. Los que retornaron, volvieron a pasar hambre; se tornaron andrajosos y piojosos, cargados de medallas, y con la tristeza de ver un Estado que los había abandonado y que prefería gastar sus recursos en funcionarios alcahuetes y bien pagados.

II

¿Valió la pena esta guerra? No; nunca una guerra es lo mejor; siempre es preferible un mal acuerdo. Pero, si eres arrastrado como piedra pequeña por un río grande y puedes perder una parte de tu cuerpo y sumirte en la desesperanza de no crecer y ser, sustancialmente, amenazado, resulta de Perogrullo defenderse. Y, además, de la pesadumbre de los hijos expulsados de sus fuentes de trabajo y del temor fundado, que el Teatro de Operaciones llegara a sus provincias.

Ya, Atacama había sido anexada, por Argentina , durante la Independencia, y el mariscal Sucre la recuperó para Bolivia, cuando la verdad, también sea dicha, Atacama pertenece a los atacameños.  Por ello, miles de estos hijos se enrolaron y murieron en los campos de operaciones. Los pequeños valles de estas provincias dejaron sus nidos para ir al combate y, especialmente, el valle del Choapa, que aportó grandes contingentes a diversos batallones y quedaron cientos entre los arenales o volvieron mutilados, para recibir el “pago de Chile”.

Era muy necesario que se recontara, se rememorara la participación del Choapa en la Guerra del Pacífico, para que el país sepa, de una vez por todas, qué grande fue el aporte de este Valle y como se desplegaron sus hijos heroicos; sobre todo, para que la contemporalidad le rinda el homenaje imprescindible, que no ha existido hasta ahora, ya que ni siquiera se nombran: ni las calles de estos pueblos llevan sus nombres.

El texto denominado: “Participación del Choapa en la Guerra del Pacífico (1879 — 1884)” de Joel Avilez Leiva es la portentosa relación del valle del Choapa; una visión luminosa de su quehacer desde sus orígenes; acumulación de su ethos y de su chispa hacendosa; un Choapa que relampaguea, paradojalmente, su invisibilidad Latinoamérica y, particularmente, es una tajada documentada y heroica de su participación en la Guerra del Pacífico.

Esta participación masiva, entusiasta, responsable y trágica no apaga su tesón regionalista ni le amordaza; sigue marchando como raíz que se expande por el desierto de Atacama. No solo es aquí, sino en toda su historia; el Choapa es cabalgata legendaria sobre arenales, durmientes, montañas, socavones, aguadas y camanchaca. La sangre del Choapa pobló Atacama desde antes; luego, ella y sus descendientes, así el óleo Delacroix, marcharon sobre Antofagasta y Tarapacá. Cuando fueron expulsados de ese sol, fueron los primeros en enrolarse en los Regimientos civiles más denodados, como el Coquimbo, el Atacama y el Segundo de Línea.

La mayor destrucción del Patrimonio Cultural de Chile ha sucedido, en los años recientes, en el Choapa. Sin embargo, Joel ensambla su historia desde el reiterado interés de este valle, para saltar desde la sequía, desde la ausencia del fruto generoso y desde la mezquindad del cielo, a con—textura que debemos asumir tan fructuosa, a pesar del látigo de su intemperie. Avanza, Avilez, desde las reiteradas crisis de la agricultura y faenas mineras, hacia la inmigración; a exponer, entre muchos fenómenos socioculturales del Choapa, la increíble hazaña de su pueblo, de aquí y de allá, en la Guerra del Pacífico.

Indudablemente, la Revolución de 1851 , encabezada por José Miguel Carrera Fontecilla y Pedro Pablo Muñoz Godoy y, luego, la Revolución Constituyente de 1859 , con el mismo Pedro Pablo Muñoz Godoy y Pedro León Gallo Goyenechea, revelan a esta tierra, y cómo asumen su ser regionalista y su participación con afilados corvos: en los campos con sus hermanos de más al norte. Este entrenamiento hizo, absolutamente como en todo el Norte Infinito (Coquimbo- Atacama), contar con un contingente entrenado y despierto. Cuando la Unidad Conservadora Liberal se hizo realidad fueron como dinamita, ya que el reclutamiento fue, desde asalariados a patrones; y fue también una oportunidad de salir de las dificultades de las crisis económicas que asolaban el valle.

Además de contextualizar la Historia del Choapa en la Guerra del Pacífico, Joel Avilez hace memorioso y profundo recuento de la participación ciudadana en la guerra. Parte, desde demostrar lo que iba a suceder en la Guerra, con la ya habitual efervescencia choapina en los sucesos del país. Por ello, este recuento no solo es del quehacer político, público y del aparataje del siempre poderosísimo Estado centralista, sino de lo que sucedió con esos hombres de vida cotidiana en el valle, en la gloria de la participación en la guerra contra la triple Alianza. Eran peones, mineros, patrones y clase emergente y culta la que acudiría al llamado; desde el Alcalde, el estudiante de medicina, el policía, el artesano, el patrón de fundo y el gañán, incluso la dueña de casa, que se convertiría en cantinera legendaria.

Entonces, comienzan a desfilar las hazañas de los choapinos magníficos. Matías Rojas Delgado , que se traslada a Copiapó y se convierte en Ingeniero en Minas; luego, en Comandante del Batallón Antofagasta y Alcalde de esa ciudad. Enrique Ramos Madrid , estudiante de Medicina, parte de soldado en el Atacama; sería el héroe en la Toma de Pisagua; volvería como oficial y, posteriormente, sería Gobernador de Illapel. José Rafael Salinas , quien dejó la Alcaldía de Combarbalá; se hizo oficial, y moriría gloriosamente al atacar un fuerte al terminar la Batalla de Miraflores. Fray José María Madariaga Reyes, quien en una mano tenía el rosario y en la otra una pistola en el desembarco de Pisagua; asistió a los enfermos, arengó a los soldados para que cumplieran con su deber, mientras su hábito se llenaba de perforaciones con las balas del combate. Y para qué decir de esa cantinera ejemplar, que fue María Quiteria Ramírez ; se enroló en el 2° de Línea, cayó luchando en la Batalla de Tarapacá —como la mayor suma de coquimbanos en toda la guerra—, y cayó prisionera, pero regresa a seguir combatiendo. Y los Torreblanca , que estuvieron en todas las batallas contra el Estado centralista y, especialmente, Rafael Torreblanca y sus hermanos, sobrinos y primos, que murieron aquí o allá, bajo la bandera azul de la estrella dorada.

El aporte del Choapa en soldados y marinos es macizo e increíblemente desconocido, especialmente al Coquimbo, al Atacama y al 2° de Línea. Muchísimos de ellos, vuelven en una notable lista, recuperada en este libro (más de 160 nombres), que merecen más que una medalla: Zenón Delgado del Hanta, Juan de la Cruz León, Juan Roque Rojo Hidalgo, José Rojas, Juan Andrés Ossandón Pizarro, José Jesús Olivares Caldera, Pedro Juan Astudillo Canea, Juan Esteban Navea, José Tobías Tapia, etc., etc. Es necesario señalar que es un trabajo larguísimo, exhaustivo, contracorriente; no siempre los directores de archivos y museos están disponibles para facilitar la investigación; más bien, son cancerberos. Por ello, el trabajo de Avilez ha sido posible solo por su franco amor al terruño.

Esta forma de periodismo, que se inauguró con La Guerra del Pacífico, encabezado por Benjamín Vicuña Mackenna, El Coquimbo(La Serena), El Constituyente(Copiapó), El Ferrocarril, etc., hizo que muchísimas cartas y comentarios de soldados y oficiales fueran recepcionados, y algunas, publicadas. Pero, por muchas razones, el Choapa parece que ha sido la lejanía misma: tal vez, por ser valle vértice de zonas más influyentes y pobladas, hasta ahora no se había conocido su producción y bibliografía respecto a la Guerra. Aún más paradojal, los tremendos aciertos de la laboriosidad, acuciosidad y perspicacia de Joel Avilez, de agregar testimonios de primera mano y, muchos de ellos, por primera vez publicados.

Es necesario señalar la abundancia de las fuentes y bibliografías de esta obra. Es un aparecer, y hacerse visible; viene a ocupar un lugar absolutamente necesario para los estudiosos del tema. Y es tremendamente beneficioso para este valle: que un hijo del mismo lugar haga aparecer documentos, que vienen a asolear un capítulo portentoso en la Historia de la Guerra del Pacífico. Que sea el ejemplo para asistir a una necesidad de reconocimiento y de restablecer al Choapa en la historia de Chile, y que la historia del centralismo chileno deje de ser una historia del Estado y sea la historia magna del pueblo chileno.

A la provincia del Choapa le fue posible escribir una página luminosa pero desconocida. Toda su existencia ha sido tenaz lucha por encontrar mayor plenitud; por ello, ha participado activamente en cada acción que se ha ido desarrollando desde los orígenes de la República. Se puso en tensión durante la Guerra en todos los ámbitos; desde la migración, donde sus hijos siguieron siendo choapinos laborando en medio de la pampa y en el empuje de sus residentes, ya sea participando como soldado o en la implementación de organizaciones para asistir a los gastos de la Guerra.

Por ello, tampoco resulta sorprendente que esta provincia haya seguido, después de la Guerra, madurando su destino, tal como lo demuestra Avilez, que señala el “proceso de construcción de identidad provincial…”, donde la población tuvo que participar en la reconstrucción por el terremoto de 1880, la extensión del ferrocarril, la construcción de un muelle, la creación de cuerpos armados, la creación de un servicio de salud, la implementación de tecnología que mejoraran la producción minera, entre otros.

El notable triunfo de Chile fue tan espectacular, que la Historia de la Guerra, sus operaciones y procederes en la Guerra; sus tácticas y estrategias, son estudiadas de la mayoría de las Academias Militares del mundo. Este triunfo, que modificó a Chile tanto en su geografía como en su ser, fue posible, porque más allá del Estado unitario, tuvo una gran fuerza moral y temple, una cultura más desarrollada, la fe y el entusiasmo, el buen entorno nacional político como económico, la definición de una causa justa , etc.

Y cuando las tropas volvieron, los Arcos de Triunfo y los recibimientos fueron apoteósicos, pero a poco andar, el Estado fue abandonando a sus hijos y a desconocer sus epopeyas. Los soldados entraron a una etapa de mendicidad, pobreza e intemperie; tuvieron, los inválidos de guerra, que fotografiarse desnudos para ser reconocidos como tal ; no bastaron las medallas; fue necesario tocar fondo. Sin embargo, este mismo Estado mantenía un enjambre de burócratas bien pagados. De estos héroes habla este libro; es una deuda que aún no se ha pagado; porque cuando los soldados mismos se buscan, o cuando los pocos que los nombran, o cuando se levantan de las fosas, suele ser el propio Ejército chileno que los vuelve N.N., como el caso del soldado, Miguel Segundo Mena Araya .

Este libro es anchuroso, totalizador, nos ubica en el contexto de Chile del conflicto bélico y del Valle del Choapa. Es profusa su bibliografía, documentos, reflexiones y su elaboración de conceptos y conclusiones. Los anexos se vuelven importantes y es como si ellos mismos nos hablaran; más bien, son los soldados olvidados que vienen a hacerse presentes como ciudadanos que se desangraron por su país. Los anexos también son el texto; son el espejo, porque lo que se lee somos nosotros, que somos descendientes, que a través de nuestro decir se vuelven el árbol que rememora, que recupera y que hace la piel del pensamiento escrito de la Región. Se fortalece el ethos cuando solo un hijo dice presente.

“Participación del Choapa en la Guerra del Pacífico (1879 — 1884)” es un volumen inmenso en carácter; es cuesco de fruto autóctono; es la participación de civiles que ganaron siendo: cargando el ser de esa provincia, como cargaron la mochila por los campos de batalla, donde se fueron macerando con sudor y sangre: trozos de piel, brazos, cuerpos insepultos, que aún después de 140 años se ganaron el derecho de estar en la historia oficial de Chile.

La ciudadanía del Choapa adscribió a la ola ciudadana que participó en la Guerra del Pacífico, en la marejada del Norte Infinito, que con entusiasmo y características propias participó con sus propias banderas, denotando sus diferencias, incluso exigiéndolas; esta provincia, con esas mismas diferencias, hizo aportes incuestionables, porque donde los profesionales de la guerra erraban; nunca, durante la guerra, los Regimientos cívicos fracasaron. Más allá de la táctica y estrategia, siempre fue una forma de ser en el mundo lo que avanzaba.

Esta forma de ser es la que habla en el libro. Y si es perentorio estar con ojos bien abiertos, en los próximos siglos, es porque estamos vivos, ya sea “polvo, sudor y hierro” o en el Patrimonio. Lo que no es este libro: un muerto; es cierto que es de lo invisible, pero afortunadamente, vivísimo.

ARTURO VOLANTINES,
Barrio Santa Lucía, La Serena

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