Columnas
2015-07-15
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Luis Casado
especial para G80

La derrota de Grecia, derrota de Europa

El título no es mío, sino de un destacado diario financiero parisino: La Tribune. El subtítulo lo dice todo: “Los dirigentes de la zona euro le impusieron un acuerdo en condiciones aún más duras, casi punitivas, a los griegos. Pero la derrota de Alexis Tsipras resuene como una derrota para toda la zona euro.”

Tal parece que esta vez no se trata de una retirada hacia el estrecho de Salamina, y que Alexis Tsipras no es Temístocles. Prudencia sin embargo, la máquina de desinformar sigue en marcha, la guerra psicológica no ha terminado. El drama del fracaso del euro y de una Europa sometida a Alemania –o lo que es lo mismo– a los mercados financieros, no hace sino comenzar.

Si Markel logró imponer su dogma, su irracionalidad y su egoísmo… ¿qué ha cambiado? Nada. La deuda griega sigue siendo impagable, como es impagable la deuda que arrastran otros países de Europa. De aquí a seis meses España no podrá pagar las pensiones a sus jubilados. Italia sufre, Francia resopla, Irlanda y Portugal se asfixian, Chipre muere. Ese es el éxito de Alemania, que emprende alegremente la tercera destrucción de Europa.

“Una no es ninguna, no hay primera sin segunda, ni segunda sin tercera…” dicen los estribillos de las canciones chilenas. Refranes que pudiesen figurar en alguna de las dolientes Lieds sin que sepamos si del género Volkslied o Kunstlied.

Según Ludovic Lamant, enviado especial de Mediapart (sitio independiente de noticias y de prensa de investigación) “El Consejo Europeo es una caja negra. Las discusiones de los jefes de Estado y de gobierno son un ritual secreto, al abrigo de las miradas. A penas dejan entrar algunos fotógrafos muy seleccionados para hacer algunas imágenes a la apertura de la Cumbre de Bruselas, para hacerse una idea del ambiente que reina en la gran sala del Justus Lipsius (el edificio del Consejo, bautizado con el nombre de quién preconizó una forma de estoicismo en el siglo XVI). Y durante esos minutos, los dirigentes sonríen como pueden”.

Vale decir que, como Drácula, el Consejo Europeo teme la luz. Todo a espaldas de los pueblos, nada que pueda ser conocido, debatido, aprobado o rechazado de cara a los ciudadanos por la tan cacareada democracia europea.

La ya mencionada publicación financiera va al grano, brutalmente: “Jamás, en la jerga europea, el término ‘compromiso’ fue tan poco adecuado. ‘El acuerdo’ alcanzado en la madrugada del 13 de julio entre Grecia y el resto de la zona euro tiene pinta de derrota para el gobierno griego. Una derrota que tiene un sentido para el futuro de la zona euro.”

Para explicar la derrota de Atenas, La Tribune señala que el jueves pasado Tsipras había aceptado el plan de los acreedores del 26 de junio, plan difícilmente aceptable para la mayoría parlamentaria de Syriza. Alexis Tsipras esperaba obtener un acuerdo sobre la deuda a título de “compensación”.

Desafortunadamente para él, dice La Tribune, los acreedores comprendieron inmediatamente que Tsipras temía más la salida del euro que el abandono de su propio programa: Tsipras no tenía Plan B.

Es lo que La Tribune llama un “error estratégico” del primer ministro griego en el póker mentiroso que jugaban los acreedores. El ÓXI (no) del referéndum fue una contraofensiva que Tsipras podía interpretar como un mandato para sacar a Grecia del euro. Lamentablemente, concluye La Tribune, Tsipras cometió el error de no preparar la salida. Eso fragilizó la posición griega. Hubiese podido ser su baza más fuerte, pero tal carta no entró en el juego.

“Para un pequeño país tan debilitado y endeudado como Grecia, la única fuerza en las negociaciones era la amenaza de la salida de la zona euro”, precisa La Tribune. Descartar tal eventualidad antes de que finalizaran las negociaciones fue como ir a la guerra sin llevar artillería. Atenas careció de cualquier medio de presión y se encontró desnuda frente al campo enemigo.

Peor aún, ahora son los adoradores de la anorexia del gasto público, los partidarios dogmáticos de los recortes presupuestarios, los gobernantes obedientes a los mercados financieros, los preconizadores de la austeridad fatal, quienes presionan con una eventual expulsión de Grecia de la zona euro, y aprovechan el impulso para echar pie atrás incluso en las pocas concesiones que la troika había hecho a lo largo de seis meses de duras negociaciones.

Esto es un triunfo improbable para Tsipras, Varoufakis y Tsakalotos: si había que demostrar que la Alemania de Merkel es egoísta, arrogante, dogmática e irracional, quedó demostrado con creces.

Sigmar Gabriel, presidente del SPD, la socialdemocracia alemana, entendió que su infamia debía superar la de la Canciller alemana y adoptó una posición aún más inflexible. Su propio partido lo desautoriza mientras el resto de la socialdemocracia europea hace como si apoyase a Tsipras, o al menos comprendiese lo que está en juego.

El socialismo francés adoptó una posición más favorable a Grecia que la que nunca tuvo su propio gobierno, el de François Hollande. De ahí que la primera víctima de esta payasada sea la socialdemocracia, siempre en primera línea cuando se trata de capitular sin condiciones ante el gran capital y los mercados financieros.

Sin más apoyos que los de su propio pueblo, Tsipras se encontró solo frente a una jauría embravecida, asustada como quedó del resultado del referéndum griego. Es evidente que la democracia y la Europa de los mercados financieros son dicotómicas, opuestas, irreconciliables.

Así, Grecia se ve imponer nuevamente la supervisión de la troika, la imposición del trabajo dominical, y la creación de un Fondo de € 50 mil millones provenientes de privatizaciones para recapitalizar los bancos, rembolsar la deuda y hacer inversiones productivas. Mark Rutte, primer ministro holandés, se da el lujo de escupirle en la cara a los griegos declarando que si el Parlamento griego no adopta estas reformas esta semana, Grecia podría ser excluida de la zona euro.

De rodillas, Alexis Tsipras exhibe magros “triunfos”: Grecia se queda, o más bien “se quedaría” en la zona euro, conserva la sede del Fondo de € 50 mil millones en Grecia (el Eurogrupo quería que estuviese en Luxemburgo, un paraíso fiscal), así como la reasignación de un cuarto de ese monto a la inversión productiva (el mismo monto que el reservado a los acreedores, o sea la mitad de lo reservado a los bancos).

Como quiera que sea, el único avance significativo fue obtener la apertura de una discusión sobre el reescalonamiento de la deuda. Tal plan aumentará aún más la deuda en razón de los intereses, y prolongar el periodo de rembolso sólo logrará alisar los efectos del aumento. Peor aún, Atenas está en muy mal posición para renegociar el periodo de rembolso, precisa La Tribune.

El diario financiero sostiene que “Los acreedores siguen aferrados al mito de la viabilidad de la deuda griega, mito que continuará costándole caro a Grecia que seguirá aplastada durante décadas por el peso absurdo de esa deuda, condenándola a una austeridad sin fin y a la desconfianza de los inversionistas”.

Alexis Tsipras aún debe hacerle aceptar este plan a su Parlamento, plan que no es sino la negación explícita de las votaciones griegas del 25 de enero y del 5 de julio. Es lo que querían los acreedores: borrar con el chantaje y las amenazas las decisiones democráticas del pueblo griego.

Los parlamentarios de Syriza tendrán que escoger entre provocar una crisis política desautorizando a su primer ministro y adoptando la decisión de salir del euro, o bien hacer como el Pasok (socialistas griegos) que optó por la obediencia a los mercados financieros. Tal perspectiva provoca la jubilación de Jean-Claude Juncker, presidente de Europa y gran organizador del fraude fiscal en escala industrial, que ya en enero quería volver a ver “caras conocidas”, o sea griegos dóciles y mansos.

¿Cuál será el desenlace de esta moderna tragedia griega?

Alemania y sus mascotas sueñan con que Grecia vuelva al redil, lo que significaría a sus ojos que la crisis y el peligro político desaparecieron. Sin embargo la procesión va por dentro. La sumisión de Grecia no sería sino chutear la pelota hacia delante, esperando la erupción de una nueva crisis, española, italiana, francesa, portuguesa, irlandesa, chipriota, o todas al mismo tiempo.

Entretanto, el diario británico The Guardian califica el comportamiento del Eurogrupo con relación a Grecia de “desencadenamiento de la venganza”. Esa es la Europa que quieren imponer Merkel y los mercados financieros. Si hasta ahora habían algunas dudas, ellas quedaron despejadas. Definitivamente.

La Tribune, que decididamente muestra que la prensa financiera puede ser lúcida, señala que ahora sabemos “que el euro no es sólo una moneda sino una política económica fundada en la austeridad.”

Tsipras apostó a cambiar esa fatalidad desde el interior, generando en su seno otra política económica. Lo sucedido en la noche del 12 al 13 de julio prueba que eso es imposible.

“Los acreedores, dice La Tribune, rehusaron claramente una reorientación de la política de austeridad presupuestaria que, para un país como Grecia –y para Francia, Italia y los otros, agrego yo– no tiene ningún sentido y le impide reactivar su economía.”

Se continua imponiendo esa lógica que funda el pensamiento económico alemán (y chileno…): la reducción de la deuda y la consolidación presupuestaria (Chile va hasta el dogma idiota del superávit estructural) tienen prioridad sobre el crecimiento económico que no puede ser el fruto sino de “esfuerzos dolorosos” (esfuerzos de la población, desde luego, no del gran capital).

“Incluso –concluye La Tribune– en un país económicamente en ruinas que demostró empíricamente el fracaso de esa lógica”.

Si Alexis Tsipras perdió su apuesta, agrega el diario financiero, él no es el único culpable. Francia e Italia también lo son, porque al validar las reformas iniciadas en el año 2011 en la zona euro (Two-Pack, Six-Pack, Mecanismo Europeo de Estabilidad Financiera, semestre europeo, pacto presupuestario) aseguraron la preeminencia de esa lógica.

Franceses e italianos son responsables de la radicalización alemana y la de sus compinches. Francia e Italia la prepararon con su estrategia de concesiones a Berlín, equivocándose sobre su capacidad para modificar la posición alemana en el futuro.

No muy sorprendentemente, las conclusiones que saca La Tribune son favorables a una posición aún más radical que la de Tsipras y la de Syriza. Las medias tintas, asegura el diario financiero, no llevan a ninguna parte. Lenin no los hubiese desmentido.

El gobierno de Europa, dice La Tribune, existe y no acepta ninguna excepción, así fuese la más moderada. Quién quiera cuestionarla se transforma en un enemigo del euro, o sea de Alemania y sus intereses.

La diabolización de Syriza durante seis meses lo prueba. Ese partido nunca quiso derrumbar el orden europeo, el gobierno griego hizo amplias concesiones muy rápidamente. Pero su demanda de un tratamiento más pragmático del caso griego conducía a un cuestionamiento de la verdad absoluta de la lógica de austeridad. Para Alemania quedó claro que tenía que golpear fuerte para prevenir toda veleidad de insumisión al orden establecido.

“¿Cómo –se pregunta La Tribune– explicar de otro modo el encarnizamiento frente a Atenas este fin de semana, esta voluntad de venganza?”

Alexis Tsipras había cedido casi en todo, pero no fue suficiente. Había que humillarlo para que se convirtiese en un ejemplo para quién quisiera imitarlo.

El problema es que ahora la identificación entre el euro y la austeridad es total. Así como la identificación entre las decisiones del Eurogrupo y los intereses alemanes. Es un magnífico regalo a los euroescépticos que de ahora en adelante saben que la salida del euro es la condición sine qua non de un cambio de política económica.

El debate que agitaba aún la izquierda consecuente de Europa fue zanjado por sus propios enemigos: con Alemania, el Eurogrupo y los mercados financieros sólo sirve la política de la fuerza, la amenaza y el chantaje. Es decir, las mismas armas de las cuales ellos se sirven para someter a toda Europa.

La posibilidad, ¡qué digo!, la necesidad de salir del euro como paso previo a todo cambio de política económica quedó demostrada. La zona euro ya no es un proyecto político común, que supondría la toma en cuenta de los intereses de todos sus Estados miembros, señala La Tribune, sino el lugar de la dominación de los débiles por los fuertes, en donde los primeros no cuentan.

Nada nuevo bajo el sol. La solidaridad intra-europea es un chiste.

Aquellos que no se someten a la doctrina oficial deben rendir sus armas o irse. Alexis Tsipras no le mintió al pueblo griego pretendiendo reequilibrar la zona euro: él no conocía la naturaleza de esa zona. Ahora la conoce, y los europeos también. De ahora en adelante nadie puede pretender ni ignorancia ni ingenuidad.

Creyendo haber triunfado y haber impuesto el silencio en las filas, Wolfgang Schäuble, ministro de Finanzas alemán, y Angela merkel, la canciller alemana, no han hecho sino abrir la caja de Pandora, asegura La Tribune. Poco importa que Grecia se quede en la zona euro: ahora todos saben que la salida del euro es el precio de la soberanía, la libertad y la defensa de los intereses propios.

En vez de ser la moneda que acercaría a los pueblos, el euro devino en el instrumento de su sometimiento. El Banco Central Europeo distribuye el euro, no en función de las necesidades o los intereses de los pueblos que lo utilizan, sino en función de criterios financieros que ocultan un designio político.

¡Una fuerza exterior puede privar a cualquier pueblo europeo de su propia moneda!

La resistencia de Alexis Tsipras no fue inútil porque desveló la inexistencia de la legitimidad democrática en Europa. Nadie, excepto él, ha osado poner decisiones de tal envergadura en manos de su pueblo. Si los países del Eurogrupo alegan que los griegos no pueden imponerle sus propias decisiones a los otros pueblos europeos, lo cierto es que ninguno de ellos osaría darle la palabra a sus propios ciudadanos.

La Tribuna afirma que este lunes la democracia griega fue negada por sus “socios” europeos. Se negó la decisión de los griegos, y se les impuso la decisión de gobiernos extranjeros que nunca recibieron ningún mandato en ese sentido. Se impuso un “protectorado” financiero. ¿Alguien osará hablar nuevamente de democracia en Europa?

Si el presidente francés François Hollande promete más integración en la zona euro para los meses venideros, ya sabemos a qué atenernos. Mientras tanto, Angela Merkel actúa apoyada por la derecha y la socialdemocracia alemanas.

Firmando así la derrota de toda Europa.

Luis Casado

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