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Columna G80: Dauno T贸toro Taulis : De los viajes y los viajeros (Parte II de IV)
Columnas
2015-07-23
1688 lecturas

Dauno T贸toro Taulis
especial para G80

De los viajes y los viajeros (Parte II de IV)

El ser humano, a lo largo de su breve historia (cuando se la considera en la escala de los tiempos lineales del Universo o de nuestro planeta), ha buscado respuestas a preguntas tan fundamentales como abstractas. En este continuo de cuestionamientos, que transitan desde “¿qué es la vida?” hasta “¿por qué cae una manzana que se desprende de su rama?”, lo que se ha ido acumulando es aquello que entendemos como conocimiento. Y éste puede ser empírico, vulgar o de sentido común, (la manzana liberada no se pierde en las alturas); o teológico (la vida ha sido insuflada por decisión divina). El primero no aporta explicaciones que justifiquen dicho conocimiento, sino únicamente constataciones, mientras el segundo resulta irrefutable y perfecto, por cuanto depende de fuerzas que no requieren de modelos ni de mecanismos de predicción, sino sólo de la fe. Pero hay otra forma de conocimiento que no se basa ni en la reiteración inexplicable ni en la perfección sobrenatural, por cuanto excluye a la perfección como centro de las preguntas y de las respuestas. Este es el conocimiento científico que, de acuerdo con el filósofo Karl Raimund Popper, está constituido por sistemas de teorías perfectibles que buscan explicar el Universo que nos sostiene mediante conjeturas contrastables con la realidad e hipótesis de las que surjan modelos que expliquen el todo con precisión y que, cuanto más fenómenos abarquen, permitan predicciones más acertadas de los eventos futuros en la Naturaleza. El filósofo austríaco plantea, abundando el la perfectibilidad de las teorías (en su principio de “falsabilidad”), que cualquiera de éstas que no pueda ser desmentida fehacientemente mediante al menos un solo hecho que la refute, podrá ser aceptada como provisionalmente cierta, aunque no sea posible verificarla con absoluta certeza. Así, la acumulación del conocimiento es de carácter algorítmico y se distancia de la subjetividad del sentido común y de los dogmas de fe, sin renegar de la fuerza de los primeros como crisol de las preguntas, ni desdeñar del segundo como potencial resguardo subjetivo de las dudas de la humanidad.

A lo que la ciencia apunta, su búsqueda fundamental en la acumulación de conocimiento (según Albert Einstein), es a rebasar el cálculo de probabilidades para alcanzar una teoría del todo, una que despeje certeramente las incógnitas acerca de la estructura de la materia, así como de sus orígenes, comportamiento y destino. Pero ante las urgencias puntuales de la humanidad, ¿qué importancia podrá tener alcanzar dicho conocimiento integrador? En otras palabras, ¿para qué sirven las ciencias y los científicos en el trajín cotidiano de nuestra atribulada especie? Se trata de un asunto de perspectiva y de escalas.

Europa, en el siglo XIII, era una tierra oscura de negros vaticinios y arraigados temores. Lejos de ser el continente de la pujanza y cuna de la modernidad occidental, sus ciencias y oraciones estaban marcadas por el pavor, el veto y el cadalso, por las pestes y las guerras intestinas. Comenzaban a crecer las concentraciones urbanas en torno a los palacios del poder feudal y aumentaba la demanda de bienes de consumo. Los productos del Cercano Oriente invadían los puestos del mercado y las plazas comenzaron a oler a almizcle y pimienta. Los señores feudales desdeñaban del comercio como la más impura de las artes y aborrecían del divorcio creciente entre ciencia y religión como de la blasfemia misma. En el otoño de 1298, en una cárcel genovesa, Marco Polo dictó a su compañero de celda, el escritor Rustichello, su libro "Del millón de maravillas del mundo". El texto, que relataba las aventuras y observaciones de un joven que a la edad de 17 años, junto a su padre Niccolo y su tío Maffeo, se embarcara rumbo a los dominios del gran Kublai Khan, se transformó en los siglos venideros en lo que podría considerarse la primera bitácora científica del hombre en su viaje hacia lo infinitamente grande y lo indescriptiblemente pequeño.

Ciento veinte años después, Enrique el Navegante fundó en Sagres la primera escuela naval y se lanzó a la exploración de las costas occidentales de África, inaugurando el tráfico de esclavos que, hasta principios del siglo XIX, significó el trasvasije forzado de 22 millones de personas hacia tierras americanas, llevando al “nuevo continente” tropillas de animales domésticos, cereales, vid, olivos, legumbres, arroz, frutas y azúcar, apropiándose a cambio de la papa, el tomate, el maíz y el tabaco, experimentando con hibridaciones, mutaciones y adaptaciones. El comercio y la ciencia, de la mano, habían continuado el incesante periplo de la humanidad, y con ellos viajaba, sin conciencia de aquello, el secreto de la vida, encapsulado en largas fibras contenidas en el corazón de las células de cada planta, animal, explorador y esclavo. Ciencias: el mar en que navegan los exploradores de ayer, de hoy y del futuro; fuente de las fabulosas riquezas de la industria del mañana. Al decir de James D. Watson, tanto el Proyecto Apollo, que en los años '60 tenía la ambición de llevar a un ser humano a la luna, como el Proyecto Genoma Humano y la búsqueda de la fusión nuclear, son aventuras que abren la puerta a cambios radicales y dramáticos de nuestra existencia.

A pesar de la evidencia histórica, hay preguntas que han permanecido planteadas en nuestro país de modo permanente.¿Por qué desviar recursos necesarios para atender necesidades urgentes y presentes hacia una actividad que no brinda resultados de modo inmediato? ¿Qué relación hay entre investigación científica y desarrollo nacional? ¿Deben los profesionales que ejecutan la ciencia chilena participar en el debate respecto de las prioridades de investigación? ¿Es capaz este país de generar espacios de investigación, coherentes y dignos? ¿Si partimos del supuesto que el país no requiere de científicos, sino de técnicos, para qué formarlos? Es esta una tendencia predominante en todas las autopistas con señales camineras que aseguran la incierta llegada al desarrollo en la próxima salida.

El asunto de la modernidad, cuando visto desde el microscopio, el telescopio, la ecuación precisa o el mágico holograma, presenta cojeras en patas fundamentales. No en balde ciertas autoridades asesoras de la Presidencia de la República en materia científica, en pasillos y discretos rincones, han llegado a lamentar el estado de pantanoso presente y legamoso futuro de las universidades chilenas; mientras otros, orgánicamente responsables de nuestro mañana colectivo, como lo fuera en su momento el viceministro de CORFO y subsecretario de pesca durante el gobierno de Ricardo Lagos, Felipe Sandoval, no titubean en asegurar que ninguna de las dependencias del Estado asociadas al desarrollo de la investigación y de la tecnología requiere de científicos formados en el rigor del pensamiento puro, “no nos hace falta personal de esas disciplinas”, dictaminó en su momento Sandoval, quien luego fuera nombrado para presidir la multigremial Salmón Chile.

“La verdad es que al respecto hay variadas opiniones”, dice el Doctor en Física Experimental Leopoldo Soto, investigador en la Comisión Chilena de Energía Nuclear y quien fuera además Presidente de la Sociedad Chilena de Física, refiriéndose la aseveraciones de este tipo, “digamos que es un debate abierto, pero debe sostenerse como base que la física contribuye al desarrollo del conocimiento y de la cultura universal y nacional, y este conocimiento puede ser canalizado a través de aplicaciones muy concretas, y por tanto destinarse a mejorar las condiciones de vida de la humanidad. Ninguna de las cosas que hoy funcionan en cualquier casa particular está ajena a principios físicos que sentaron las bases para su invención y desarrollo. La ciencia permite a la nación desarrollar profesionales de alto nivel, agregar valor a los recursos naturales y, en general, entrega al país educadores con experiencia en la generación de conocimiento… Pero el aporte de la ciencia no termina ahí, el conocimiento que nos pueda brindar fortalece a un país y a sus ciudadanos, pues debe entenderse que la traba fundamental a la libertad es la ignorancia”.

Agrega el Doctor en Bioquímica, académico de la Universidad de Chile y Presidente del Consejo de Sociedades Científicas de Chile, Jorge Babul, que a la ciencia debe incorporársele en el ámbito de la cultura, que ese debe ser el enfoque que prime en la Comisión Presidencial que hoy discute acerca de las políticas oficiales en esta materia, por cuanto su misión es avanzar en la acumulación y generación de conocimiento. Hay quienes que -tanto en el Estado como en el mundo de los propios científicos y mayoritariamente en el sentido común de la opinión pública- piensan que la ciencia es sólo aplicación tecnológica, que esa es su misión. Según la mirada de Babul, Esta es una mala interpretación de lo que se conoce como método científico, “pues en definitiva, la ciencia es un sueño, algo que se le ocurre a alguien y que luego, mediante los métodos que tenga a su disposición o aquellos que sea capaz de desarrollar, intenta demostrar que aquello que se le ocurrió es cierto. El problema”, agrega el Doctor en Bioquímica, “es que podríamos investigar todo, sin límites, pero antes hay que preguntarse qué es lo que uno quiere encontrar, para lograr que exista un equilibrio entre la curiosidad del científico y el avance en el bienestar y la calidad de vida de todos, pues si se dispone de recursos del Estado, recursos de todos los chilenos para la investigación científica, los resultados deben apuntar, aunque sea a futuro, a un conocimiento que tenga utilidad práctica y que nos permita vivir mejor. En este sentido, la consigna desde el Estado es que los recursos disponibles no están ahí para que el científico se entretenga, sino para que aquello que hace sirva para algo”.

Para Luis Huerta, Doctor en Física, Investigador de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Talca y miembro del directorio de la Sociedad Chilena de Física, “la gente valora el trabajo de los investigadores, aunque puede haber ciertos estereotipos en el entendimiento de la tarea, una imagen del científico volado que se la pasa pensando en cosas fascinantes que no tienen aplicación práctica; una labor más vinculada al arte que a la ingeniería o a la economía”. Por eso, recalca, hay trabajo que hacer para que esa valoración sea en toda la dimensión de la ciencia, pues “esta genera impacto cultural y económico pero, sobre todo, el público debe darse cuenta que las aplicaciones de la ciencia pueden venir del conocimiento generado en el país y no de los inventores de Estados Unidos o Europa”.
En lo que la mayoría de los científicos concuerda es que es obligación comunicar al país lo que hacen y generar las externalidades de su trabajo, incorporarse o diseñar programas de transferencia de conocimiento y producir material para la educación. “Algunos instrumentos de financiamiento incluyen el ámbito divulgativo como obligatorio y se evalúa y se premia la originalidad, como es el caso de los proyectos de la Iniciativa Científica Milenio. Esto debe ser general y, aún más, obligatorio”, recalca Huerta, “pues el país debe destinar recursos para un proyecto específico de ciencia aplicada (ciencia+tecnología+innovación) que sea de interés nacional”.
Un interés nacional, tanto del Estado como de la ciudadanía, que entienda que la ciencia y la tecnología no son sinónimos, pues como expresa el Doctor en Ciencias de la Informática y académico de la Facultad de Ciencias de la Computación y de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile, Claudio Gutiérrez, la causalidad va en el sentido de que la tecnología es la que manda en la agenda de los científicos pues hoy, como casi todo en nuestro país, la ciencia y la tecnología han sido dejadas en manos del mercado y del individualismo, haciendo de los investigadores una suerte de científicos-empresarios que deben gestionar sus carreras, las de sus asistentes y las áreas de investigación, lo que tiene como resultado anexo una comunidad científica disgregada y una tendencia a pensar que las ciencias no son rentables en el corto plazo en un país como el nuestro.

La anterior es una postura claramente de corte político. Quienes piensan que los científicos deben restringir su opinión al ámbito del laboratorio o al de sus publicaciones en revistas especializadas, se sorprenderán al saber que no son pocos los investigadores que han suscrito una postura altamente crítica al estado actual de la Nación y su ordenamiento jurídico y político, como lo expresa la ponencia de Leopoldo Soto y Luis Huerta en representación de la Sociedad Chilena de Física ante el Consejo Asesor Presidencial Contra los Conflictos de Interés, el Tráfico de Influencias, y la Corrupción, presidido por Eduardo Engel y que entregara sus resultados, emanados de consultas a diversos representantes de las más variadas esferas de la sociedad chilena, hace algunos meses.

En esta presentación expresaron que los científicos deben justificar adecuadamente frente a la sociedad el papel que juegan y cómo su trabajo favorece la producción de bienes públicos y el desarrollo del país. Se debe entender, señalaron, por qué existe un ámbito científico-tecnológico que involucra recursos públicos, los que muchas veces pueden considerarse como no prioritarios ante otras necesidades. Todos los proyectos científico-tecnológicos financiados con fondos del Estado deben incorporar un área de extensión y transferencia, debidamente evaluada en su pertinencia e impacto, sea ésta en el ámbito propio de la investigación como en su contribución al mejoramiento de la educación en sus distintos niveles. Si bien esto ya está siendo incorporado en los proyectos de la Iniciativa Científica Milenio, de CONICYT, y de FONDECYT, debe ser profundizado. Los ciudadanos tienen derecho a estar informados y el país necesita acceder a una cultura en ciencia y tecnología. La libertad individual, la soberanía de un país, el bienestar de la ciudadanía y la democracia se ven amenazadas cuando prima la falta de información y la ignorancia. Sólo un pueblo informado, educado y con cultura estará en condiciones de profundizar la democracia, respondiendo tanto a sus deberes, como disfrutando de sus derechos. Chile necesita generar una institucionalidad con la suficiente discusión ciudadana, pilar fundamental es la generación democrática de una constitución actualizada a los desafíos del siglo XXI.

Para Luis Huerta no hay contradicción entre una propuesta política como la anterior y la búsqueda de respuestas acerca de cómo se originó el Universo o el conocimiento puro. “Sin embargo”, aclara, “creo que hay que hacer una diferencia entre nuestra realidad y la de un país como Estados Unidos o los que integran la Comunidad Económica Europea, pues una cosa es la ciencia en el sentido universal y otra el científico que está en un lugar específico del mundo. Mi temor es que acá prime el prejuicio de que no podamos crear tecnología a partir de la investigación, o que en Chile no puedan surgir inventos como el transistor, o una terapia que cure una enfermedad hasta ahora incurable. Esto hace que la ciencia en Chile se perciba como conocimiento per se, fascinante pero desconectado de lo que se considera urgente o prioritario”.
Para avanzar en este cambio de paradigma, como sostiene el Doctor Jorge Babul, deben unirse las partes, lograr de modo concreto la relación y trabajo conjunto de las distintas disciplinas científicas en busca de proyectos que integren la investigación pura con las necesidades urgentes de un país como el nuestro, que vive de los commodities y de la extracción y explotación de sus recursos naturales, sin tomar conciencia que éstos son finitos, que se van a agotar tarde o temprano y que hay mucho que hacer en materia de salud pública, de recursos hídricos, de abastecimiento energético, de control de la contaminación atmosférica y de los cursos de agua, de la salud e independencia alimentaria de la población. “Estos dilemas se resuelven únicamente mediante políticas concretas e integradas de desarrollo”, asegura. Un elemento que atenta claramente contra la existencia de dichas políticas es la gama de investigaciones que se realizan en Chile, que no supera el cinco a diez por ciento de las que se hacen en el resto del mundo. “El país no debe aislarse del resto, o dejar que todo se haga fuera de nuestras fronteras”, señala Babul, “y son los científicos los que están trayendo a Chile lo que se está haciendo en el resto del planeta”.

Para el Doctor Leopoldo Soto, en esta materia “hay un contrabando ideológico muy fuerte en el país. Se deciden determinadas prioridades a nivel central, pero nadie parece tener nada que decir respecto de la vinculación de estos temas con el modelo de país que queremos. Eso es algo que parece que ya se discutió, pero nadie sabe quiénes ni cómo lo hicieron. Se dice con mucha soltura de cuerpo que hay que hacer investigaciones que rindan frutos inmediatos, y los científicos podemos o no estar de acuerdo con ese concepto, pero también tenemos derecho a preguntarnos quiénes están tomando estas decisiones que, a la larga, tendrán un tremendo impacto en nuestro modelo de nación. Los científicos debemos ser considerados en esta discusión pues somos nosotros quienes ejecutaremos estas decisiones. Ese es un mal endémico en este país y que atraviesa todos los campos de la vida nacional: nadie consulta a los ejecutores de las decisiones copulares y, aún más importante, no se incorpora a la ciudadanía en la discusión, aunque la investigación se hace con su dinero y se supone que es a ella a quien debe beneficiar”.

Pero la materia prima existe, hay numerosos investigadores formados y con capacidades de alto nivel y rendimiento. “Más allá de los esfuerzos individuales de algunos académicos, de iniciativas aisladas del sector productivo por desarrollar investigación, y a pesar de la falta de apoyo y dirección de los institutos públicos”, agrega Soto, “ha sido durante las últimas cinco o seis décadas que, paulatinamente, se ha logrado generar y contar con una cantidad de investigadores profesionales que, en el área de las ciencias naturales y exactas (biología, química, física y matemáticas) permite hablar de la existencia de una comunidad científica. Estos científicos se han organizado en sociedades por disciplina y, en algunos casos, por especialidades. Esto ha ido en paralelo con la institucionalización de la actividad de investigación en Chile”.

Toda esta discusión y las propuestas señaladas podrán resultar baladíes sin una institucionalidad dispuesta a la transformación requerida. ¿Existe hoy en Chile una definición clara de parte del Estado para una Política Nacional de Ciencias y Tecnología? ¿Cuáles son los aspectos fundamentales que una política de esta naturaleza debiera contemplar y en las que debería hacer énfasis?
Actualmente no existe ni una política ni una visión clara que permita construirla de manera consistente. Pero, la creación de instituciones como las que se han señalado anteriormente ha sido una respuesta organizacional y presupuestaria de los distintos gobiernos ante las reivindicaciones de la comunidad científica, sin que se expresen en mayor sensibilidad por el tema de fondo: lo que debe investigarse.
Para el Doctor Claudio Martínez, director del Centro de Estudios en Tecnología de Alimentos, el Estado no ha definido una política clara en Ciencia y Tecnología, “los distintos gobiernos han intentado implementar lineamientos particulares que no logran extenderse más allá de sus periodos y que responden a asesores circunstanciales y que luego, en la siguiente administración, son reemplazados por otros expertos. Así, hemos visto que desde 1990 a la fecha se han sucedido varias iniciativas que no se consolidan en políticas de largo aliento. Cualquier política en esta materia debería apuntar a resguardar la independencia del país con base en un desarrollo sostenible y democrático. Esto quiere decir que se debiera favorecer la formación de capital humano, de base y avanzado, en el contexto de áreas de desarrollo que sean de interés nacional, que fortalezcan las instituciones permanentes con un alto impacto social, incluyendo al sistema privado, con incentivos tanto opcionales como impositivos. Del mismo modo, se debiera hacer énfasis en el fortalecimiento de una infraestructura que permita la consecución de los objetivos estratégicos en planes definidos democráticamente”.

No obstante, la comunidad científica ha sido capaz de influir en que CONICYT sea una institución respetable y confiable para asegurar el impacto de gran parte de los fondos que distribuye. En conclusión, hay una base sobre la que construir.
Pero, ¿qué es lo esencial cuando de plantearse una política de largo aliento se trata? Un elemento fundamental para una política de Ciencias y Tecnología es crear una institucionalidad de nivel estratégico que defina el espacio-tiempo global, de largo plazo. Una entidad de rango constitucional, con representación democrática e idoneidad técnica, con base en el proyecto de desarrollo social, económico y cultural de Chile. Entre otras cosas, esa entidad debe ir acompañada de mecanismos de evaluación de medio término y determinar la retroalimentación  necesaria. Dada esa institucionalidad, todo lo demás, la definición de prioridades, la articulación de éstas con otras políticas públicas, la creación de los respectivos instrumentos de fomento, el presupuesto fiscal en una proporción del PIB equivalente a los países de la OCDE, tendrán destino. Por lo tanto, no es un ministerio lo que se requiere. El ministerio es útil sólo para la organización administrativa de la acción de un gobierno determinado, o para hacerlo más sensible o ejecutivo respecto de las demandas locales de la comunidad científica, pero su vigencia es de cuatro años y eso es insuficiente.
“Hoy tenemos una base mínima, pero razonable, para construir un sistema de Ciencias y Tecnología articulado con las políticas del país”, reconoce el Doctor Soto, “tenemos agencias confiables de financiamiento para la investigación, para la formación y el perfeccionamiento de investigadores, para el equipamiento. Existe una comunidad científica autoexigente, competente. Pero necesitamos las orientaciones prioritarias, la mirada del país como un todo y orientada al futuro. Más allá del tema específico de la ciencia, el país necesita ámbitos donde las políticas sobrevivan a los períodos presidenciales. Para eso, la institucionalidad estratégica debe tener rango esencialmente constitucional”.

Para que esto sea posible, como opina el Doctor Gutiérrez, lo primero es tomar conciencia que existe una dicotomía entre las políticas de desarrollo científico y tecnológico en los países centrales (Estados Unidos, los europeos, antes la Unión Soviética y recientemente China) y en los postcoloniales, entre los que se inscribe Chile. Según asegura, vamos atrasados en el estado del conocimiento, bicicleteando los recursos y los resultados, “pero la tecnología y las ciencias, al igual que la economía o la guerra, son juegos en los que nadie te pregunta si acaso quieres jugarlos. O juegas o pierdes de antemano. Así es como se extiende la duda entre si acaso debemos pegarnos a las faldas de un país grande en investigación, esperando crecer por rebote, o apostar a la independencia, para crecer de modo autónomo mas no aislado, compartiendo el conocimiento sin depender del que nos llegue de afuera, y en concordancia con nuestra realidad específica”.
Los científicos opinan. Se inmiscuyen en las políticas nacionales en órdenes de cosas que van más allá de sus propias disciplinas específicas. Sin embargo, hay temas de vital trascendencia que aún no han sido resueltos y que constituyen una base inicial sin la que será imposible avanzar en una política nacional en ciencias y tecnología. Por un lado, los mecanismos y formas del reconocimiento del trabajo de los investigadores e investigadoras en ciencias teóricas y experimentales. Por otro, y de manera urgente (por cuanto representa una verdadera afrenta a la dignidad de quienes trabajan en el fabuloso mundo de las preguntas fundamentales de la humanidad), se debe resolver el desequilibrio existente entre los propios miembros de las comunidades científicas: el dispar acceso a los contratos, a las prestaciones sociales, a la seguridad laboral, al reconocimiento por el esfuerzo y la dedicación de estos profesionales. Ahí están los delantales blancos, fuera de las universidades y de los institutos públicos, en las calles, exigiendo Ciencia con Contrato en un país en que se les exigen muchos deberes y se les ofrecen nulos derechos.
Los navegantes están capacitados. Las rutas están trazadas. El mundo ansía sus descubrimientos. Los navíos aún esperan el arribo de los mástiles y que las joyas de la corona permitan el zarpe, de lo contrario, se impondrá la necesidad de un motín a bordo.

(Continuará)
Leer parte I

Dauno Tótoro
Escritor, director y editor de Ceibo Ediciones. Estudió Licenciatura en Biología en la Universidad Católica de Chile.
Artículo publicado originalmente en www.elmostrador.cl el 8 de julio de 2015

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