Columnas
2015-09-02
1557 lecturas

Daniel Pizarro
colaboración de POLITIKA

La ruta del café

Uno como usted, o como yo, esclavo de los horarios de oficina; uno que soporta, se adapta, se acostumbra; uno que ha hecho su rutina entre paneles de metal y aire acondicionado, con vista a los muros de éste y otros edificios; uno que en casa no sabría qué hacer, desesperado ante el vacío de las horas; uno que prefiere el tedio reglado entre informes y reuniones; uno –el mismo– que se promete trabajar hasta el último día de su vida (imagina que ese día lo sorprenderá en la oficina, sentado al escritorio, y que la cabeza se le desplomará sobre el teclado del computador, y listo, ya zafamos invictos del dolor y el miedo).

Uno así: éste.

Sale a la calle a tomarse un café.

Uno como usted o como yo, pero mejor calificado, más instruido en lo que corresponde, arrastra por la vereda una larga cadena de gastos hacia el café. Como usted o como yo.

Una cadena más pesada, pero que apenas siente; la ha incorporado a la contabilidad del mundo por el cual se mueve. Su inventario es tentacular, largo y profundo, y lo lleva en la sangre.

Uno como usted, o como yo, experto sin embargo en data mining, o minería de datos. Uno así salió de la oficina para tomarse un café.

Uno que modela datos, que entiende de aquello. Uno que descubre realidades detrás de cifras que provienen de la realidad.

Uno –siempre el mismo– que cuenta con varias opciones, al salir.

El mundo es un mapa de anillos concéntricos donde uno, como usted y como yo, se orienta a través de hitos espaciales.

Uno, usted, o yo.

La primera órbita del mundo la pueblan esos cafés donde se bebe de pie, separado por una barra ancha de las mujeres que atienden con vestidos cortos y apretados. No son mujeres jóvenes, la mayoría; llevan años trabajando en el café y los clientes, mayores –la mayoría–, traban relaciones cordiales con ellas, pero no dejan propinas muy jugosas.

En una segunda órbita o círculo las mujeres de los cafés, con vestidos cortos y apretados, son jóvenes, muchas colombianas y peruanas, y atienden a los clientes en la barra, pero también en las mesas. Si uno, usted o yo, se detiene un momento a observar lo que ocurre, verá que las conversaciones entre ellas y los clientes son más fluidas, como el mundo de ellos, y en las palabras hay un tinte que se parece a la amistad, y aquí las propinas son más sustanciosas.

Observando de reojo este segundo anillo, uno (yo, usted) podría preguntarse si los clientes compran al precio de un café más propina el placer visual de una figura tentadora, o tal vez algo más; uno (usted, yo) podría preguntarse si están comprando una confianza momentánea o un poco de autoestima a granel, o qué. ¿Qué están comprando?

Quizás sueñan con una conquista que los lleve a la cama, con una relación secreta y esporádica que no los destroce, financieramente hablando; que les dé aire a sus vidas esclavas de los horarios, como la de uno, usted, yo. Ninguno está pensando en romper sus inventarios por una puta de café. Por decirlo así.

El hombre del data mining se encuentra aquí. Entre el ser y el no ser, hablando con una colombiana que manda plata para un hijo en Medellín, cuidado entretanto por la madre de esta mujer. Entre el ser y el no ser, entretanto.

Uno, decíamos. Usted, yo.

Que a veces se aventura hacia el círculo siguiente. El tercero desde adentro hacia afuera.

Aquí se apagan las luces corrientes y se encienden las estroboscópicas, aunque cueste pronunciarlo. Aquí giran las esferas de espejos y retumba la música. Estamos a punto de una disco, entre el ser y el no ser.

Aquí las mujeres también son jóvenes, pero en vez de vestidos cortos y apretados usan bikinis o tangas ínfimas, y todas sin excepción van a gimnasios de éste u otros anillos. Uno las ve entrar y salir del café con bluyines desteñidos y petos cortos, con el pelo mojado, y ya sabe que van al gimnasio o vienen de él, y sabe también que el costo de un gimnasio está incluido en el servicio, que es sensorial, y por tanto las propinas deben ser mayores que las del segundo círculo, y sabe además –o sospecha– que por concepto de propinas ellas deben hacerse un sueldo mayor al de la clientela promedio (la carrera es corta, como la de un futbolista, o más corta aún), pero inferior al de un experto en data mining, que vendrá aquí sólo de turista, porque su rutina, su inventario, llega hasta los bordes superiores del segundo anillo, nunca más allá, pues se tiene por alguien capaz de conquistar por el magnetismo de su lugar en el mundo, inventariado, o sea por el brillo interno que lo ha colocado en esa posición, en el mundo. Decíamos.

En el tercer anillo los cafés cuentan con vidrios polarizados o cubiertos por láminas que no dejan ver hacia dentro, pues en el interior se ha invertido en tangas y en gimnasios, y en consecuencia en láminas oscuras o vidrios polarizados que deben rentabilizar la inversión, formando así un círculo virtuoso que fomenta la existencia de gimnasios, tangas y vidrios con láminas oscuras.

Aquí se puede tocar, por una buena propina. Una teta, un poto. Hay quienes incluso vienen a atracar, por algo más que una propina. En este círculo los cafés disponen de lugares recónditos, recovecos o un segundo piso donde tirar las manos y pololear un rato. Algunos clientes piensan que vienen a pololear. No un experto en data mining, que no caería preso de una ilusión burda. Otros –los habitantes de este círculo– no sufren los escrúpulos del experto, no se preguntan por la sinceridad del contacto y se quedan con el hecho indiscutible, innegable como dato empírico, de que están atracándose una mina rica como nunca lo harían sin tener que pagar. La tocan. La disfrutan. La gozan un ratito.

Por algo más de plata (bastante más, por cierto) podrían pegarse un polvo. Unas trescientas lucas, por poner un precio de mercado. Los clientes de aquí rara vez las tienen, pero cuando las tienen no dudan en pagarse una cacha. Se ganaron una trifecta en la hípica o recibieron un bono en la pega, del que la familia jamás se enterará. Son los gustos que se dan estos clientes, no un experto en lo que ya se dijo, por las razones que también fueron dichas.

Hay un cuarto círculo, yendo del centro a la periferia por la trama del mundo, inventariado: dijimos.

Aquí las cosas son más simples, con menos veladuras. Uno que sabe de eso que han dado en llamar minería de datos lo ha pisado, una vez. Lo ha traído hasta aquí un auxiliar de la oficina (también llamado piloto), para congraciarse con él, para mostrarle una picada, para sentir que son iguales, un experto y un auxiliar, o piloto. A lo mejor. Todo está por verse en esta reducción fenomenológica. Lo guía como un Virgilio a su Dante, aquí en la época moderna.

El experto en aquello de los datos, el que excava y bucea y obtiene información indispensable para una gestión racional de los recursos, se pide una coca-cola, en el cuarto círculo. Está en la barra. Con vista a los espejos donde se multiplica la realidad y dentro de ella una mujer ni tan joven ni tan vieja, ni tan gorda ni tan flaca, ni tan chilena ni tan peruana, entre el ser y no ser de la carne y el trabajo, que lo mira multiplicada con un deseo semiprofesional, una sombra de las mujeres del círculo anterior.

Entretanto.

Entre la esclavitud y la libertad contrarreloj el auxiliar ha piloteado su deseo hacia algún rincón oculto de su vista (de este uno, decíamos), y por unas cinco o diez luquitas, por poner un precio de mercado, ha venido a hacer lo que corresponde en un cuarto círculo, o anillo concéntrico. Fuera de la vista de un experto en data mining.

Que entretanto, ante la realidad multiplicada en los espejos, amplificada en el retumbo de la música, penumbrosa de neones color violeta, entre el ser y el no ser mira su coca-cola, pero no bebe.

¿Por qué no toma coca-cola un experto data mining?

Por los intersticios de la música se desliza un chupeteo. En el anillo number four. La palabra chupeteo suena feo pero es lo que se oye aquí, sin ecos ni sinónimos.

Y la palabra, espacialmente hablando, proviene de unos cuerpos a la izquierda del experto, digamos donde la barra hace una curva y en consecuencia también el espacio, que tiende a esconderse sobre sí mismo pero no tanto, digamos. Porque los cuerpos en lo suyo se distinguen, a la izquierda.

Un viejito sentado en una silla y una mujer acuclillada entre las piernas del viejito; entre el ser, el no ser, la chilenidad, la peruanidad o la colombianidad, entre la carne y la coca-cola, entre un montón de datos para hacer minería, a la izquierda y abajo del experto, entre la música y la voz de ella: Ya pues, tatita, no tengo todo el día.

Uno –usted, yo–, experto en aquello, abandona por su cuenta el cuarto círculo sin la guía de un Virgilio, auxiliar o piloto.

Va orillando hacia el centro, esclavo finalmente de los horarios. Tampoco tiene todo el día.

Uno. Usted. Yo.

Pasa por el frente de la Catedral de Santiago, de vuelta a la oficina.

Y se le vienen las palabras:

Por mi esfuerzo

por mi esfuerzo

por mi gran esfuerzo,

–personal–

yo estoy donde estoy.

Uno experto en data mining atraviesa los círculos desde la periferia hacia el centro, y en cada esquina la perspectiva de los edificios que se prolonga hacia el poniente le muestra el sol de invierno, que es una bola rojiza e inmensa y que todas las tardes desaparece por detrás de los cerros, redonda, enigmática, muda como un ojo, furibunda como un dios antiguo.

Daniel Pizarro

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