Columnas
2008-03-29
2456 lecturas

Andrés Bianque
especial para G-80

Epístola de Espigas para Consolar a una Madre Atardecida

Para Mónica Quezada:

Sepa usted, mi muy señora mía, que anduve buscando versos y metáforas que le suavizaran la mirada ajada de noches sin dormir, que anduve escudriñando las cuatro esquinas de esta esquela pálida, intentando encontrar una palabra, una frase, una oración que le ayudaran a sobrellevar esa pena que el éxodo carnal de Matías le debe producir.

Y en mi búsqueda sólo fui encontrando versos fracturados, líneas desfallecidas, y oraciones que oscilan entre repetitivas algunas, y lastimeras las otras.

No deseo, no deseaba escribirle largos y lóbregos párrafos que hundieran los acentos y las comas en llagas interiores que esta pérdida le ha causado, ni mucho menos escribir subrayando una vez más los miles de pésames dolientes que ha recibido.

Así y todo aunque sea a tropezón de palabras, a eclipse de ideas y de consuelos me he atrevido a escribirle.

¿Cómo abordar un tema tan frágil, tan fuerte, tan triste?

No quisiera que me acuse de indolente o de indiferente. Solamente pienso que quizás con otra actitud, tanto las personas particulares, la izquierda, el mundo progresista de este país, los seres humanos en su totalidad, evitarían muchas pérdidas dolorosas e innecesarias en los campos de esta nación u otra nación, si pasaran o modificaran el llanto perenne, la tristeza anclada, los incontables actos de tenor quejumbroso, a las acciones más vivaces, directas y alegres.

Sé que Matías ha pasado a engrosar esa larga y extensa franja de seres humanos que le dan otro sabor a la vida. Muerto de adentros, ausente sus ojos negros, omitido de su piel blanca.

Volcán de tambor ausente, pero también presente en otras bocas, en otras manos, en otros rostros.

No creo que Matías haya sido un héroe, se supone que un héroe posee habilidades sobrehumanas que le permiten llevar a cabo hazañas extraordinarias, especialmente contra formas monstruosas y horrendas, no fue su caso. Tampoco creo que Matías fue un mártir ya que no cayó en nombre de Dios, ni tampoco orando por sus verdugos, sino luchando.

Me parece que fue un joven común y corriente, con defectos y virtudes. Con ganas y desganos. De carne y no de acero, de miedos y temores, de sueños y anhelos.

Uno más, y aunque duela, aunque suene a indolencia, un peldaño más en ese puente que se construye día a día, mes a mes, año a año.

Y describo ciertos aspectos que quizás le parezcan menoscabar la figura de Matías, pero para mi es todo lo contrario.

Y es que el cobarde siempre es valiente cuando está a salvo y a resguardo y armado.

Y en eso estriba el valor, la entrega, el arrojo de ser uno más como Matías, el ser un insignificante ser humano, sin poderes especiales, ni celestiales, e ir a enfrentar a esa bestia que merodea los caminos y cuida tan bien los pinos.

¿Cuántos hijos cayeron hace un siglo atrás para evitarnos andar con cadenas al cuello?

¿Cuántos padres jamás pudieron decirle adiós a sus críos?

La vida, nos guste o no, es así. Nos iremos, nos moriremos si o si. No estaremos más, no volveremos jamás. Y si pudiéramos vivir hasta los 100 años ó más, sería lo mismo.

Y es que es gracias al don de la muerte que deberíamos aprender a vivir.

Y es que también el asunto radica principalmente en quizás entender o vislumbrar, qué parte de nosotros ya no está.

¿Y las ideas, y las ganas, y las risas y los llantos? ¿Y la rabia, y la decisión, y la alegría?

¿No son formas interiores en que los seres humanos trascendemos a nosotros mismos?

¿No son acaso nuestros dedos pinturas, óleos, colores y sabores que entintaron de energía miles de cosas a nuestro paso?

¿Qué ocurre con las piedras que suavizaron nuestros pies descalzos?

¿En qué se convierte el abrazo que le dimos a los árboles? ¿Ennegrecen sus pétalos las flores que no saben que ya no estamos? ¿Se arrodillan las araucarias ante el hachazo feroz?

¿Y las flores que plantamos, las plantas que humedecimos?

¿Y el romance que tuvimos con las estrellas y la luna?

Y el mar y los ríos que saben del sabor de nuestra piel y los perros que aún nos buscan en los rincones y los pájaros que aún siguen volando, observándonos desde las ramas.

La conmutación de cierta forma de energía quizás evidente, en otra forma más callada, pero no por eso, ignorada o negada o refutada.

¿Cuántas formas de vida conocemos, sentimos y entendemos?

Trascender, crecer adherido a las raíces, repetir los ojos en las hojas de los árboles, en el manotazo de los peces bravos y aguerridos en los ríos que cantan buscando el mar.

Traspasar el valle de las sombras, por muy fuerte que el viento sea, por muy hondos que sean los pantanos que se alimentan de sueños, por muy cuesta arriba que se vea la cima, no vamos solos, vamos todos los que aún creemos, todos los que creímos y reímos y jugamos en las calles cuando niños.

Los abuelos, los tíos, los amigos, las primas, las hermanas, los vecinos, los compadres de toda la vida, las obreras, los estudiantes. Vamos volando, venimos volando, flotando y caminando a paso firme hacia un destino cierto de mejores cielos…vamos seguros y cobijados en el pecho de los que aún creen, de los que aún no se rinden.

Que hayan amordazado de un determinado silencio a un pájaro, no significa que no se repita ni su canto, ni su trino, ni el aletear de sus alas.

No significa que la noche será eterna, no significa que la oscuridad reinará para siempre, no significa que no se nos viene la mañana, no significa que el trino de ciertos pájaros despertara a esa humanidad que duerme indiferente.

Su partida es la bienvenida a otros que levantarán no necesariamente su recuerdo, le soy honesto, no siempre recordamos a los que han caído en pos de una causa. Pero si se repetirán las ideas.. Tendrá a cientos de Matías, con otros nombres, con otras voces.

Amar a un hijo es también respetar sus ideas, y en eso uno entiende que algunas ideas traerán vida y maravillas, pero también pueden costar accidentes y dolores.

Sí él es motivo de orgullo, sus ideas entonces también lo deberían ser.

Matías no volverá, como no volverán otros cientos de miles. Porque no vuelven aquellos que jamás se han ido. De aquellos, de esos quedan revoloteando en el aire, susurrando en el viento, floreciendo en los brotes, por muy duros que sean los inviernos. Recorriendo vestidos de aurora parajes que usted ni siquiera sospecha, son sus palabras, son las canciones, oraciones, peticiones y las ideas por las cuales vivió, lucho y trascendió.

Imagino que hubiese preferido saber que el viviría hasta muy, muy viejo. Pero no siempre se puede, no siempre los que tienen que quedarse se quedan. Y es que hay de aquellos que se esconden debajo de las camas, detrás de los escritorios y jamás hacen nada por realmente ahuyentar ó mutar, cambiar o derrotar a ciertas criaturas que se nutren y alimentan con el sufrimiento de la gente.

No es el caso de Matías, insignificante, común y silvestre empuña sólo sus manos y se enfrenta a un panal de bestias endulzadas por la sangre.

Cierto orgullo lindo y tierno debería llenarle el pecho. Porque hay de aquellos que cada día parten y no son, ni serán jamás ejemplo de nada, más allá que el de la cobardía, egoísmos y avaricias.

Y obviamente que la pena, los recuerdos y la tristeza se apoderan de todo, van adornando todos los rincones de sueños y proyectos truncados. Es natural, obvio muchas veces, pero también inmoviliza, también dan ganas de rendirse, de irse, de no hacer nada, de no meterse en líos. Y es que es eso lo que precisamente buscan los señores a través del miedo y de la muerte. Que nos quedemos estáticos, pusilánimes contando avariciosos y temblorosos los días que aún estamos vivos. Y en esas largas y extensas vidas de algunos, no les importa vivir como ratas, no les importa saber como torturan, matan y despojan los suelos, el cielo y la patria.

Porque cuando Matías supo de la muerte de Alex Lemún, por ejemplo, tomó la decisión de blandir el estandarte de sus antepasados, levanto de la sepultura del olvido a todos aquellos que partieron antes de tiempo y que ya nadie recuerda.

Entonces, quizás, la tarea consistiría en recordar a aquellos que han sacrificado su vida, sus vidas en pos de un mundo mejor. Recordarlos con cariño, con la pena inherente que estas cosas causan. Pero evitar los melodramas, los llantos eternos y carnavales deprimentes que recorran las calles. En su caso, en el caso particular de una madre que pierde a su hijo, todas las penas me parece que le son permitidas. Pero para otros, ciertos colectivos, ciertos partidos, ciertos compañeros, ciertos camaradas, ciertos vestigios que embadurnan sus convicciones sólo con rostros ausentes debería ser otra la postura.

Adoradores de muertos a falta de valorar a los que aún siguen vivos. Y ni siquiera eso, adoradores de compañeros idos en actitud de velorios interno, y eterno.

Canalizar la muerte en más vida, no en descomposición anímica, social y patética de repeticiones sin sentido muchas veces acerca de los caídos.

Todo lo contrario, transformar el dolor en acción. Que el dolor de una perdida sea proporcionalmente igual o superior al quehacer diario.

Como decía el hermoso cantautor venezolano Alí Primera,

“Los que mueren por la vida no pueden llamarse muertos y a partir de este momento queda prohibido llorarlos”

Cuando nacemos aceptamos el reto impuesto por la muerte, pero no se ensombrezca, nada se pierde, nada se pulveriza, todo se transforma en otras formas simplemente.

Los que ondean las lágrimas como pañuelos de despedida somos nosotros, no él, no ella, no ellos. Somos nosotros los que delineamos, marcamos los días, las fechas y lugares como memoriales estáticos y sin movimientos.

La granada roja se disuelve en pequeñas partículas fragmentarias, que son el polen de la vida misma, el núcleo central de la energía que flota, nada y respira en el aire, en los mares.

Quizás hay de aquellos que no quieren ser llorados, quizás hay de aquellos que quieren ser recordados y no cortando flores en su memoria, sino todo lo contrario, plantando, sembrando campos, bosques y jardines.

Y es que los sueños se repiten mejor soñando, no en vigilias que tal vez sólo conducen a depresiones tanto sociales, como personales. El mejor homenaje es luchando, no llorando, luchar por un mundo mejor.

El acto más hermoso y sabio en contra de la muerte es vivir.

Ramificar los madrigales, no cortarlos anegados en penas.

Sé que ha pasado a engrosar esa larga lista de mujeres enlutadas, vestidas de crepúsculos nocturnos, que la conmoción y una especie de parálisis emocional de no entender lo que pasó, de no creerlo, en una primera instancia le habrán adormecido hasta las ganas de respirar. Después que los días han pasado implacables a pesar del dolor, ha entendido ciertas cosas, que quizás se ha culpado por no haber dicho esto o lo otro, por no haber hecho esto o aquello.

Y ahora imagino que buscará cierto consuelo en exigir justicia para su niño. Y que causa y exigencia más justa, para uno de los justos, para uno en que la palabra justicia sonaba hermosa sobre su boca. Justicia sí, pero no sólo para los nuestros. No sólo buscando y encarcelando a aquellos verdugos que ni siquiera saben por qué se levantan en las mañanas.

Justicia amplia para los que aún ni siquiera nacen. Justicia para todos.

De otra manera, justicia sólo por pedir justicia, será una palabra vacía, vacía de la esencia de aquello por lo cual se vive, muere y sufre en esta vida.

Así como partieron los hermanos Vergara, así partieron muchos otros antes, muchos más.

Ariel Antonioletti, Cristián Castillo, Daniel Menco, Luciano Carrasco, Claudia López, Alex Lemún, así también partió el joven guerrero Catrileo, y así seguirán cayendo. No será fácil, nunca ha sido fácil, los que toman el camino de enfrentarse contra el salvajismo, la depredación humana y ambiental corren esos riesgos.

Incluso, a modo de ejemplo, me atrevo a comentarle que la próxima vez que vea muchedumbres luchando contra la avaricia, ponga mucha atención. Podrá ver correr por entre las calles, las barricadas, los panfletos y las protestas a su querido Matías.

Irá envuelto en ideas, irá arropado de sus antepasados que corren todos juntos y con el puño en alto sobre el pecho de un niño, de un joven, de una estudiante que ha tomado la misma decisión que su hijo y tantos más.

No se aflija si los señores llaman por nombres displicentes o carentes de verdad a su hijo, no saben de otras formas o raciocinios, ese tipo de comentarios sólo son la confirmación de la mediocridad de la que se visten día a día.

Cierre lo ojos, siéntalo como siempre, bien sabe usted que si él pudiese decirle algunas palabras, serían muy parecidas a: No te rindas, no te aflijas, No te detengas, estoy aquí.

Por esos Matías que cayeron y seguirán cayendo. Transformar el dolor en acción, en acción.

Andrés K Bianque

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