Columnas
2015-10-14
2336 lecturas

Luis Casado
especial para G80

El gran lupanar

Aleluya, aleluya, el verdadero fin de la historia se acerca a pasos agigantados. Henos aquí en el umbral del paraíso en la Tierra, confiesa que no lo sabías, alma impía, y eso que, como buena parte de nuestros agudos parlamentarios, te informas en Las Últimas Noticias.

Desde el Reino Unido nos llega una invención extraordinaria. Atento el personal, he aquí la verdad revelada.

Hasta ahora, un Contrato de Trabajo entre un patrón y un asalariado tenía por objeto poner la fuerza de trabajo de este último a la disposición del primero, por un lapso de tiempo determinado, contra una remuneración determinada. En otras palabras, el patrón “le da trabajo” al currante, y este labura haciendo lo que el patrón le pide que haga, a cambio de un salario.

Los británicos inventaron otra fórmula mucho más sencilla y rentable para los dueños del capital, y lo curioso es que las víctimas aplauden hasta con las orejas. Ahora, el Contrato de Trabajo made in England le permite al patrón tener a su disposición toda la mano de obra que quiera. Punto.

¿Cómo, punto? Sí, punto. Gracias al nuevo tipo de Contrato el patrón tiene a su disposición cuantos trabajadores quiera, a la hora que quiera, por el tiempo que quiera, pero no está obligado ni a darles trabajo, ni a pagarles. Tampoco asume ninguna responsabilidad en materia de previsión social: cotizaciones de previsión, salud, formación profesional, seguros contra accidentes u otras.

Cada vez que lo estima necesario, el patrón llama a fulano, o en estricto rigor a perengano, y lo hace trabajar un cierto número de horas. Esas horas son las que paga, a suma alzada, es decir sin participar en los costes relativos a las prestaciones sociales descritas más arriba.

La empresa no tiene ninguna obligación en cuanto a las horas de trabajo propuestas, ni a la frecuencia con la que el currante podrá laburar, ni a la duración del Contrato, ni siquiera en cuanto a las condiciones materiales en las que el siervo realiza sus prestaciones. La ventaja es innegable: puedes tener a tu disposición miles de currantes, visto que no es preciso ni darles trabajo ni pagarles.

Sin embargo, el trabajador se obliga a estar disponible cuando le llamen, e incluso suscribe una cláusula de exclusividad: o sea que se compromete a no trabajar para otros patrones, aún cuando el suyo no le llame nunca.

En una de esas oíste hablar de Uber, una empresa yanqui que inventó otra forma de esclavitud moderna, en el sector del transporte público, más precisamente en el de los taxis. Si dispones de un smart phone bajas la aplicación Uber, lo que te permite llamar un taxi desde cualquier punto de una ciudad determinada.

Uber se encarga de identificar al automovilista más cercano –inscrito como taxi aleatorio gracias a su propio smart phone y a su correspondiente aplicación Uber– y te lo envía. De ese modo pagas una tarifa muy inferior a la de los taxis oficiales. Uber, desde luego, le cobra una modesta comisión al taxista aleatorio.

De ese modo, Uber se transformó en la principal empresa de taxis del mundo sin poner ni uno: todo lo paga el taxista aleatorio: el vehículo, el carburante, el seguro (si tiene uno), el mantenimiento del vehículo, y por cierto su propio salario, y sus cotizaciones sociales.

Si el taxista aleatorio está o no está calificado para transportar personas, si su vehículo responde o no responde a las exigencias de seguridad, en fin, si el tipo se droga o no se droga, si padece o no padece de ceguera nocturna, si sufre de crisis epilépticas o no, etc., etc., a Uber le vale madre.

Mejor aún –competencia obliga– Uber baja las tarifas cuando le sale de las narices. Acaba de suceder en Francia en donde Uber redujo los precios en un 20% sin siquiera consultarle a los miles de cretinos que se inscribieron como taxistas aleatorios en la esperanza de ganarse unos euros complementarios después del laburo, o de salir del desempleo.

El sistema es tan descabellado que el Estado de California (EEUU) decretó que Uber debe contratar a los taxistas aleatorios como asalariados, y hacerse cargo de todas las responsabilidades que trae consigo un Contrato de Trabajo.

Sin embargo los analistas europeos hablan de la “uberización” del trabajo, para señalar que de ahora en adelante la modernidad exige que los patrones tengan plena libertad para llamar y ordenar la mano de obra como quién llama y le da órdenes a un perro, “Washington: Down Platz!, Voraus!, Voraus!”

Mejor aún –son los “expertos” y los economistas los que anuncian la buena nueva– la relación patrón/empleado cambió definitivamente, o mejor dicho desapareció en su forma “arcaica”.

De ahora en adelante cada cual es “libre” (así lo dicen textualmente: “libre”) de trabajar cuando, donde y cuanto le de la gana, gracias a la invención por excelencia, el smart phone, o si me apuras un poco, la “tableta”.

Lo único que tienes que hacer es disponer de uno de esos chirimbolos, apuntarte a alguna aplicación que te haga visible al mundo de la empresa, y esperar que el patrón te llame. Cuando algún Bruce Willis de la puñeta productiva requiera de tus servicios, o para ser más precisos, de los servicios de algún siervo que reúna tus características, con suerte tendrías curro.

¿Cuánto curro? Eso ya es otra cosa. ¿Pagado cómo? Te estás poniendo pesado. ¿Dónde, el curro? Donde al patrón le vaya bien, le sea útil y rentable. Él, el patrón, dispone de otro smart phone, o de su “tableta”, y puede lanzar una llamada planetaria en pos del siervo que tendrá la suerte de ser el elegido. Sácate el sobrero y saluda al patrón.

No es que yo le tenga manía a los economistas (en realidad sí…), pero uno de estos modernos chamanes, en un encendido discurso que desciende a las cloacas en una grácil curva asintótica, pretende que de ahora en adelante estaremos encadenados a nuestra “tableta” como los críos de cinco años de edad a las spinning-jennies de los albores de la Revolución Industrial.

La desregulación financiera le permitió al gran capital gozar de una movilidad absoluta, o si prefieres de una liquidez total. Ahora, los smart phones y las “tabletas” permitirán licuar la mano de obra.

En eso estaba pensando cuando desde alguna recóndita neurona situada en el hemisferio sur de mi anatomía me llegó una alarma, un warning. Todo esto es viejo como el mundo: ¿Dónde está la novedad?

Aquellos que saben afirman que relaciones de prestación de servicios como la que pretenden haber inventado los británicos –o bien Uber– ya existían en la Edad de Bronce. Te tomo cuando te necesito, por el tiempo que me parezca útil, te dejo inmediatamente después de haber usado tus servicios, te pago a suma alzada y no asumo ninguna responsabilidad sobre lo que advenga después… ¿No te dice nada? El “oficio más antiguo del mundo…”

La prostitución como tal, dicen los eruditos, surgió en la edad de Bronce. Los antiguos griegos legislaron su práctica. Muchas mujeres atenienses practicaban la prostitución en honor a la diosa Afrodita.

Roma fue fundada por Rómulo y Remo, que fueron amamantados por Acca Laurentia, dama representada como una loba y que era en realidad una sacerdotisa cortesana. Loba y lupa son la misma cosa (en italiano “lupa”: loba). Lupa se llamaba en Roma a las mujeres que practicaban la prostitución en los Templos Lupanares adorando a diosas como Venus, la Afrodita romana.

De modo que Bernard Maris tenía razón a más de un título cuando en su magnífico libro “Carta abierta a los gurús de la economía que nos toman por imbéciles” afirmaba: “Burdel. El libre mercado es un vasto burdel.” O si prefieres, un lupanar.

Hasta la fecha nadie, salvo los patrones chilenos, había expresado de manera más clara cómo ven al asalariado, al empleado, a la mano de obra: para ellos todos somos Acca Laurentia. De ahora en adelante no sólo nos tratarán como tales, sino que además nos harán firmar un Contrato en el que reconoceremos esa calidad. Y nos llamarán cuando les baje la necesidad.

Si menciono la excepción de los patrones chilenos, cuyos métodos están –si cabe– aún más avanzados, es porque hace años inventaron el nec-plus-ultra. Obligar al currante a pagar por trabajar. ¿No lo sabías? Cuando vayas al Jumbo, o a algún Easy, pregúntale a los muchachos y muchachas que te embolsan las compras. En Chile sucede que Acca Laurentia tiene que pagar cuando la estupran…

Luis Casado

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