Columnas
2015-10-20
1911 lecturas

Luis Casado
especial para G80

El curro: retorno al futuro

¿Te gustó “El gran lupanar? Vas a adorar “El curro: retorno al futuro”. Siglos de luchas sociales, de combate contra los atropellos y la injusticia, de rechazo a un esclavismo que no osa decir su nombre, dieron nacimiento a la legislación laboral. Como los economistas saben, no hay peor perturbación para el funcionamiento del libre mercado que la legislación laboral, comenzando por el Código del Trabajo.

Por Código del Trabajo entiendo el de los países civilizados: el chileno protege a los patrones, no lo digo yo, me lo explicó con manzanas María Ester Feres, que en la materia entiende un puñado.

Desde los albores de la Revolución Industrial –en la segunda mitad del siglo XVIII– costó lo suyo terminar con los abusos, con jornadas de trabajo de 14 y más horas, con salarios que apenas le permitían sobrevivir a los niños de 5 años de edad encadenados –físicamente encadenados– a las máquinas hiladoras, las célebres spinning-jennies.

Friedrich Engels, entre otros, describió la aterradora situación de esa mano de obra inglesa que moría como moscas generando la acumulación primitiva del capital que permitiría luego explotar a los trabajadores en escala planetaria.

El Estado del bienestar, también llamado Estado providencia, fue un breve intervalo en la Historia, durante el cual la distribución de la riqueza y las condiciones de trabajo generaron la ilusión de un mundo, por fin, civilizado. Desaparecida la URSS y el “socialismo real”, que no tenía mucho de real y aún menos de socialismo, el capital pudo retomar el sórdido sendero abandonado transitoriamente a principios del siglo XX.

En esa estamos, y la “uberización” del trabajo no es sino una de las formas que adquiere la destrucción de toda veleidad de protección del trabajo asalariado.

Allí donde los sindicatos lograron organizarse, estructurarse y devenir poderosos, cundieron las negociaciones colectivas y primaron las convenciones bipartitas entre patrones y asalariados. Allí donde el movimiento sindical fue relativamente débil, primó la fuerza de la ley, y la legislación laboral abundó a tal punto que el Código del Trabajo en Alemania tiene 3 mil páginas, y 3 mil 400 en Francia.

No hay de qué asustarse: en los países en donde hay poca legislación laboral y se echa mano a la jurisprudencia (Inglaterra, EEUU), la recopilación de fallos relativos a juicios del Trabajo –a los que echan mano los abogados de las partes– reúne decenas de miles de páginas.

No hace falta salir de Harvard para comprender que en una negociación entre un interlocutor poderoso y un interlocutor débil, saldrá ganando siempre el poderoso. Si necesitas un ejemplo, mira lo que pasa en Chile entre patrones protegidos por el Código del Trabajo y la Constitución, que tienen además el poder del dinero y la asistencia de una costra política venal, y trabajadores que frecuentemente se ven forzados a defenderse individualmente.

Este ejemplo parece inspirar, entre otros, a François Hollande, el dizque socialista presidente de Francia. Hay que “modernizar el mercado del trabajo” es su lema, como lo fue en la Alemania del dizque socialista Gerhardt Schroeder culpable de las leyes Hartz.

¿Cómo sacarse el Código del Trabajo de encima, cuando se pretende estar inspirado por una cierta sensibilidad social y no se quiere incomodar al gran capital?

Impulsando una reforma que le deje el campo libre a las negociaciones bipartitas entre patrones y asalariados, sabiendo de antemano que estos últimos no hacen el peso.

Si la sindicalización en Finlandia y Suecia alcanza el 80%, en Francia apenas llega al 8%. ¿Porqué? Por la simple razón que durante décadas los patrones, con la complicidad de los gobiernos, destruyeron sistemáticamente el movimiento obrero, recurriendo a las amenazas, a la persecución, e incluso a la corrupción en gran escala de dirigentes sindicales.

Hay quién sostiene que el movimiento sindical tampoco evolucionó adecuadamente y probablemente hay algo de verdad en ello. Lo cierto es que los partidos políticos alimentaron la división sindical, y el 8% de sindicalización mencionado más arriba se reparte en media docena de centrales sindicales.

La República surgida de la Resistencia y la Liberación impuso durante largo tiempo la preeminencia de la ley cuando las convenciones producto de las negociaciones colectivas eran inferiores en derechos y en salarios a lo estipulado por las disposiciones legales.

Ahora, François Hollande y sus ministros de extremo centro liberal Manuel Valls y Emmanuel Macron sugieren que se imponga la convención colectiva por encima de la ley.

De ese modo, como anunció sin sonrojarse Laurent Delahousse, presentador estrella de los noticieros del canal público de TV France 2, “el trabajo dominical podrá democratizarse” (sic). Por lo pronto han “democratizado” el trabajo de noche. Cada trabajador será “más libre”, –el término no lo invento yo, lo usan sin vergüenza los economistas europeos–, porque podrá decidir trabajar sin límites.

Y si los trabajadores de una determinada empresa no acceden a trabajar los domingos o por la noche, se ha puesto de moda designar “voluntarios”, como en el ejército.

Algunos pobres desgraciados que, luego de más de treinta años de restricciones salariales, no logran llegar a fin de mes, exultan trabajando de noche, los domingos y días de guardar, amén de las horas extraordinarias, porque perciben un bono, bono que les da la ilusión de “trabajar más para ganar más”.

Otros, han negociado aumentar las horas de trabajo semanal, a cambio de una reducción del salario. Como lo lees: más trabajo por menos plata.

Que el trabajo sin límites destruya el núcleo familiar, que una niñez y una juventud abandonada a sí misma se extravíe en la droga y la delincuencia o en el extremismo político, contribuyen a justificar el aumento de los efectivos policiales -¡por fin una verdadera creación de empleos!– destinados a reparar el desastre generado por la “flexibilización del mercado del trabajo”.

Fuera la ley, bienvenidas las convenciones colectivas que serán negociadas empresa por empresa, evitando cuidadosamente las negociaciones por rama industrial, y buscando llegar a una negociación individual con cada asalariado. En el seno de los grandes grupos industriales, se estimulará la negociación por área de trabajo. Flexibilización del mercado del trabajo, dicen, para ganar en “competitividad”, la llave maestra de la destrucción de los derechos de los trabajadores.

He aquí pues que, en el país de los Derechos del Hombre, se le abre la puerta a la aceleración de la concentración de la riqueza en pocas manos, creado las condiciones para un aumento de la explotación de la mano de obra.

Sin embargo Robespierre, en su proyecto de Declaración de los Derechos del hombre, presentado a la Convención el 24 de abril de 1793, alertaba ya contra esa perversidad:

“Al definir la libertad, el primero de los derechos del Hombre, el más sagrado de los derechos otorgado por la Naturaleza, habéis dicho con razón que tiene por límite los derechos del prójimo: ¿Porqué no habéis aplicado ese principio a la propiedad que es una institución social? Como si las leyes eternas de la Naturaleza fuesen menos inviolables que las convenciones de los hombres. Habéis multiplicado los artículos para asegurarle la más gran libertad al ejercicio de la propiedad, y no habéis dicho ni una palabra para determinar el carácter legítimo, en modo tal que vuestra declaración parece hecha no para los hombres sino para los ricos, para los acaparadores, para los usureros y para los tiranos. Os propongo reformar esos vicios consagrando las siguientes verdades:

Artículo 1º. La propiedad es el derecho que tiene cada ciudadano de gozar y de disponer de la porción de bienes que le garantiza la ley.

Artículo 2º. El derecho de propiedad está limitado, como todos los otros, por la obligación de respetar el derecho del prójimo.

Artículo 3º. (El derecho a la propiedad) No puede ser perjudicial ni a la seguridad, ni a la libertad, ni a la propiedad de nuestros semejantes.

Artículo 4º. Toda posesión, todo tráfico que viole este principio es ilícito e inmoral.”

Marx decía que la tendencia a la baja de la tasa de ganancia del capital es un fenómeno imparable, pero no perdió de vista que los capitalistas harían lo que estuviese a su alcance para retrasar la crisis terminal del modo de producción depredador e injusto en el que hacen su agosto.

Henos aquí en la época en que la afirmación de Margaret Thatcher –“la sociedad no existe”– cobra todo su sentido. Sólo hay individuos a los que conviene transformar en mano de obra tan barata como sea posible, privados de hasta el más mínimo derecho laboral.

Y si Juan Verdejo quiere negociar su salario, no tiene más que pedirle una cita al señor Luksic. Esas son negociaciones equilibradas: uno contra uno.

Luis Casado

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