Columnas
2015-11-01
1608 lecturas

Daniel Pizarro
colaboración de POLITIKA

El patio de las princesas

A esta hora en que el sol cae a plomo, el patio del colegio está lleno de princesas. En grupos de a cinco o seis se deslizan en patines mientras sus madres, las que han podido venir, las miran o conversan entre ellas. Aquí están todas, todas las princesas Disney: Blancanieves y Cenicienta, una tal Sydney Scotia, Aurora la Bella Durmiente, Ariel, Bella, Jasmín, Pocahontas, Mulán, Tiana, Rapunzel, Mérida, y hasta la misma Leia. No falta ninguna, porque así lo ha querido la miss de patinaje: que cada niña represente a una princesa en el acto de cierre.

Es un patio embaldosado, no muy grande pero multiuso. Por allá las cheerleaders practican sus coreografías para un inexistente equipo de fútbol americano, y uno que otro alumno cruza en skate o chuteando una pelota. Aquí mismo, hace unos días, niños disfrazados de mago cantaban en inglés para que sus padres supieran que estaban aprendiendo el idioma.
El patio no es muy grande y si uno mira bien comprende que el diseño está dado por las circunstancias, y las circunstancias tienen que ver con la prosperidad del colegio, y también con sus limitaciones. El patio está tirado ahí donde no pudieron encajarse más salas de clases; es como un espacio residual.
Si uno mira alrededor comprende también que el colegio está sujeto a otras circunstancias, y estas otras corresponden al negocio inmobiliario, a los edificios altos que lo vigilan por los costados y siguen levantándose como una fiebre a lo largo de la avenida, pues aquí se ha anunciado el milagro de una nueva línea del metro.

El patio no es grande, pero si fuera más pequeño las princesas seguirían patinando felices e ignorantes de las circunstancias. Tampoco sabrían que la mayoría de las princesas no han nacido con Disney sino con escritores de siglos pasados, pues ellas viven el presente en un patio de baldosas.
Las madres miran pero una de ellas, pongamos que una M, se ha acercado a hablar con la miss de patinaje. Hay un problema a pleno sol. Su hija está disconforme, quería otra princesa. Para hablar claro, su hija quería ser Bella. Y la madre supone que la han puesto de Tiana por el color de piel y su pelo azabache. Por su parte la miss, suponiendo lo que imagina la madre, dice que no hay ningún problema en cambiarla de grupo, pero que la había incluido en el equipo de las Tianas porque su hija patina muy bien, en cambio las de Bella están recién aprendiendo.
Mi hija quiere ser Bella, dice la madre. Y con esto se zanja la conversación.

Es una de las últimas peleas que M dará por su hija en el colegio. El próximo año la cambiarán de aquí por dos razones. La primera es que a su hija le han hecho bullying. Con esa palabra venida a nuestra lengua quiere representar que las compañeras la maltratan, y que ella no va a permitirlo más. Son tres o cuatro niñitas que lo han hecho durante todo el año, y ella no va a permitirlo más. Ha hablado con las misses y ha pedido reunirse con la directora, y ha dicho que no lo permitirá más. Y le han respondido, de verdad que se lo han dicho, que les parece raro lo que cuenta la niña, pues ellas, las profesoras –o mejor digamos las misses– observan más bien lo contrario, que la hija de M molesta y agrede a las demás.
A mi hija le hacen bullying, insiste M. Y con esto zanja su decisión.

La otra razón para cambiarla de colegio es que M está esperando a su segundo hijo y los gastos que acarreará el nacimiento no podrán ser solventados por sus ingresos y los de su marido, quien entretanto, mientras la niña patina, recorre el norte por trabajo y la próxima semana estará en el sur por lo mismo, y es muy probable, si no lo autorizan en la empresa, que se pierda el cumpleaños de la niña, para el cual no han descuidado ningún detalle salvo la presencia del padre. Sobre esto no hay mucho que hacer, si pretenden arraigarse en un barrio donde se levantan edificios a la espera de un milagro.

Muchos años atrás, en la ciudad del norte donde pasó la niñez, M vio cómo atropellaban a su hermano. La pelota escapó más allá de los límites de la cancha, más allá de la esquina, hacia algún lugar fuera de su vista, y el hermano corrió como hacen los niños. M oyó un frenazo y lo último que vio fue a su hermano sin vida debajo de un camión. Fue lo último que vio en muchos años. Hasta que, digamos, empezó a ver de nuevo con la familia que ha ido formando.

Así es que M y su marido (pongamos que una L viajera) se desviven por la niña. Está demás decirlo. Pero hay que hacerlo. Y acompañarlos en todo lo que hacen por la niña. Seguirlos en esa suerte de acoso por amor con que la asedian, acompañarlos hasta tarde en la noche, cuando han vuelto de sus trabajos con jornadas extenuantes, cuando han hecho dormir a la niña con canciones y películas Disney, cuando entonces siguen preparando su cumpleaños número siete con un empeño que viene a ser el reverso de la carencia, la fuerza que les da la carencia para realizar el mejor cumpleaños del mundo, la habilidad de M para cortar y recortar figuritas, pegar papeles de colores, hacer cajitas de sorpresas con polvos dorados mientras la L viajera no se quita el auricular ni apaga el teléfono de la empresa porque a cualquier hora pueden llamarlo para solucionar algún problema, así es que L vive en alerta, y también M pero de otro modo, y acaso también la niña, aun sin entender nada, como si de un momento a otro fueran a sonar las sirenas que avisan de un bombardeo.

Cabe entonces acompañarlos hasta el día del acto, a una reunión de princesas como no se ha visto en años, y remontarse veloz a las horas de preparación tras las cuales estuvo M sin falta, a la toma de medidas para los trajes, al dinero pagado a la costurera, a las interminables reuniones con la miss de patinaje, a sus excusas por las horas de clases perdidas en un colegio particular, a la discusión de fechas, a la presión por partida doble a la miss, de las madres y del colegio.
Pero al final, como se sabe, estas cosas siempre terminan por resultar, pues no hay quien no desee ver a su hija vestida de princesa Disney, aunque sin duda a las niñas les bastaría con patinar en un patio ni muy grande ni muy pequeño, cosido de circunstancias, como se ha dicho. Nadie querría perdérselo mientras algo está siempre a punto de hacer crac y explotar, algo en el trasfondo de la realidad de una M y una L viajera, más allá de Cenicienta y Blancanieves y la Bella que es su hija, más al fondo del cielo por donde atraviesa la bomba de un Pilo, plástica, atómica, detenida en lo alto como si no quisiera bajar, como si no quisiera dejarlos en paz.

Daniel Pizarro

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