Columnas
2015-12-04
2186 lecturas

Luis Casado
especial para G80

The revolving crisis

Ya conoces los créditos revolving: un banco generoso te propone un monto fijo que puedes gastar como te salga de las narices. Luego, cuando logras pagar una parte, el monto pagado se reinstala como crédito disponible de tal modo que el crédito se eterniza. O más bien te eternizas tú como deudor recurrente, “firme este papelito”, una modesta tasa de interés mediante hete aquí empujando cuesta arriba como un moderno Sísifo.

No, Sísifo no jugaba al fútbol ni fue alero derecho del Barça. Sísifo se hizo famoso en un deporte cuya popularidad desapareció hace lustros: el transporte, cuesta arriba y a mano limpia, de rocas de gran tamaño. En Grecia para más señas.

Pasa que era un pillín, y por eso los dioses le condenaron a la ceguera – tú ya sabes: los dioses ciegan a quienes quieren perder – y a empujar un peñasco así de grande por la ladera una montaña, hasta la cima. Justo cuando Sísifo llegaba a la cumbre, el peñasco rodaba hasta el valle, y Sísifo debía mamarse todo el laburo de nuevo. Todo se repetía y Sísifo debía recomenzar eternamente su camino no del calvario, sino de la roca.

Como habrás pispado a la primera, en la mitología griega Sísifo representa – de forma metafórica – el esfuerzo inútil e incesante del hombre. Años más tarde, pensando en el personal, Albert Camus escribió un ensayo filosófico titulado justamente así, “El mito de Sísifo”. Allí Camus desarrolla la idea del "hombre absurdo", que se muestra perpetuamente consciente de la completa inutilidad de su vida. O del hombre un pelín asopado que, incapaz de entender el mundo, se confronta en todo momento a esa incomprensión.

¿Y ahí? Nada, que servidor pensó que a través de esta parábola – el Señor, para ser más fácilmente comprendido por las modestas y sencillas personas que se le ponían a tiro a escuchar su Palabra, solía expresarse en parábolas – le sería más fácil explicarte las razones por las que estamos hasta el pihuelo (o pihuela, que en la materia las opiniones de los tratadistas divergen) sin avizorar la forma de salir de esta.

Alguna vez te expliqué que desde los albores del siglo pasado se impuso la costumbre de pagarte poco, práctica asociada a la manía de hacerte gastar tanto como sea posible y de preferencia más de lo que ganas, todo ello identificado como un comportamiento patriótico: tu pinche aporte al desarrollo del país.

Si por azar te quedan algunas moneditas – lo que llaman calderilla o metralla – te incitan a donarlas a alguna obra caritativa, una teletón, en fin, tú ya sabes.

Para hacerte gastar más de lo que ganas, esencialmente en cosas que no necesitas, inventaron dos inventos maravillosos: la publicidad y el crédito.

La primera te hace comprender hasta qué punto te urge adquirir vainas de las cuales hasta ese momento ignorabas la existencia y sin las cuales a partir de este momento no puedes existir.

El segundo te permite comprar lo que te quieren vender con cargo a salarios futuros, evitando así que puedas incurrir en el craso error de desear un aumento de tu pijotero salario en la esperanza errada y pueril de incrementar tu poder adquisitivo. Para aliñar un poco el segundo invento, cuestión de darle fundamento y salero, lo adornaron con un detallito del que ya conoces el picor y el gustillo amargo: los intereses.

Ya ves todo lo que han hecho por ti, y ni siquiera te habías enterado. Sácate el sombrero y saluda.

El mundo armonioso y tranquilo con el que soñó el Hombre desde los albores de la Humanidad se encontraba así al alcance de la mano. Sin embargo no faltó el descreído, el aguafiestas, el impío e irreverente crítico que nunca falta, conocido en el campo de flores bordado como el tipo que practica micciones encima del barbecue, que aseguró que tal sistemita adolecía de un pequeño desequilibrio, una poquedad si quieres, una nadería, un granito de arena en los aceitados y pulidos rodamientos que terminaría por chivarlo todo.

A fuerza, dijo, de acumular crédito – deuda – para consumir una masa creciente de porquería inútil, podría darse el caso eventual – que conlleva una probabilidad que tiende a cero pero sin llegar a ser cero, como en el cálculo infinitesimal – de una morosidad en los pagos, o bien simplemente de una cierta renuencia al consumo, para no mencionar la aún menos probable incapacidad en que pudiésemos terminar por caer, de seguir atragantándonos con basura.

En un mundo cuya productividad no cesa de crecer, acompañada de una creatividad sin límites para crear artículos dispensables, terminó por producirse el desequilibrio anunciado por el desequilibrado aquél. Al fenómeno le llamaron crisis, en la esperanza algo infundada que se comportaría como los síntomas de algunas enfermedades que, luego de pasados los peores trances, remiten.

Y allí se produjo lo que te contaba más arriba: la condena de los dioses, el mito de Sísifo, el crédito revolving, que terminó por transformarse en una crisis revolving a la que estamos encadenados sin saber como entramos en ella ni como salir de una puñetera vez.

A pesar de los denodados esfuerzos de autoridades que distribuyen bonos de 40 lucas, de empresas que se rajan con un pinche aguinaldo de veinte, de la banca y toda suerte de instituciones financieras que te atosigan con mensajes esperanzadores de tipo “le hemos pre-aprobado un crédito”, “compre hoy y pague después”, “ahorre comprando gracias a un jodido descuento” y otras genialidades del mismo género, el personal no logra consumir toda la excremencial masa de productos que sale de las fábricas chinas.

Peor aún, no logra pagar las deudas acumuladas. Ergo, las crisis suceden a las crisis, de ahí que sean revolving…

Pero nos queda la “luna de miel”. Si no lo sabías, así llaman los períodos en los que los enfermos del mal de Parkinson experimentan lo que no me atrevo a calificar de leve mejoría. Digamos una cierta estabilización del temblequeo.

Esa “luna de miel” llega con las navidades que acá – anda a saber por qué – llamamos la pascua, y las fiestas de fin de año. Período fasto para el consumo y el crédito, un respiro para la crisis, un instante de abandono, dos chupadas a un porro de hierba de la buena, que podemos confundir con un soplo de felicidad.

Albert Camus, en su ensayo, asegura que Sísifo vive tal segundo de felicidad, cuando llega a la cima, antes de que el peñasco se venga guarda abajo. Es sólo un instante. Sísifo, como el personal, es ciego, no ve su entorno, pero puede imaginarlo. “Uno debe imaginar feliz a Sísifo”, concluye Albert Camus.

Por mi parte, gracias a mis gafas y a una dosis de ubicatina cotidiana, veo caer el peñasco…

Tómese lo que precede como mi modesta contribución a la alegría que traen consigo los cuentos, las fábulas y los villancicos de navidad. ¡Aleluya!

Luis Casado

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