Columnas
2015-12-13
901 lecturas

Daniel Pizarro
colaboración de POLITIKA

Los nuevos putos



Los nuevos putos, como el Feña, tienen esa plasticidad de la gente joven que toma incluso el nombre de resiliencia, y son capaces de reinventarse de un día para otro como si los fracasos sólo fueran oportunidades y no los triunfos de los demás, digamos los poderosos, porque en la mente de los nuevos putos, como el puto del Feña, el mundo tiene una plasticidad asombrosa, pero natural, que no es sino el reflejo de su propia voluntad de adaptación, eso que también cabría dentro de la llamada inteligencia emocional y que en su mente jamás será la domesticación o el puro empeño por sobrevivir adornado con vestidos para soportar la lucha que siempre nos deja donde mismo, porque el Feña es puto nuevo y va tanteando, va pispando qué parte de sí puede vender, si el cuerpo o la cabeza, por cuál le dan el mejor precio, y así el Feña está entregado al regateo de los otros, los que pueden compran, y compran, y la palabra rebelión no existe en su diccionario pues para el Feña, este puto, el éxito está en comerciar a buen precio con su mente o con su cuerpo, así al Feña, no es de extrañar, se le ocurrió estudiar actuación, que da la posibilidad de vender el cuerpo o la cabeza, o los dos al mismo tiempo, y no extraña para nada que a la hora de hablar de cine confunda a Passolini con Fassbinder, y cuando se habla de Saló o los 120 días de Sodoma el puto del Feña piense en Las lágrimas amargas de Petra von Kant, pues al fin y al cabo en este mundo maleable que rebosa resiliencia una y otra película son más o menos lo mismo para un actor como el Feña, y Passolini y Fassbinder también son casi lo mismo, pues casi todo es lo mismo, digamos que lo mismo es lo mismo y ambos directores son para el Feña cineastas malditos, lo que vendría a ser una categoría estética, jamás una posición, esa palabra y la rebeldía no existen en su diccionario personal, dónde está la posición del Feña se pregunta uno, qué puede revolverle el estómago y ponerlo en alguna parte, qué apacible se ha puesto el puto del Feña, qué sabio para estos tiempos de pasividad total, y no extraña tampoco, para seguir con la charla de sobremesa, que luego del cine el Feña pase a la política, de sobremesa, pero en particular a la situación de Argentina, donde por fin se pondrá orden al despelote, al choreo, piensa el Feña junto con la radio, la televisión y la prensa, piensa el Feña, decimos, al que le encanta viajar a Argentina con su mujer, y ahora con las reglas claras volverán los inversionistas extranjeros y se acabará el mercado negro del dólar, porque todo lo que se regula tiende a atrofiarse, ése vendría a ser uno de los máximos postulados filosóficos del Feña, el nuevo puto, y ahora partirá otra vez a ese local donde venden las mejores pizzas, con los ahorros de lo suyo, que no es la actuación, aunque sí, declara durante la sobremesa, sigo siendo un actor, eso no voy a dejarlo, nos viene bien ser malditos y son tan buenas las pizzas del local en Palermo, y yo me dedico al marketing, hace saber el Feña a quien quiera oírlo, asesoro a empresas que no tienen departamento de marketing, también a los que tienen un emprendimiento, pues aquí los llamados emprendimientos están a la orden del día y para eso existe el Feña, para asesorar con sus conocimientos, y cuáles son los conocimientos del Feña, se pregunta uno –cualquiera–, en qué consisten, y uno mismo se responde que aún seguimos dentro de la prostitución, naturalmente, que consiste en tentar el deseo ajeno adornándonos con lo que sea de gusto del cliente, porque el cliente siempre tiene la razón, más o menos en este mundo se desenvuelve el Feña, y va tirando, y va pispando, y la verdad es que no hay otra, en este mundo, no en éste al menos, tirar y pispar y andar al cateo de la laucha, comer pizza si se puede, tirar mierda como corresponde y no mover un solo dedo, obviamente, salvo para recibir monedas, y hace recordar bastante a una prima hermana suya, la Leyla, mejor conocida como la mujer que vendía seguros, pues la Leyla se convirtió en una máquina de vender seguros, si uno la observa en acción sorprenden sus dotes, si a usted le roban o le clonan la tarjeta, o lo asaltan a mano armada, dice ella, el banco no le va a responder, pero si contrata este seguro va a tener su dinero en menos de diez días, y los clientes se asustan, como corresponde, y la mujer que vende lo que ya se dijo tiene su comisión, y en este banco se encuentra a prueba así que debe demostrar lo que vale como vendedora de seguros o de lo que sea, debe demostrar su perfil comercial, yo te puedo vender cualquier cosa, ponme lo que sea, dice la Leyla, porque se trata de sobrevivir con adornos, ya se dijo, y sin darse cuenta, y esta combinación es el mayor prodigio del país y el secreto de su increíble productividad, es la creatividad que explota por todas partes, la sangre joven del Feña, el nuevo puto, el empuje de Leyla, la mujer que vendía seguros, pues el mundo es maleable y uno no acaba de saber lo que quiere el Feña aparte de las pizzas en Palermo y los momentos gloriosos como la noche de Año Nuevo en que se filtró hasta la piscina más alta de Santiago, en una de las cumbres del San Cristóbal, y descorchó en el caracol de piedra una botella de champán con su mujer, deben ser esos pequeños momentos los que dan sentido a todo lo demás, una botella de champán y un caracol de piedra, pero ya que estamos arriba y es de noche, y la piscina tiene forma de un ocho o quizás representa el infinito, ya que el infinito tiene el agua hasta los topes por qué no zambullirse, piensa uno, desnudos y solos en una inmensa piscina, abrazados y enlazados, por qué quedarse en el borde, piensa uno que quizás pide más de la cuenta, pero bueno, se trata de momentos de gloria, piedras preciosas en un mundo maleable y resiliente, y etcétera, explosiones multicolores en lo alto de la noche, que brillan unos instantes y se apagan para siempre.

Daniel Pizarro

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