Columnas
2016-01-21
2922 lecturas

Manuel Riesco
especial para G80

Ocaso de los "Hijos de Pinochet". A mitad del segundo mandato de la Presidenta Bachelet (1 de 3)

Introducción

La debacle política de la derecha chilena resulta tan inesperada como impresionante. No se veía algo así desde hace medio siglo. Al igual que entonces, su derrota electoral en las elecciones generales del 2013, seguida de sus escándalos de corrupción y los avances del gobierno de la Presidenta Bachelet en terminar el mecanismo de elecciones binominal, democratizar el financiamiento de la política y el funcionamiento de los mercados, abrir paso a la gratuidad en la educación e iniciar el proceso constituyente, entre otros, son signos de algo más grave para ellos.


Antes, marcó el ocaso de los viejos latifundistas. Hoy parece suceder algo parecido con sus hijos. La generación postrera. Los que recuperaron el poder tras el golpe militar.

Por mano ajena digitada desde el extranjero, recobraron la hegemonía que habían perdido sus antepasados. Éstos la habían ganado y sostenido durante siglos, con relativa legitimidad y casi siempre por medios políticos, la mayor parte del tiempo.

Los “Hijos de Pinochet” la ejercieron apenas cuatro décadas, mediante el terror y sus cicatrices. Así suele ser el graznido final de lo que tiene que morir y no se aviene a hacerlo con dignidad.

Fueron la anti-generación del ’68. Aquella hornada de jóvenes de todos los sectores sociales, que se dejó seducir de modo alegre y singularmente responsable, por la ola de ilustrada voluntad colectiva que barrió el mundo por esos años. Arrasando a su paso con tanta idea fea, institución caduca, opresión, injusticia y obscurantismo secular.

Reunida nuevamente tras una larga gesta, aporta hoy su experiencia a las generaciones progresistas que le sucedieron, para culminar aquello que iniciara hace medio siglo y por lo cual ha luchado toda su vida.

Cuando despunta una nueva primavera del pueblo.

La generación del '68

En medio de la agitación generalizada en Chile y el mundo la generación del '68 se propuso ser realista soñando lo imposible. Es lo sensato durante estos períodos en que las sociedades apuran el tranco. Grandes mareas populares que a lo largo de dos siglos vienen proporcionando la fuerza motriz que, a empellones sucesivos cada vez más amplios, ha permitido a la humanidad ir zafándose de las ataduras de ignorancia y sumisión al viejo régimen señorial y campesino, para construir la moderna civilización urbana que cubre ya la mitad del planeta.

De tanto en tanto rebrota la primavera de los pueblos. Felices aquellos que han tenido el privilegio de florecer en su fertilidad. A la generación del '68 le ha correspondido vivir una larga gesta. La marcha no ha sido fácil. Avances y retrocesos. Acción y reacción. Luces y sombras. No sobran adjetivos para calificar tantas cimas y simas.

Fue bautizada en la reforma universitaria, que en seis años democratizó, modernizó y duplicó el sistema público de educación superior. Generosa, proporcionó la infantería para la conquista, realizaciones y defensa del Gobierno Popular. Disciplinada, acató convencida la sabia dirección de las generaciones mayores, a su turno forjadas en precedentes primaveras populares.

Así son los chilenos. Muy pacientes y bien enterados, a cada década pierden la paciencia, en promedio. Lo habían venido haciendo a lo largo del siglo, en forma multitudinaria en los años 1924, 1931, 1938, 1949  y 1957, sin contar episodios menores.

La ola de movilización popular iniciada poco antes de 1968 fue la más fructífera de todas. Por única vez, el campesinado despertó de su siesta secular y se incorporó por millones. Este rasgo esencial probablemente definirá esa gesta como la que representa en la historia de Chile lo que el año 1789 para la era moderna global.

En pocos años vibrantes, transformó de arriba abajo y para siempre la geografía social, económica y cultural de Chile. Su líder, Salvador Allende, que había sido testigo y protagonista de las oleadas anteriores, se convirtió en el único compatriota auténticamente universal. La generación del '68 alrededor del mundo entero, recuerda exactamente lo que hacía al momento de su heroico sacrificio en La Moneda en llamas. Como corolorario, Pinochet asumió de inmediato como villano universal.

Tiempos complicados

Muy joven, esta generación se hizo adulta en la derrota. Enfrentó sin arredrarse el tsunami reaccionario que se abatió entonces sobre estas costas. A veces, algunos pueblos han sufrido estos latigazos vengativos antes de levantar las defensas adecuadas. Son destructivos pero superficiales. Hacen daño pero no retrotraen ni un milímetro los avances logrados por los grandes terremotos que les preceden en las profundidades tectónicas de la sociedad.

Al no poder detenerla, esta generación se sumergió sin vacilar bajo esa ola, capeándola para emerger casi intacta del otro lado a organizar desde el primer momento la resistencia. Combatió en las sombras, protegida por una red impenetrable de solidaridad y discreción que tejió en torno suyo y que desde el primer momento abarcó a la mayoría de la población. Enfrentó la muerte que le arrebató a sus mejores. Sobrevivió torturas, prisión, exilio, persecución y ciudadanía de segunda clase.

Perdió la inocencia. Aprendió a desplegar todas las formas de lucha. Comprendió que la política es razón y fuerza. Amplitud y filo. Prudencia y arrojo. Cabeza humana y cuerpo de bestia. Cabalgó el Centauro del Príncipe.

Pertrechada de ese modo, encabezó una nueva ola de protestas multitudinarias en los años 1980, que lograron derribar la dictadura. Esa primavera, la más dura de todas, forjó la mejor de todas las generaciones. La que se auto denomina "G-80". Ésta proporcionó sin vacilar las tropas a las luchas de esos años. Pagó los costos más elevados. También perdió a sus mejores. Otros siguen prohibidos de retornar a la Patria a la cual ofrendaron sus vidas. Todavía no logra recomponerse del todo cuando ya les llega su turno de asumir el relevo.

Lo lograrán, rodeados del cariño de su pueblo que los levantará como sus héroes, que lo son. Se mirará en ellos con orgullo. Representarán en el imaginario ciudadano lo que cada uno hizo en esos años oscuros. Puesto que todos resistieron. Todos los días. Todas las noches. En todos los lugares. Cada cual a su manera y de acuerdo a sus posibilidades. Aunque fuese un pequeño gesto de solidaridad, un silencio de complicidad, una buena talla.

Se hizo todo lo posible para que el fin de la dictadura borrase al mismo tiempo su legado reaccionario. Las fuerzas acumuladas eran considerables y se echó toda la carne a la parrilla. No fue suficiente. Tras varios años de combate incesante, la ola popular empezaba a mostrar signos de cansancio. Mal que mal, había conseguido lo principal, abrir un camino para acabar con la dictadura.

En el entusiasmo de su propia capacidad y nublada la vista por trizaduras que se abrieron en su cabeza, ésta se desligó del cuerpo. Fueron unos pocos meses, pero bastaron para permitir la división del frente opositor a la dictadura. Ello habría de sellar el curso "moderado" de la transición posterior.

Para más remate, se derrumbó el socialismo en el cual había puesto sus esperanzas. Al tiempo que se proclamaba el "Consenso de Washington", inspirado en una secta de liberales demenciados que yacía muerta en vida desde su descalabro en la crisis de los años 1930. Su catafalco fue reabierto por grandes consorcios financieros y rentistas, que a partir de los años 1980 arrebataron las riendas de la economía y política mundiales.

Los años en la medida de lo posible, las décadas de 1990 y 2000, fueron bien desgraciados para la generación del '68. Tal como le sucedió durante el gobierno de Allende, se fracturó entonces de arriba abajo.

Algunos abrazaron los nuevos tiempos con bastante entusiasmo. A lo mejor había algo de cierto en aquello que la historia parecía haber terminado. Gustosamente cambiaron el relato grande por el pequeño. Les sedujo la filosofía post-todo-lo-que-habían-creído-antes. Eso, los equilibrios fiscales y la apertura comercial.

Alguien hizo algún dinerilllo en el oficio de charlatán. Los que recuperaron el suyo de políticos, las más de las veces lo degradaron a acuerdos de pasillo. Hubo quienes afirmaron que el gran error fue no votar en el año 1970 por el candidato demócrata-cristiano Radomiro Tomic, en lugar de Allende. No consensuar la reforma agraria con los latifundistas. Reconciliarse era la cuestión. Los más vivarachos ascendieron como la espuma oficiando de "lobistas", fea palabra hasta entonces desconocida por esta vapuleada generación. No fueron pocos los que confundieron la prudencia con el acomodo.

Proclamaron que ese estado de cosas iba a durar para siempre. Duró bien poco. En la peor parte de los años 1990, una nueva generación progresista irrumpió con fuerza en la Universidad de Chile, reconstruyendo la Federación de Estudiantes de Chile, FECH, que otros habían clausurado por obsoleta. Esa, la auténtica "G-90", fue un rayo de sol entre nubes grises. Pinochet cayó detenido en Londres. Fue procesado en Chile en el largo verano del 2001, a partir de lo cual la justicia ensanchó crecientemente su propia medida de lo posible. Se desató una crisis mundial de Padre y Señor Mío, que quitó el piso al Neoliberalismo que había penetrado no poco en algunos segmentos de una generación a la sazón medio "groggy", tras tantos golpes y avatares.

Una nueva primavera

Volvió la primavera. Esplendorosa. Sus primeros brotes tomaron forma de Pingüinos, decenas de miles de ellos. Muy pronto y algo más creciditos, brotaron nuevamente por todo Chile, en centenares de miles. En un par de pasadas los estudiantes echaron abajo la idea tan sesudamente promovida que la educación podía convertirse en mercancía.

El pueblo sigue los acontecimientos con expectación creciente. En regiones remotas ha dado muestra de lo que puede sobrevenir cuando entra de lleno a la pelea. En un par de ocasiones ha recordado lo que son las manifestaciones de millones. Convocado al mediodía por una muchacha luminosa salió una noche a tocar cacerolas. Otra vez, se retiró en masa durante varios días seguidos a honrar en silencio frente a sus televisores su trágica y espléndida memoria.

Todo ello bastó para cambiar radicalmente la situación política. Los partidos progresistas dieron muestra una vez más de su singular flexibilidad. A lo largo de casi un siglo les ha permitido ir conformando sucesivas alianzas que casi siempre han sabido recoger las demandas principales de cada momento.

Esta vez lograron conformar la coalición más amplia de la historia, la Nueva Mayoría, que ha reunido nuevamente en un solo haz a casi todos los que derribaron a la dictadura, lo que le da enorme solidez. Hay signos que se ampliará aún más, incorporando de modo formal o informal a varios de quienes todavía se sienten desafectados por la izquierda, así como a otros que vienen avanzando en esta dirección, desde la derecha. Estas amplias alianzas políticas son, sin lugar a duda alguna, la mejor forma que adopta el cauce indispensable para convertir las demandas ciudadanas en políticas de Estado.

Asimismo, constituyen una de las defensas principales contra los tsunamis reaccionarios, los que son inevitables en tiempos de cambio. Para ser efectivas en este aspecto, deben complementarse con la represión enérgica de los probables brotes fascistoides. Ojalá por medios legales, pero si ello no es posible, mediante la acción directa de los ciudadanos. Tal como hicieron los británicos, que en el año 1936 barrieron a palos con los hasta ese momento poderosos “camisas negras” fascistas locales en la que se conoce como Batalla de Cable Street. Ambas son las lecciones de los pueblos que han logrado frenar estas oleadas criminales. También, por oposición, es parte de lo que enseña la derrota chilena de hace 40 años.

Michelle Bachelet

En todo ello, esta vez ha sido decisivo el rol jugado por la Presidenta Michelle Bachelet. A diferencia de su primer mandato, al cual se vio impelida por fuerzas que mayormente escapaban a su control, de las cuales no fue ajena una maniobra de los "Hijos de Pinochet", que en ese momento la veían como una adversaria menos peligrosa que otros potenciales candidatos. Les salió el tiro por la culata. Ganó aquella elección al galope, contra el mismo Sebastián Piñera que la sucedería al cabo de cuatro años.

Primer mandato y segunda campaña

Durante su primer gobierno, intentó sin mucho éxito aprovechar la "Revolución Pingüina", para impulsar cambios educacionales que no estaban en su programa. Éste sí prometía en cambio, una reforma previsional. La implementó, otorgando derecho a pensiones "solidarias" a más de la mitad de la población. Empezaron a recibirlas de inmediato más de un millón de familias, beneficiando directamente a más de la cuarta parte de menores ingresos de los chilenos.

En ambas reformas se incrementaron significativamente los recursos disponibles. Sin embargo, no se intentó siquiera tocar las bases de los respectivos sistemas privatizados. Al contrario, éstos salieron fortalecidos al morigerarse con más aportes públicos algunas de sus aristas más irritantes. Luego vino la crisis mundial, que su gobierno enfrentó con bastante decisión incrementando el gasto público casi en un quinto, mayormente en beneficio directo de la población.

Todo ello fue reconocido, lo bueno y lo malo. Luego de un declive inicial bastante acentuado y una vez que se empezaron a pagar las pensiones solidarias, su liderazgo empezó a recibir una creciente aprobación de la ciudadanía.

Sin embargo, ésta rechazó otorgar un nuevo mandato a su coalición política de entonces, la Concertación de Partidos por la Democracia. Al cabo de dos décadas, el pueblo se cansó de esperar que realizaran un giro que se apartara del modelo impuesto por la dictadura, que hasta entonces habían venido administrando con pocos cambios de fondo y profundizado en áreas decisivas como educación y especialmente, minería. En la elección del 2009, el expresidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle obtuvo menos de un 30 por ciento de los votos en primera vuelta y fue superado estrechamente por Sebastián Piñera en la segunda ronda.

Ello no pareció afectar la popularidad de Michelle Bachelet, que terminó su gobierno con una aprobación casi unánime. La mantuvo incólume durante los cuatro años de Piñera, tiempo que dedicó a ejercer con corrección un alto cargo en NN.UU..

Al regresar, fue categórica en un aspecto central: sólo estaba dispuesta a encabezar una coalición más amplia, que incluyese al Partido Comunista y otras fuerzas de izquierda que habían estado excluidas desde el término de la dictadura. Con un programa que apuntase a tres grandes objetivos en los cuales todos concordaban: recuperar la educación pública, gratuita y de calidad, una reforma tributaria que redujese la inequidad y lo más importante, una nueva constitución.

Los dos primeros son objetivos ciertamente moderados, que si bien abordan las cuestiones más sentidas y maduras, no se proponen tocar los asuntos más de fondo, como la renacionalización de los recursos naturales o el término del sistema de AFP, por ejemplo. La promesa de cambiar la constitución se ha rebajado a solo iniciar el proceso respectivo, el que deberá ser continuado por el nuevo parlamento elegido con un mecanismo más representativo que el actual.

Revolucionario, el programa de Bachelet ciertamente no lo es, sino bastante más tímido de lo que se requiere para los tiempos que corren. De ningún modo es un programa como el de Allende, que inspire la adhesión fervorosa de millones recogiendo sus problemas más sentidos y esperanzas más queridas, que son al mismo tiempo las grandes transformaciones nacionales que objetivamente se requiere realizar.

Esto último es precisamente lo que la ciencia política clásica sugiere como la forma apropiada para conducir una ola popular en alza: encabezarla sin la menor vacilación o remilgo. Por el contrario cuando, tras lograr sus objetivos principales,  la agitación masiva alcanza el punto de su inevitable declinación cíclica, la consolidación de los avances logrados y el restablecimiento del orden pasan a primer lugar en la agenda. Son asimismo las grandes lecciones de la tragedia de 1973.

Vladimir Ilich Lenin —cuya principal contribución a la ciencia política es precisamente el descubrimiento de estos largos ciclos en la actividad política de las masas, como recuerda la destacada teórica y autora latinoamericana Marta Harnecker—, cáusticamente calificó de “cretinismo parlamentario” a la moderada gradualidad en tiempos de agitación extendida. Al contrario, tildó de “infantilismo revolucionario” la idea que la única forma de marchar es hacia adelante, todo el tiempo, sin considerar los signos de fatiga del movimiento de masas; “avanzar sin transar”, como rezaba la tristemente famosa consigna acuñada por un frívolo dirigente de la Unidad Popular.

La moderación del programa de Bachelet ha creado problemas con el movimiento de masas en alza, los que empezaron aún antes que el gobierno asumiera y se han agudizado a medida que algunas propuestas se han debilitado y retardado en su implementación, debido a la oposición de la derecha y también sectores de la Concertación a quienes la nueva alianza y su programa no convencieron nunca.

Para el Partido Comunista, su incorporación a la Nueva Mayoría le permitió doblar su representación parlamentaria, a seis de un total de 147 diputados, eligiendo además a dos destacadas exdirigentas estudiantiles con altas mayorías en distritos populosos de Santiago. Asimismo, acceder a dos cargos ministeriales y otros de significación como la Subsecretaría de Previsión Social, desde donde han cumplido un activo papel que ha sido bien evaluado por la ciudadanía. Sin embargo, le ha significado retrocesos significativos en el liderazgo de las organizaciones sociales, donde sigue siendo la fuerza más relevante. Ha perdido la presidencia de las principales federaciones estudiantiles y algunos sindicatos muy activos. En otros gremios importantes como los profesores, en cambio, obtuvieron importantes avances iniciales pero enfrentaron luego una fuerte presión desde la izquierda.

Si el programa de Bachelet se cumple y la alianza se proyecta y profundiza su programa, puede abrir paso para abordar los principales problemas nacionales. Especialmente si se avanza más en el proceso constitucional, que necesariamente generará una amplia discusión ciudadana acerca de los problemas de fondo y "preparará a Chile para los próximos años en cuanto a nuestros recursos naturales", como declaró la Presidenta en la presentación de su primer gabinete. Tiene toda la razón.

El contenido de las reformas que logre implementar su segundo gobierno, así como la profundidad y extensión de las mismas, ha estado y estará determinado por la correlación de fuerzas políticas que se vaya configurando. Las mayorías parlamentarias alcanzadas permiten en teoría realizar muchos cambios, pero solo a condición que no haya disensos en la Nueva Mayoría y se cuente con el concurso de algunos independientes y derechistas disidentes, a lo cual éstos se han manifestado dispuestos en principio y han actuado en consecuencia en algunos casos, como la reforma al sistema electoral binominal y lo que se ha logrado avanzar en la reforma educacional. En otros casos, como la reforma tributaria y la discusión de una tímida reforma laboral, los disensos en la coalición gobernante han diluido las iniciativas gubernamentales de manera significativa.

La clave de todo, desde luego, es la evolución del presente ciclo de agitación popular. Claramente ésta ha continuado un curso ascendente, pero su trayectoria no ha sido lineal ni mucho menos. Nunca lo es, siempre avanza a enviones, a lo largo de constantes idas y venidas, de modo exasperantemente lento la mayor parte del tiempo, pero luego acelera de modo geométrico puesto que siempre parte de lo que ya ha avanzado. Luego de alcanzar su cenit, el que puede sostener por cierto tiempo y usualmente hasta que logra sus objetivos fundamentales, inevitablemente decae. Sin embargo, todo indica que sin perjuicio de sus constantes oscilaciones, tal momento está todavía tan lejos como los principales objetivos a lograr.

Continuará...

Manuel  Riesco Larraín
Capítulo del libro
“Democracia versus Neoliberalismo, 25 años de neoliberalismo en Chile”
Instituto de Ciencias Alejandro Lipschutz

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