Columnas
2016-04-20
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Rafael Luis Gumucio Rivas
especial para G80

Don Patricio Aylwin, el hombre de carne y hueso

En Chile, las exequias de los reyes siempre han sido apoteósicas: el primer documental que se proyectó en este país versaba sobre el entierro de Pedro Montt; los funerales de Pedro Aguirre Cerda mostraron un gran fervor popular. Al primer entierro al cual asistí fue el de don Arturo Alessandri, cuán aún no comprendía la solemnidad de la muerte. Después de la muerte del Presidente Juan Antonio Ríos, los funerales de ex mandatarios ya no tuvieron ni el brillo, ni la concurrencia de ciudadanos como ocurrió con los anteriores.

En Chile somos tan monárquicas que tendemos a canonizar a los Presidentes de la República, sin siquiera esperar los cinco años reglamentarios estatuidos por la Iglesia, y sin asistencia de un abogado del diablo que exija los milagros pertinentes para probar la santidad del sujeto antes de elevarlo a los altares.

Patricio Aylwin no se convertirá en un santo por el solo hecho de ser reconocido y alabado por “moros y cristianos”, por el contrario, fue un personaje muy apasionado y, dentro de esta característica, tuvo amores y odios, como todo político que se precie de tal. Pretender que la política es un oficio para buscar y encontrar la santidad es una aberración, pues se trabaja con el poder, que siempre es coerción y fuerza.

Según don Patricio, tuvo que elegir entre los socialistas y la Falange, en sus años mozos y optó por este último conglomerado. No pertenecía a la generación de los fundadores del Partido de la Flecha Roja, sino a la de los marineros – militantes más jóvenes – como la define un autor.

En la Democracia Cristiana fue un seguidor fervoroso de Eduardo Frei Montalva, sin embargo, prefirió ser senador por la circunscripción Curicó, Talca, Linares y Maule, a ocupar un cargo de gobierno.

El Partido democratacristiano se transformó en un partido único, a partir de 1964, con el triunfo de Frei Montalva y, posteriormente, 1965, con las elecciones parlamentarias, en que obtuvo 80 diputados sobre un total de 150, en consecuencia, los debates internos de la Democracia Cristiana se convertían en el eje del debate nacional y la prioridad en los titulares de la Prensa.

Por ese entonces el Partido estaba dividido en tres tendencias: los rebeldes, los terceristas y los oficialistas; los primeros planteaban la necesidad de radicalizar la “Revolución en Libertad” y buscar la unión social y política del pueblo, bajo la dirección de un líder democratacristiano, lo cual exigía, necesariamente, la alianza con los partidos de izquierda; los segundos tenían la misma idea, pero creían que era posible que el Partido no virara hacia la derecha, como en verdad empezaba a ocurrir; los terceros estaban encabezados por Patricio Aylwin, que siempre fue un dirigente conservador, apegado a la fracción de Frei Montalva. En Peñaflor, el ala derecha de la Democracia Cristiana, que no se atrevía a aliarse con la derecha tradicional – el Partido Nacional – agitaba la idea del camino propio sobre la base del mesianismo del “vuelo del cóndor” – sobre las derechas y sobre las izquierdas -.El predominio de los funcionarios del Estado – todos oficialistas – que terminó, finalmente, con el quiebre del Partido Democratacristiano. Con ocasión de la muerte de don Patricio Aylwin, Andrés Zaldívar – en esa época pertenecía a la derecha democratacristiana, ala donde continúa hasta ahora – sostiene, muy orondo, sin que nadie se atreva a contradecirle, que “rebeldes y terceristas” querían, nada menos, que la salida del Partido del gobierno de Frei Montalva, lo cual es un verdadero despropósito, pues el clivaje central de Peñaflor era Unidad Popular o bien, camino propio que camuflaba, finalmente, la alianza con el Partido Nacional.

El sector freista de la Democracia Cristiana fue responsable directo del golpe de Estado, pues sin su colaboración jamás se hubieran atrevido a derrocar el gobierno legítimamente elegido de Salvador Allende. Los gestores de la preparación del golpe de Estado – Arellano, Bonilla y otros, habían sido edecanes y funcionarios durante el gobierno de Frei -. Como muy bien lo sostiene Radomiro Tomic, la Democracia Cristiana tenía la mayoría en el Congreso y en las organizaciones sociales, por lo tanto, sin el decidido apoyo de todas estas fuerzas, el golpe hubiera sido imposible.

Al cancelar la posibilidad de diálogo con el Presidente, Salvador Allende, Patricio Aylwin, presidente de la Democracia Cristiana, abrió el camino al quiebre de la democracia. Por lo demás, nunca disimuló su posición: célebre es la frase suya, del 29 de agosto de 1973 “si le dieran a elegir entre una dictadura marxista y una dictadura de los militares yo elegiría la segunda”. Después de haber muerto Allende, en una declaración de prensa justificó el golpe al decir, el 17 de septiembre de 1973: “el gobierno de Allende había agotado, en el mayor fracaso, la vía ´chilena al socialismo´, y se aprestaba a consumar un autogolpe para instaurar por la fuerza una dictadura comunista… Hasta la última quincena conversamos con el Presidente Allende y su gobierno, en busca de las rectificaciones indispensables para salvar a Chile del quiebre institucional y del desastre económico. Nuestros esfuerzos no encontraron acogida seria y su fracaso condujo a la intervención militar, que las Fuerzas Armadas y Carabineros no buscaban y contradecían sus tradiciones”.

Basta leer las distintas declaraciones de los líderes freistas para comprobar que traicionaron su historia democrática, y apoyaron con entusiasmo el golpe militar que este mismo Partido co-preparado con la derecha y los militares. Sólo el rechazo de los demócratas, encabezados por Tomic y Leighton, salvó, en parte, el honor de ese Partido.

El trato que el general Bonilla dio a Patricio Aylwin cuando fue a reclamar por el cierre de la Radio Balmaceda, propiedad de los democratacristianos, fue tan humillante que precipitó el quiebre de la dirección del Partido con los militares de la Junta de Gobierno.

Durante su exilio, en Italia, Bernardo Leighton escribió una carta de “cuero diablo” a su antiguo amigo, Eduardo Frei Montalva, enrostrándole su colaboración con el golpe de Estado y, además, en conversaciones con amigos, declaraba que había sido engañado vilmente para conseguir su voto, en la Cámara de Diputados, en el proyecto de acuerdo que declaró ilegítimo el gobierno de Allende, que luego sirvió de justificación para llevar a cabo el golpe de Estado. Según Leighton, el presidente del partido, Aylwin, le había argumentado sólo perseguía la rectificación del gobierno y no un golpe de Estado.

Durante varios años, el freismo se negó a formar un frente común anti-pinochetista marginando, en especial, al Partido Comunista y a otros partidos que consideraba marxistas, sobre todo los socialistas de Almeyda, y sólo aceptaban al Partido Radical y a la fracción más moderada del Partido Socialista, representada por Carlos Briones.

La declaración Leighton-Gumucio, en el exilio, que llamaba a los cristianos a unirse contra la dictadura no fue acogida, menos apoyada por el sector freista de la Democracia Cristina – no está de más recordar que los principales amigos de Frei Montalva fueron William Thayer, y Juan de Dios Carmona, que fueron pinochetistas hasta el final -.

El viraje de este Partido hacia la convergencia con los socialistas y la izquierda se produjo un tiempo antes del plebiscito de 1988, cuando ya entreveía que el régimen pinochetista quería perpetuarse en el tiempo.

Los titulares de los diarios, tanto nacionales como extranjeros anotan que Patricio Aylwin fue el gran promotor de la transición a la democracia. Si nos atemos a verdad histórica, en Chile no ha existido nunca una transición, largo tema de procuraremos tratar en un próximo artículo.

Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)
20/04/2016

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