Columnas
2016-05-02
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Rafael Luis Gumucio Rivas
especial para G80

Respuesta a don Héctor Toledo a propósito de la responsabilidad de don Patricio Aylwin en el golpe

El historiador Marc Bloch decía que los historiadores eran “unos jueces de los infiernos”, título utilizado por Manuel Vicuña para la biografía acerca de don Benjamín Vicuña Mackenna.

El trabajo del bibliotecario – o archivero – y el del historiador se diferencian en que el primero se conforma con la existencia del documento para establecer la verdad de un hecho, por el contrario, el historiador lo somete a una crítica profunda y, además, emite juicios acerca de períodos y sobre actuación de personajes históricos – es una especie de “juez de los infiernos -.

En su carta me pide pruebas documentales sobre mis afirmaciones en el sentido de que don Radomiro Tomic había condenado la actuación de la directiva democratacristiana freista y presidida por Aylwin:

En un texto publicado con posterior al golpe de Estado, Radomiro Tomic decía:

“La Democracia Cristiana no puede pedir para sí el papel de Poncio Pilatos en el desastre institucional. La gravitación de lo que se hace o se deja de hacer cuando se controla el cuarenta por ciento del Congreso Nacional, el treinta por ciento del electorado nacional, el treinta y dos por ciento de los trabajadores organizados en la CUT, el cuarenta por ciento del campesinado y las organizaciones juveniles chilenas, diarios, radio y TV, cinco de ocho universidades del país, la gravitación, digo, de una fuerza de tal envergadura, tiene efectos decisivos por sus acciones o por sus omisiones”.

En la Revista Chile-América, publicada por exiliados chilenos en Roma, Tomic insiste:

“En primer lugar, 9 de agosto de 1982, de acuerdo a una petición de Patricio Aylwin, el presidente Allende había formado un gabinete con participación institucional de militares. A los pocos días, la DC se desligó del compromiso y empezó a exigir la renuncia de los uniformados. En segundo lugar, el ´apoyo frontal´ de la DC a la huelga de los camioneros y otros sectores de claro carácter ´ilegal absolutamente inmoral a la luz de la moral cristiana´. Tercero, la declaración de la Cámara de Diputados, controlaos por la DC y ´ilegalizando ´al gobierno; finalmente, la declaración de la directiva del PDC, del 12 de septiembre de 1973 en apoyo al golpe militar. Y ´el silencio del Congreso Nacional, poder constitucional cuyas dos ramas estaban en poder de la Democracia Cristiana, que se negó a todo pronunciamiento de solidaridad con el gobierno a raíz de la tentativa de golpe de Estado del 29 de junio y que aceptó sin protesta la clausura el 11 de septiembre”.

Don Bernardo Leighton era el hijo espiritual de mi abuelo, don Rafael Luis Gumucio Vergara, un conservador libertario y radicalmente enemigo de la irrupción de las fuerzas armadas en política. La relación entre mi padre y don Bernardo era de hermanos – así se trataron siempre a pesar de que Gumucio renunció a la Democracia Cristiana a raíz de lo que él consideraba la “derechización del Partido que fundara en 1957 y, anteriormente la Falange, en 1938 -. Mi abuelo paterno, en 1924, muy apegado a las ideas conservadoras, era el director de El Diario Ilustrado, y en sus editoriales se mostraba como un violento al “tribuno del pueblo” o “el Lenin chileno, Arturo Alessandri Palma. Don Rafael Luis estaba muy contento de que los militares hubieran derrocado a “esta especie de loco italiano, don Arturo Alessandri Palma. En ese mismo Diario trabajaba el gran periodista y escritor, don Jenaro Prieto, quien le manifestó que estuviera tan contento, pues “no había hecho la guardia” y no conocía a los militares, y cuando se toman el poder, no lo sueltan nunca más. Desde ahí para adelante, Rafael Luis Gumucio juró que jamás, y por ningún motivo, volvería a apoyar una intervención militar, por muy grave que fuera la situación del país. Este anti-militarismo se convirtió en el ethos del falangismo.

Don Bernardo fue siempre un auténtico demócrata y, por consiguiente, no podía aceptar ninguna intervención militar, por eso le repugnó especialmente que el freismo apoyara, desde el primer momento, a la Junta Militar. Baste leer las cartas enviadas a Eduardo Frei Montalva, publicadas en Chile-América, para comprobar cuán dura fue la crítica a la actitud pro militarista de su amigo de toda una vida.

Era tan acendrado el sentido auténtico del civilismo de Bernardo Leighton que, el mismo día del golpe de Estado quiso concurrir a La Moneda para brindar su apoyo al presidente constitucional, Salvador Allende; este impulso de locura, según cuenta el periodista Jorge Donoso, fue detenido por sus camaradas, pues veían en peligro su vida.

Los diputados democratacristianos José Morales, Baldemar Carrasco, Gustavo Ramírez, Eduardo Sepúlveda, Lautaro Vergara y Arturo Frei (este último, pinochetista hasta hoy), en el mes de agosto de 1973, junto a tres diputados de la derecha, presentaron un proyecto de acuerdo, por el cual se declarara ilegítimo el gobierno de Salvador Allende. Don Bernardo Leighton le hizo ver al presidente del Partido, don Patricio Aylwin, señalándole que dicho proyecto daba legitimidad a un eventual golpe de Estado – como en realidad ocurrió -. Aylwin le prometió una aclaración de la Democracia Cristiana en el sentido de que este acuerdo no avalaba el golpe de Estado. Muchos diputados democratacristianas, claramente golpistas, se opusieron a tal aclaración, que fue leída, finalmente, por el diputado Monares, pasando desapercibida y desoída por la mayoría de los diputados, dado que ya estaban embarcados en el carro del golpe de Estado. La prueba documental de la declaración posterior de Leighton, de haber sido engañado, puede leerse en la Revista Chile-América, como también el libro de Rafael Agustín Gumucio Vives, Apuntes de medio siglo, Editorial CESOC, 1996.

(Si se desea profundizar en las dificultades colocadas por la directiva de la Democracia Cristiana, encabezada por Patricio Aylwin, para llegar a acuerdos con el gobierno de Allende, me permito remitirlo a un capítulo completo, dedicado al diálogo entre la Democracia Cristiana y el Gobierno, en que cada vez que parecía se llegaba a un acuerdo – como en el caso de las tres áreas de la economía – la directiva intervenía para dar marcha atrás y detener el voto favorable de los diputados democratacristianos.

Nadie puede negar, como bien lo afirma usted, el sectarismo de los partidos de izquierda que dificultó, en gran medida, la unión social y política del pueblo, única vía mayoritaria para hacer cambios revolucionarios en Chile, tal cual lo postularan mi padre y Radomiro Tomic, entre otros progresistas democratacristianos.

Frases como “negar la sal y el agua” o “con Tomic ni a misa” son verdaderamente estúpidas, dogmáticas e insensatas, por el contrario, a mi modo de ver, en el gobierno de “la revolución en libertad”, llevada a cabo por don Eduardo Frei Montalva, debió buscarse un acuerdo con los socialistas y no encerrarse en el camino propio, que tanto daño le ha hecho a la DC. Hay que reconocer que en el socialismo, por su origen en Marmaduque Gove, siempre ha habido una especie de militarismo y una ilusión de los oficiales y soldados podrían ser progresistas, por esta razón fueron ibañistas, en 1952, y según Carlos Lazo, antiguo dirigente de este Partido, estuvieron tentados de apoyar “el tacnaso”, a finales del gobierno de Frei Montalva, pretextando el sindicalismo en las reivindicaciones militares.

La frase de “con Tomic ni a misa”, del secretario general del Partido Comunista, don Luis Corvalán, es aún más criticable si consideramos que ese Partido era el más proclive a una alianza con la Democracia Cristiana, y que por cierto, una combinación dirigida por Tomic habría sido mayoritaria pero, a mi modo de ver, era imposible, pues la Democracia Cristiana dominaba el camino propio y el freismo, y el llamado sector Izquierda Cristiana, dado el escaso número de sus seguidores, carecía de peso política.

En el Mapu, después de la escisión de la Democracia Cristiana, comenzó a dominar un sector marxista althusseriano, que pasó del reformismo, practicado en su partido madre, a la extrema izquierda y a la alianza con el MIR y los “Helenos”, sector radical del Partido Socialista – algunos decían en broma, para definir al Mapu, como “el casi MIR”. Dentro de lo anecdótico, en una de las vueltas para elegir al candidato de la Unidad popular, la directiva del Mapu quiso apoyar la opción de Pablo Neruda, pero Corvalán les respondió, muy cazurramente, que “ellos apoyaban a Salvador Allende”.

Cuando el Mapu se declaró marxista, Salvador no podía comprender cómo un partido de cristianos revolucionarios se convirtiera, casi de la noche a la mañana, en un quinto Partido de esta denominación, cuando la necesidad se centraba en fortalecer el pluralismo y la participación de los cristianos en la revolución.

Este Partido, tan “revolucionario”, hoy sus ex militantes, en la mayoría de los casos, son empresarios prominentes – más derechistas que sus amos – y se dan el lujo de criticar las reformas que ha impulsado el gobierno de Michelle Bachelet – Óscar Guillermo Garreton, por ejemplo, de marxista a neoliberal, que ya es un paso muy simple para estos “Robespierre” de fantasía; Correa y Tironi son exitosos lobistas y asesores de empresas; muchos otros, embajadores, u otros pitutos muy bien remunerados; de “patria o muerte”, pasamos a pituto o muerte .el dinero no tiene patria -.

Por último, usted aporta una cita de un libro de Alberto Jerez en que deja muy parados a unos jóvenes, partidarios de resolver el conflicto entre el gobierno a Allende y la oposición de forma revolucionaria. No me extraña en absoluto, pues no faltaban las cabezas calientes. En todos los partidos políticos, en los días previos al golpe de Estado, incluso en la Democracia Cristiana, el 90% de los militantes era partidario del golpe – lo reconoce el mismo don Renán Fuentealba, en una entrevista reciente -.

En lo personal, en esa época era profesor de la Universidad Católica de Valparaíso y me sentía muy lejano a las posiciones ultraizquierdistas de ciertos sectores, tanto del Mapu, como de la Izquierda Cristiana, más bien identificándome con Allende y la búsqueda de diálogo con la Democracia Cristiana.

Estimado don Héctor: el período de la Unidad Popular, tan importante en nuestra historia, mantiene aún muchos enigmas, temas, problemas y aristas por resolver. En todo caso, por mi parte, ese proyecto sigue siendo un intento de “tomar el cielo con las manos”, usando la frase de Karl Marx para referirse a la Comuna de París.

Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)
29/04/2016

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