Columnas
2016-08-02
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Luis Casado
especial para G80

La payasada de los "stress tests"

Como de seguro sabes, los ‘stress tests’ son una suerte de tomada de pulso destinada a apreciar la salud de los bancos. En la realidad, todo ocurre como si tú mismo fueses a ver al médico acompañado de un muñeco de palo, y el galeno le pusiese el tensiómetro a este último. Si el discípulo de Hipócrates te dice que todo va bien, comienza a preocuparte. Con los bancos pasa lo mismo.

Cada cierto tiempo, la Autoridad Bancaria Europea (ABE) le pone el estetoscopio a un cierto número de establecimientos bancarios, con el sano propósito de hacerte dormir tranquilo. Lo curioso es que su inapelable dictamen consagra la espléndida salud de bancos que poco después empiezan a doblar las corvas.

El banco italiano Monte Paschi ¿te dice algo? Se dice que es el banco más antiguo del mundo y –debe ser cosa de la edad– ya no se sostiene ni con muletas. Como es frecuente en la actividad financiera privada, requiere de periódicas transfusiones de dinero público para mantenerse vivo. Tú me dirás: “Así hasta yo…” Precisamente.

La primera duda que surge con los ‘stress tests’ tiene que ver con los bancos convocados a la consulta médica. Si dejas fuera los que presentan evidentes síntomas de debilidad, de fiebre o de diarrea… es poco probable que detectes una eventual epidemia. Sin embargo, es lo que ocurre, mira ver.

La selección de bancos sometidos a evaluación no refleja muy exactamente el estado real de la salud del paisaje bancario, dicen quienes saben, señalando que en el año 2010 el banco KfW (Alemania) fue excluido de la lista que debía pasar los ‘stress tests’.

IKB, filial de KfW, –banco de desarrollo controlado a 80% por el Estado Federal y a 20% por los Länder–, fue afectada seriamente desde el año 2007 por la toxicidad de los créditos “subprime”. Las pérdidas de IKB –unos 5 mil millones de euros– debían pesar en los resultados de KfW hasta el año 2017. En esas condiciones… ¿para qué someter KfW a los ‘stress tests’? El resultado era conocido de antemano. Es lo que se llama el recurso del método…

Por otra parte, seis bancos alemanes no quisieron entregar el detalle de su exposición a la deuda soberana (Deutsche Bank, Deutsche Postbank, Hypo Real Estate, DZ Bank, WGZ Bank y Landesbank Berlin). El gobierno de Angela Merkel justificó la falta alegando que ninguna ley puede obligar los bancos a entregar esas informaciones. Frau Merkel es rigurosa con los PIGS (Portugal, Italy, Greece, Spain) e indulgente con los bancos alemanes.

Otro detalle: ¿qué miden los stress tests? Entre otros el ‘ratio de solvencia del primer pilar’ (Tier one) en caso de deterioro de la coyuntura. Eso es jerga bancaria. En cristiano: la relación entre los fondos propios del banco y su endeudamiento total. Cuanto posees, y cuanto debes. ¿Queda claro? En el caso de un banco los depósitos a la vista constituyen lo esencial de su deuda, y los créditos acordados a sus clientes lo esencial de sus activos financieros.

El ratio de solvencia de un banco expresa la relación entre el monto de sus fondos propios y el monto de los créditos acordados a sus clientes. La solvencia de un banco corresponde a su capacidad de responder sin problemas a las demandas de retiro de dinero de sus depositantes.

Para que te hagas una idea, es normal (!) que a partir de fondos propios equivalentes a 6 euros un banco preste 100 euros. El ratio de solvencia es del 6%. Cuando la crisis de los subprimes, se descubrió que algunos bancos estadounidenses ni siquiera tenían fondos propios y prestaban alegremente miles de millones de dólares. Como sabemos, son los créditos los que hacen los depósitos, y no los depósitos los que hacen los créditos. Si no te cabe en la cabeza, no busques trabajo en un banco.

Ahora bien, si los créditos acordados por un banco corren un imperceptible riesgo de no ser recobrados, se escucha un mensaje de tipo “Houston… we have a problem…”

De ahí que el Tier one (primer pilar) busque ponderar de un lado la solidez del capital de un banco, y del otro la ‘calidad’ de los créditos acordados, o sea la posibilidad de recobrar ese dinero.

Los fondos propios equivalen a la suma del capital, de las reservas, del remanente de ejercicios anteriores (report à nouveau), de la deuda híbrida y de los fondos específicamente afectados a los riesgos bancarios generales. Si no conoces la contabilidad general no te inquietes: los economistas tampoco. Basta con saber que lo que precede constituye los fondos propios del banco.

En cuanto al riesgo asociado a los créditos acordados –que se incrementa cosa mala en caso de ‘degradación de la coyuntura’–, se trata de la probabilidad que tiene un deudor de caer en default (no pagar), o que su situación se deteriore al punto de hacer temer por el dinero que le debe al banco.

Es aquí que la cosa se pone fea: los ‘stress tests’ evitan cuidadosamente una evaluación realista del riesgo del crédito.

Para aprobar los ‘stress tests’, los bancos deben poder conservar un ratio de solvencia mínimo del 6% en caso de degradación de la coyuntura. Cuando aparecen en lontananza las ‘turbulencias’, las ‘altas mareas’, los ‘pánicos’, las crisis, y con ellas la morosidad y la insolvencia de algunos clientes, el banco debe conservar – en el peor de los casos– una ratio de solvencia del 6%. Tú me dirás que no es mucho, y llevas razón. Pero así es la cosa.

Para minimizar el número de bancos que fracasa en los ‘stress tests’, al ABE minimiza las características y el alcance de las ‘turbulencias’, las ‘altas mareas’, los ‘pánicos’ y las crisis. De ese modo reducen la masa de potenciales clientes morosos y de créditos irrecuperables. Así de sencillo. Es como cuando los colegios privados le exigen a los profesores no ser muy exigentes en los exámenes, visto que no conviene defraudar a los clientes que pagan tan bien para educar a sus subnormalitos (no te rías: de ese modo George W. Bush obtuvo un diploma en Harvard).

Por poner un ejemplo, la ABE nunca integró en el modelo inicial de stress tests la hipótesis de un default de los PIGS. El Banco Central Europeo (BCE) arguyó que, habida cuenta del gigantesco plan de ‘ayudas’ de la zona euro, era contradictorio tomar en cuenta tal hipótesis.

Mejor aún: sin muchos aspavientos, el BCE, el FMI, el FEEF (fondo europeo de estabilidad financiera) y otros organismos que hay que calificar de públicos, le compraron a precio fuerte la deuda soberana a la banca privada, para liberarla hasta de la sospecha de una eventual quiebra provocada por el probable default de algún PIGS.

En otras palabras, la salud de la banca privada sigue dependiendo del dinero público. Recientemente, el BCE fue mucho más lejos amenizando su algo tardío relajo monetario (QE) –60 mil millones de euros mensuales de emisión monetaria sin respaldo: la nada misma– con 20 mil millones mensuales más para comprarle activos dudosos a las empresas que le deben dinero a los bancos… Dos precauciones valen más que una sola.

Tercera curiosidad, el límite de los ‘stress tests’, o sea el ratio de 6% que define la resistencia de los bancos europeos. Cifra tan arbitraria –y tan idiota– como el límite del 3% de déficit presupuestario impuesto a los países de la Zona Euro. ¿Porqué 6%? La respuesta es tan brillante que encandila: ¿por qué no?

El ratio de solvencia que el Comité de Basilea propuso más tarde fue superior al 6%, y en algún momento bordeó el 8%. En el año 2010, si la ABE hubiese retenido un ratio del 7%, 24 bancos hubiesen fracasado en los ‘stress tests’, en vez de los 7 desaprobados. Un buen paralelo lo ofrece la altura que califica a un atleta de salto alto para los Juegos Olímpicos. Si pones la barra a un metro… yo mismo me califico. Y tú también.

Si la ABE hubiese retenido un ratio del 8% –como fue el caso más tarde en el Comité de Basilea– la necesidad de nuevos capitales para la banca privada hubiesen subido a 27 mil millones de euros, de los cuales un 40% sólo para Alemania e Italia. Era la época dorada en la que Christine Lagarde, a la sazón ministro de Finanzas de Francia (2007-2011), alegaba que la solidez de los bancos franceses no requería ni un euro de recapitalización. Apenas entronizada Directora gerente del FMI (julio del 2011), alegó exactamente lo contrario.

Del 2010 a la fecha han transcurrido seis años, y los enjuagues relatados más arriba. ¿Cómo es posible que, ante la inminente rueda de ‘stress tests’ actual leamos en la prensa europea titulares como el que sigue?

“La semana próxima verá (…) la publicación de los resultados de los ‘stress tests’ efectuados por la Autoridad Bancaria Europea (…) que podrían tener pesadas consecuencias para la cotación bursátil de los bancos del Viejo Continente, ya laminada desde principios de año.”

Mario Draghi, presidente del BCE, se raja a su vez con declaraciones en plan fin de mundo:

“Las acreencias dudosas ‘son un problema significativo con relación a la capacidad futura de los bancos para ofrecerle crédito’ al sector privado en la zona euro.” Draghi agregó: “Este problema debe ser resuelto porque es un obstáculo a la transmisión de la política monetaria” (o sea a la repercusión de la política monetaria del BCE por los bancos privados).

El tipo que en la Zona Euro, –conglomerado sometido a estrictas políticas de austeridad porque no hay dinero ni para la Salud, ni para la Educación, ni para pensiones decentes, etc.–, puso a disposición de la banca privada –en un solo día– un billón de euros (un millón de millones)… El mismo que lanzó el relajo monetario de 60 mil millones de euros mensuales para ‘aliviar’ la banca privada de créditos dudosos… El mismo que acaba de aprobar el rescate del banco italiano Monte Paschi… declara que la banca privada no logra recobrar los créditos acordados… ¿A quién? Anda tú a saber…

Si los ‘expertos en riesgos’, –o sea la banca privada (¿porqué te ríes?)–, rescatada con dinero público, a la cual el BCE le reservó durante largo tiempo el jugoso negociado de la deuda soberana antes de recomprársela cuando se recalentó el horno, no logran hacerse pagar los créditos que otorgan… quiere decir que son incompetentes, inútiles y peligrosos. Así como lo lees.

O bien, más sencillamente, la banca privada es un nido de rufianes. No lo digo yo, lo dice un nutrido areópago de distinguidos miembros de la comunidad financiera.

Mejor aún, las ‘autoridades’, –que no controlan ni sus esfínteres–, obran en beneficio de la comunidad financiera, de la banca privada. Y le preparan ‘stress tests’ que el propio Wall Street Journal –poco sospechoso de enemistad con los rufianes– califica de ‘comfort tests’.

Cuando algunos estudiosos se preguntan porqué los Estados europeos no han capitalizado el dinero que le han entregado a la banca privada para salvarla de la quiebra, tomando su control para reconvertirla en banca pública al servicio de la economía real, uno escucha –no muy lejos– las carcajadas de los ex banqueros encaramados en la burocracia europea.

Luis Casado

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