Columnas
2016-08-12
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Daniel Pizarro
especial para G80

City tour

Hace mucho que no trabajo de guía turístico y la memoria me juega malas pasadas, pero a decir verdad la ignorancia, la candidez y la buena disposición de los turistas hacen que mis errores nunca sean muy evidentes y en caso de que algo en mi discurso no les cuadre ellos mismos se encargan de rellenar el bache con sus propias fantasías. Da para pensar que al final del viaje cada cual se ha construido una ciudad a la medida. Cosa de ellos. Lo que es yo, si la ocasión lo permite, juego a hacerles preguntas sobre el Tiempo. Lo mejor es pasear con niños, que siempre tienen respuestas a flor de labios. Les pregunto, por ejemplo, si creen en los viajes a través del tiempo. Todos dicen que sí. Es un estallido de entusiasmo coral. Sin intención de desanimarlos sino simplemente para invitarlos a reflexionar un poco, les digo que en realidad nadie necesita máquinas para viajar por el tiempo, es cosa de mirar las estrellas y apreciar su luz, que viaja hacia nosotros desde el pasado; les digo que si existe un tiempo absoluto, pongamos el tiempo de Dios, también hay un tiempo relativo y lo que podemos ver en el cielo nocturno corresponde a eventos ocurridos hace cientos, miles o quizás millones de años; todo depende de la distancia a que se encuentren esos astros de la Tierra. Aquí los ojos de ellos se abren desmesuradamente. Tiene algo de terrorífico observar el pasado a la cara. Pero así es y no hay vuelta. Para complicarles otro poco el panorama, les digo, desprendiendo las consecuencias del ejemplo anterior, que, como pueden ver, Tiempo y Espacio están implicados. Les digo que esos dos son los mejores amigos, los más íntimos del Universo. Y ahora pongan atención, les digo: en rigor, siempre estamos percibiendo el pasado con nuestros cinco sentidos, pues todo se encuentra a cierta distancia de nosotros –incluso nosotros mismos–, mediado por el Espacio, y es en este punto, les digo, donde mis propios pensamientos hacen cortocircuito, es decir, en el momento en que pronuncio la palabra Conciencia o la palabra Yo, esas palabras que hacen de soporte a la realidad tal como la concebimos.

Pero como guía turístico que soy, no siempre me entretengo en esas cosas. Sucede que esa vez, cuando me animé nuevamente a hacer mi recorrido habitual, íbamos aproximándonos al centro cívico un día domingo, y a medida que nos acercábamos, la presencia de carabineros era cada vez más numerosa. Habían acordonado las calles con vallas papales y dispuesto sus vehículos como el Huáscar, el guanaco, el zorrillo y los buses apedreados de manera que daba la impresión de que algo muy importante, por no decir complicado y violento, estaba a punto de suceder y ellos, con su presencia amenazante, cumplían con la misión de disuadir a los potenciales agentes de desórdenes públicos. Les explicaba yo a los turistas que este lenguaje se me había impregnado en otros tiempos, que por favor me excusaran si les sonaba extemporáneo o un poco desquiciado, digamos por lo elusivo o paranoico. El asunto, al final lo averiguamos, era que desde Plaza Italia venían marchando unos manifestantes contrarios al sistema de pensiones vigente, que era miserable y era, al igual que las estrellas, otro eco del pasado, como también lo era la presencia de las fuerzas policiales emplazadas en el centro, que parecían la única respuesta del gobierno al descontento, y en esta parte del tour yo me entretenía preguntándoles si esto que observaban sería el pasado o el presente, y ninguno de ellos entendía muy bien el objeto de mi pregunta.

El pasado, el verdadero pasado, estaba un poco más allá, luego de que logramos sortear las vallas papales y entramos a la exposición del antiguo Egipto, y como ninguno de nosotros era experto en ese período de la historia nos contentábamos con acercar la vista a las estelas funerarias y mirar sus jeroglíficos incomprensibles, y también nos entretuvimos admirando un sarcófago de piedra semejante a una tina de grandes dimensiones, pues con esa clase de objetos cotidianos podíamos compararlo, por supuesto sin comprender nada de lo que decían las escrituras interiores que al parecer –por la explicación que acompañaba al sarcófago– eran consejos para facilitar el viaje del difunto hacia el reino de los muertos.

Y ya que estábamos en ese trance, la próxima parada del tour se hizo en el Museo de la Memoria, es decir miles de años después, donde el pasado también despedía sus luces, pero en este caso no eran las de un faraón, un sacerdote o algún otro personaje importante sino los destellos de personas comunes y corrientes, algunas de las cuales aún permanecían desaparecidas, pues luego de asesinarlas habían ocultado sus cuerpos, que probablemente nunca se encontrarían, en eso se empeñaron quienes cometieron esas atrocidades, les decía yo a estos turistas que entonces ponían cara de interés y acaso de verdadera consternación, de esto hace menos de cuarenta años, les decía, es como si tu padre hubiera torturado al mío hasta matarlo, si lo ponemos en términos de distancias temporales, de eso trata el museo que ahora están pisando, y nuevamente les hacía yo la pregunta de cuál era el pasado y cuál era el presente, y qué podría ser este último, y la pregunta tomaba vuelo gracias al eco de esos espacios demasiado grandes en comparación con el tamaño del museo, como si por incapacidad o falta de decisión no hubieran podido conciliar la monumentalidad de los edificios con la modestia fragmentaria, pobremente explicada, de eso que habían llamado el Museo de la Memoria y de donde ya nos retirábamos con un regusto extraño en la boca y en el corazón.

Y ahora nos dirigimos al futuro, anunciaba yo en esta parte final del viaje, dudando a cada instante de los efectos del tour en las conciencias algo pasmadas de los turistas, que suelen capturar estas impresiones de la ciudad como si las contemplaran en un friso fuera del tiempo, pues estos lugares no son sus espacios. Y ahora… hacia el futuro, repetía yo para introducir cierto suspenso, para capturar toda su atención. Sin máquinas del tiempo ni nada por el estilo, les decía. Directo al futuro por la vía del presente. Y entonces los invitaba a subir al Metro de superficie para visitar el Museo Interactivo Mirador.

Hay que decir que en esta parte del recorrido me acompañaban más niños que adultos y al anunciarles yo esta visita se multiplicaban los gritos y el entusiasmo, y todo sucedía con el beneplácito de los padres, ansiosos y temerosos a la vez de las reales posibilidades de que sus hijos aprendieran algo en la vida, dudosos de lo que debían aprender, por eso al verlos apretando compulsivamente los botones de las máquinas, haciendo girar perillas o manivelas, viendo que los objetos se movían por efecto de la manipulación de sus hijos, viendo cómo saltaban chispas y crecían y estallaban las burbujas de jabón, tenían esos padres la impresión de que sus hijos eran unos demiurgos capaces de intervenir en las leyes de la naturaleza, y aquello no les parecía poco.

Pero si pensaban que eso era el futuro, yo les decía que estaban equivocados. El futuro había pasado por delante de sus ojos hacía unos minutos. Es decir que debían volver al pasado para recuperarlo. Vuelvan al Metro de superficie, les decía. Que en esta ciudad es de superficie en las comunas pobres y se entierra como un topo donde está el dinero. Así es la cosa, les decía. Vuelvan y entonces miren por los ventanales del Metro y díganme qué se ve. Este es el paisaje del futuro. Donde antes hubo un cordón industrial podrán encontrar bodegas y algunas empresas que todavía sobreviven. Podrán ver, uno tras otro, centros comerciales y farmacias y los llamados strip centers y estaciones de servicio, y también encontrarán algunas villas de casas apretadas y bloques de departamentos. Entre todo ello pulula el vacío, les decía yo. Vean los espacios abandonados y residuales, vean aquello que aún no tiene dueño y todavía es de todos, público y de nadie, y que subsiste como un insulto a las partículas elementales, a la ciencia moderna. Qué habrá allí donde no hay nada. Qué se esconde en esos lugares hacia donde se dirige el interés particular con una avidez desesperada. Qué instrumentos se idearán para capturar lo que se resta, para hacerlo entrar en el campo de visión. Creo que el futuro, señores turistas, queda más que abierto frente a esas preguntas. Muchas gracias por su atención.

Daniel Pizarro

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