Columnas
2008-06-02
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Andrés Bianque
especial para G80

Tormentas y Tormentos

“La fractura de los huesos del viento trae un lamento constante”

Las alcantarillas siguen rechazando el bocado líquido sobre sus bocas, atragantadas tienen sus tráqueas de cemento, de tanto palo, basura y piedras exiliadas de tierra. El agua no sabe dónde ir, sólo se deja llevar hasta cualquier punto incierto. Y como bien sabrás, en su peregrinaje sagrado, cansada de no encontrar la ruta hacia el mar, se esconde y fondea en lugares que no son siempre los más adecuados, o sea, preferentemente busca refugio donde los más pobres y necesitados. ¿Imaginará que quizás encontrará más ternura en aquellos sitios? Entonces, imagino que sabes que el viejo ritual del anegamiento y sufrimiento se repite perenne e inexorablemente sobre esa larga canaleta austral.

Es curioso como inflan las cifras y las medidas del agua caída sobre ciertos lugares; especialmente cuando hace años atrás llovía el doble y hasta el triple y no existían los papelones estructurales mal llamados catástrofes naturales que existen ahora.

La tierra era una esponja verde, blanda y delicada, era un cojín suave donde caían las gotas como plumas transparentes sobre su vasto regazo. Hundíanse las semillas de nube sobre el vientre materno terrestre y dormían su siesta de napas subterráneas hasta cuando el reloj biológico las despertara y fuese su turno de volver al cielo que las vio descender sobre los campos y los montes.

Más ahora, cortados los árboles que tejían esa larga manta de humus sobre los bosques, sobre las praderas, azotan sus rostros lágrimas incoloras contra las piedras, contra el concreto, contra la tierra convertida en cemento erosión implacable que no sabe, ni necesita ningún líquido para crecer, para tildar de pastizal verde el acento de la hierba, para devolver en moneda verde como pago ese cargamento tesoro líquido, erario natural, sobre el espacio circundante.

Y han reemplazado y arrancado árboles naturales, innatos, originarios y esenciales por una mezcla de árbol esclavo, cerdo de los bosques, jabalí hambriento del porcentaje y las ganancias sobre el suelo. Y es que ciertos pinos aceitan tanto la tierra con sus ramas, conos y hojas (y ojos particulares que los cuidan, alimentan y protegen para luego trasquilarles hasta las raíces) que una pasta aceitosa, grasienta recibe a esas gotas orondas, y eso nimbos algodonados se convierten en adiposas albondigas grasientas que entre más avanzan más se agigantan y corren y recorren el espacio como bolas inmensas que se llevan todo a su paso…y ya sabes, no se puede juntar el agua con el aceite.

El sebo privado, particular echa a patadas a las gotas huérfanas de tálamos y lechos de helechos esponjosos. Y éstas buscan consuelo entre sus tíos los ríos, entre sus primas ninfas las lagunas, entre sus hermanos mayores que son los lagos. Y esos hogares se hacen pequeños para recibir a tanto invitado inesperado, y ya no caben más en esas casas acuosas y salen a los patios, a las calles, a las veredas, a los jardines y empujadas por el no tener o saber dónde ir van arrasando y anegando todo a su paso.

Y caen las gotas como clavos cristalizados rompiendo la tierra, rompiendo los techos pobres, llevándose amarrados los establos, abrazadas las camas, empujando los niños a los acantilados y las epidemias

Caen como espinas sobre las cabezas, coronando destinos y caminos llenos de barro y catarros y enfermedades que son la delicia de ciertas milicias.

Y mientras los señores duermen arropados, tibios, y despreocupados, otros, los de siempre, duermen con los ojos abiertos. En cualquier momento se desbordan como cada año los ríos, como cada invierno los canales, se vienen abajo los cerros, y las goteras son estalactitas persistentes cual cuchillos traicioneros, acechando nocturnas y diurnas sus potenciales víctimas.

Las promesas electorales no concretizaron ningún embalse, ningún acueducto, no limpiaron las cloacas que son tan de sus gustos. El único colector que funciona a la perfección es el de los votos, ése sí es importante, ese no colapsa nunca. Muéranse, ahóguense, inúndense, pero primero vote por nosotros.

Y los techos lloran con gemidos repetitivos y constantes, de las viejas casas, rucas y ranchas corren lágrimas por sus fachadas. Cataratas de todos los tamaños reparten catarsis parálisis ante lo dantesco de ciertos embalses, diques, represas, embalses y puentes que se vienen abajo como simples maquetas mal fabricadas por manos avariciosas que invierten lo mínimo pero que usufructúan lo que más pueden.

Ingenieros, Arquitectos, trazadores, agrimensores, topógrafos mediocres que callan, que acatan las órdenes de ratas insensibles que por ahorrase un par de monedas construyen la proyección de sus propias vidas, de su propio interior hacia afuera. Edificaciones de pacotilla, arena por cemento, fierros oxidados por acero nuevo y templado, salarios miserables que no estimulan el buen trabajo de nadie. Todo vale a la hora de obtener algún provecho, robarse alguna tajada, tocar algún acomodo. Dineros fiscales, particulares ó mixtos se desbordan siempre sobre ciertos bolsillos de norias asquerosas que no tienen fondo, ni tope.

Es la cara desagradable de vivir entre Capitalistas ordinarios, rascas, de baja calaña y poca monta que no confían ni siquiera en su propio sistema, ese mismo que ellos han instaurado e instalado a sangre y fuego. No invierten en el mañana, quieren la ganancia ahora, ya, al instante. Invertir lo mínimo y ganar lo máximo. No importa la calidad, ni el desarrollo, ni económico, ni cultural, ni social, ni nada de nada. De ahí la premura de la usura y la sinverguenzura por recuperar lo poco y nada que han invertido vertiginosamente antes que su propio sistema, doctrina de la navaja se les caiga encima. Y es que el desarrollo tecnológico de este país bananero es fruto del cerebro de otras gentes, de otros estados, aquí, en este cuchitril mal llamado país, meros copiones, imitadores mediocres, émulos de quinta categoría,

Se destacan enormemente por ser simples sicópatas de las ganancias. Meros estafadores de sueños, permutando anhelos por cuentos y maravillas del modelo.

A lo lejos y a lo cerca proliferan las fuentes, fontanas y piletas naturales por doquier. ¿El manantial de la juventud? ¿La fuente de los deseos? ¿Beberán de ahí las nuevas generaciones? ¿Los niños? ¿Qué piensas cuando ves tu rostro reflejado en tanto charco y charco?

Quizás el asunto es más simple y menos extraordinario que infinitas elucubraciones. La realidad es brutal y tragicómica a la vez. Escuelas, jardines infantiles, universidades, institutos y liceos cerrados hasta nuevo aviso, no de las autoridades, sino autorización climatológica de parte de las nubes sobre los seres humanos. Las aulas se llueven, los baños se desbordan, los patios se anegan, los techos se vuelan.

Son secuelas marginales de escuelas pobres para gente pobre.

Obviamente la enseñanza y educación que pierden esos niños y jóvenes la podrán recuperar fácilmente a través de la televisión y sus exquisitos y selectos programas culturales e intelectuales.

Y lo sarcástico y repugnante del sistema; aquellos que se organizan, claman y reclaman por mejoras estructurales, por una mejor educación se les azota con látigos envueltos en chorros de agua a presión, venidos de la represión de siempre.

Mientras tanto, padres con pésimos trabajos, o pésimos sueldos contemplan con mirada humedecida a sus críos. No irán al colegio, ése el favor del gobierno de turno. Zona de catástrofe, zona de emergencia, zona de siniestro. O sea, los atributos del propio Estado sobre las zonas afectadas por alguna marejada celestial, marina, intestinal terrestre o eólica y su cortina de smog sobre los ciudadanos.

¿Cuántos pares de zapatos tienen esos niños pobres? ¿Cuántos abrigos, bufandas y gorros?

¿Tres, cinco, cuatro? ¿Preparan sopas con el agua que inunda sus casas?

Ollas, tarros, potes, marmitas, proliferan por doquier, la Sociología de la recepción interpretada magistralmente por lo pobres en el caso del agua.

Y es que primero los noticiarios describen el infierno averno estéril de la sequía y la carestía de energía que la sequedad empolvará sobre la población. El oscurantismo energético es un mero capricho irresponsable de la naturaleza. La energía térmica, verde, renovable, plantas atómicas, parques eólicos son contrarios a ciertos intereses particulares por sobre los nacionales.

Y todo es porque no llueve, he ahí el quid de la vid echa pasa impotente rancia, de echar a andar los molinos o megarepresas hechas sobre los huesos de nuestros antepasados. Seguramente, más de alguno dirá que los “activistas ecologistas indigenistas terroristas” se resisten y arman problemas cuando se trata de realizar algún proyecto en nombre del desarrollo. Sin embargo, cuando las tierras arrancadas y usurpadas pertenecen siempre a los más indefensos y pobres, a uno le queda dando vueltas el por qué no le confiscan y quitan ciertas tierras a ciertos latifundistas que parecen intocables y venerables.

Racionamiento del sufrimiento. No pagas el servicio las sanguijuelas eléctricas te sientan en la silla eléctrica. Si el servicio es malo, pésimo o inoperante, ahí hay que ser comprensivo y patriota.

Falla el suministro de agua, detalles ajenos a la política de la empresa redactada con letra microscópica en el párrafo b, sección diez, página catorce, apéndice J. Ignorantes que somos.

Ayudar, cooperar, entender, auxiliar. ¿Las compañías son iguales con los consumidores? A la par, la oficina del derecho del consumidor dispara balas de salva en contra de esos monstruos que viven y se nutren del lucro y el boato.

Las manos del agua, tratándose de asir de cualquier cosa para no parir sufrimientos, se lleva a la propia madre tierra entre sus dedos, se lleva lo que encuentra a su paso. Se infla y filtra por entremedio de todos los rincones y hendiduras en que pueda escabullirse de su destino final.

Y en su desesperado periplo rompe las cañerías, perfora los conductos abastecedores, los tubos del desagüe, las tuberías y se mezcla con el agua preparada, potable, refinada y particular, y en ese abrazo mortal, letal, el agua mimosa ya no es más que una mezcla de brebaje de tierra, piedras, arañas, bichos, mierda, madera, pelos de ratas humedecidas y escondidas que conforman la nueva fórmula que sólo produce enfermedades y molestias.

El color del tiempo prepara un té envenenado, un café que despierta las enfermedades dormidas, el agua turbia y su turbante de malestares y pesares.

En medio de un temporal apocalíptico, en medio del ojo del huracán, de las peores tormentas, falta el agua para beber, para tomar, para prepararse aunque sea un humilde té.

El país hace agua por todos lados y sarcásticamente, como broma macabra, no hay agua para beber. Sólo agua para ahogarse, empaparse y hundirse.

Entonces, hay que hervir bien el agua antes de beberla. ¿La compañía de agua, o de servicios sanitarios pagará compensaciones a todo aquel que haya sufrido cortes de agua también? ¿Incluso costeará el gas que se gaste para hacer hervir y bullir su infeccioso líquido contaminado?

No hay luz, ni agua, ni gas, los teléfonos no funcionan, los semáforos visten de luto, los postes, emborrachados de viento y de agua duermen recostados sobre las veredas, las calles son ríos urbanos que trazan y delimitan la capital cual mapa hidrográfico instantáneo.

Esos son los efectos colaterales del pequeño detalle de vivir en una aldea que se llama a si misma país. Queda tan patente que cuando llueve tambalea la base social, estructural, económica y política de toda una nación que a modo de resumen, corolario, producto final, podemos ver resumida en una calle inundada de barro y agua nuestro patrimonio cultural.

Pero no todo es malo, la lluvia, a su manera, intenta una y otra vez brindarnos una ayuda.

La lluvia arranca de cuajo el falso maquillaje del desarrollo, desentierra huesos, extirpa el cosmético superficial que han adosado sobre la patria.

Simple, sencillo y directo, un poco de agua borra de un brochazo de nube, las mentiras, los cuentos y los cacareados proyectos de país desarrollado.

Sin embargo, por más que la lluvia muestra descaradamente ciertas verdades de ciertas aldeas declaradas “desarrolladas” por el gobierno, los resultados son los mismos a la larga.

Ya vendrá el sol a secar ciertas angustias, ya vendrá el sol a petrificar el barro convirtiéndolo en meras estatuas transitorias que serán olvidadas rápidamente hasta el próximo invierno.

Los pantanos que emergen por todos lados no son lo suficientemente hondos o peligrosos como para tragarse la inoperancia, la insensibilidad, la apatía de no organizarse nunca en contra de los responsables de que el país se convierta en un páramo gredoso, en un cementerio ambulante e itinerante que se alza en cada esquina mostrando sus tumbas con autos, con casas arrancadas, con perros y gatos muertos, con niños tosiendo la rabia, la impotencia que no entienden, mientras sus padres sólo le piden a dios que la tormenta pase, mientras la lluvia enseña de manera cruel tal vez a arrancar la hojarasca de falsedades que cubre, cual adorno navideño escuetamente comercial, un país que no pasa de ser un mero proyecto de ilusiones y sueños lindos, pero sólo para las inversionistas extranjeros.

¿Qué más damnificado que vivir en un país ordeñado por garras de lobos hambrientos?

¿Cuántos albergados? Esos que albergan interiormente un mejor destino, una mejor vida, día tras día.

Desbordes, inundaciones, crecidas, aluviones, sequías, temblores, terremotos y cualquier otro espasmo natural han pasado a ser parte de la idiosincrasia de un país convertido en un desagüe de norte a sur.

Estos no son castigos divinos, eso son simples excusas para no hacer nada.

Situaciones que son meros ramilletes de ciertas desgracias que pocos entienden que obedecen a ciertas raíces podridas y perdidas de ciertos seres corrompidos de valores o buenas intenciones que podrían hacer algo, pero son formas miserables y ruines que siempre prefieren enriquecerse a costa del sufrimiento y empobrecimiento de los demás.

Mediocres sinvergüenzas que quedan en evidencia ante los ojos callados de millones, se les nota tanto que no saben de amores, patria, o valores o de hacer lo mínimo en nombre de la propia tierra que los vio nacer.

Pero, seamos honestos, a fin de cuenta tenemos lo que nos merecemos. ¿Quién ha instalado a esos payasos de corbata en sus puestos? Antes hubo una dictadura brutal y sangrienta, digamos que ahí no pudimos hacer más. ¿Y ahora? ¿A esos pelafustanes, a esas bataclanas quién los mantiene en sus puestos?

Y es que con el agua de alcantarillas hasta el cogote, con la mierda flotando sobre los hombros, hombres y mujeres, unos insisten en que hay que darle un poco más de tiempo a los señores. Votar nuevamente por algún producto nuevo a ver si sale de buen corazón y arregla los desperfectos. Lo fácil, darle y delegarle la responsabilidad a otros, cuando el organizarse y solucionar los propios problemas sería lo básico y sensato.

Un país en democracia, o sea, país hervido y carcomido en desgracias y falacias.

Vendrá el tiempo en que la lluvia detenga su ejército implacable de gotas que marchan sobre los cuerpos, cabezas y forestas. Cuando la lluvia repose dormida cual crisálida colgada sobre las nubes y espere allá en las alturas, vendrá un silencio húmedo oscureciendo con su sombra de escarcha todos los rincones. Vendrá el frío y este será un fantasma que se arrastrará por las noches como un espectro que hará sonar sus cadenas en la condena de dientes y huesos temblorosos y vibrantes. Compases insistentes sobre el tambor de las bocas.

Entrará por las puertas, por las ventanas, por las hendiduras vitalicias, por los pliegues de la ropa, se sentará en los buses y en las plazas escondido a respirarle en el cuello a los incautos.

De día se cubrirá suspicazmente detrás de las cortinas de las luces, pero estará ahí presente, persistente y latente sobre las sienes desnudas.

Enfriará los latidos, despertará las muelas adormecidas, aquietará los torrentes sanguíneos hasta hacernos lentos, trémulos, callados y distantes.

Los braceros y las estufas serán el amuleto ígneo para ahuyentar a este invitado de piedra glacial.

Sus manos ahorcarán las flores, el trigo caerá desmayado, la hierba se esconderá en un espiral interno al son de su paso.

Vendrá el frío como un animal inmenso a mordernos las piernas, las manos con sus colmillos gélidos, sus uñas cristalizadas de oso polar arpegiarán la canción del escalofrío sobre las espaldas. Y es que, siguiendo callados e impotentes la dilatación temporal del tiempo, en un rato más habrá que cosechar sobre la escarcha, lanzar las semillas sobre los témpanos.

Obviamente las bajas temperaturas causarán estragos en todos lados, (no así en todos los estratos) pero sí, especialmente en aldeas que aún no pasan de usar taparrabos, pero sus habitantes se pasean hablando sonora y pomposamente por celular.

Y es que aquí los cóndores se alimentan de basura en los vertederos, los huemules nacen muertos y tuertos de futuro. Los niños ya se saben esclavos. Los señores tienen explicación para todo, menos para su mediocridad.

Vendrá el tiempo en que escuchemos a nuestros abuelos y sus relatos que vieron personalmente llover sobre un poblado. Sentiremos pena por ellos y los acostaremos más temprano que de costumbre.

(Fragmento)

Andrés Bianque

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