Columnas
2008-10-17
2612 lecturas

Vólker Gutiérrez
especial para G80

El pasado que no deja de pasar... (o la porfía de Diego Portales)

“Puedo recordar absolutamente todo, joven. ¡Esa es mi cruz!”.
(“El ciudadano Kane”)


Junio del año 1837. En medio de la delicada situación política del momento, incluida la primera guerra externa de la naciente república chilena, en el actual cerro Los Placeres de Valparaíso, un grupo de militares sublevados acabó de manera violenta con la vida del secuestrado ministro Diego Portales Palazuelos. Independiente del rol cumplido por el político-comerciante en ese entonces y del juicio que sobre su persona y actuar cívico realizaron sus coetáneos y estudiosos posteriores, lo cierto es que la autopsia al cuerpo inerte, hecha por el médico de origen francés Emilio Cazentre y recogida por su colega chileno Pedro Lautaro Ferrer, expresa la saña con que actuaron sus celadores, ya que “Desde que se pone la vista en el cadáver se siente el alma penetrada del horror por el aspecto de la más horrible laceración: toda la superficie exterior del tronco está cubierta de heridas; las hay en la cara, el pecho y el vientre: he contado hasta treinta y cinco, fuera de algunas contusiones superficiales. Varían en extensión y gravedad; dos fueron hechas con armas de fuego: la mayor parte por bayonetas; y algunas me han parecido estocadas (…) La cara ha recibido un solo balazo, que debe haberse disparado a boca de jarro (…) El segundo balazo, penetrado por la parte posterior del tronco (…) El pecho está acribillado de bayonetazos…”.  

El corazón de Portales fue extraído y, después de varias vicisitudes, permanece en el interior de la Catedral porteña. El resto del cuerpo fue embalsamado y trasladado hasta la desaparecida iglesia de la Compañía de Jesús, en Santiago, donde se ofició la compungida misa de rigor, para luego ser depositado, momentáneamente se pensó, en la Catedral de la capital.  

Mientras detractores y defensores de Portales siguieron debatiendo sobre su aporte a la formación del Estado republicano, se fue olvidando el lugar en que su cuerpo quedó sepultado, hasta que nadie se acordó nunca más (y estamos hablando de 1837, no hace más de doscientos años, cuando había suficiente registro para excusarnos como si se tratara de la Etiopía de hace tres milenios). Recién hace cuatro años, casualmente, la urna con el esqueleto apareció de nuevo ante los ojos de los chilenos y, poco después, la actual mandataria del país encabezó un homenaje en que se depositó, nuevamente y de forma definitiva, el cadáver al interior del principal edificio católico de Santiago.

El resurgimiento público del malogrado cuerpo del estadista, en el año 2005, nos vino a acusar de nuestra sempiterna osadía chilena (si podemos calificarla así) de pretender que el pasado doloroso, el ayer llagado y no restañado, sea borrado de nuestra memoria colectiva. Diego Portales, tal vez con su reconocida y desenfadada picardía exhibida en vida, nos cachetea el recuerdo olvidado y hace tangible las palabras que expresara en una conferencia el historiador Gonzalo Cáceres Quiero, a propósito de otros olvidos pretendidos: hay un pasado que no deja de pasar.  

Y Portales nos reitera, porfiadamente, que no porque nos duela debemos hacer tabla rasa con la historia. Lo expresa así ya no su cadáver olvidado, sino la estatua que le erigieron sus conciudadanos en la capital. En el costado norte de la Plaza de la Constitución, mirando hacia La Moneda, está la obra en bronce del escultor francés Jean-Joseph Perraud, que representa a don Diego vestido con una toga romana, en la clara actitud de un estadista.  

En 1860 la estatua de Portales fue levantada frente al palacio de Gobierno. Sin embargo, no es desde hace tantos años que el monumento exhibe una indeleble marca que nos recuerda porfiadamente que hay cosas que no se pueden olvidar, por más que lo pretendamos así: bajo el ojo izquierdo, un orificio de bala revela que en ese cívico espacio de Santiago se produjo un levantamiento militar y el quiebre de la institucionalidad. Y si bien los edificios del entorno –y la misma Moneda- han sido restaurados, ese orificio en el rostro de Portales, que no corresponde a la autoría del escultor, está ahí para decirnos que hay un pasado que no deja de pasar… aunque nos duela, aunque no queramos recordar, aunque pretendamos olvidar.  
 
Vólker Gutiérrez A.
Periodista
Presidente Cultura Mapocho
www.culturamapocho.cl

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