Columnas
2008-10-21
4380 lecturas

Luis Casado
especial para G80

Respuesta a Jorge Coloma - tartufos y narcisos debaten sin enjaular el pensamiento

Estimado Jorge :

Sé por experiencia propia que la lealtad de los militantes a los partidos y movimientos políticos enraizados en la historia de las luchas sociales de nuestro pueblo es infinitamente mayor, en estos tiempos, que la que muestran quienes se han instalado en los puestos de mando. Esta lealtad es pues un dato que hay que tomar en cuenta.


En mi modesta opinión se ha abusado y se abusa de esa lealtad, para justificar una acción política que le dio la espalda definitivamente a los intereses objetivos de la militancia y de los sectores sociales que los partidos populares representaron desde su nacimiento.

Si se suele decir que la política es el arte de lo posible, no es menos cierto que los Tartufos se han especializado en la erección de la imposibilidad como argumento mayor para justificar lo injustificable.

La política que me atrajo al PS fue aquella que nos permitiría derribar los imposibles gracias a la acción revolucionaria, a la participación masiva del pueblo, a la participación masiva de los ciudadanos en la acción política, en el debate, en la toma de decisiones sobre los temas que les conciernen.

Para conservar lo que hay, para justificar el statu quo, para decretar la imposibilidad del cambio social, siempre hubo organizaciones políticas que en alguna época llamamos conservadoras y hasta reaccionarias.

Como decía un orador en una reunión de homenaje a Salvador Allende (derribador de imposibles donde los haya), hay en la historia de la humanidad algunos “invariantes”, elementos que siempre están presentes.

El primero de ellos es el que tiene que ver con la participación masiva del pueblo como condición absolutamente necesaria para la obtención de sus derechos. Nunca nada cayó del cielo, nada se obtuvo como el producto de la “generosidad” de quienes detentan el poder, ni siquiera como consecuencia de su inteligencia o de su lucidez. La codicia no se detiene ante la evidencia de las catástrofes que trae consigo. La actual crisis es un buen ejemplo de ello.

Mantener alejado al pueblo de lo que le concierne, evitar su participación masiva en la acción política, ha sido un objetivo, la norma, un elemento de negociación de quienes han actuado en nombre de la Concertación durante más de 18 años.

Esta Concertación que ha actuado de acuerdo al aforismo de Michelet quién afirmaba que:

“La política es el arte de obtener el dinero de los ricos y los sufragios de los pobres con el pretexto de protegerles los unos de los otros”.

Todo tu discurso relativo a lo « posible », cae, lo quieras o no, en este esquema.

Con el pueblo fuera de la acción política… nada es posible. Y se hace todo lo posible por mantenerle fuera.

No por nada la prensa menciona un hecho no banal:

“El 80% de los jóvenes chilenos entre 18 y 35 años no votarán en las elecciones municipales del 26 de octubre debido a que no están inscritos en los registros  electorales, según un sondeo telefónico dado a conocer este sábado por el Instituto Nacional de la Juventud.

Asimismo, el estudio arrojó que el 68% de los jóvenes consultados decidió no inscribirse porque considera que la clase política no se preocupa de ellos”.

Tú mismo declaras que “El hecho que no haya cumplido con su rol de intermediario contribuye a ese desprecio por los partidos, que ya está en 6% de confianza en su rol”.

Tú ya puedes discurrir sobre lo que estimas “fundamental para desarrollar proyectos socialistas, progresistas o de los que sean dentro de la históricamente posible: correlación de fuerzas, partido con capacidad de nexo entre pueblo y gobierno; conciencia popular; prestigio de la política, etc.”

El elemento invariante de la historia de la evolución social te dará la razón: sin participación popular no hay modo de cambiar nada, ni de modificar la relación de fuerzas, ni por cierto de prestigiar la política porque la política está en la conservación del modelo, del statu quo, del modo de producción, del esquema de apropiación del producto, de concentración de la riqueza. En eso está la Concertación y eso es lo que explica que en 18 años la distribución del ingreso no haya cambiado, y que la institucionalidad siga girando en torno a la constitución de la dictadura.

Con o sin Bachelet… esa es la realidad. Se trata de una constatación. No de un juicio de valor.

Tu párrafo que dice:

“Como socialista y pensando que el debate socialista no es frente a la disyuntiva “reforma o revolución”, que no está en discusión el llamado a derrocar el capitalismo con el poder popular (anacronismo y voluntarismo), sino a ir cambiando paulatinamente el sistema con las herramientas que poseemos, con los partidos que tenemos y pensando qué podemos -realista y deseadamente- cambiar (análisis de factibilidad)”… es un modelo de conservadurismo reaccionario. No me refiero a lo que afectivamente puedas querer o desear hacer, sino a lo concreto.

Si la acción de los socialistas no está orientada a derrocar el capitalismo… adiós socialismo. Esto desde luego no puede ser asimilado a un llamado a tomarse el Palacio de Invierno mañana por la mañana, sino a poner en coherencia todas nuestras acciones con un objetivo estratégico.

Los remedios que hoy son puestos en obra para resolver la crisis del capitalismo tienen por objeto consolidarlo para volver a lo mismo. Incluyendo las medidas que propone o sugiere la socialdemocracia, algunos de cuyos eminentes líderes dirigen el FMI o la OMC…

Yo no estoy en esa. Lucidez, de acuerdo. Compromiso, “consenso” para salvar al capitalismo jamás. Sobre todo cuando quién paga la cuenta son nuestros representados.

Tú dices partir de la base que tus “interlocutores son críticos al gobierno Bachelet y el tenor del debate es cómo lograr que el PS haga un aporte para mejorar la Concertación hasta lograr una alternativa que implique la satisfacción de los intereses y necesidades del pueblo que aspiramos a representar. No veo aún otra coalición posible”.

Ahí está el fallo: coaliciones que representan intereses objetivos contrarios a los intereses populares no pueden satisfacer los intereses y necesidades del pueblo. Así de claro. El presupuesto para el 2009, las medidas gubernamentales que favorecen al gran capital, la nueva reforma del mercado de capitales (MK3) tienen por objeto proteger a los detentores del poder financiero. No a los trabajadores, ni a los estudiantes, ni al pueblo mapuche…

Con relación a la coalición, Jorge Arrate ha dicho y repite lo que pensamos muchos: la Concertación no solo  no es un agente del cambio sino que se transformó en un dique contra las aspiraciones sociales.

Nuestro amigo y compañero Armando Uribe, presidente del Comunal Francia, lo pone aun más claro: la línea divisoria que separa la sociedad chilena es la que pone de un lado a los herederos asumidos de la institucionalidad de la dictadura y en el otro a quienes sufren las consecuencias.

El precio mayor lo paga el pueblo. Y ese precio incluye la delicuescencia de la coalición, su pérdida de credibilidad, su inmersión en la práctica cotidiana de la corrupción. El mismo fenómeno que vivió el ejército cuando descartó su misión esencial, defender el país, por la defensa de los intereses de las minorías privilegiadas.

Frente a esta realidad… las fracciones, corrientes, sectas, grupos y grupillos partidarios no son sino insignificancia.

Cuando hay que ponerse a la cabeza de un vasto movimiento de recuperación y de refundación política, cuando hay que osar derribar los “imposibles”, reunir al pueblo, izarse a niveles coherentes con la dimensión de la tarea… los quinientos cardúmenes que proliferan en el seno del PS, incapaces hasta de producir un diagnóstico pertinente, un análisis federador, una declaración digna en la forma y en el fondo, no tienen ni la envergadura ni la ambición requerida.

Al respecto creo que Jorge Arrate, que viene desde las entrañas mismas de la coalición (“Viví en el monstruo y conozco sus entrañas”. José Martí), que no puede ser acusado de deslealtad (como ninguno de nosotros por lo demás), constituye en este momento la mejor expresión de la lealtad a la misión histórica del socialismo chileno.

Misión que desde sus inicios no se acobardó frente a los “imposibles” y que en la coyuntura actual, -cuando es más necesario que nunca en la larga historia del movimiento popular chileno rechazar la colaboración que le da la espalda a los intereses del país y del pueblo-, exige de nosotros dar la cara, ponernos al frente, dar ejemplo, ser dignos herederos de nuestros predecesores, de Marmaduque,  de Schnake, de Salomón, de Aniceto, de Carlos, de Salvador Allende y tantos, tantos otros.

No por salir en la foto, sino porque quienes tienen la responsabilidad de asumir el riesgo antes que los otros somos quienes pretendemos liderar el cambio.

Practicar el onanismo a propósito de saber si “el gobierno es administración del modelo, si neo estructuralismo es lo mismo que monetarismo o si crecimiento con equidad es una opción que en su andar va cambiando el sistema que heredamos de la dictadura”, es una ocupación que le dejaré a otros.

La realidad del país muestra y demuestra, exhaustivamente,  cual es el carácter del modelo depredador que impuso la dictadura y que hoy profundiza la Concertación.

Tú dices estar “convencido que en política se hace más con el andar que con “vanguardias” que se piensan encontradamente y no hacen historia fuera de la propia, para algún día contarles a los nietos”.

Solo que en la historia de América Latina, como dice el aforismo, “De los valientes se cuentan historias y de los cobardes puras calamidades”.

En la ciudad de París hay solo tres monumentos que rinden homenaje a tres ciudadanos del continente americano. Solo tres. Ninguno de los tres homenajeados pudo contarle sus historias de “vanguardias” a los nietos porque murieron en la defensa de los intereses de sus pueblos: Francisco de Miranda, Simón Bolívar y Salvador Allende.

Inspirar la participación ciudadana, convocarla, exige más que el anuncio de nuevos consensos con la derecha.

Porque cuando se moviliza al pueblo, cuando este toma consciencia de su fuerza, de su capacidad de transformación revolucionaria, se presenta otra invariante histórica: la violencia que la reacción utiliza indefectiblemente para defender sus intereses.

De eso, algo sabemos los chilenos.

En este momento de violencia nada. ¿Quién pudiese sentirse amenazado por las políticas de la Concertación? ¿Los EEUU? ¿La gran minería privada del cobre? ¿El Mercurio? ¿Las multinacionales? ¿La banca predadora y usurera?

Cuando afirmas: “No creo que hoy se esté administrando el modelo con el fin de mantenerlo”, uno no sabe que lamentar más, si la ingenua inocencia, o la Tartuferia.

Cuando declaras: “Hoy, como socialistas somos gobiernos y debemos preocuparnos de argumentar siempre dentro de las limitantes que implican ser miembro de la coalición gobernante, considerando los límites del sistema…” a mí me queda claro que estás estructurando el pensamiento que justifica la sumisión, teorizando la colaboración de clases.

Algo de eso hubo durante la ocupación alemana de Francia, aunque el crimen fue, por cierto, infinitamente peor.

Pétain construyó su régimen de colaboración con el nazismo sobre ese tipo de hipótesis: no sobrepasar los límites que admitiría el enemigo.

Terminó asesinando resistentes, como el gobierno de la Concertación (yo lo había anunciado desde antes) terminó asesinando sindicalistas, mapuches, estudiantes.

Sin contar las lágrimas derramadas en los funerales del “General del pueblo”.

Esa forma de hacer política, que lleva a algunos a reprimir a sus propios compañeros de partido, a ejercer un incalificable chantaje contra partidos que no obtemperan a la voz del amo, a ser dóciles con el poder del gran capital, esa forma de hacer política, ¡Ya basta!

Poner estas cosas en claro, desnudar el sometimiento que se disfraza con ropajes de “realismo”, “seriedad” y “adalides de lo posible”, forma parte del combate que hay que llevar adelante.

Fraternalmente,

Luis CASADO

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