2006-06-06 1158 lecturas
Iván Vitta
Especial para G-80
La rebelión de los pingüinos: algunas lecciones políticas
Con 650 liceos tomados y otros 180 en paro en todo el país, la movilización de los secundarios se ha transformado en la movilización social más importante de los últimos dieciséis años de transición eterna. Cálculos de sus propios organizadores estiman en casi un millón de personas las que se han movilizado (600 mil secundarios, 300 mil estudiantes de educación superior y la solidaridad y movilización de profesores y otros sectores). El terremoto político, que ha desestabilizado la agenda de Bachelet, ha resultado mayúsculo.
Es hora, entonces, de empezar a extraer lecciones políticas de este primer estallido social de la transición.
Las masas movilizadas pueden rescribir las reglas y, al final, la historia
Todavía estaban frescas las palabras de Bachelet de que no dialogaría bajo presión, cuando debió darse una monumental vuelta de carnero y aceptar negociar, ante la avasalladora marea de colegios en toma, que se duplicaba día con día. Con cientos de miles de estudiantes movilizados, los secundarios fueron capaces de rescribir las reglas del juego y obligar al gobierno a sentarse a negociar.
Decir que los estudiantes se han limitado a seguir el “cauce democrático” es mezquino. Los estudiantes han redefinido el cauce y las reglas del juego democrático mismos. Porque no tenemos por qué limitarnos a la concepción formal y limitada de democracia que existe y aceptar seguir “su cauce”: podemos y debemos, movilizando a millones de personas, golpear la mesa y poner nuestras reglas y nuestra concepción de democracia en la mesa. No hay una sola democracia y la que hay definitivamente no nos gusta. Y los secundarios nos han mostrado que podemos cambiarla.
La historia la hacen los pueblos.
Una nueva relación de las organizaciones políticas de izquierda con las organizaciones sociales
El neoliberalismo ha consagrado una división del trabajo entre el mundo político y el mundo social. Desde la vereda del frente, cierta ideología “autonomista” se ha limitado a tomar acríticamente esa división y a ubicarse del lado de los “actores sociales” y ha llamado a los estudiantes a cuidarse de la manipulación de los malvados señores políticos, mostrando, de paso, el peso opresivo de la herencia cultural de la dictadura.
Hay, efectivamente, un agotamiento de fórmulas orgánicas tradicionales de relación entre los partidos y las organizaciones sociales, caracterizadas por la instrumentalización. La articulación de lo político y lo social pasa, primero, por superar la división del trabajo descrita. El movimiento de los estudiantes ha sido un inmenso paso adelante en ese sentido, en la medida que han conjugado admirablemente lo “gremial” y lo político. Es una lección política de una nueva relación, que deberá estar caracterizada por el mutuo dirigirse e influirse entre organizaciones gremiales y políticas. Pero no se trata de que las organizaciones políticas se conviertan en ayudistas de los gremios, sino de entender que deben ser conquistados políticamente, es decir con ideas, y no administrativamente, por secretaría.
La educación está hoy en el centro de la lucha política e ideológica
Los partidarios del modelo neoliberal están señalando a la educación como la panacea que solucionará las profundas desigualdades sociales que genera el modelo. El argumento simplón es que con mayor educación se recibe mayor salario y que por esa vía se disminuirán las brechas de ingresos.
Pero los sectores críticos no pueden comulgar con semejante rueda de carreta. La evidencia en contrario es demasiado fuerte como para hacerlo. Son demasiados los profesionales que ejercen de vendedores de cursos de inglés. Son elocuentes los estudios que indican que la educación se encarga de reproducir las desigualdades sociales y que los resultados escolares están fuertemente correlacionados con el nivel socioeconómico y el acervo socio-cultural de los estudiantes. Demasiadas manos apuntan hacia los factores estructurales que hacen de la educación la caja de resonancia de las inequidades del modelo.
Eso coloca a la educación en el centro de la lucha ideológica, pues será necesario desenmascarar la “venta de pomada” que se está tratando de llevar a cabo usando la educación como fachada para la defensa del neoliberalismo.
Una nueva mirada a los asalariados: de la rebeldía juvenil a la conciencia de clase
El 90% de los estudiantes movilizados son hijos de trabajadores y futuros trabajadores.
La extensión de la escolaridad, que está alcanzando, con la masificación de la educación superior, hasta 16 ó 18 años de la vida de una persona, replantea por completo el ciclo vital de los trabajadores asalariados. Lo que antes era un privilegio y una rareza, es hoy el 25% de la vida de un trabajador promedio.
La izquierda que se pone del lado de los trabajadores no puede seguir atrapada de una iconografía sobre la clase obrera que pertenece al pasado. La clase obrera no es lo mismo que el movimiento sindical. Si alguna vez se pareció, eso ya no es cierto. Con un 25% de la vida en las aulas y con un sistema escolar reproductor de las desigualdades, los estudiantes son hoy un sector estratégico para crear conciencia de clase, para crear conciencia anticapitalista. La misma radicalidad mostrada por los jóvenes, que se dan cuenta que están siendo formados para ser la mano de obra barata del sistema, nos indica ese camino.
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