Columnas
2010-01-10
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Angel Saldomando
especial para G80

Elecciones en Chile: ¿Fin de reino?

A pocos días del debate del escrutinio de segunda vuelta Chile vive un encarnizado debate.

La eventualidad de un ascenso a la presidencia de la derecha heredera del pinochetismo y la posible continuidad de la concertación que lleva 20 años en el gobierno, ha remecido el escenario político. Los resultados de la primera vuelta dejaron a la derecha en la puerta de la Moneda. Frei pasó a segunda vuelta pero necesita un enorme caudal de votos para llegar y asegurar la continuidad de la concertación. El voto critico, en parte salido de la concertación, se repartió entre Marco Enriquez Ominani ex socialista que corrió por su cuenta y Arrate también ex socialista que hizo coalición con los comunistas.

Lo que está en juego

Desde las posibilidades el triunfo de la derecha parece inevitable, mientras que las matemáticas aun le dejan chance a Frei, lo que supone una transferencia de votos disciplinada algo difícil de realizar. En la franja de votos que le hace falta a Frei el llamado al voto castigo, mediante voto nulo, es fuerte, aunque en los últimos días personalidades y diversos sectores han hecho llamados apremiantes a generar una alianza del campo progresista que detenga a la derecha. Esta última, motivada por la posibilidad del triunfo electoral, agita el desgaste de la concertación, la necesidad de un cambio como principal argumento y busca aparecer como alternancia normal.

Lo que queda claro es que en Chile se sienten aires de fin de reino. Sin embargo, la posible alternancia ha adquirido un cierto dramatismo, tanto en lo simbólico, en lo político y en el trasfondo.

La derecha que ha intentado alejarse de la sombra dictatorial que la cobijó y la hizo fructificar, representa la continuidad de los aspectos más regresivos del modelo económico y político dejado por la dictadura. Su llegada a la presidencia no podría dejar de ser vista como la de los hijos de la dictadura. La concertación representa los limitados espacios dentro de ese modelo para administrarlo con más compensación social. En esos límites, a los que terminó por adaptarse, la concertación perdió su capacidad de renovarse y de canalizar las nuevas y crecientes demandas. De ellas se nutre el desencanto y la frustración de un sector creciente de los que no votan (muchos jóvenes), de los que votaron en contra o de los que llaman a votar nulo.

La derrota de la concertación representaría el fin de un ciclo político y de las fuerzas que lo lideraron sin que haya posibilidad de alternancia por el lado de las fuerzas progresistas.

La cuestión de fondo en el balance de 20 años es que el país presentado como ejemplar en muchos aspectos, estabilidad política, crecimiento económico, reducción de la pobreza, ingreso a la OCDE, debe ser severamente relativizado.

La alta formalización técnica, burocrática y política del manejo de la institucionalidad en Chile esconde formas de gobernanza, quizá eficaces para el diseño que se la concibió, pero distanciada de estándares más altos de gobernanza democrática.

Esto puede resultar sorprendente dada las calificaciones favorables con que el país es honorado en el ámbito internacional. En el país la apreciación de la calidad de la gobernanza democrática oscila entre dos polos bastante alejados entre si.

La posición oficial ha sido representar la gobernabilidad como sinónimo de estabilidad en base a compromisos políticos previos entre elites anteriormente enfrentadas. La viabilidad política, la contención del disenso y el conflicto son los principales atributos valorados. En el lado opuesto, se critica el que esa estabilidad tenga una base autoritaria con arreglos previos desiguales y favorables a las elites y que no sean producto del acontecer democrático conducente a una mayor inclusión social y política.

Las características fundamentales del modo de gobernanza se expresaron en una democratización limitada con alto control político y social, un sistema de negociación entre coalición de gobierno con la derecha muy autónomo y desconectado de presiones sociales, una alta centralización política e institucional de la respuesta a las demandas.

“En Chile, el relato de la “gobernabilidad” ha consistido en legitimar con un lenguaje tecnocrático importado, una visión verticalista del poder político en la cual los consensos se imponen “desde arriba”, y eso a pesar de la creciente referencia a la “participación ciudadana”(1).

Los logros normalmente reconocidos como estabilidad, crecimiento económico y reducción de la pobreza atribuidos a la buena gobernabilidad chilena tienen bases cuestionables desde los estándares democráticos, inclusivos y equitativos. Y, sobre todo, la pervivencia de los equilibrios políticos con la derecha, han dejado un conjunto de temas críticos por fuera del debate publico, como la constitución dictatorial, la democracia restringida, la represión, la educación, la seguridad social y los fondos de pensiones, la legislación laboral, el problema ambiental, étnico, la desprotección de los ciudadanos y los consumidores frente al mercado, por citar algunos.

Pese a la calidad atribuida a las instituciones y ciertamente verificable en varios aspectos, estas poseen uno de los niveles de reconocimiento positivo en la ciudadanía, más bajos de América Latina. Según el latino barómetro este se encuentra en torno al 21% en 2008.

Es frecuente que esto sea explicado como un nivel de exigencia muy alto, producto de estándares de funcionamiento también más elevados que en otros países, dónde sus poblaciones esperan muy poco del estado. Sin embargo también se puede percibir que en Chile existe una crisis entre la autoafirmación exitosa de las elites y la administración y la percepción ciudadana en relación a la intervención pública en materia de equidad, integración social y asimetrías de poder(2).

El desempeño de los mecanismos de mercado sin regulación suficiente en todas las esferas de provisión de servicios y en la propia administración pública, así como el excesivo poder de lobby de las empresas frente al progreso y la protección de los derechos ciudadanos están en la base de este malestar y apenas ha comenzado a ser reconocido.

A 20 años de iniciada la lenta democratización y en el inicio de su bicentenario como Nación independiente, Chile se enfrenta al dilema de relanzar su estancada agenda democrática y social o de continuar con el modelo, esta vez no con el juego al margen, sino que con las fuerzas que defienden su estructura misma, dirijan el gobierno.

No es casual que el candidato Frei y la presidenta saliente desborden de energía recuperando temas otrora ignorados o despertando una legislación oportunamente dormida en el pasado.

Pero para un sector, el que debería asegurar el triunfo de Frei y esto en la coyuntura es lo decisivo, la concertación perdió todo crédito y llaman a votar nulo(3). Los argumentos podrían sintetizarse en dos posiciones. Los argumentos en contra vienen de la izquierda y de sectores críticos de la misma concertación: La concertación, dicen, es la otra cara de la derecha en la conducción del modelo, por lo que si la derecha vuelve al gobierno al menos las cosas estarán claras. Si la concertación no pierde afirman, no habrá espacio para una izquierda que empuje la agenda democratizadora y social.

Por su parte, el argumento de los partidarios de Frei también es doble: La concertación es continuar el balance positivo de Bachelet y otros sostienen que cualquier cosa es mejor que la derecha, se debe elegir el mal menor y presionar por renovar la concertación, dicen los mas audaces.

Como la cuestión estratégica es sin duda el destino de la concertación, más que el de la derecha cuyo continuismo hace parte del escenario dado, de lo primero es que hay que discutir para luego abordar la eventualidad de lo segundo.

El impase del campo progresista

La división del campo progresista, mayoritario en los números, sorprende por su encono, frente a la derecha que ha mantenido una base de electores consistente y que podría ganar a pesar de ser minoritaria. El voto castigo que busca diferenciarse de la concertación y esta a su vez, incapaz de abrirse a tiempo a una renovación mas plural abre un abismo.

Ha ocurrido otras veces, en la débil república de Weimar en la Alemania de los 30, la división del campo progresista permitió la llegada de Hitler. Mas recientemente en Francia en 2002, la dispersión del voto socialista, ecologista y de la izquierda anticapitalista, permitió desbancar al candidato socialista, quedando para segunda vuelta el candidato del frente nacional de la extrema derecha Le Pen y Jacques Chirac de la derecha republicana. Los franceses de todos los colores tapándose la nariz o no, votaron por Chirac que obtuvo mas del 80% de los votos.

El balance crítico de la concertación no le reconoce nada positivo, es algo propio de un desgaste largo, acumulado y de frustraciones profundas. Se le acusa de todos los renuncios, postergaciones y componendas acomodaticias con la derecha, en beneficio tanto propio como del sistema, la lista es larga.

La concertación defiende su balance, su problema radica en intentar hacerlo pasar por todo lo que podía se hacer como progreso social y político. Esto es algo que a ojos vistas no lo es y que insistir en ello, produce pérdida de credibilidad y la expone en su conservadurismo.

No cabe duda que gane o pierda la concertación un ciclo político está terminando en Chile. Ahora comienzan a aparecer temas nuevos que tienen exigencias políticas profundas. Se discuten el cambio de la constitución heredada de la dictadura, reformas en salud y educación, avanzar hacia una mejor distribución del ingreso, el sistema de pensiones, la descentralización y una mejor capacidad de intervención estatal en la regulación del mercado. No son temas menores y evidencian que un nuevo ciclo político se perfila además, en un marco de mayor movilización social.

Gane o pierda Frei, la concertación ha llegado a su fin, en términos de proyecto político único capaz de cubrir y controlar a todo el campo progresista.

La cuestión de fondo en este tema es como este se rearticulará. Ni los críticos de la concertación pueden aspirar a una hegemonía, ni esta puede ya reivindicarla. Sin embargo, se quiebre o no la concertación, si pierde, haya o no ajustes de cuentas y redefiniciones, no se puede perder de vista un hecho crudo e inevitable, para hacer una mayoría política habrá no sólo que integrar a los excluidos, ello no alcanza, habrá que redefinir alianzas, contenidos y disponer de tiempo político.

La llegada de la derecha al gobierno no favorece estas condiciones, es una derrota para todos y no sólo de la concertación. Sus consecuencias son imprevisibles en términos de descomposición, desmoralización, fragmentación y represión del campo progresista.

Sin mencionar el impacto regresivo en lo económico y lo social y en la relegitimación política de la derecha.

La concertación está en agonía, pero debe morir en manos del campo progresista y no de la derecha. Esto tiene implicaciones inmediatas, debe ganar Frei y debe desatarse la lucha por una nueva mayoría progresista en base al nuevo ciclo político que comienza a despuntar.

La política del voto nulo, es nula, satisface sólo la ira producida por la frustración. En Chile además no hay escenario rupturistas ni de radicalización que implique una nueva mayoría política. Eso sería desconocer el estado de la sociedad chilena.

La derecha no desaparecerá en Chile ni los núcleos conservadores que hegemonizan la concertación, la apuesta por un proceso de superación de estos dos polos dominantes en los últimos 20 años, supone la construcción de una nueva mayoría progresista hegemónica.

Esto es un proceso que sólo hace unos años viene surgiendo y debe seguir desarrollándose, esto no se dirimirá en esta coyuntura presidencial. La derrota de la concertación no aportará nada positivo y el proceso tiene mucho que ganar de la nueva situación creada en el campo progresista y del fortalecimiento de los sectores que avanzan nuevas propuestas.

1) Los discursos públicos sobre la gobernabilidad en Chile. Cecilia Baeza Rodríguez. Nuevos Mundos Coloquios 2008. nuevomundo.revues.org/index11042
2) Esto va más allá de los índices de popularidad en la opinión de una determinada presidencia y se ha verificado en diversas encuestas y estudios, como los informes de desarrollo humano del PNUD.
3· La lista de agravios es grande, dura y creíble, esto lo reconocen hasta connotados concertacionistas.

Angel Saldomando
Economista
Enero 2010

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