Columnas
2006-11-02
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Manuel Riesco
Especial para G-80

Carlos Contreras Maluje, Detenido Desaparecido el 3 de noviembre de 1976

Debo mi vida a Carlos Contreras Maluje. Su heroico sacrificio impidió que mi nombre se agregara a los buscados por la DINA, y con toda probabilidad, a los desaparecidos durante esos días aciagos. No somos pocos los que podemos afirmar lo mismo, sin temor a equivocarnos.

Han transcurrido exactamente treinta años. Era un bello día, tibio y tranquilo, de fines de primavera y principios de verano de 1976, el último que disfrutamos juntos con Carlos. Jugamos ping-pong, buena parte de la tarde. Tiempo teníamos de sobra, mientras se verificaban las medidas de seguridad, de antes y después de la reunión misma - los participantes demoraban horas en llegar, ninguno entraba antes de comprobar que la señal de normalidad estuviera en su sitio, y luego otras tantas en irse. No era malo Carlos, jugando al ping-pong, aunque me parece que exageraba un poco su supuesta invencibilidad - la que atribuía, con evidente satisfacción, a la (vieja y archiconocida) táctica de responder con calma, cargando los tiros siempre a un sólo lado, para luego, bruscamente, remachar hacia el otro y liquidar el punto. Imagino que, jugando muchas horas más, hubiese sido posible hacerle un poco más de collera, pero lo cierto es que esa tarde, como en otras, ganó casi todos los juegos. Nada hacía presagiar el horror que se desataría tres o cuatro días más tarde.

La casa, de Alicia, era un agradable bungalow de clase media, en pleno Vitacura, un acomodado barrio de Santiago. Ella era especialmente cariñosa, ofreciendo a cada rato bebidas, sandwiches, café (el infaltable y ahora mirado en menos Nescafé) y más tarde, para los que iban quedando al final, de cuando en vez, un trago de pisco y vernouth, conocido como "pichuncho," de despedida. Siempre reclamaba indignada por los pequeños aportes que traían sus especiales invitados. Alicia había sido, hasta el golpe, secretaria de gerencia en una empresa del Estado, lo que aseguraba a su familia un buen pasar. Tenía una hermosa familia. Su marido era ex piloto de la FACH y ahora de una pequeña empresa comercial, un hombre alto, enjuto, valiente, y generoso, ex compañero del General Bachelet, y compinche de legendarias y alegres reuniones y juergas - sus travesuras incluían a veces, a la mala, vuelos en aviones de combate -, con otros oficiales que permanecieron leales al Presidente Allende hasta el final. Sus dos hijos llevaban una vida de adolescentes normales y felices. Nadie se habría imaginado esa tarde, la catástrofe que les sobrevendría al cabo de poco. Alicia había sido rebajada de grado inmediatamente después del golpe, pero aún no sabía que iba a ser despedida pocos meses después. Su indemnización, producto de una vida de trabajo, se hizo humo, en la quiebra de una de las sociedades financieras "brujas" que florecieron por esos años, y estafaron a miles de ahorrantes. Nunca logró recuperar un trabajo adecuado. Su matrimonio se quebró, su hijo enfermó gravemente y su hija emigró a los EE.UU.. Un par de años después, ella moría, víctima de un cáncer doloroso y galopante, sin duda desatado por los sufrimientos y humillaciones sin fin de una vida que se venía abajo, tronchada para siempre por el golpe militar de 1973. Hasta el último, las sucesivas casas de Alicia, cada vez más pequeñas y en barrios más modestos, fueron sede segura y acogedora de reuniones de la juventud y el partido - ella insistía que era lo único que la alegraba, poder colaborar de esa manera a la resistencia contra quienes habían arruinado su vida. La memoria de Carlos y de aquella última reunión con él en casa de ella, siempre estuvieron presentes en su memoria.

Esa tarde, revisábamos con Carlos la situación del Comité Local de Profesionales, que recientemente había formado la J., las Juventudes Comunistas de Chile, y que me había correspondido organizar a lo largo de los últimos meses. El primer contacto para ello había sido el flamante arquitecto Juan Oyola. Como se solía hacer, ambos recibimos las indicaciones de distintivo, usualmente una revista o diario, la hora, y la cuadra de contacto, en calles de poco movimiento, de barrios tranquilos, como avenida Matta, Ñuñoa, y otros similares. A la hora señalada, portando cada cual su distintivo y "chiva," se empezaba a caminar hacia el otro, por la calle y vereda indicada, desde los extremos opuestos de la cuadra de contacto, con la idea de encontrarse más o menos a medio camino. De esta manera, se evitaba el riesgo de una espera prolongada en un punto determinado, y por otra parte, se permitía una cierta holgura de tiempo, el que uno demoraba en caminar la cuadra, que usualmente eran en realidad dos o tres, por si uno se atrasaba levemente. Ello ocurría rara vez, sin embargo, puesto que a una cita de aquellas, incluso personajes como el suscrito, de fama tan triste como merecida por sus atrasos crónicos, jamás faltaron, ni tampoco llegaron atrasados. De esta manera, nos habíamos vuelto a encontrar con Juan, una tarde, ya oscuro algunos meses atrás. Fue inevitable reconocernos, puesto que habíamos vivido juntos, los cinco años maravillosos del ascenso de las luchas populares, que abarcaron la reforma universitaria, la campaña presidencial, y el Gobierno Popular, hasta el golpe, y los días posteriores en que permanecimos acuartelados. Con Juan nos unía una amistad especial, puesto que habíamos sido ambos presidentes, de los Centros de Estudiantes de Arquitectura e Ingeniería, respectivamente, de la Universidad de Chile, y luego ocupamos distintos cargos en la misma directiva de la FECH. Sin embargo, manteníamos similares lazos de confianza, lealtad, y amistad, inquebrantables, con centenares de militantes del movimiento estudiantil de aquellos años, muchos de ellos ahora jóvenes profesionales. Por las mismas razones, bien poco nos costó montar un Comité Local que ya a fines de ese año contaba con numerosas células funcionando, y un par de cientos de militantes, por lo muy menos. Luego de la tragedia, del asesinato de Carlos, de la caída de varias direcciones de la J y del Partido, perdimos completamente el contacto hacia arriba. Sin embargo, en acuerdo con Juan y el resto de la respectiva dirección, el Comité Local de Profesionales de la Juventudes Comunistas, y todas sus células, continuaron funcionando normalmente, aunque desde luego, bajo redobladas medidas de seguridad. Hacia mediados de 1978, es decir, transcurrido a lo menos un año y medio, el Partido tomó nuevamente contacto con nosotros - por intermedio del Dr. Mario Vidal, marido de la Dra. Fanny Pollarollo - y el Comité Local de Profesionales de la J fue incorporado directamente al Partido, completo, intacto, y crecido, con sus finanzas bien provistas, una revista, y una influencia no menor en los principales colegios profesionales. Algunos años más tarde, a principios de los años 1980, muchos de sus militantes volverían a ser reclutados, esta vez para trabajos más delicados, los que desempeñaron asimismo con eficacia, prudencia, y valentía no exenta de heroísmo, en muchos casos. Juan Oyola murió en 1978, asimismo de un cáncer fulminante. En sus breves años de ejercicio profesional, junto a su mujer la también arquitecto María Eugenia Monreal, se forjó una merecida fama, construyeron varias casas y edificios, fue elegido dirigente del Colegio de Arquitectos, y continuó en la dirección del Comité Local de Profesionales Comunistas, hasta el día de su muerte. Entiendo que ahora, organizaciones del Partido y la J llevan con orgullo su nombre. Quienes fuimos sus amigos y compañeros en esos años, quedamos para siempre con un vacío que es a la vez dulce y doloroso. Todavía hoy, muchas veces, cuando enfrentamos disyuntivas difíciles, echamos de menos su consejo certero, tranquilo, su respaldo sólido. Juan también estaba esa tarde, con Carlos, en casa de Alicia. Claro que no le gustaba jugar ping-pong, lo consideraba una pérdida de tiempo. Prefería hacer hora escuchando un LP (long-play, los discos de la época anterior a los CD, que giraban a 33 1/3 revoluciones por minuto y tenía el diámetro de un zapallo mediano), de Soledad Bravo, en que cantaba canciones a Allende, además de su bellísimo "El Colibrí," y otro, del estreno, a tablero vuelto, en el Estadio de Atenas, del Canto General, con letra de Neruda y música de Mikis Theodorakis, ejecutado por la orquesta y coro de París, en pleno. Nunca supe como se había conseguido esas raras joyas.

Carlos estaba muy contento esa tarde, con lo logrado en tan corto tiempo, en la organización del Comité Local de Profesionales de la J. Era además una estructura que no existía antes, al menos durante el Gobierno Popular, cuando los jóvenes profesionales comunistas eran reclutados por el Partido para tareas de gobierno aún antes de recibirse. Me parece que la idea de organizarlo había sido suya. No parecía tan contento Carlos, en cambio, algunos meses antes, cuando nos habíamos reunido, también en casa de Alicia, para revisar el trabajo anterior que se me había encargado, a partir de enero de 1974, poco después del golpe, y hasta mediados de 1975, en la Dirección de Estudiantes Comunistas de la Universidad Católica.

A sugerencia de Hugo Rivas, en ese momento miembro de la Dirección de Estudiantes Comunistas de la Universidad de Chile, DEC, quién era mi contacto con la dirección de la J, y con el acuerdo de Carlos, a fines de 1973, se me asignó a la Dirección de Estudiantes Comunistas de la UC. Hasta ese momento, y desde mi ingreso a las JJCC, a mediados de 1972, había militando en mi célula de Ingeniería de la U. De común acuerdo, se estimó que militase allí por un buen tiempo antes de asumir otras responsabilidades en la J, como una manera de asimilarme naturalmente en la organización, pero asimismo por delicadeza hacia el Mapu, partido donde hasta ese momento era miembro del Comité Central, y como militante del cual había ocupado cargos en la dirección de movimiento estudiantil, entre ellos la vicepresidencia de la FECH en 1971 y 1972. La militancia en la célula de ingeniería durante 1972 y 1973 fueron quizás los momentos más felices de mi vida. Con nuestros camaradas alardeásemos de ser "lo mejor de la juventud chilena," título que revalidamos en numerosas emulaciones de todo tipo, las más de las veces tareas militantes, en las cuales participábamos con gran entusiasmo y alegría, plenamente conscientes que vivíamos a fondo una de las experiencias más importantes de la historia del país. De hecho, durante esos meses vivíamos en actividad incesante, tanto al interior de la U, como fuera de ella.

Conocí a Carlos en la primera reunión de la dirección de la UC, donde asistimos con Hugo, a fines de 1973, o principios de 1974. Desde luego, no conocí su nombre verdadero hasta después de su muerte, puesto todos usamos chapa rigurosamente en las actividades militantes, a lo largo de toda la dictadura. Me impresionó su carácter, serio, tranquilo, reflexivo, inteligente, más bien callado, que reflejaba una personalidad muy fuerte, sin embargo, manifestaba al mismo tiempo una gran calidez y ternura. Me agradó especialmente su sentido del humor, era muy vivaz, siempre dispuesto a percatarse del menor desliz, para lanzar la talla socarrona, aguda, divertida, pero cariñosa, juguetona, no pesada. Era por lo demás, un estilo muy propio de la J, completamente alejado de los estereotipos de gente aburrida que se figuraba de sus militantes, y al mismo tiempo, también alejada de estilos pomposos, de falsos aires intelectuales, que abundaban en la izquierda universitaria por esos años, y los cuales nos parecían muy ridículos. Participaron en esa reunión, además de Carlos y Hugo, el joven abogado Pedro Aravena, hoy miembro de la dirección del PC, y Aminta Traverso Bernaschina, con quiénes conformamos aquella dirección de los estudiantes comunistas de la UC. Aminta era una mujer exuberante, bonita, vivaz, alegre, encantadora, muy inteligente. Acababa de tener a su primera hija, mientras su marido, el ingeniero agrónomo Marcelo Concha Bascuñán permanecía detenido en Chacabuco. Marcelo fue liberado a mediados de 1975, pero fue detenido nuevamente el 10 de mayo de 1976. El 4 de ese mes había caido la dirección del partido, completa, en calle Conferencia, y el 12 fue detenido el secretario general, Víctor Díaz. Marcelo continúa desaparecido, y su segundo hijo - Aminta estaba nuevamente embarazada por esos días - nació sin llegar a conocer a su padre. Aminta falleció a poco de acabar la dictadura, asimismo de cáncer. Trabajamos con Pedro y Aminta, en la dirección de la UC, bajo la dirección de Hugo y Carlos, durante esos, los peores años. Llevamos adelante las tareas de organización con normalidad, funcionaban regularmente células en todos los campus, se discutía la situación política, se organiza la participación en las organizaciones estudiantiles, por entonces bien a mal traer, se imprimían volantes y hojas de propaganda, se hacían rayados y toda una serie de actividades de este tipo. Una actividad importante ene se período fue la recopilación de antecedentes acerca de la represión, los que fueron luego entregados en la reunión del la OEA que se celebró en Santiago en Junio de 1976, por iniciativa de Kissinger, quién asistió a la misma, para apoyar a Pinochet. En ese período, tuvimos varias reuniones a las cuales asistió Carlos, entre ellas la última de esa dirección en la cual yo participé, a la cual hacía referencia más arriba. Recuerdo que me tocó entregar el informe, que detallaba una serie bastante importante de actividades realizadas en la UC. Carlos escuchaba, sin parecer demasiado impresionado. Luego habló Aminta, quién en lugar de presentar estadísticas, hizo una descripción vívida de la situación de su propia escuela, a la que asistía como estudiante regular. Todos quedamos impresionados por su intervención, especialmente Carlos. Después de la reunión, nos quedamos ambos conversando largo rato al respecto, y concluimos lo importante que las direcciones estuvieran conformadas por militantes que estuvieran en contacto directo con las masa. Ahí mismo resolvimos que era bueno que yo me moviera a otra actividad - Carlos ya tenía en mente la cosa de los profesionales.

El sociólogo Hugo Rivas, también estaba presente en casa de Alicia aquella tarde cálida de fines de octubre de 1976. Hugo había sido miembro de la Dirección de Estudiantes Comunistas de la U, era miembro del Comité Central de la J, y desde el golpe trabajaba directamente con Carlos, siendo, por otra parte, mi contacto con la dirección de la J. Es decir, trabajamos con Hugo codo a codo, viéndonos a veces varias veces por semana, desde el golpe hasta esa reunión en casa de Alicia. Era natural vernos, asimismo, puesto que mi ex cónyuge, la Dra. Adriana Cruzat era amiga de Cecilia Sepúlveda, la mujer de Hugo, y se veían con cierta frecuencia. Una circunstancia muy desafortunada las acercó aún más, precísamente en los días posteriores a la caída y muerte de Carlos. A fines de 1976, entre pascua y año nuevo, Adriana contrajo una gravísima enfermedad, que empezó con unos dolores en las piernas y en unos pocos días, la dejó completamente paralizada durante varios meses. Cecilia, hoy decana de Medicina de la Universidad de Chile, cursaba en esos meses su internado en el Hospital Clínico de la Universidad Católica, dependiente de la facultad de medicina de esa universidad, de donde Adriana era ex alumna. Nada más natural, entonces, que al sentir los primeros síntomas de su enfermedad, fuésemos con Adriana a consultar a Cecilia a la UC. Ella le diagnosticó de inmediato - tienes el síndrome de Guillaume Barré -, le dijo - es gravísimo, y debes hospitalizarte de inmediato, puede llegar a paralizarte por completo. Sin embargo - agregó Cecilia -, se trata de una parálisis transitoria, que se recupera lenta, pero completamente -. Así fue, exactamente. El rápido diagnóstico de Cecilia - ella era recién una joven interna, y la enfermedad era rarísima - probablemente salvó la vida de Adriana, quién a los pocos días tuvo que ser conectada a un pulmón articificial, puesto que la enferemdad había paralizado incluso su respiración. Como es natural, practicamente me instalé en el hospital clínico de la UC, donde pasé meses yendo varias veces por día, y todas las noches, a acompañar a Adriana. La presencia allí de varios compañeros de curso de Adriana, pero muy especialmente la de Cecilia, hicieron sin embargo muy acogedora esa estadía, tanto que aún hoy, recuerdo ese hospital como un lugar casi hogareño.

En esas circunstancias, debimos enfrentar las secuelas de la caída de Carlos, de las cuales la más directa fue el exilio de Hugo. Tuvimos que juntar rápidamente una suma de dinero no menor, para comprar sus pasajes y ropa adecuada para su viaje.

Así transcurrieron esos dificilísimos días. En esas circunstancias nos enteramos de su heroico gesto, que salvó la vida de todos nosotros, haciendo posible que hoy podamos relatarlos. Adicionalmente, como es sabido, su heroismo dejó las constancias que permitieron abrir el camino que, muchos años después, lograría lentamente restablecer la verdad y hacer justicia.



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