Columnas
2010-05-27
2180 lecturas

Angel Saldomando
especial para G80

¿Un Nuevo Comienzo Post Concertacionista?

El sicodrama provocado por el libro de Tironi sobre la derrota de la concertación, el forcejeo un tanto patético, de los representantes de la misma y la formación en ciernes del partido progresista de MEO, dejan pendiente el tema de sobre que bases se reconstruirá o se construirá una fuerza política, capaz de ser gobierno y de asumir una agenda de democratización y de justicia social aun pendientes en Chile. El camino aparece bastante obstruido por los escombros de la concertación, eso es algo que hay comenzar por despejar, iniciando por las ilusiones.

Terreno movedizo

La pérdida del gobierno por la concertación después de 20 años de ejercicio, en un contexto de degaste, tanto partidarios como de coalición, han inducido a creer que la concertación conocerá un ajuste de cuentas mas o menos critico, eventualmente se dividirá y habrá un nuevo comienzo. En paralelo se ha abierto, dada la irrupción de una corriente disidente, la tesis de que estaría en formación un nuevo partido. Alternativo no se sabe, pero en todo caso autodenominado progresista. Por último, la brecha abierta por los comunistas con sus tres diputados de la mano de  la concertación, abre la interrogante si ello prefigura una tendencia, en el sentido de un barniz más social de la vieja concertación o un nuevo reagrupamiento dentro de una reconfiguración de ella.

En el clima de volatilidad política generado, el terreno parece estar en movimiento y con oportunidades nuevas. Pero la febrilidad política debiera ponderarse con el análisis de algunas tendencias más de fondo que hay que considerar.

Mutaciones en profundidad

Aunque generalmente se acepta que los 17 años de dictadura generaron cambios estructurales en la sociedad chilena, es menos evidente el reconocimiento de los cambios políticos generados por los 20 de la concertación. El análisis de estos cambios da lugar a un debate que divide. Pero hay que hacerlo. Existe una gran frustración en el campo de todos los que alimentaron expectativas sobre el carácter rupturista de la concertación y la recomposición de una izquierda masiva, ni u ni otro se verificaron. Ello contrasta con la suficiencia autocomplaciente de la concertación, que exhibe un balance sobre bases completamente diferentes.

El cambio mayor fue un reposicionamiento de la democracia cristiana en una alianza con los socialistas en sus diversas versiones, sin duda impensable antes para ambos.

Esto fue magnificado por todos los interesados, como el gran salto a la modernidad política, como el gran pivote de la estabilidad, la expresión de la madurez política de fuerzas otrora enfrentadas y como la base de una mayoría política que calzaba al milímetro con el sentimiento político de la sociedad.

En la realidad las cosas eran menos idílicas. La concertación se conformó en una coalición en base a políticos y burócratas profesionales que congeló la relación con movimientos sociales, se autonomizó de ellos para viabilizar sus propios acuerdos y la negociación con la derecha post dictatorial.

La correlación de fuerzas heredada de la dictadura y de las negociaciones con la derecha para viabilizar la transición generó un marco objetivo de cierre del sistema político, de gran autonomía política de la coalición de gobierno y de bloqueo de temas y coaliciones de intereses que pudieran cuestionar la conducción de la transición que hoy se considera cerrada. La larga transición, en cámara lenta, conservó los dispositivos autoritarios (constitución, ley electoral, autonomía y financiamiento de las FA, reformas laborales, de pensiones, de la educación etc)  y un modelo económico con  alto poder discrecional para el empresariado y con alta concentración de la riqueza. La concertación no puede ser catalogada como una coalición política empujando por instalar una dinámica de cambio, más bien es lo contrario, es una coalición conservadora.   

De allí  que sorprende el que una vez derrotada se le pida cuentas por algo que no podía hacer. La calificación de traición y otros epítetos de repudio expresados recientemente, no reflejan en realidad mas que el tamaño de las ilusiones que se tenían entre sectores mas convencidos de la necesidad de una ruptura con el modelo dictatorial.

La realidad es que se habían producido mutaciones de fondo tanto en el escenario internacional y nacional, que en Chile calaron profundamente.

A nivel internacional la desaparición de la URSS y de su bloque geopolítico no sólo terminó  con la guerra fría y el campismo (lucha entre bloques geopolíticos), de paso extinguió las bases del componente comunista de las izquierdas. Las derrotas de importantes movimientos sociales en el siglo pasado, la imposición de la ortodoxia neoliberal en los años 80 y 90 y su hegemonía en la globalización por su parte, arrinconó también el arsenal con la izquierda socialdemócrata planteaba hacer un capitalismo de rostro humano, regularlo y compatibilizarlo con la democracia y el progreso social. La socialdemocracia se derechizó considerablemente a escala internacional.  

La izquierda nacional desarrollista por su parte, de inspiración cepalina, que compartía parte del arsenal socialdemócrata, encontró la región alineada con el consenso de Washington, se alineó a su vez con las tesis de desregulación y de globalización.

Las consecuencias de la aplicación de programas de reforma neoliberales cambiaron las bases estructurales en las que pensaba apoyarse y desapareció el instrumental clásico de promoción del desarrollo. Inversión pública, fomento, medidas proteccionistas, fuerzas sociales endógenas etc. El viraje conservador culminó con la normalización de de América central.

En este contexto internacional y regional resonaron formulaciones extremas acerca del “fin de la historia” (fukuyama)  como triunfo del capitalismo y la aparición de la tercera vía (tony blair en Inglaterra, Schroeder en Alemania y otros) como superación de la izquierda.

Se trataba de una reformulación post moderna: una especie de centro derecha con sensibilidad social. La tercera vía podría interpretarse como un refrito en lo ideológico del progresismo europeo del siglo 19 y parte del 20, con sus valores universales acerca del progreso y la democracia, confiado en la lógica del mercado y capaz de embarcarse en aventuras represivas internas y bélicas externas. La concertación fue la traducción nacional de esta tendencia internacional.

Sin duda que en este escenario las izquierdas en todas sus variantes estaban en una situación difícil. Sin embargo el contexto empezó a modificarse con el hundimiento del sistema político venezolano, con el levantamiento zapatista, a las puertas del Nafta, la crisis de Argentina Perú, Bolivia y Ecuador. En un lapso de 8 años la izquierda, en diversas versiones, surgió como opción de gobierno. La explicación más corriente de este viraje ha sido la frustración política de las sociedades frente a una  democracia condicionada, una clase política corrupta  y el impacto social negativo de las reformas neoliberales.    

El descontento con las reformas neoliberales y la merma de la confianza en la democracia que se extendía a las clases políticas, quedaba en evidencia por la continuidad de los niveles de pobreza y desigualdad y por la creciente autonomía y autismo de los sistemas políticos, que en algunos casos vieron la crisis política cuando la casa se vino abajo.  

Hacia el año 2002 el BID reconoció explícitamente que en América Latina la opinión negativa sobre la privatización y la liberalización del mercado era ya un consenso y que lo nuevo es que a el se ha integrado la clase media e instruida. Según este trabajo con datos del latino barómetro, indica que el 63% de los encuestados en la región afirman que las privatizaciones no fueron favorables y un 45% desaprueba que el estado no esté presente en los servicios y la producción. En Chile también existe una gran demanda por mayor intervención pública.  

En Chile este debate estuvo bloqueado desde el inicio y la correlación de fuerzas impedía forzar una irrupción desde afuera del sistema político y desde los acuerdos de estabilidad.  

De allí  que sucesivas intentonas de hacer surgir partidos de izquierda clásicos fracasó. Ello no quiere decir que la cultura y la identidad de izquierda desaparecieron, solo queda claro que no tuvo condiciones para cristalizar en una nueva recomposición política.

Las mutaciones en la política interna eran también muy profundas. La concertación es más que una ruptura política con las tradiciones de la izquierda pre dictadura y con las mantenidas durante ella. Ha sido un desplazamiento mayor en lo ideológico y en su composición socioeconómica, en un nuevo escenario estructural de despolitización, retroceso organizativo y trauma colectivo.  

La concertación  representó el máximo común denominador de esta ecuación. Como clase política, reunía los votos para llegar al gobierno en nombre de la negación del pasado, lo que efectivamente la mayoría deseaba pero sin perspectiva de superación de este hacia una sociedad más democrática  igualitaria. Y este es el balance que hay que discutir.

Como conglomerado de militantes y liderazgos políticos, con origines de clase media y pequeña burguesía, la concertación ya no dependía de clases en ascenso y  movimientos sociales que la empujaran hacia una radicalización o a la incorporación de nuevas reivindicaciones.  

Su ascenso radicó no en la presión de abajo sino que en la cooptación de arriba. De allí que su capacidad de posicionarse en el modelo, administrarlo y negociar con la derecha, fue clave en su valorización como pieza fundamental del sistema. Una nueva clase de operadores políticos transversales que compartían información, negocios y lucro, asi como una base subordinada a la creación de un sistema de promoción laboral, política y familiar generó una nueva burocracia pública y un nuevo tipo de clase política.  

La tecnocracia y el personal político originado en la democracia cristiana y en los restos fragmentados del universo partidario de la izquierda, se enmarcó en un pragmatismo posibilista producto de ese enorme retroceso político y cultural de la sociedad chilena.

La manera en que se neutralizó o se ocultó esta alquimia conservadora, para presentarla como todo lo máximo y bueno que se podía hacer, se basó en el monopolio de derecha de los medios de comunicación, aceptado por la concertación y la desaparición de la prensa critica liquidada por la concertación asi como los insuficientes contrapesos sociales. A ello se sumó un discurso que elaboró como gran política una mezcla bastante burda de de ayudas sociales, formalismo institucional y autoritarismo tranquilizante, respaldado por tasas de crecimiento económico que fundamentaron el discurso exitista. El punto es que la concertación ya no puede ser otra cosa.  

La derecha también tuvo sus mutaciones y no hay que ignorarlas. Poco a poco ha diluido su perfil mas relacionado con la dictadura, su discurso empresarial modernizante, similar al de la concertación, diferenciándose solo en su exigencia de eficacia, terminó por permitirle avanzar camuflada hasta desvanecer su aura peligrosa.  Sus operadores políticos y empresariales son mas de terreno de lo que se cree por sus apellidos. Esta derecha quiere además ser popular. Si la concertación aprendió de la transición española la amnesia calculada, la derecha también aprendió del reciclamiento de los franquistas.

Asi tenemos una derecha tratando de enraizar su triunfo, corriendo la frontera social de su electorado, un concertación como coalición de centro conservadora y no hay izquierda, políticamente gravitante.

La pregunta es que pasará con la concertación, que pasará con la pequeña irrupción del PC o el nuevo partido progresista. ¿Podrá existir un proceso de construcción de una corriente política al menos con 15 a 20% del electorado y capaz de articularse con movilización y nuevas demandas sociales? ¿Hay espacio político? En relación a esto hay que considerar las significativas barreras a la entrada existente en el sistema político y otros obstáculos de de naturaleza distinta.  

Barreras a la entrada

Las barreras a la entrada son de diferente tipo comenzando por la ley electoral que fuerza dos conglomerados políticos y obstruye la irrupción de nuevas fuerzas. No es que no puedan participar, lo difícil es que puedan obtener una proporción de representatividad acorde con sus votos. El sistema nominal no lo permite. Otras barreras se originan en la baja participación electoral y en la composición de este, donde están sobre representadas categorías de población más pudientes y de más edad. La sub representación de los jóvenes y de las clases populares inclina la balanza hacia el conservadurismo primario.  

Junto con esto, los partidos, las asociaciones, la escuela y la convivencia comunitaria tienen menos potencial de socialización y politización que en los tiempos en que la izquierda se desarrolló. Ello induce una fuerte anomia social, una delegación fatalista de responsabilidades y de la participación social, la que se encuentra fragmentada y marginalizada.  

Contra tendencia

Sin embargo poco a poco se han ido visibilizando temas claves para el cambio. Las reivindicaciones en torno a la ley electoral, la educación, la seguridad social, la distribución del ingreso, el régimen laboral y hasta la propia constitución, se están expresando pero no tienen representantes políticos claramente posicionados, con fuerza.  

Las preguntas serían en este caso quienes y que tanto favorecen la formación de una coalición de intereses con capacidad de cambiar los arreglos dominantes en estas materias, que tanto se abre un espacio para incorporar la pluralidad de intereses y hasta donde se abren espacios políticos para discutir los temas y hasta donde actores específicos se movilizan en torno a ellos. La principal parte aguas aquí es quienes se inscriben en esta dinámica y con que propuestas.  
 
En que punto estamos

El escenario político y las barreras a la entrada condicionan profundamente las posibilidades de renovación política, lo que el propio Pnud en Chile califica como negativas. En efecto señala las barreras a la entrada, en particular la ley electoral, el congelamiento del sistema político y la distancia entre partidos y ciudadanía.1

El escenario contiene expectativas de cambio pero lejanos de escenarios rupturistas. Los procesos democratizadores, aun con todas sus limitaciones, crean un horizonte político distinto y expectativas de integración que presionan al sistema político por su ampliación y no por su quiebre.  

Este tipo de proceso está más cerca de un reformismo intenso que del tipo rupturista. Esto no es sólo una cuestión de intenciones, se deriva del estado de las fuerzas, de las características de partidos y coaliciones y de los costos que las sociedades están dispuestas a pagar por el cambio.

Teniendo en cuenta estos elementos la discusión sobre la situación y la potencialidad de cambio quizás deba ser entendida en otra perspectiva.  

El punto crítico es un diagnóstico de partida insuficiente del potencial de cambio en la sociedad chilena. Si analizamos el potencial de cambio en función de diagnósticos ajustados a los tipos de conflictos, fuerzas y actores, el potencial de cambio debería identificarse con temas específicos, actores y proyectos.  

El potencial de cambio podría verificarse en torno a si, se impulsan cambios en los arreglos sociopolíticos dominantes en los temas estratégicos, si se amplían los espacios de negociación para disminuir las asimetrías en la representación y negociación de intereses, si se abren los espacios políticos y sociales en dirección de mayor información, transparencia y participación en las decisiones y si se promueven acciones con resultados beneficiosos para los grupos sociales penalizados, discriminados, excluidos, explotados.

De lo que se trata en un sentido estratégico es de posicionar y legitimar una demanda de cambio democrático y social, beneficioso para las mayorías en vez de sociedades cerradas en torno a la hegemonía de las minorías, los privilegios y las diferencias de poder e ingreso.

En Chile queda por hacer un debate riguroso sobre los espacios y las posibilidades reales de hacer coalición que sea creíble e incorpore nuevas demandas e intereses sociales. Este debate no es académico está determinado por la necesidad de lograr contrapesos sociales, condicionar la política y legitimar reivindicaciones sociales.

La desesperación por tener un partido político que represente a la izquierda, o a los descontentos en un “nuevo” partido, no debe llevar a abortar prematuramente todo proceso de construcción de coaliciones. La concertación fue una alianza entre estructuras ya armadas que contaron tanto con una coyuntura que permitió su irrupción, como con la aceptación en tanto contendiente tolerado, para el recambio de la dictadura. El universo político que pretende superar o representar el post concertacionismo carece de ello.

La democratización  y la agenda social necesita en la etapa post concertación capacidad de generar nuevas coaliciones que involucre a la sociedad en el control del estado y sus funcionarios, se exija transparencia e influencia sobre la toma decisiones y sobre las instituciones, para romper las barreras a la entrada y abrir espacio a los cambios necesarios.  

La principal prueba de fuego para todos los que deseamos superar los límites de la concertación es la capacidad para juntarnos y promover esas nuevas coaliciones que en parte dependerán a su vez de nuevos reposicionamientos. La historia no parte de cero.  

Hay mucho que hacer en esta dirección pero sin avances en ello no habrá presión para crear  nuevos contenidos y nuevas expresiones políticas. El desbalance más grave en la sociedad chilena es la ausencia de contrapesos sociales fuertes, la política debe contribuir a ello en todas sus formas y debe innovar en sus métodos, esa debería ser la principal evidencia de las intenciones y del eventual aporte de las organizaciones sociales y políticas.
 
Angel Saldomando

 

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